Diecoke
Rango7 Nivel 30 (1431 ptos) | Autor novel
#1

La semana pasada llegué de una importante excavación en las tumbas de Caere, en la necrópolis etrusca de Banditaccia, cerca de Roma. Ahí estuvimos trabajando en una serie de trabajos en colaboración con el gobierno de Benito Mussolini, donde encontramos una serie de tumbas, del tipo tumular y de “dado”, en las cuales se hallaron ricos e interesantes ajuares que podrían datar del siglo VII a.C.
Mi llegada a Londres, fue breve, pues a los pocos días recibí una carta cuyo remitente era la propia universidad de Oxford, ofreciéndome un interesante trabajo de excavación que no podía rechazar:
“Estimado señor Jason Murray.
Les escribimos con motivo de nuestro deseo en trabajar en la expedición Oxford-Miskatonic en una excavación en lo que podría ser los resto de la Pirámide Encorvada de Dhasur. Esta colaboración tiene como objetivo hacer un estudio de los posibles restos. Usted, como experto en arqueología funeraria, estaríamos encantados de poder contar con sus servicios.
En caso de acceder, hablaríamos con usted para establecer los términos de su remuneración.
Un cordial saludo,
Stuart Flanagan”

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#2

La carta me pilló de sorpresa y más tras volver de trabajar en Italia. Nunca había excavado en Egipto, lugar predilecto para muchos arqueólogos, empresarios e inversores que estaban aburridos de su monótona vida y se ponían a financiar proyectos de excavación en diversos lugares, como el Valle de los Reyes entre otros lugares icónicos del Antiguo Egipto. Tras terminar de leer la carta, me dispuse a llamar al señor Flanagan, que gustosamente me ofreció hacer la reunión al día siguiente, pues coincidía que el equipo de la universidad de Miskatonic, en Arkham, estaba en la ciudad.
A la mañana siguiente, sin pensármelo dos veces, cogí un tren que me llevaba a la ciudad universitaria de Oxford. Recordaba mis años de estudios ahí, así que no me supuso mucho esfuerzo encontrar la vieja facultad donde pasé parte de mi vida. No me fue difícil encontrar en enorme despacho del señor Flanagan, el cual ya desprendía su característico olor a tabaco de pipa de fumar.
Eran las 12 del mediodía y estaba frente a la puerta del despacho. Desde dentro se oía algunas voces hablando de forma alegre. Llamé de forma un tanto disimulada para no interrumpir o asustar a los que estaban dentro, cosa que no urgió efecto, pues el silencio se generó en aquel despacho. Una voz un tanto potente me invitó a entrar y yo, de forma un poco vergonzosa, hice lo propio.
En el interior había 5 personas, alternando entre algunas de pie y otras sentadas en unos sillones marrones de cuero que estaban en el centro del gran despacho. El señor Flanagan, al verme, se levantó y me abrazó con alegría. Se alegraba de verme, o eso me hizo constar cuando me lo dijo, añadiendo que era la persona que esperaba. Continuación, me invitó a sentarme y me presentó al resto de las personas.
El resto de las personas eran los componentes principales de la expedición Oxford-Miskatonic que iría a Egipto a estudiar lo que parecían ser los restos de la Pirámide Encorvada de Dhasur. La primera persona que conocí era el señor Robert Finnegan, de la propia Universidad de Oxford. Iba a ser el director de toda la campaña y el encargado de hablar con todas las autoridades, prensa, etc. Estaba sentado frente a mí y junto a Stuart Flanagan. Me presenté al señor Finnegan estrechándole la mano, mientras él me miraba fijando su mirada de ojos verdes, a mis ojos, mientras esbozaba una sonrisa que hacía que se modificara su bigote en una gran curva.
Sentada en una silla estaba, según el señor Flanagan, la señorita Sarah Fontaine, egiptóloga de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Massachusetts. Parecía ser una persona muy profesional, aunque no mostraba muchos rasgos y algo seria. Recordaba haber leído algún trabajo de ella sobre la III Dinastía de Egipto y los cultos a las deidades zoomorfas. La saludé con un suave apretón de manos.
El siguiente era Andrew Colwes, geólogo de la misma universidad que la señorita Fontaine. Era un hombre grande, ataviado con una americana de pana marrón y una camisa blanca con los botones superiores desabrochados. Se le veía más extrovertido y hablador que la anterior compañera.
Una vez nos presentamos todos, el señor Flanagan empezó a explicar en qué iba a consistir la Expedición Oxford-Miskatonic. La unión de ambas universidades se debía en un hermanamiento para investigar y excavar, con los mejores especialistas en sus campos, los restos de la posible Pirámide Encorvada de Dhasur, a unos 40 km al sur de la ciudad del Cairo. Ahí se quería estudiar los posibles restos de la tumba del último faraón de la III Dinastía, que según la señorita Fontaine, podría tratarse de Nefrén-Ka. A toda la explicación, el señor Finnegan añadía, de forma muy enérgica, las posibles reliquias ceremoniales y religiosas que podríamos encontrar y que desvelaría mucho sobre los rituales de la III Dinastía.
La idea me fascinaba. Como experto en arqueología funeraria me sentía muy honrado de formar parte de esta expedición, y sobre todo que me tuvieran en cuenta como experto en mi campo arqueológico. No podía aguantarme las ganas de partir hacia Egipto.
Por último, establecimos las fechas para la preparación del viaje y la realización de este, que sería en una semana, partiendo desde Southampton y llegando Port Said en 3 días. Desde ahí, alquilando unos vehículos, iríamos hasta el Cairo, donde contrataríamos a la mano de obra y al día siguiente ya pondríamos rumbo a Dashur.
Tras concretar ya todos los detalles, me dispuse a volver a Londres en un tren que salía a las 17:00. Al llegar a mi casa, con los nervios del momento, empecé a hacerme la maleta con todo lo necesario para hacer un viaje de tales magnitudes, además de hacerme un listado de todas las cosas que necesitaba para vivir en el caluroso Egipto, además de toda la documentación necesaria.
Durante la semana de preparativos, la verdad que por los nervios me costaba bastante dormir. Todas las noches no paraba de pensar en el viaje y la propia excavación, pero otras veces, mi mente se trasladaba al Egipto antiguo. Ahí podía ver con gran detalle toda la arquitectura y arte del momento. Otras veces estaba visualizando como una especie de cultos a alguna deidad egipcia, donde veía rituales con algún sacrificio, todo rodeado de oscuridad. Los asistentes, los cuales no paraban de gritar palabras en otro idioma que no parecía entender, llevaban un símbolo que he visto antes en la imaginería egipcia, era un anj, pero en esta ocasión invertido.
Aquellos sueños parecían ser pesadillas, pues la locura de aquellos rituales que veía a veces me horrorizaba y me hacían despertarme entre sudores y preocupaciones. Luego veía que eran sueños y que no había peligro, cosa que hacía que la preocupación se me fuera.
La semana había pasado ya, sin complicaciones excepto por aquellos incómodos sueños que no me permitían pegar ojo por la noche. Aun así, estábamos ya los 4 componentes de la expedición Oxford-Miskatonic embarcando en el puerto de Southampton dirección hacia el desconocido y exótico Egipto.

JorgeII
Rango11 Nivel 53
hace casi 2 años

Me complace leer a otro seguidor de August Derleth, o es puro Lovecraftiano lo tuyo @Diecoke ?

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

@JorgeII de momento solo he leido a Lovecraft y quiero leer a Chambers. Si que es cierto, que aunque leo poco a poco, me gusta informarme muy bien del universo de los mitos, ademas de que suelo jugar mucho a rol de La Llamada de Cthulhu. Paro vamos, que poco a poco me ire leyendo cosas del circulo del Maestro de Providence

JorgeII
Rango11 Nivel 53
hace casi 2 años

No dejes de leer a Derleth, prácticamente todo lo que estas jugando en La llamada de Cthulhu es gracias a él. Lovecraft sentó las bases de la mitología que se le atribuye, pero su circulo le dio forma.

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

Pues si, y con ganas de leerles. Mucho que leer y tan poco tiempo...


#3

Las noches en el barco eran largas y llenas de sueños de otras épocas. Aquellas estancias oníricas en el antiguo Egipto me maravillaban y horrorizaban a la vez, pues ver casi en vivo el propio pasado era una cosa que muy pocos podían hacer, pero al contrario, las propias representaciones y cosas que veía me horrorizaban. No sabía si era una mala pasada de mi propio subconsciente que tras estar envuelto en todo este asunto de la Expedición Oxford-Miskatonic. El propio hecho de trabajar en un lugar relacionado con Nefrén-Ka, como era la pirámide de Dhasur despertaba un interés fuera de lo normal en mí.
Los primeros días de viaje me encargue de conocer mejor al equipo y establecer los primeros lazos de trabajo y amistad. El señor Andrew Colwes era muy interesante. Sentía auténtica pasión por la geología y la arqueología, realizando interesantes estudios sobre los materiales geológicos de algunos sepulcros que ha trabajado. Era una persona que hablando con él se sentía muy abierta y amistosa. La señorita Sarah Fontaine, como vi la primera vez que nos presentamos, era una gran profesional, o eso llegué a ver por lo que me contaba. Costaba un poco atravesar esa coraza compuesta por su profesionalidad y ver cómo era aquella persona. Sí que es cierto que entre toda aquella profesionalidad fría, se podía ver una gran pasión por la egiptología, incluso muy llevado a lo personal, como si estudiara el Egipto antiguo por una especie de asunto propio que me cuesta ver en ella. Por último, el director Robert Finnegan, se le veía una persona muy abierta y siempre me invitaba a hablar. No paraba de comentarme todo lo relacionado con Nefrén-Ka, la dinastía y lo poco que se sabía de él. Me dijo que se rumoreaba que era un faraón muy poderoso en el Egipto antiguo. Siempre hablaba de él, incluso llegando a momentos que rozaba lo obsesivo. Me gustaba hablar con él, pero no entendía porque aquella obsesión que el faraón.
Los días eran largos y sin mucho que hacer en el barco. Las veces que no estaba en el restaurante del barco o con el equipo hablando, me pasaba el resto del tiempo en mi camarote leyendo algunos libros que compré sobre Egipto o algunos que ya leía. Cuando estaba agobiado de estar siempre en el pequeño camarote salía a la borda a que me diera algo el aire.
El aire se mezclaba con el olor a mar y el salitre que quedaba impregnado en los recovecos de toda la borda. Los días eran soleados pero a veces el aire, que soplaba fuerte, era algo frío y me tenía que poner el abrigo. En esos momentos que estaba en esa parte del barco, aprovechaba para pensar en aquellas cosas que veía en mis sueños: los rituales, aquellas acciones grotescas, el anj invertido… Eran cosas que me rondaban por la cabeza. Sabía que el anj era un jeroglífico que significaba “vida”, pero el estar invertido y relacionado con todos aquellos rituales macabros me hacían pensar que no tenía nada que ver. Las muertes seguro que no eran un buen presagio, pero también había que tener en cuenta que eran sueños, y yo, como persona no religiosa y supersticiosa, no encontraba mayor relación en los sueños que un mero afán por empezar la campaña de excavación en Dhasur.
Los sueños se repetían, cosa que hacía que dormir me fuera acción bastante incómoda. No me aportaban nada nuevo, pero esas imágenes se me retenían en mi mente todos los días y hacía que me preocupara antes de irme a dormir. ¿Cómo era posible recrear en mi mente imágenes tan reales y de tiempos pasados que no viví? No recordaba haber visto un espectáculo igual, por eso me extrañaba. Lo mejor sería que al volver al Londres hablara con algún psicólogo.
Los días de viaje ya pasaron y desde el barco, a lo lejos, se divisaba la ciudad de Port Said. El calor que desprendía el Egipto actual abrasaba, pero se compensaba con la suave y fresca brisa del mar. A todo este paisaje de sensaciones se juntaba el estridente ruido de las gaviotas y el olor de los mercados de pescado que había en el puerto.
Una vez llegamos a tierra, vimos que esa ciudad era todo sensaciones: olores, colores por todos lados. Obviamente se mostraba un estilo de vida inferior al occidental, pero era la estampa de cualquier relato del romanticismo: el gran y autentico Egipto.
Descargamos todo y la guardia colonial nos ayudó a cargar cosas en unos vehículos que alquilamos previamente desde Londres. No queríamos perder el tiempo y llegar cuanto antes al Cairo.
La noche estaba llegando, poniéndose el sol por el oeste, entre las dunas del viejo Egipto, formando los colores más hermosos que en mi vida había presenciado. De pronto, todo era oscuridad, excepto por las luces de los vehículos que alumbraban el camino.
El continuo traqueteo del coche en el irregular camino hizo que me entrara sueño y me durmiera. Entonces me vi como en una antigua cámara funeraria, como las que había estudiado en libros de arqueología egipcia. En el fondo había unas llamas verdes y gente arrodillada frente a ellas. Donde estaban las llamas había un altar y una persona encapuchada que recitaba cosas ininteligibles. Ante esto, la gente repetía lo que él decía y a continuación de las llamas empezaron a aparecer unos tentáculos negros como la oscuridad. Ante esto, salí corriendo, intentando salir de la ruinosa cámara. Fue entonces cuando un golpe me despertó.
El coche había pinchado, o eso comentó el conductor. Nos pidió que saliésemos de los vehículos para poder cambiar la rueda. Al salir, vi que aún era de noche, en mitad de la nada de Egipto. El frío era más patente, pero la temperatura no era lo único que me preocupaba, pues sentía que había algo más ahí. Alguien nos observaba.

SoyMagdaly
Rango10 Nivel 49
hace casi 2 años

Muy buena historia, bien narrada. Estaré pendiente de las próximas partes 😊😊

SoyMagdaly
Rango10 Nivel 49
hace casi 2 años

Y por eso digo que estaré pendiente de las próximas partes, para ver como continúa

JorgeII
Rango11 Nivel 53
hace casi 2 años

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn


#4

La poca luz que emitían los faros de los coches no me permitían tener una gran visión de lo que me rodeaba. Estaba junto a la señorita Fontaine pegados al coche, desde cuya posición no paraba de observar los alrededores. Le dije a ella si veía algo entre la más oscura noche, a lo que me dijo que no.
La luna llena poco a poco alumbraba nuestro campo de visión, dejando definir algunas formas en el ambiente, donde casi todo eran dunas y plantas desérticas que no dejaba que algo se ocultara entre ellas. Mis ojos lograron afilar más la búsqueda, mientras el aire frío se levantada, moviendo así el aire que se me entremetía por los ojos.
Le pregunte al conductor, un inglés colono que vivía en Egipto más de 15 años, si por estas zonas había animales salvajes, a lo que me contestó que por aquí solían habitar algunas hienas, pero que no nos preocupáramos, pues él tenía un rifle por si se acercaban. Estas palabras me tranquilizaron algo, aunque no me quitó esa inseguridad que había invadido mi cuerpo.
El conductor que estaba cambiando la ruina dos dijo que en 15 minutos iba a estar lista, lo que hizo que mi ansia de irnos de ahí fuera más patente. No paraba de mirar por todos los lados al horizonte, buscando cualquier cosa que me hiciera justificar que algo estaba ahí observándonos.
Mis ojos poco a poco iban acostumbrándose a la oscuridad de la noche, aunque la luz de la luna me ayudaba. Me acerqué al grupo de investigadores que estaban junto al primer coche, el que no estaba reparándose e intenté seguir su conversación en busca de poder olvidad esas malas sensaciones que me venían a la cabeza. La señorita Fontaine estaba hablando con el señor Finnegan sobre la III Dinastía y la introducción de los cultos a deidades zoomorfas. Añadía que se cree que realizaban cruentos rituales donde algunos sacerdotes se les realizaban sangrientos, pero perfectos, rituales que consistían en una intervención quirúrgica donde se les cortaba la cabeza y la sustituían por la de un animal. Tras esto, el cuerpo cobraba vida y a estos seres se les consideraban como una especie de dioses que servían al faraón Nefrén-Ka.
La conversación me pareció muy interesante por el punto de vista funerario, pues decían que estos seres, al morir el faraón, fueron enterrados con él como parte de su ajuar funerario, como si fueran guardianes de su tumba. Durante un buen rato la conversación me llevó a imaginarme como sería la tumba del faraón Nefrén-Ka, hasta que un aullido interrumpió mis pensamientos.
Miré rápidamente donde parecía provenir el aullido. Buscando entre el horizonte en forma de dunas, busque sin descanso. Nadie parecía encontrar nada, incluso el propio conductor, que se llamaba Harold Clive, sacó el rifle de la parte de atrás del vehículo. Los minutos pasaron y no parecía pasar nada. Al menos, el bueno de Clive nos dio la buena noticia de que la rueda estaba cambiada. Por otro lado nos comentó que el aullido podría ser de algún chacal del desierto que se habría escondido al oír a tanta gente. Tras esto, la señorita Fontaine y yo volvimos al segundo vehículo y el señor Colwes y el señor Finnegan al primer coche. La caravana de vehículos continuó y yo me volví a fijar en el horizonte, a ver si en un último vistazo volvía a ver algo. Y así fue.
En lo alto de una de las dunas se desdibujaba una figura negra a causa del contraluz que hacía con la luna. A simple vista parecía un hombre, pero la cabeza no lo era. Se podían distinguir dos grandes y puntiagudas orejas, como las de un lobo o algo así. Por otro lado, el morro, recordando a lo de antes, también se podía ver. Junto a esta figura, otras más pequeñas aparecieron, apareciendo entre todas estas decenas de pequeñas luces rojas con forma de ojos. La imagen era estremecedora, pues era algo que en mi vida había visto. Me horrorizaba pensar que aquello era real. Aparte la vista rápidamente, queriendo olvidar eso y pensando que era fruto de mi imaginación, cosa que creí confirmar cuando de reojo volví a mirar y vi que todo aquello no estaba.
Intenté tranquilizarme y pensar que en nada llegaría al Cairo y así fue. Desde lejos se veía las tímidas luces de la ciudad, que iban acompañadas con las del amanecer en el desierto. Junto a nosotros, se volvía a ver el río Nilo donde había cientos de embarcaciones atracadas o fondeadas. Me tranquilicé al volver a ver signos de civilización y, por supuesto, de encontrar una cama, aunque fuera de hotel, para poder dormir algo después de aquella noche. Esperaba no volver a tener pesadillas.

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

Perdonen la demora, he estado estos días bastante ocupado. Disfruten del relato

JorgeII
Rango11 Nivel 53
hace casi 2 años

@Diecoke tené cuidado cuando repetís tan cerca de palabras "Añadía que se cree que realizaban cruentos rituales donde a algunos sacerdotes se les realizaban cruentos pero perfectos rituales" queda feo, seguro podes encontrar un mejor adjetivo para reemplazar la primera o segunda aparición de la palabra "cruentos"

Diecoke
Rango7 Nivel 30
hace casi 2 años

Toda la razón,una errata que se me pasó de la corrección


#5

Lo que veía era un salón muy antiguo, cuyas paredes estaban llenas de jeroglíficos. El suelo tenía arena muy fina, como la que vi en el desierto al llegar a Egipto. La poca luz que había era de unas antorchas ceremoniales que había en el centro de la estancia, dejando ver el altar que había al fondo. Entre donde estaba yo, que era la entrada a aquel salón que parecía ser ceremonial, y el fondo, había un gran estanque. Me acerqué a ver aquello, observando que el líquido que había era rojizo y espeso.
Poco a poco, y bordeando aquel estanque, me acerqué a lo que parecía ser el altar. En él había lo que parecía ser un sarcófago muy ornamentado, con una gran gama de colores y jeroglíficos variados. Era el típico de sarcófago, como el que descubrió Howard Carter en 1922, el de Tutankamón. En este caso, los rasgos de la cara de la tapa eran más marcados, incluso siniestros, mostrando un color, en lo que parecía representar la piel, negro como el carbón.
Junto al altar, había una mesa que parecía auxiliar. En ella había de todo tipo de herramientas, que parecían antiguas, con todo tipo de formas grotescas y manchadas de sangre. Cuchillas, cuchillos, objetos punzantes, bastones contundentes, mazas… Era todo lo que componía aquello. Parecía que eran herramientas que se emplearían para torturas o sacrificios.
Me disponía a salir de ahí, hasta que vi que desde la entrada a la cámara, se empezaron a oír ruidos de tambores y canticos guturales. Entonces, con el corazón acelerado, me escondí detrás de una de las grandes columnas que había, dejando que la oscuridad me cubriera.
La gente que entró llevaba túnicas grandes y anchas. Portaban en sus manos grandes y contundentes garrotes con pinchos. Junto a estos, pude ver que llevaban a gente, tan flaca que se podía percibir su estado de desnutrición. Estos iban atados del cuello y los pusieron entre el estanque y el altar. Entonces desde el altar apareció otro hombre con túnica y una corona de faraón. Desde donde yo estaba no podía verle la cara, pero parecía tener rasgos y color de piel occidentales. Empezó a hacer cánticos en algún idioma que no comprendía, alzando los brazos a invitando al resto de asistentes a que hicieran algo.
El resto de personas con túnicas, se las quitaron y, desnudos, empezaron a propiciar contundentes y sangrientos golpes a las pobres personas que estaban aterradas y encadenadas. Los gritos, denotando un sádico éxtasis de violencia en su propia cordura, se metían en mi mente, donde se juntaba con las plegarias de ayuda y dolor de los pobres que estaban recibiendo brutal paliza. El espectáculo era horroroso, mostrando tal violencia que tuve que apartar la vista.
Intenté volver a ver que estaba pasando. En ese mismo instante, con unos objetos punzantes, atravesaron los corazones de los pobres desgraciados, dejando verter la sangre que iba al estanque gracias a unos pequeños canales que había en el suelo. Este empezó a burbujear, alterándose el agua y saliendo humo de ella. El resto de gente se unía en un mismo cántico, al unísono, mientras hacían movimientos del cuerpo al mismo tiempo. Entre todas las voces que se oían, destacaba la que parecía ser el líder o sacerdote, desde el altar. Miré rápidamente hacia esa dirección. Ahí vi que la tumba empezaba a hacer cosas extrañas: la boca de la cara del sarcófago se abrió, haciendo sonar un sonido sacado de ultratumba.
No podía seguir presenciando tal espectáculo, así que poco a poco, y horrorizado, decidí irme de ahí. Cuando estaba casi en la entrada, me giré un momento y vi que del asqueroso líquido que había en el estanque, empezaron a salir tentáculos de las formas más grotescas e inimaginables que jamás había podido ver, mostrando bocas con dientes afilados y ojos deformes. Estos empezaron a matar y estampar en las paredes a las personas que estaban ahí, las cuales, sin inmutarse, se dejaban sacrificar por aquella cosa. Yo, por otro lado, salí corriendo, intentando huir de aquella cosa.
Vi que había unas escaleras que intenté subir todo lo rápido posible mientras sentía como aquella horrible cosa me perseguía. Fue entonces cuando mi torpeza hizo que me tropezara y cayera unos escalones hacia abajo. Cuando logré volver en mí, la criatura esa la tenía en mente. No dudo en ir a por mí y matarme.
El sol me dio de cara y la brisa entraba por la ventaba. La vida en las calles de Cairo entraba a mi habitación y yo me intenté incorporar. Me di cuenta que estaba mojado en sudor, con el corazón acelerado. Otra maldita pesadilla, pero esta vez era más real que nunca.

Ed_Venaplus
Rango6 Nivel 29
hace 9 meses

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Atte. Lara Gómez.
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