Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18941 ptos) | Premio de la crítica
#1

I.

Cuando la conocí, empezaban a caer las hojas de los árboles en un tono sepia, dándole al ambiente un tono de nostalgia. Hacía frío, el sol se despedía y el viento traía consigo el aroma de la estación pronta a llegar. Recuerdo claramente sus ojos; dos joyas castañas que reflejaban simpatía y una profunda jovialidad. No pude despegarme de esos luceros que me hablaban tanto, aun en silencio; con esas largas pestañas, esas cejas en curva y los cristales de esos anteojos de armazón intelectual. Me topé con ella en una de las tantas cafeterías que se encontraban sobre el bulevar; en esa calle en la que se aglomeraba la gente al caer el atardecer y que, por lo mismo, trataba de evitar al salir de la oficina. Tuve la suerte de tener que doblar por una esquina, ya que los trabajadores de la estación de luz se habían adueñado de la calle y yacían desviando el tráfico a la avenida principal. Esbocé una mueca de disgusto, la cual se me desapareció del rostro al venir a mi mente la imagen de un espumoso café latte. No puse objeción y me estacioné en una de las callejuelas que daban al bulevar.

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akamatsutusut
Rango7 Nivel 33
hace más de 1 año

Me recuerda la pelicula de animacion de 5 centimetros por segundo. Bueno, a lo que vine, se a armado un grupo de chat con los usuarios de sttorybox, y quería invitarte. Ya incluso un fundador no s apoya. aqui te pongo el link del hangout https://hangouts.google.com/group/TGQiXFgirCJqdrjU2 es el chat de gmail

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace más de 1 año

Jajaja okay, ya me pasaré por ahí. 👍


#2

Cuando llegué a la cafetería de mi preferencia y, al abrir la puerta, paseé la mirada por todo el interior del lugar –es de mi costumbre revisar el número de asientos y mesas disponibles antes de tomar la decisión de quedarme–. No recuerdo ya sí me importó el número de asientos vacíos, pues la vi ahí; bebiendo lo que parecía un té chai en las rocas. Estaba sola, leyendo atentamente una novela de José Saramago; se imbuía cada página como si no hubiera un mañana y sólo existiera ese momento. No pude pensar, es más… no quise pensar. Entré rápidamente a hacer mi pedido sin despegar los ojos de ella. No quería verme como un acosador, pero no podía evitar mirarla. Además, no quería perder la oportunidad de acercarme a ella; sabía que, quizás, sería la única oportunidad que podría tener para conocerla. (Desconozco de dónde es que surgió esa necesidad apabullante de entablar contacto, aun ahora me lo pregunto.) Mientras atendían mi orden, caminé lentamente hacia donde se encontraba; un sofá desgastado que pretendía darle un toque vintage al ya de por sí ecléctico lugar. Sin preguntar nada, me atreví a tomar asiento en el sillón que yacía a su costado y miré, fingiendo curiosidad, al libro que leía. (En realidad, había leído casi todos los libros de Saramago, conocía su estilo y su técnica, así como su retórica y la temática que la mayoría de sus obras llevaban entre sus líneas.)

–Parece interesante lo que estás leyendo–le lancé la pregunta con un ligero temblor en los labios. Si, era absurdo mi nerviosismo, más siendo un hombre con experiencia en cuanto a tratar al sexo opuesto se refería. Elevó la mirada con sorpresa y (no lo voy a ocultar) un tanto de molestia; la vi en sus preciosos iris que brillaban con la tenue luz del sol que aún se asomaba letárgicamente por las ventanas. Disintió inconscientemente mostrando su incomodidad, pero no me negó una respuesta. –Caín, se llama…–suspiró profundamente mientras cerraba el libro y clavaba sus ojos, cubiertos por los finos cristales de sus anteojos, en mi (¿por qué lo voy a negar?) imprudente mirada. –…por lo que ya has podido ver en la portada, imagino que el título te podrá dar una idea de la trama–me miró con una sonrisa entre sarcástica y cínica, a lo que respondí de manera irónica con una mueca, hasta cierto punto, burlesca. –Soy un ignorante, no sabía que La Biblia era parte de un universo expandido.–solté una carcajada lo que provocó en ella una risita singular. Me miró sin dejar de disentir y sonreír ligeramente, se le notaba molesta, pero al mismo tiempo inquieta, curiosa e interesada; gracias a eso no terminó nuestro diálogo ahí, mas hubiese querido lo contrario… (ahora lo sé.)

Hace más de 1 año

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INYMLM
Rango5 Nivel 20
hace más de 1 año

Me dejo inquieto con saber que prosigue...

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace más de 1 año

Ya está la continuación disponible @INYMLM Gracias por tu lectura de antemano.


#3

Nos dio la noche conversando como si nos conociéramos de tiempo atrás, terminamos descubriendo que teníamos similares aficiones y vicios; a ella le gustaba la música electrónica al igual que a mí, compartimos los nombres de nuestros grupos y cantantes favoritos como si fuésemos (me atreveré a decir) almas gemelas, teníamos el mismo mal de la soledad y el gusto por tener pocas –o nulas-- amistades, eramos afines en cuanto a no agradarnos el compromiso; nos considerábamos libres pensadores y profundamente agnósticos. Fue tanto el impacto que nos creó el hecho de sabernos muy parecidos que nos dimos los números de teléfono sin dudarlo y los horarios en los que podíamos estar disponibles para conversar y para quedar de vernos en algún otro café o, ¿por qué no?, en algún antro o bar. Hablamos y reímos tanto que nos cerraron el local y terminamos caminando por la avenida en plena madrugada; ahí, bajo la luz de las farolas y el muy opacado halo de la luna; la misma que yacía cubierta por las nubes enrojecidas que, de repente, se habían colado en el cielo. Parecía que, en cualquier momento, se iban a dejar venir sobre nosotros, pero no nos importaba. Íbamos perdidos en la conversación, en el sonido de nuestras voces, en el fluir de las ideas… (¡Dios, en verdad no quería que esa noche terminara!) Nos detuvimos ante su automóvil, después de haber dado un par de largas vueltas por la amplia calle, nos miramos con inquietud y con muy pocas ganas de despedirnos. Al final, estiró su mano y me dijo su nombre con esa hermosa risita que le había enmarcado los labios por toda la velada.

—Iris, así me llamo—se mordía los labios ligeramente mientras me clavaba sus profundos ojos marrón que brillaban escondidos detrás de esos cristales que atraían el reflejo de las farolas. Suspiré, temblé, latí y deseé apretar su mano para no soltarla nunca, pero ya era tarde y la noche ya estaba por volverse mañana. Le entregué un fuerte apretón de manos al tanto le devolvía mi nombre como respuesta. Nos despedimos con un “espero tu llamada” que brotó de nuestras bocas al unísono. Terminamos riendo a carcajadas. Se subió a su automóvil y la vi partir.

No pude conciliar el sueño las pocas horas que me quedaron para descansar. Afortunadamente, era inicio de fin de semana y pude quedarme hasta que quise en la cama. Dormité un poco y, en ese poco, la soñé. No podía estar más colado por ella ya. Me sentía un idiota, pero la añoraba tanto; la quería conmigo, la estaba necesitando tan ardorosamente que no podía evitarme las duras erecciones que me provocaba pensarla e imaginarla en mi cama; envuelta en mis brazos, sumergida en mis besos, bañada de mis caricias y esas candorosas ganas que me hacían hervir como si hubiese estado encerrado en un seminario de célibes enfermos. Así estaba ese medio día, tocándome mientras la dibujaba hambrienta sobre mí, cuando sonó mi celular y me trajo de nuevo a la impaciente realidad que estaba viviendo gracias a ella; la mujer de nombre Iris, cuyos ojos podían desnudarme sin quitarme una sola prenda de ropa. Tomé mi celular y vi el número; me sobresalté, me agité, me emocioné y reí. Todo eso al mismo tiempo. Mis manos –mi cuerpo, en general-- temblaban.

“Iris… Iris.”

Brillaba la pantalla de mi dispositivo y parecía que el aire me era arrebatado de mis labios. Le respondí sin poder disimular la profusa emoción en la que me sumergía su presencia. Al escuchar su voz, el corazón parecía que latía lento, muy lento, pero no era más que la ansiedad en la que me bañaba al sentirla, aunque estuviera lejos.

—Oh, perdona… no me digas que te desperté—me dijo con un ligero toque de mofa en su voz. No pude evitar sonreír como todo un tonto. (La verdad no me importaba sentirme así, ¡era fabuloso!) —No me despertaste, ya tenía unos minutos que había abierto los ojos… estaba pensando en ti, de hecho—le respondí como todo un inocente; me valía un pepino mirarme vulnerable ante ella. Me sentía tan libre, tan pleno y tan abierto que no pasaba siquiera por mi mente la idea de disimular, ¿para qué? Me tenía en sus manos, me tuvo desde que la vi sentada en ese sofá, sumida en su lectura, perdida en ese mundo que Saramago disponía para su placer… y me encantaba sentirme así.

Ese medio día quedamos vernos en la noche en un antro-bar que era de su predilección. Después de su llamada y de hablar unos pocos minutos –porque estaba por ocuparse con otros pendientes--, me dediqué a pensar tercamente en su recuerdo. Si, era ínfimo el tiempo que habíamos pasado juntos, apenas la conocía de unas horas y ya sentía la tremenda necesidad de saber en dónde estaba y con quién compartía su tiempo. Se podría pensar que estaba cayendo en una clase de enfermedad que, por la manera en la que me hacía sentir –entre ansioso y gozoso--, estaba volviéndome, de manera inconsciente, en un dependiente emocional. (Y duele aceptarlo mientras lo escribo, pero… por algo se debe empezar a sanar.)

Hace más de 1 año

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INYMLM
Rango5 Nivel 20
hace más de 1 año

No puedo dejar de pensar en como prosigue, es tan envolvente que cada parte me deja con más, me encanta la manera en como lo escribes, que siento que soy yo el protagonista de tu historia.

Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64
hace más de 1 año

Muchas gracias... y continuará ;)


#4

Llegó la noche y, con ésta, el momento de entregarnos a la seducción de su insensatez. No puse ninguna excusa a su libertad; me pidió ser ella la que pasara a mi apartamento y, de ahí, perdernos hacía lo que ella decía, con una emoción desbordante, sería la mejor noche de nuestras vidas. Para como se describía –y la veía– aparentaba ser una solitaria con arranques maníacos que la orillaban a tomar decisiones con poco sentido común; era una loca, así se decía… y me encantaba, pues yo era otro loco que se dejaba llevar por las poco sensatas decisiones que, de repente, tomaba mi centro emocional. No podía despegarle la mirada de encima conforme se desataba apretando el acelerador, mientras manejaba por la amplia carretera, deslizándose entre los automóviles, esquivando con suma precisión a todo aquél conductor que se le cruzara en el camino. Por un momento, sentí un poco de temor por esa frenética manera que tenía de tomar el volante y de hacer de la carretera su pista de carreras. Sin embargo –y para desventura mía–, no podía dejar de sentir unas ganas tremendas de tomarla; me parecía tan excitante verla conducir, con el viento pegándole en los cabellos, con la luz de las estrellas cayendo sobre nosotros, pues había hecho ceder la capota para –según ella– sentir la libertad en la piel.
Me llevó a un antro-bar que se ubicaba fuera de la ciudad, en la costa, pegado a la playa. No terminábamos de llegar cuando ya se vislumbraban las luces en el cielo moviéndose al ritmo de la música que yacía tocando el dj. Se percibía el ambiente en el aroma de la brisa; en ese calor que desprendía la emoción de la gente que visitaba el lugar y que hacía olvidar, totalmente, la gélida estación en la que estábamos; otoño parece se había quedado a dormir, pues ahí, en ese punto geográfico, el calor humano lo revestía de un verano agradable y difícil de querer dejar.
Estacionó el automóvil y me miró a los ojos con esa sonrisa traviesa que se le había dibujado desde antes de salir de mi apartamento; estaba agitada, muy emocionada, se le miraba al hablar, al respirar, al entablar contacto visual… y yo no podía estar más enajenado ya; era una locura que apenas empezaba y, por lo que se veía, no iba a terminar con esa noche llena de sudor, de música, de alcohol y… sexo.
Para ser sincero, era la primera vez que me dejaba llevar por la locura de una mujer que poco conocía; eso fue lo que más me impactó al verme bailando frente a ella, en medio de la pista, rodeado de un montón de gente drogada y prendida al instante; en ese presente que ninguno de nosotros imaginaba tendría un final.
—La noche se hizo para gozarla, para vivirla, para dejarla hacernos sus esclavos, para embriagarnos de oscuridad y demencia… ¿Qué podría ser mejor que experimentar la noche en la playa, bebidos hasta el tope, drogados hasta no sentir el cuerpo, pero con los sentidos a punto de estallar en extremo placer?—me hablaba al oído mientras se me pegaba al cuerpo y se rozaba a mi ya muy excitada masculinidad. La música sonaba al grado de dejarnos sordos; así, sumidos en un pantano de gente embebida por la lujuria de la diversión, se me pegó a la boca robándome un beso profundo, lleno de lascivia; húmedo ósculo que me robó el aliento y la poca sensatez que me faltaba perder. La até a mis brazos, la apreté a mí al tanto que me prensaba de sus labios, de su lengua, del calor de su saliva, de la agitación que su voz hacía sentir a la mía… Oh, su lengua parecía atravesar mi laringe; la sentía resbalar por el hueco de mi boca hasta topar con mi garganta. Ya no sabía qué era real o qué era el desfachatado efecto secundario de la pequeña pastilla que me había dado a tomar con una mezcla de vodka, granadina, licor de manzana y menta. Estaba perdido en las asfixiantes sensaciones que ella y la droga me estaban haciendo vivir. De repente, sentí que me jaló de la mano y me llevó por entre la gente con una agilidad que sentí como si estuviese volando. Todo era tan surrealista, tan abstracto e irreal, pero no tenía cabeza para preguntar nada, sólo quería sentir; ya ni siquiera era capaz de cuestionarme nada. El lado racional de mi cerebro parecía haber sido bloqueado; estaba rodeado por una nube de colores que mi mente no podía procesar, sólo palpar con el erotismo de los sentidos a flor de piel.
La sentía revolviéndose entre mis ropas, buscándome la piel con las manos frías, rozando mi extrema erección con las yemas de sus dedos traviesos mientras se aferraba a mis labios; los que dejó sangrando al darme una fuerte mordida que no sentí con dolor sino con un placer que me hizo tensarme, dejando salir así profusos cristales por mi ya muy palpitante hombría. La miré bajar por mi torso; estaba enajenada, lo vi en sus brillantes ojos y en sus cristales empañados por el vapor de la noche y el calor de nuestros cuerpos mientras el sonido de las olas del mar parecían golpear a mi audición; se escuchaban tan claros, tan potentes, que podría decir que no estábamos sobre la arena, sino sumergidos en el agua, siendo devorados por ese mar que nos hacía perder la cordura. Oh, y ahí, en esa locura que palpitaba entre mis piernas sentí su tibia lengua desnudar mi erección; lamía con suculento encanto, como si nunca hubiera bebido del placer de un hombre enamorado. (¡Enamorado!) Si, estaba enamorado, y yacían sólo veinticuatro horas de conocernos. ¡Por todos los cielos! ¡Estaba enamorado de una mujer que no conocía lo suficiente y, sin embargo, me sentía vivo, tan vivo como la primera vez! Me dejé llevar por su cadencia, por la grosera forma de tomarme en esa playa, bajo la luz de una luna tímida, pues yacía escondida entre nubes enrojecidas mientras Iris se prensaba de mi verdad, de mi locura, de mi pasión, de mi lujuria; de esas benditas ganas de explotar en su preciosa cara de muñequita de porcelana. Me vi vertiéndome en una explosión inevitable de contener sobre su rostro; empapé sus lentes, su boca, sus mejillas y no pude más que reír de un gozo que se iba a volver a repetir, una y otra y otra vez, pues… esa noche fue la primera de muchas que iban a venir… (y que, hasta la fecha, no puedo olvidar.)

Hace más de 1 año

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#5

II.

Duramos varios meses viviendo al extremo, saliéndonos de los moldes que no nos habíamos atrevido a romper en nuestras anteriores relaciones; ella buscándome y yo respondiéndole con toda esa emoción que no se me apagaba, sino todo lo contrario, cada vez más se me agudizaba. Me sentía vivo, feliz, eufórico, como muy pocas veces me había sentido. Estaba seguro de sentir algo más que atracción por ella, estaba estúpidamente enamorado y ella lo sabía, pues no podía ocultarlo cuando la veía; tenerla en mis brazos, atada a mi boca, envuelto en sus piernas, hundido en su centro; en esa femineidad que tanto adoraba habitar. No había día que no nos dedicáramos a entregarnos, a fundirnos en un solo cuerpo, a comernos la carne, a degustarnos la piel y la mente; hablábamos y hablábamos, nos perdíamos en conversaciones profundas y trascendentales. No perdíamos el tiempo, lo invertíamos en desenmarañar cuestiones filosóficas; los espacios intrincados de nuestro yo existencial. No podíamos ser distintos, éramos tan similares. Llegó un momento en el que perdí el interés en otras mujeres, no me interesaba salir con nadie más, sólo con Iris. Mi tiempo, mi mundo, mi atención y amor iban para ella, no podía ser diferente; me tenía en sus manos.

Desafortunadamente, ella no lo veía así; ni siquiera era capaz de creerlo. Comenzamos a tener roces por mis amistades, por las horas que no estaba con ella, por mi trabajo, por la poca atención –que ella decía– le daba. Empezó a llamarme y a buscarme más, me dejaba mensajes al buzón de voz con un tinte de reclamo, me buscaba a la oficina y dejaba con mi asistente el aviso de que me había ido a buscar –cuando no podía atenderla por cuestiones, obviamente, de trabajo–. Empezó a dolerme su actitud al grado de hacerle prometer que no vería a nadie más –ni siquiera a mis amistades– con tal de hacerla y tenerla feliz. No me importaba dejar mi vida por ella. La amaba con todas mis ganas, con el ser que soy y el alma que me habita. Era suyo y no había momento que no se lo dijera con palabras, con actos y con hechos que parecían ser poco para ella.

Una noche –de ésas en las que no se sabe cuándo dejará de llover– mirábamos caer las gotas de lluvia por el ventanal de la recamara mientras nos abrazábamos sobre la cama, después de haber hecho el amor. Mis labios besaban su cuello y sus hombros con tibia ligereza, mientras la apretaba con mis brazos y la pegaba a mí. Me encantaba abrazarla, sentirla, olerla… Era comerme su aroma y su calor con los sentidos despiertos y, a la vez, extrañamente, adormecidos. La escuché suspirar hondamente y percibí una repentina sonrisa dibujarse en su bello rostro; sus ojos resplandecían con la tenue luz de las farolas que descansaban en la calle; ahí, afuera de mi casa –la que se había convertido en nuestra, desde que la invité a vivir conmigo, hacía un par de semanas ya–. Volteó a mirarme, acarició mi mentón y mejilla con la frialdad de su delgada mano; era increíble que, en pleno verano, sus manos fueran tan frías, como si estuviesen yertas y vacías de sangre. Siempre me llamó la atención ese hecho y pocas veces se lo dije, pues no quería incomodarla o hacerla sentir rara con mi inocente observación. Apretó los labios como pensando bien lo que deseaba decirme sin caer en arrebatos, pues ya habíamos tenido bastantes discusiones por hablar con descuido. La miré atento y con unas ganas locas de comerme esa boquita delgada, suave y sencilla, pero que me hacía sentir tan lleno de satisfacción y gloria. Le paseé el pulgar por sus labios y la invité a decirme lo que deseaba hacer sin miedo; me sentía extremadamente en paz que sabía que nada podía sacarme de ese estado de contemplación en el que habíamos terminado al amarnos.

—No quiero perderte…—me miró fijamente a los ojos y, con sus manos, tomó mi rostro. —Te amo… mucho, mi niño especial, ¿sabías que eres singular?—sentí a mi corazón llenarse de una sublime agitación que me enmudeció. Era la primera vez que me decía que me amaba… y me lo decía así, mirándome a los ojos, tatuándome en el alma esas benditas palabras que estaba esperando, hacía tiempo, con inquieto frenesí. Inevitablemente, la rodeé en mis brazos, le robé un largo beso de los labios y volví a penetrarla. ¿Cómo no hacerlo después de esa confesión que me estaba marcando de por vida? Me ardía el ser entero y, así, con ese hervor de sangre, la tomé como la primera vez; fuerte, duro, agitado, deseoso, hambriento y enajenado… completamente enamorado… atado a una sola mujer… a ella… a Iris, a mi dulce y tierna Iris, a mi niña de ojos castaños y piel apiñonada, la que me había robado el aire al dirigirme la palabra.

Fue una noche de ardoroso desvelo y húmedo júbilo. Yo era feliz. Ella era feliz. El mundo podía seguir girando, no nos importaba nada. Eramos ella, yo y esas ganas de no dejarnos nunca. Me lo había prometido al tanto me hundía entre sus piernas y me comía su boca con la lengua; en sus arrebatados y profundos gemidos me lo decía…

—Te amo… y nunca voy a dejarte, ¿lo escuchaste?—me apretó entre sus piernas, me hundió hasta topar en su fondo y atravesó mi mente con su afilada mirada. —Siempre serás mío, sólo mío… de nadie más.—Nos fusionamos en un orgasmo, nos vertimos, nos unimos en algo más que sólo la carne y la satisfacción que ésta da. Eramos alma, esencia y corazón… Eramos… Uno.

Hace más de 1 año

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