Carmen_F_Mat
Rango6 Nivel 26 (931 ptos) | Novelista en prácticas
#1

Nunca había pensado que podría contar algo como esto, y sé que no va a ser fácil. No sé muy bien por dónde empezar, pero soy el único que puede hacerlo. La mayor parte de lo que ha pasado ni siquiera la entiendo, ni lo pretendo… de hecho ojalá no lo haga nunca, creo que será lo mejor. Yo sólo soy un auxiliar, un pequeño peón al que utilizaban para recopilar datos y comparar muestras. Soy Doctor en genética, así que tampoco sé muy bien qué pintaba yo en este experimento, pero me pareció tan interesante, y pagaban tan bien… Mi disciplina es sencilla, hace mucho tiempo que el material genético humano se decodificó por completo y cada día manejamos mejor las millones de combinaciones posibles que nos llevan a evitar enfermedades, a controlar el destino de nuestra especie. Pero claro, la curiosidad, siempre la puta curiosidad, me trajo a este complejo de experimentación.

El Proyecto Hipnos. Yo también pensé que era un nombre pretencioso y difícil de pronunciar, sí, a mí la “p” siempre se me ha atragantado. Pero por lo visto era el Dios griego del sueño, y en Esparta su imagen siempre...

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morocha_67
Rango6 Nivel 29
hace casi 4 años

Qué bonito, interesante, me parece muy buena historia, ojalá puedas continuar. Tienes tu primer like. Si quieres puedes leer mi efímera luna roja.
Bendiciones.

MaarLopez
Rango9 Nivel 42
hace casi 4 años

Muy buena idea, amo la mitología *.* Y está buena la introducción de tu historia. Mucha suerte >.< Te espero en mi historia y espero que estés conmigo en la siguiente fase =D
Saludos.

MaarLopez
Rango9 Nivel 42
hace casi 4 años

PD: Me gusta la intriga que provoca tu manera de escribir :3 Espero que siga igual de interesante =)

HJPilgrim
Rango13 Nivel 60
hace casi 4 años

Intrigante inicio @Carmen_F_Mat. Quiero saber sobre ese proyecto Hipnos. Tienes mi voto. Espero que te gusten mis relatos: El sueño de una noche de otoño y Sólo un vaso de cerveza más. Te deseo lo mejor!

osgonso
Rango11 Nivel 54
hace casi 4 años

Si algo tengo claro acerca de este relato es que su continuación no va a ser peor, y es que parece bastante claro que no se ha elaborado un gancho ni nada para fomentar el voto, sino que se ha cortado un relato perfectamente terminado y bien hecho a la medida de la caja. Y un relato bien pensado y trazado siempre es un acierto.

yls9007
Rango9 Nivel 43
hace casi 4 años

Hola! te dejo mi voto esperando pases a las siguientes rondas ^^, espero contar con tu voto también! Mucha suerte! :) y a seguir echándole ganas!

FATIMA
Rango7 Nivel 34
hace casi 4 años

vaya letra.. estupendo escrito, cuenta con mi voto.. pásate por el mio y si te agrada votame... mucha suerte!!

alwaysuri
Rango6 Nivel 27
hace casi 4 años

Es extraño, interesante. Tu forma de escribir me gusta porque no es muy complicado de leer y se hace ameno. Te dejo mi like!


#2

se situaba cerca de la muerte. E Hipnos debe habernos maldecido, porque nuestro experimento del sueño acabó precisamente de esa forma, rodeado de muerte.

Me encuentro en lo que un día fueron las preciosas islas Cíes, a unos pocos kilómetros de la costa gallega. He activado hace poco las alarmas que harán que alguien, presumiblemente armado hasta los dientes, con helicópteros y unidades de emergencia, aparezca al fin por aquí. El Doctor Espino las había inutilizado, ¡estúpido y loco hijo de puta! Llevo desde ayer intentando poner de nuevo todo el sistema en funcionamiento. Por Dios, soy especialista en genética, no en cables y en chips biomecánicos, pero resulta que estoy sólo. De un equipo de investigación formado por veinte personas, más los tres sujetos de experimentación, soy el único que ha conseguido sobrevivir.

El Proyecto Hipnos tenía un propósito muy sencillo: averiguar cuánto puede aguantar un ser humano sin dormir y qué consecuencias, físicas y psicológicas, acarrea la falta de sueño. Facilísimo. El último experimento parecido, llevado a cabo hace unos diez años, en el 2193, consiguió mantener en vela a un sujeto —voluntario— durante trece días ininterrumpidos. Con sus trece noches. Tras eso el pobre diablo acabó con trastornos alimenticios, psicosis varias y alucinaciones para el resto de su vida. Y eso que todo se llevó a cabo bajo estricto control médico y que el tipo estaba allí por su propio pie. El Doctor Espino quiso ir un paso más allá, e hizo construir su laboratorio entre los muros de la cárcel que, hace más de un siglo, se erige en estas islas. La intención era sencilla, desde luego: privacidad absoluta y cobayas humanas gratis.

Nuestro moderno Doctor Mengele encontró su paraíso aquí. No había leyes, derechos ni privilegios, los reos son propiedad del estado desde el año 2056 en que se aprobó la Ley 459/76/2056. Así, Espino “reclutó” a tres presos de entre los menos problemáticos y les prometió, a cambio de participar en su “estudio del sueño”, que vivirían como reyes mientras durase y que, al que más contribuyese al éxito de éste, le daría la libertad. Promesa absurda: estaban condenados. Y lo sabían, pero en el corazón de todo ser humano que se siente derrotado, hundido en el fango, hay una pequeña chispa de esperanza, de ilusión, de “¿Y si es posible? ¿Y si…?” Igualmente se estaban pudriendo poco a poco, no tenían nada que perder, ¿verdad?

Del sueño sabemos poco, apenas unas nociones del mecanismo químico que lleva asociado, pero eso era suficiente para el Doctor. No le bastaba con que sus cobayas hubiesen decidido no dormir, él quería evitar que pudiesen hacerlo. No se limitó a ponerles tratamientos hormonales para impedirles conciliar el sueño, o a atiborrarlos de estimulantes. Con la excusa de un pequeño chequeo médico previo al experimento los tres sujetos fueron anestesiados, y el láser del doctor se encargó, personalmente, de que sus organismos jamás fuesen de nuevo capaces de generar ni asimilar noradrenalina, que controla el ciclo de la glándula pineal y hace que ésta segregue melatonina durante la noche, la hormona que regula los cambios de actividad de nuestro cerebro. Sin ella, y aislando a los sujetos de forma que su cuerpo sea incapaz de distinguir el día de la noche, además de asegurarse de que sus niveles de adrenocorticotropa obligasen a las glándulas suprarrenales a segregar un torrente constante de adrenalina, Espino consiguió tres zombis que no solamente no tenían intención alguna de dormir, sino que no podían hacerlo.

Nos aislamos con ellos en la isla más pequeña, Penela dos Viños, en la instalación que había pertenecido al cuerpo de seguridad de la cárcel, ahora trasladada a otra isla más grande, y empezamos a monitorizarlos. Se les recluyó por separado, en pequeños y funcionales apartamentos controlados y llenos de cámaras. Les dimos lectura, películas, música, robots personales y miles de juegos para entretenerse, aparatos para hacer ejercicio y un pequeño taller por si querían ponerse creativos. Sus chips personales, los que nos identifican a todos, fueron modificados para tenernos constantemente al tanto de sus constantes y funciones vitales más detalladas, se les denominó Cloto, Láquesis y Átropos y dimos comienzo al Proyecto Hipnos.

DÍA 10

Como es normal, los primeros días fueron como la seda. Tranquilos y disfrutando de sus nuevas y ventajosas condiciones de vida, los tres sujetos se dedicaban a mirar películas o documentales, a escribir, leer, correr en la cinta o hablar con su robot. Periódicamente les sacábamos de sus apartamentos para hacerles pruebas psicotécnicas y de atención, para ir evaluando su progreso cognitivo. A partir del quinto día empezamos a notarlos apáticos y poco activos, casi melancólicos, pero al octavo volvían a hacer ejercicio y comer como si no lo hubiesen hecho en su vida.

Fue Láquesis quien nos hizo preocuparnos el décimo día. Otra auxiliar y yo entrabamos en la sala de visionado de seguridad, donde se monitorizaba a los tres sujetos las veinticuatro horas del día, cuando encontramos a los dos técnicos riéndose a carcajadas, con lágrimas corriendo por sus mejillas. En la pantalla principal estaba Láquesis, de pie contra una de las paredes, golpeando su cabeza una y otra vez, despacio pero rítmicamente. Paré el festival de risas de los técnicos con un grito:

—¡Vosotros! ¿Qué coño os pasa, os parece gracioso? Llamad ahora mismo a alguno de los doctores. —Los dos individuos se quedaron congelados y enderezaron las espaldas en sus sillas— ¿Cuánto tiempo lleva haciendo eso?

—Solo unos minutos, señor. Íbamos a dar el aviso ahora mismo.

Resultó que “unos pocos minutos” habían sido, en realidad, diecinueve. Láquesis no opuso resistencia cuando le paramos y sacamos de la habitación para curarle la herida de la frente, más bien se dejó hacer, como un corderito manso. Tuvimos que vendarle totalmente la cabeza y limpiar el rastro de sangre que había dejado en la pared, pero cuando le devolvimos a su cuarto cogió el lector y se entretuvo durante horas ojeando revistas sobre animales. En ningún momento dijo nada, por mucho que le preguntamos por qué había hecho algo así.

Después del “incidente” pasamos dos días de relativa tranquilidad. Los sujetos hacían su vida normal, Láquesis no mostró ningún intento más de autolesión. El Doctor Espino, los dos médicos que componían el equipo y la psicóloga de la instalación, se pasaban el día observando las cámaras y sus análisis hormonales, sin poder encontrar una explicación clara a lo que había pasado. El decimotercer día, Átropos se comió su lengua.

Lina
Rango6 Nivel 29
hace casi 4 años

La vida siempre será un misterio, tanto que conjuga un sinnúmero de mitos..
Te doy un like.. Te invito a que pases por mis textos...

sinesand01
Rango10 Nivel 49
hace casi 4 años

Hola. :3 Es muy amena la lectura. Veo que has sabido muy bien mostrar sólo lo necesario. Me quedé con la inntriga de qué fue lo que sucedio, porque es que me recuerda muchísimo a un creepypasta que se llama "El experimento ruso del sueño". Me gusta, quiero saber qué les pasa, cómo se van a comportar ahora. No se sabe a ciencia cierta eso del mecanismo despierto/dormido, pero se sabe que es necesario. Y tú lo estás suprimiendo hasta que... tendré que esperar. Me gusto leerte. :) Te invito a pasarte por mi relato para el concurso, que ya tiene segunda parte, a ver si supe continuar bien. Que sea excelente tu próxima parte, seguro vuelvo a leerte. Un saludo. :*

Eliza
Rango6 Nivel 28
hace casi 4 años

Te dejo mi voto, está muy bién escrito, el final me dejó intrigada! Pasa por mi historia cuando puedas.

EmiliaBusom
Rango5 Nivel 20
hace casi 4 años

No conocía tu historia, me ha gustado. Cuentas con mi voto.

Kicye
Rango8 Nivel 37
hace casi 4 años

Muchas veces la ciencia despierta nuestra creatividad. Tu relato es bastante diferente. Es como leer una obra de arte en forma de ciencia. Te invito a probar un bocado de mi especialidad, patatas con manzana (mi historia en concurso).

osgonso
Rango11 Nivel 54
hace casi 4 años

60 visitas y 25 MG. El ratio es bastante espectacular, teniendo en cuenta que hay quien entra más de una vez y no puede dar más que un MG por caja. El porqué a las pocas visitas, seguramente la falta de atractivo para el público general de la imagen blanca del relato; ¿el de la eficacia sobre el lector? Que está muy, muy bien escrito.

Jupyter
Rango12 Nivel 57
hace casi 4 años

Me gusta lo profundo que es! Cuenta con mi voto! Espero verte por mi historia "nunca" y votes si te gusto, lo espero;D

AdanNajera
Rango6 Nivel 29
hace más de 3 años

¡Sorprendente! me ha gustado bastante, te dejo mi voto para que continúes en la siguiente ronda. Si gustas puedes leer mi historia "Libertad".

Imecoyana_Naliva
Rango5 Nivel 22
hace más de 3 años

me encanta que sea similar al "experimento ruso del sueño" es espeluznante!! sigamos leyendo!! tienes mis dos votos!! (no había tenido la oportunidad de leerte)

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Excelente la segunda parte, ha sido un placer pasar
y disfrutar de tus letras. Pasa si lo deseas por mis micros, ya son 4 los publicados.


#3

DÍA 13

No me estoy refiriendo a que intentase suicidarse tragándose su propia lengua, método usado infinidad de veces por soldados atrapados por el enemigo, espías descubiertos o personas con pocas opciones más. Átropos no parecía tener ninguna intención de suicidarse. Pero por lo visto no quería seguir teniendo lengua. O quizás, quien sabe, era un manjar mucho más apetecible que todas las recetas de primera calidad que nuestras cocineras le preparaban. El caso es que, sin un grito, sin un gesto de dolor, sacó su lengua todo lo que pudo, secó la saliva que la cubría con las manos, la rodeó con la tela de la camiseta que se acababa de quitar y tiró y tiró de ella hasta que, como pudimos oír más tarde en el video de seguridad, la arrancó con un sonido de desgarro y el gorgoteo de la sangre que inundaba su garganta. Después de tragar varias veces, y al parecer viendo que su boca y su garganta estaban mucho más libres ahora, desenvolvió la lengua de la ensangrentada camiseta y empezó a comérsela. Despacio, arrancando trozos sin delicadeza, masticándolos ensimismado y tragando con placer mientras la sangre goteaba ya de su barbilla y caía por el pecho.

Mientras uno de los guardias de la sala de visionado seguía vomitando sin pausa, de rodillas ya en el suelo, tres de sus compañeros entraban a la carrera en el apartamento de Átropos. No sé qué debieron de pensar aquellos tres energúmenos, si es que pensaron algo. Su prioridad debería haber sido atender inmediatamente al sujeto, cortar la hemorragia a toda costa y llevarlo a la enfermería lo antes posible. Pero el espectáculo era demasiado dantesco, demasiado sangriento, y la habitación estaba inundada del cobrizo olor de la sangre, que les hizo perder la conciencia de dónde y frente a quién estaban. Átropos no reaccionó a su entrada, ni siquiera levantó la mirada cuando irrumpieron empujándose los unos a los otros en la habitación. Sólo cuando uno de ellos, el más adelantado, le quitó el trozo de lengua que le quedaba entre las manos de un fuerte manotazo, observó sus dedos pringosos durante un instante y, como un resorte, se levantó y agarró el cuello del guardia con la mano izquierda, clavando sus uñas como garras en la garganta y perforando la piel del desdichado.

El segundo guardia en llegar, sin haber podido todavía ver qué estaba pasando, se encontró directamente con los ojos de Átropos clavados en los suyos, impasibles. “Ojos de muerto” pensó, mientras sentía cómo los dedos de la mano derecha del sujeto se hundían también en su cuello y le hacían cosquillas en la tráquea.

El tercer guardia tropezó con el pié de uno de sus compañeros dándose un gran golpe con la mesa en la frente. Afortunadamente para él, cuando Átropos dejó caer a los dos primeros, entre estertores y gorgoteos de sangre, luchando por respirar y contener las hemorragias de sus gargantas, ya estaba muerto.

Una de las auxiliares médicas, que estaba en el pasillo cuando los tres guardias abrieron la puerta del apartamento como locos, estaba al otro lado del dintel, observando todo el espectáculo con la mandíbula desencajada y los ojos redondos como lunas llenas. Al ver que Átropos giraba la vista hacia ella, con la cabeza caída entre los hombros, agachado como un depredador en busca de presas, la mandíbula inferior caída y chorreante de sangre, acertó a accionar el botón que la bloqueaba, consiguiendo, por breves milésimas de segundo, cerrarla antes de la llegada de aquel ser sangriento. Saltó hacia atrás al oír el golpe que dio al chocar contra la puerta y al golpearla con las manos una y otra vez con furia.

Tras la alarma general, los gritos, las carreras, las preguntas sin responder y todo el caos que se generó en la instalación, el Doctor Espino y otro médico decidieron llenar el apartamento de Átropos de gas paralizante para inmovilizarlo, entrar a recoger los cadáveres de los guardias y curar sus propias heridas. Cuando el gas consiguió paralizar sus músculos, Átropos, que tras cansarse de aporrear la puerta había ignorado completamente los tres cadáveres y había acabado de comerse lo que le quedaba de lengua, se derrumbó en el suelo de la estancia, totalmente consciente pero incapaz de mover uno sólo de sus músculos. Observó con interés cómo sacamos los cuerpos en camillas y le transportábamos a él mismo a la enfermería. Por estar paralizado los médico no se atrevieron a hacerle un lavado de estómago, temiendo que se ahogase, así que se limitaron a lavarlo, proporcionarle antibióticos y cauterizar como pudieron la herida abierta en su garganta y boca.

Cuando, al día siguiente, le devolvimos a su apartamento, ya impoluto y sin señal de lo ocurrido, se limitó a leer libros infantiles y dibujar jirafas en todas las hojas de las libretas que le habíamos proporcionado. Jirafas sonrientes e infantiles. Jirafas.

Ningún psicólogo, doctor ni auxiliar pudimos formular una teoría convincente que explicase lo que había pasado. Vimos la grabación una y otra vez, intentamos encontrar en los días anteriores cualquier otro comportamiento violento o significativo de autolesión que Átropos hubiese podido mostrar y se nos hubiese pasado por alto, pero no encontramos nada. Después de aquello, siguió su día a día como si tal cosa, con la excepción de que ya no podía pasar el rato jugando con el karaoke que tenía en su apartamento y que tanto le había gustado hasta entonces. Claro, ahora que no tenía lengua lo de cantar se hacía complicado.

DÍA 15

En la mitología griega, las Moiras, que en griego antiguo significa “repartidoras” eran las personificaciones del destino. Sus equivalentes en la mitología romana eran las Parcas o Fata, y en la nórdica las Nornas. Vestidas con túnicas blancas, su número terminó fijándose en tres: Cloto, Láquesis y Átropos. Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá. Cloto, la hilandera, hilaba la hebra de vida con una rueca y un huso. Láquesis, la que echa a suertes, medía con su vara la longitud del hilo de la vida. Y Átropos, la inexorable, era quien cortaba el hilo. Elegía la forma en que moría cada hombre, seccionando la hebra con sus tijeras cuando llegaba la hora.

En la tradición griega, se aparecían tres noches después del alumbramiento de un niño para determinar el curso de su vida. En origen muy bien podrían haber sido diosas de los nacimientos, adquiriendo más tarde su papel como verdaderas señoras del destino, y los propios Dioses les temían y respetaban. Por todo ello, y en especial por el predominante papel de Átropos, las Moiras inspiraban gran temor y reverencia, aunque podían ser adoradas como otras diosas: las novias atenienses les ofrecían mechones de pelo y las mujeres juraban por ellas.

Como en las antiguas leyendas, Átropos había segado las vidas de los simples mortales una vez más. Tres vidas en este caso. Aunque había sido más asqueroso que cortar simplemente un hilo con unas tijeras... El ánimo de todos los que componíamos el equipo del experimento variaba como la luz intermitente de un túnel. Fue complicado guardar los tres cuerpos de los seguratas en bolsas plateadas de cadáveres y meterlos en una de las cámaras frigoríficas para que no empezasen a descomponerse. Fue complicado y duro, porque me tocó a mí y a otros dos técnicos hacerlo. Los dos chicos del equipo de seguridad que quedaban estaban medio catatónicos, y no quisieron saber nada. Una de las cocineras solicitó abandonar la isla, y Espino pudo tranquilizarla a duras penas asegurándole que en unos días llegaría el helicóptero para llevarle a la península… cosa que no era cierta, ahora lo sé. Jamás informó de lo que había pasado, y jamás pidió helicóptero alguno de evacuación.

Dos días después de lo de la lengua Espino reunió a todo el equipo médico. Aparte de él, estaba compuesto por dos médicos más, una psicóloga, dos enfermeros y los cuatro auxiliares y técnicos de laboratorio entre los que me encontraba yo. Intentábamos encontrar una respuesta al ataque psicótico de Átropos, pero simplemente llegábamos a la conclusión de que la falta de sueño le había vuelto loco. No parecía seguir teniendo esos ataques autodestructivos o asesinos, aunque tampoco habíamos querido comprobarlo de primera mano entrando en su apartamento… En las imágenes aparecía calmado, viendo viejas series de dibujos animados en la pantalla, o dibujando animales graciosos, infantiloides, en sus libretas y anotadores. Sólo había tomado líquidos desde que se comió su lengua, parecía que las proteínas y nutrientes de ésta eran suficientes para él durante unos días, y que el dolor que debía sentir en la garganta y boca le impedía masticar o tragar algo que fuese tan siquiera medianamente sólido. Los antibióticos y analgésicos que le habíamos inyectado debían haber sido suficientes para esos dos días, pero llegaba la hora de tener que entrar en esa habitación para proporcionarle más dosis…

Solicitamos a Espino que se le durmiese o inmovilizase para que pudiésemos hacer nuestro trabajo, pero el insistía en que no pensaba hacerlo de ninguna manera. Anestesiarle estaba fuera de discusión, porque rompía todo el trabajo conseguido hasta entonces de quince días ya de ausencia de sueño y vigilia ininterrumpida del sujeto. Insistimos al menos en la inmovilización, pero tanto él como la psicóloga tenían curiosidad por ver cómo se relacionaría con nosotros, cuáles serían sus reacciones a nuestra manipulación y cuidados, a nuestra presencia. Argumentaban que nunca antes había sido violento ni parecía serlo ahora, y que sólo había atacado a los guardias cuando estos le habían arrebatado la lengua que estaba comiéndose con tanto gusto, sin reaccionar realmente a la entrada en su apartamento de aquellos hasta ese momento. Todos esos argumentos estaban muy bien, pero nosotros estábamos cagados de miedo. ¿Quién no lo estaría en nuestra situación?

MaroonPenguins_4
Rango1 Nivel 0
hace más de 3 años

Adelante .... esto puede ser un gran guion para la proxima serie de moda... Suerte, me ha encantado

MaroonPenguins_4
Rango1 Nivel 0
hace más de 3 años

Adelante .... esto puede ser un gran guion para la proxima serie de moda... Suerte, me ha encantado

SEXYLOVER122
Rango13 Nivel 60
hace más de 3 años

! Fascinante ! . ! Tu texto está genial ! ... ! Suerte ! .

sinesand01
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

Ajá, tercera parte. Recuerdo que este me hacía pensar en un creepy pasta. Está muy bien redactado y es crudo, lo que es genial porque precisamente lo macabro es lo que debe estar a flote acá. Me gustó cómo pasaste desde narrar muy bien a las parcas de la mitología a dejar entrar tu relato y compararlo con estas. Está excelente, quisiera verlo muy bien parado en el concurso. A mí me tienes atrapada. Yo espero que te vaya muy bien porque mereces eso. Te invito a pasar por el mío y espero estarme pasando de nuevo a continuar esta lectura, porque aún no llegamos a lo que decías al principio... el lugar vacío después de una tragedia de grandes proporciones. Un gran saludo, sigue así. :*

sinesand01
Rango10 Nivel 49
hace más de 3 años

Mira, no. Tienes que ponerte las pilas porque tu relato de verdad está muy bueno y acabo de ver que está para eliminar en esta ronda. De verdad me parece que se perdería un gran texto. Te recomiendo que pases por otros relatos y los leas, comentes e invites a la gente a que se pasen por acá. Yo creo que valdrá la pena, un saludo. :)

Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Para la banda sonora sugiero "Matar hipéis en las Cíes" de Siniestro Total. Me está gustando mucho el relato, la imagen mental de Átropos arrancándose la lengua...arggghh, no se me va.

Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

"Matar hippies en las Cíes" (ya sabéis, ni lo digo)

Robe_Ferrer
Rango7 Nivel 32
hace más de 3 años

Bien escrito. Hacía mucho ue no encontraba diálogos bien puntuados!!!
Me ha gustado e uso dela mitología griega, que me encanta. Espero leer más.
Visita mi Biohazard, supervivencia contra zombis en Madrid. Coméntalos y, si te gusta, vóta los relatos.

PedroSuarez_80
Rango12 Nivel 55
hace más de 3 años

Hipnos se a puesto más interesante. Perdóname por no haberme pasado antes a leer la tercera parte. Espero no sea tarde.

juanCarlos
Rango8 Nivel 35
hace más de 3 años

Demasiado gore pare mi gusto, aun asi a ver que pasa.


#4

Las horas se me hacían eternas vigilando las cámaras de seguridad y analizando datos que no llevaban a ningún sitio. Hormonas, proteínas, historias mil que pasaban por mis pantallas y mis manos y que no me decían nada. Los tres desgraciados no podían dormir, y eso los estaba volviendo locos, ¿era la solución tan sencilla como eso? Les observaba leer tranquilamente, hablar con los enfermeros y auxiliares que les atendíamos como si fuesen personas totalmente normales. ¿Lo eran? Láquesis no había vuelto a presentar ningún episodio de autolesión como el de darse cabezazos contra la pared. Átropos llevaba tres días ya recuperándose de su banquete de lengua. Esa misma mañana por fin nos habíamos atrevido a entrar en su apartamento para volver a suministrarle medicación, poner un poco de orden y limpieza en el sitio y hacerle un pequeño chequeo general. Habíamos entrado como si de una operación anti-terrorista se tratase, los dos guardias de seguridad llevando armas y petos y cascos protectores, los tres auxiliares con exceso de precaución, movimientos lentos, mirada atenta siempre a cualquier movimiento de Átropos… vamos, acojonados. Yo desde luego no me fiaba un pelo, pero él nos miró tranquilamente, levantando la mirada de la hoja donde estaba dibujando rayas verdes. Observó a los guardias en la puerta, volvió a mirarnos a nosotros y su único gesto fue apartarse de la mesa, todavía sentado, y mirar hacia abajo. No sé si con resignación o con pena. Se dejó manipular tranquilamente, y respondió a nuestras preguntas con movimientos de cabeza y gestos elocuentes, incluso se quejó un poco, con tristeza y pesar, cuando le pedimos abrir la boca para comprobar el estado de sus heridas en la garganta. Parecía que todavía le molestaba bastante.

Cloto seguía a su rollo sin enterarse de nada. Era el más joven de los tres, y el que más se entretenía haciendo ejercicio en su apartamento, viendo comedias en su pantalla y hablando con nosotros cuando entrábamos a visitarlo. Nos contaba todo lo que hacía, lo bien que se encontraba, y las cosas que quería hacer cuando saliese de aquel sitio y fuese libre de nuevo. Su novia, su madre, que hacía cinco meses que no veía, sus sobrinos…

Por mi cabeza pasaban miles de pensamientos contradictorios. Por un lado yo era médico e investigador de vocación, Doctor en genética y enamorado del conocimiento, de los avances y ventajas que experimentos como el nuestro habían proporcionado al mundo a lo largo de la historia. Experimentos crueles a veces, sí, duros, usando a animales y a personas como simples sujetos, viendo siempre exclusivamente las ventajas de lo que hacíamos. Porque el progreso muchas veces conlleva experimentar, buscar, indagar, inventar… y es imposible hacerlo sin sujetos reales. La teoría está genial, y es necesaria sin duda, un principio de cualquier acción o pensamiento, pero la práctica es la que te da datos que analizar, números que contrastar, nuevos descubrimientos que suponen ventajas provechosas para millones de seres humanos. Hasta entonces yo nunca había tenido problemas morales con este tipo de experimentos. Soy práctico, soy analítico, necesito ver las cosas con mis propios ojos y tenerlas almacenadas en mis archivos. Por eso estoy aquí, claro, el estudio del sueño nunca ha sido uno de mis campos de investigación, pero que hoy en día alguien aporte los fondos para llevar a cabo un estudio así es tan raro, y la oferta era tan atractiva… No sólo económicamente, que también, sino por la libertad de hacer lo que quisiésemos, sin restricciones legales ni morales impuestas desde fuera de nuestro propio equipo. En este experimento éramos dioses y señores, Espino lo diseñó a su gusto, eligió a sus cobayas, y podía hacer con ellos lo que le diese la gana.

Por primera vez en mi vida tenía remordimientos y me cuestionaba a mí mismo. ¿Qué hacía yo allí? ¿De verdad estaba de acuerdo con todo lo que estábamos haciendo a aquellos desgraciados? No era solamente experimentar con ellos para luego dejarlos ir. Les habíamos jodido la vida irremediablemente, nunca podrían volver a dormir, ni a llevar una vida normal. Y, por supuesto, si alguno sobrevivía a aquel experimento, cosa dudosa, porque no teníamos ninguna intención de parar hasta llegar a las últimas consecuencias, no estábamos en disposición de poder deshacer lo que ya habíamos hecho en sus cerebros y sus cuerpos, ni podíamos arriesgarnos a que un sujeto al que habíamos mutilado de esa manera saliese de aquellas instalaciones. Aquí estábamos seguros, pero fuera de esta isla había leyes, nacionales e internacionales, que impedían la experimentación con seres humanos, y las habíamos incumplido todas. Si no conseguíamos ningún resultado, ningún avance o dato trascendente, sepultaríamos todo lo que allí habíamos hecho, incluidos Cloto, Láquesis y Átropos. Si conseguíamos algún dato contrastado y contrastable enterraríamos igualmente las cenizas de los tres pobres presos en aquella isla y saldríamos al mundo con nuestros análisis bajo el brazo, triunfantes.

¿Qué estábamos haciendo? ¿Merecía la pena?

DÍA 16

Creo que el decimosexto día todos estábamos ya en un estado de ánimo deplorable. Después de tres muertes violentas, innecesarias y traumáticas, de no tener noticias del exterior ni apariencia de que el experimento iba a ser interrumpido, o al menos los cuerpos trasladados, no sabíamos muy bien cómo actuar. El Doctor Espino parecía, simplemente, haberse olvidado del tema. Como si nada hubiese pasado, él seguía con sus análisis, sus pruebas y sus charlas con la psicóloga que, dicho sea de paso, cada vez me producía más asco y rechazo. ¿Cómo podían seguir actuando como si nada? Era increíble.

Por la tarde, nos enviaron a mí y a otro de los auxiliares al apartamento de Cloto. Teníamos que sacarle las muestras de sangre para los análisis diarios y evaluarle. Cada día, y con excepción de Átropos, al que dejábamos reponerse todavía de su “ataque de hambre de lengua”, les repetíamos la misma rutina: extracción de sangre, recolección de muestras de saliva y orina, test psicotécnico y entrevista personal. La entrevista consistía, normalmente, en preguntas simples: ¿Cómo te encuentras? ¿Tienes apetito? ¿Alguna indisposición? ¿Cómo te has entretenido hoy? ¿Hay algo más en lo que crees que podamos ayudarte para estar más cómodo?... Cosas así.

Mientras el otro auxiliar preparaba la pistola para la extracción de sangre, yo encendí mi dispositivo tranquilamente, aprovechando para observar a Cloto de reojo, como siempre hacía.

Apenas era un chaval. Era algo que siempre me había llamado mucho la atención. Era el más inteligente de los tres, con un CIM —cociente intelectual mejorado— de 165 puntos, alegre y sociable. Más bien bajito, pelirrojo y de piel muy blanca y pecosa. Sabía nuestros nombres y siempre nos saludaba con una gran sonrisa cuando entrábamos en su apartamento. De hecho, parecía actuar como anfitrión, como si estuviésemos de visita en su casa, y solía ofrecernos café o agua… que siempre, por supuesto, rechazábamos. El chico me caía bien.

—Bueno Cloto, ¿cómo llevas el día? —Abrí la conversación para romper el hielo.

—Pues bien, tío, un poco aburrido, pero he estado haciendo algo de ejercicio en la máquina esa que me habéis puesto…

—Eso está genial, ¿te encuentras bien físicamente? Quizás el ejercicio y la falta de sueño unidos desgasten demasiado tu organismo.

—¡Que va, tío, estoy hecho un mulo! En el otro sitio... ya sabes, en la cárcel… —Se encogió de hombros como si estuviese un poco avergonzado— hacía ejercicio a diario. Y ahora, aunque los primeros días estaba hecho polvo por eso de no dormir, vuelvo a tener energía.

—¿No echas de menos la cárcel, verdad? —La pregunta, por supuesto, no aparecía en mi dispositivo, pero el afecto que me transmitía el muchacho me hacía interesarme por él—. ¿Por qué estabas ahí?

Mi compañero levantó ligeramente los ojos, sin mover la cabeza ni un milímetro del instrumental que estaba manejando, con mirada interrogadora. “¿Qué estás haciendo?”, decían esos ojos. No dijo nada, pero su mirada pasó de mí a la cámara que teníamos justo en la pared de al lado, registrando cada imagen, movimiento y sonido que se producía en la habitación. Volvió a mirarme y, viendo la decisión en mis ojos, debió pensar que hiciese lo que me diese la gana, pero que él no iba a participar, así que siguió a lo suyo sin decir ni una palabra.

—¿Echarla de menos? Noooooo… —respondía mientras tanto Cloto entre risas— Noooo, de eso nada. Nadie puede echar de menos un sitio así. —Su mirada era clara y sincera— Allí hay que sobrevivir cada día, hay gente muy, muy mala, tío. Gente muy dura. Ya verás como voy a ser el mejor del experimento este del sueño, tío. Ya verás cómo vais a estar orgullosos de mí. Pienso estar despierto hasta que reviente de sueño, hasta que entre en coma. Entonces dormiré meses si hace falta, como los osos. Eso contaba mi abuelo, tío, que los osos vivían en los bosques y dormían durante meses en invierno, metidos en una cueva para no pasar frío. Qué pena que ya no existan tío, yo dormiré como un jodido oso cuando todo esto acabe.

Era, sin duda, el discurso más largo que había oído de ninguno de los tres sujetos de experimentación. El chico parecía confiar en mí.

—Pero no me has contado por qué estabas allí. —Insistí, consciente de que no había respondido a mi pregunta.

—Por lo visto infringí una ley de esas de no sé qué de los alimentos. Vamos, que le di una de mis raciones a una chavala con la que estaba saliendo, ya sabes tío, de rollo, mi novia… Era para su hermana pequeña, que estaba a punto de palmarla.

—¿Estabas en la cárcel por dar parte de tu comida a una niña enferma? —pregunté sorprendido.

Hace más de 3 años

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AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace más de 3 años

Es la vida un río
Que acaba siempre en el mar de la anda.
Pero en el navegar de sus aguas
Es posible encontrar algunas maravillas
Como este relato tuyo.
Un saludo.


#5

—Claro tío, ya sabes lo estrictos que son con el racionamiento. Lo que te corresponde a ti, si no lo quieres, lo dejas, pero no puedes dárselo a nadie. Y mucho menos a alguien que, como la niña ésta, ya había sido incluida en las listas para la siguiente Purga. —Me miraba triste, parecía que se iba a poner a llorar de un momento a otro— Total, para qué, a la cría se la cargarían igual, estoy seguro, y yo acabé en la cárcel entre violadores, asesinos y demás elementos.

—Pero no pueden meterte en la cárcel de por vida por algo así, no tiene sentido…

—Bueno, tío… —Bajó la vista, como avergonzado por lo que me iba a decir— Me encerraron unos meses por eso. Pero, cuando estaba dentro me metí en líos, ya sabes… un guardia de la prisión acabó muerto en un tumulto y yo estaba por en medio…

—Lo siento mucho, no tenía que haberte preguntado —atajé, no queriendo avergonzarle más ni conocer más detalles de la historia.— ¿Has tenido dolores de cabeza? ¿Mareos?—cambié de tema.

—No, todo bien.

—¿Tienes apetito? ¿Usas el baño regularmente?

—Todo perfecto. Oye tío, —Me miraba con expresión interrogativa— ¿pasó algo el otro día? Me pareció que estabais todos un poco… agitados. ¿Hubo alguna movida?

Mis sentidos se pusieron en alerta. Era imposible que se hubiese enterado de nada, los apartamentos estaban perfectamente insonorizados y aislados.

—¿Movida? No que yo sepa, Cloto, nada que yo sepa —mentí—. ¿Por qué lo preguntas?

—No sé tío, me había parecido. Últimamente estoy tan aburrido que parece que me invento cosas… Pero no será nada. —Reculaba, pero la duda seguía en sus ojos.

Acabamos la entrevista con las preguntas habituales. Obtuvimos las muestras que necesitábamos y nos fuimos, prometiéndole que le llevaríamos unas pinturas y más papeles para dibujar, porque los libros y películas que tenía, aunque formaban una lista de miles de entradas, no le entretenían demasiado.

La entrevista con Cloto me dejó mal sabor de boca. Por un lado el tema de su condena en prisión, la inteligencia del chaval, su necesidad manifiesta de comunicarse conmigo, de contarme cosas. Me daba pena, mucha pena. Estaba ilusionado por ser el mejor en el proyecto y salir de allí. Por tener un futuro fuera. Y yo, sabiendo que no había salida, que ese futuro era imposible, estaba lleno de remordimientos.

A mi alrededor todo el mundo parecía haber olvidado la muerte de los tres guardias, excepto sus dos compañeros que, aunque nunca mencionaban el tema, estaban retraídos, apoyándose en uno en el otro.

DIA 20 (12:00h)

La investigación seguía su curso, los días pasaban. Los cambios físicos en los tres sujetos eran cada vez más marcados. Habían perdido muchísimo peso, aunque comían sin parar, consumiendo el doble de calorías diarias de lo que un organismo con su actividad necesita. El pelo había empezado a caérseles también. Curiosamente, lo primero fueron las cejas, dándoles un aspecto extraño, parecido a aliens. Tenían grandes ojeras y Láquesis presentaba un marcado temblor en las manos, sobre todo en la derecha. A veces, cuando intentaba entretenerse con alguno de los juegos de su pantalla, esto le ponía tan nervioso que tenía que dejarlo a un lado, desesperado. Su rendimiento en los test psicotécnicos diarios había bajado considerablemente, sobre todo en los que implicaban capacidad de memorización. A nivel interno, los análisis reflejaban aumento considerable de los niveles de colesterol y cortisol, pero los de somatotropina y leucocitos bajaban cada día, haciendo esto último que sus sistemas inmunes se debilitasen sin remedio.

Estábamos ya en el vigésimo día de privación de sueño en los sujetos, y la expectación entre todos los que formábamos el equipo del experimento era máxima. ¡Veinte días, habíamos superado con creces cualquier investigación anterior, y con tres sujetos simultáneamente, nada más y nada menos! Era todo un hito en la historia del estudio del sueño, y sin duda los resultados que teníamos en nuestras bases de datos valían millones. Cuando al fin pudiésemos publicar todas nuestras conclusiones y análisis, seríamos famosos en el mundo entero.

El Doctor Espino, pletórico, pensando ya sin duda en el triunfal futuro que le esperaba, quiso hacer, a su manera, una celebración, y ese día todo el equipo participó en un gran banquete. Todo eran risas, felicitaciones y elucubraciones. ¡Ganaríamos premios! ¡Apareceríamos en todas las publicaciones científicas! ¡Todo el mundo hablaría de nosotros! Nuestro experimento incluía ya datos que ningún otro equipo en el mundo había logrado, y ni siquiera habíamos acabado aún. Hubo brindis, aclamaciones, discursos de agradecimiento y vino, mucho vino. Una de las cocineras acabó haciendo un improvisado striptease sobre la mesa. Todo era alegría y jolgorio. Espino estaba tan entusiasmado que ordenó que, esa noche, se sirviese una cena especial a los tres “valientes”, como les llamaba él. Decía que ese pequeño detalle les animaría a seguir participando con brío en el experimento, como lo estaban haciendo hasta ahora, y yo me preguntaba si acaso les quedaba otra opción…

Como el Dios y señor de las instalaciones había ordenado, esa noche se prepararon tres cenas especiales para Cloto, Láquesis y Átropos. Un buen filetón de ternera —con lo cara y difícil que es de conseguir hoy en día—, con guarnición de patatas al horno y salsas… ¡Incluso cerveza les prepararon!

A la hora de la cena, nos dividimos para llevarles el fantástico banquete a los chicos y soltarles el súper emotivo discurso de ánimo del Doctor Espino. El propio Doctor iría, junto con otro de los médicos y uno de los chicos de seguridad, al apartamento de Cloto. La psicóloga, que estaba especialmente feliz, le llevaría la cena, junto con el otro guardia de seguridad que nos quedaba y uno de los auxiliares, a Láquesis. Y yo, con otra auxiliar y el único médico que quedaba, se la llevaríamos a Átropos.

No me hacía ni pizca de gracia entrar en el apartamento de Átropos, sentía bastante aprensión… Desde que se había arrancado y comido su lengua, hacía ya unos días, estaba tranquilo y sumiso. Seguía con el proceso de curación, que debido a la falta de sueño y al pobre sistema inmunológico que ésta le estaba acarreando, estaba cicatrizando más lento de lo normal. Habíamos establecido un sistema, mediante una pequeña pantalla táctil, para comunicarnos con él, ya que lo de hablar había sido descartado para siempre. Nosotros le preguntábamos, él escribía sus respuestas. Durante días yo había estado evitando entrar ahí, prefiriendo hacer las entrevistas diarias y demás a los otros dos sujetos. Me daba miedo mirarle. En parte por los cambios físicos, claro, pero eso lo padecían los tres. Me daba miedo porque, cada vez que le miraba a la cara, recordaba las imágenes del momento en que se había arrancado la lengua con sus propias manos. Todavía, incluso con todo lo que pasó después, esa imagen sigue grabada a fuego en mi memoria, y dudo que nunca pueda olvidarla.

Cuando entramos se puso muy contento. Sobre todo, para qué negarlo, de ver a mi compañera, que estaba de muy buen ver y siempre había sido su debilidad. El médico que nos acompañaba, creo que se llamaba Juan, aunque en su ropa solo aparecía su apellido, Suárez, empezó a darle el discursito de ánimo mientras nosotros dos colocábamos todo en la mesa. Que si estábamos orgullosos de ellos. Que si su colaboración suponía un regalo para la ciencia. Que si algún día sus nombres aparecerían en los libros de historia. Que si en cuanto el experimento acabase podría llevar una vida feliz, lejos de la cárcel y lleno de satisfacción personal…

Esto último me llegó al corazón como si me clavasen una daga. “Una vida feliz”, decía. ¿No era suficiente con joderles la vida, que encima teníamos que mentirles y reírnos de ellos? Estaba indignado, pero me limité a seguir con lo mío, tampoco quería polémicas allí dentro.

Suárez seguía a lo suyo mientras Átropos le miraba embelesado, con una sonrisilla en la boca y la baba cayendo por su barbilla. Por lo visto lo de no tener lengua le impedía controlar bien su saliva. No era un hombre tonto, pero desde la automutilación parecía un poco ido, seguramente por la medicación que llevaba en el cuerpo. Desde el pasillo llegaban risas y voces alegres del resto de compañeros que, como nosotros, entregaban la cena y las palabras cariñosas a los otros dos sujetos, ya que habíamos dejado todas las puertas abiertas para poder escucharnos unos a otros.

Estaba volcando la cerveza en el vaso, observando extasiado cómo se iba formando la espuma y el vaso empezaba a condensar gotitas de agua por el frescor del líquido. Ahora era a mí al que se le caía la baba: años sin probar una cerveza, madre mía. Tan concentrado estaba que, cuando el ruido exterior quiso entrar en mis pensamientos, los acontecimientos ya estaban bastante avanzados.

Levanté la cabeza y presté más atención a los gritos. Mi compañera, el doctor y Átropos estaban inmóviles, congelados como polos de limón —también por el color de sus caras—, mirando hacia la puerta y con cara de pánico y sorpresa. Los gritos más audibles eran los de la psicóloga, que chillaba histérica y a un volumen que parecía imposible que pudiese proceder de unas cuerdas vocales humanas. Por debajo de ese sonido se distinguían voces de hombres, a su vez histéricos. Gritos, incluso aullidos, la mayoría de ellos de sorpresa y dolor, pero también un grito animal, primigenio, de ira, de pura agresividad, de muerte… Y entonces empezaron los golpes.

Hace más de 3 años

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juanCarlos
Rango8 Nivel 35
hace más de 3 años

Muchas y distintas emociones. Sabes transmitir.


#6

Pese a ser el último en enterarme de todo, o precisamente por eso, no lo sé, fui el primero en reaccionar. Salí corriendo al pasillo, doblando a la derecha en dirección al apartamento de Láquesis, que era el que estaba en medio de los tres y desde el que llegaban los gritos y golpes. Al mismo tiempo, desde el apartamento de Cloto, al final del pasillo, salían corriendo uno de los médicos y uno de los chicos de seguridad, con pánico en sus caras —imagino que el mismo que debía reflejarse en la mía—, y la misma urgencia de socorrer a los ocupantes del apartamento del centro. Apenas eran una decena de metros, pero todos nos encontrábamos aún a la mitad de nuestro recorrido cuando por la puerta de la que salían los gritos apareció volando —juro que volando, lo juro—, el cuerpo de la psicóloga, estampándose contra la pared de enfrente con un golpe sordo y cayendo al suelo como si fuese una araña desmadejada. Frenamos como pudimos frente al cuerpo inerte de la mujer, del que yo no podía apartar los ojos. Estaba destrozada. El sitio que debían haber ocupado sus ojos eran dos cuencas vacías y sangrantes, con colgajos de carne. Un líquido viscoso y blanquecino, casi transparente, pringaba sus mejillas. En su garganta, claramente marcados, los surcos de tres arañazos de… ¿garras?… no sé cómo describir aquel horror, chorreaban sangre.

Gracias al macabro espectáculo que me hizo frenar en seco no fui el primero en girarme para entrar al apartamento de Láquesis. El honor fue para el médico, inmediatamente seguido por el segurata. Apenas fui consciente de todo lo que pasó entonces, porque fueron unos segundos. Sólo sé que ambos empezaron a gritar, que algo los paró en seco en cuanto atravesaron la puerta y que dos manos, salidas de la nada, agarraron sus cabezas haciendo que chocasen una contra la otra una vez, y otra, y otra… produciendo un sonido cada vez más viscoso, de chapoteo… Sus cuerpos cayeron al suelo como sacos de arena y mi campo de visión se despejó. Al fondo, sobre una mesa, el cuerpo de uno de los auxiliares, extendido como para una autopsia. Por lo visto alguien había empezado a hacerla, porque sus tripas colgaban de la mesa, entre sus propias piernas. Bajo él, en el suelo, el cuerpo del último segurata, boca abajo y con un hueco perfectamente marcado en su nuca, como si alguien hubiese saltado sobre su cabeza ejerciendo toda la fuerza de la que era capaz, cosa que, estoy seguro, era exactamente lo que había pasado.

Si los gritos me habían hecho reaccionar, toda aquella masacre me había paralizado. No sé muy bien por qué giré lentamente, mirando de nuevo el cadáver de la psicóloga, aquella mujer que tan mal me caía… Quizás, si todo aquello había empezado con ella, era en ella donde debía encontrar la forma de pararlo. Después de eso sólo recuerdo que algo me empujó con una fuerza sobrehumana contra la misma pared, manchada de sangre, donde había acabado el vuelo de la mujer, y que un fogonazo blanco me dejó sumido en la inconsciencia.

DÍA 20 (23:10h)

Cuando desperté todo era negrura y dolor. Intenté abrir los ojos, pero me era imposible, notaba el suelo duro contra el costado derecho de mi cara y quería palparla para ver si todo seguía en su sitio, pero mis manos tampoco parecían responder mucho a mis deseos. Tragué saliva, notando el sabor ferroso de la sangre, y seguí esforzándome por abrir los ojos. El único que respondió, reticente, fue el izquierdo, que conseguí abrir a duras penas. Delante de mí dos cuencas oscuras y vacías en una cara muerta me observaban impertérritas. La visión hizo que al fin mi cuerpo reaccionase y, reptando, conseguí apartarme del cadáver, chocando con la pared de enfrente, donde quedé sentado. Recordaba todo lo que había pasado, pero era incapaz de saber si de aquello hacía segundos, minutos, o unas cuantas horas. La cabeza me latía como un enorme corazón y localicé un gran golpe en el lado derecho de la frente. El ojo de ese lado estaba totalmente hinchado y cegado, y al tocarlo recibí una descarga inhumana de dolor que me hizo decidir dejar la autoexploración por el momento.

Al cabo de un rato conseguí levantarme. Me asomé con precaución al apartamento de Láquesis, solo para encontrarme los cuatro cadáveres de mis compañeros de equipo en la misma posición donde los había visto por última vez. Por lo demás, no parecía haber nadie allí, aunque no me detuve a mirar el cuarto de baño y los rincones.

Volví sobre mis pasos en dirección al apartamento de Átropos, donde estaba cuando empezó todo aquel apocalipsis. La imagen que encontré, pese a ser muy parecida a lo que acababa de dejar atrás, era nueva para mí y me impresionó hasta el punto de hacerme caer de rodillas vomitando. El médico —Suárez, se llamaba Suárez— y la auxiliar que habían entrado conmigo para llevar la cena a Átropos estaban tirados, uno sobre el otro, en medio de un gran charco de oscura sangre. Ella no presentaba grandes signos de violencia, el anormal y forzado ángulo de su cuello dejaba muy claro cuál había sido el motivo de su muerte. El médico —Juan, Juan Suárez—, en cambio… Al ya conocido truco de arrancar los ojos, alguien había unido una furia inconmensurable. Tenía toda la cara llena de mordiscos. No me refiero a marcas de dientes como las que puede dejarte tu sobrino malcriado cuando no le das lo que quiere. Su cara estaba comida a trozos. Le habían arrancado todo el lateral izquierdo, desde el labio inferior hasta la oreja, dejando ver sus dientes y mandíbula. El sitio donde debía haber estado la nariz era un amasijo de carne picada en el que se distinguían apenas dos agujeritos negros.

Yo vomitaba y vomitaba, aunque ya no tenía nada que vomitar. El aire mismo olía a vísceras y sangre y cada bocanada que conseguía dar entre espasmo y espasmo de mi jodido estómago no hacía más que renovar mi nausea. Salí de allí arrastrándome, a cuatro patas, resbalando sobre mi propio vómito y llorando, histérico perdido. De nuevo me senté contra la pared del pasillo como pude, gimiendo y llorando con la cabeza entre mis manos, incapaz de asimilar todo lo que acabada de ver. Esta vez me llevó mucho más rato serenarme y fueron el pánico y el instinto de supervivencia lo que finalmente consiguieron hacerme parar.

Sólo me quedaba por ver el apartamento de Cloto, al fondo del todo del pasillo. Cojeando y moviéndome despacio, pegado a la pared, recorrí una vez más el camino, sorteando el cadáver de la psicóloga y avanzando con miedo y aprensión. Cuando llegué al lado de la puerta, que también seguía abierta, tuve que armarme de valor para echar un vistazo dentro, y lo hice asomando sólo la cabeza, temeroso de una nueva orgía de sangre y muerte. El apartamento estaba vacío. Todo era blanco, como en los otros dos, pero aquí blanco de verdad, sin sangre y vísceras. No puedo asegurar si esto me tranquilizó o me puso más nervioso, pero me hizo ser consciente del silencio que reinaba a mi alrededor. Finalmente me atreví a entrar en el apartamento, sin saber muy bien lo que estaba buscando. Allí debían haber estado, cuando empezó todo el escándalo, el Doctor Espino, Cloto y el médico y el segurata que había visto salir corriendo y cuyas cabezas se habían chocado con demasiada fuerza justo delante de mis ojos en el apartamento de Láquesis. Pero de los dos primeros no había rastro alguno.

Busqué alguna pista que pudiese decirme dónde estaba todo el mundo. Los que no estaban muertos, claro, esos poco iban a esconderse ya. La cena que Espino y los otros dos ya fallecidos miembros del equipo habían llevado a Cloto estaba colocada sobre la mesa, en perfecto orden, en su bandeja, pero no dejé de apreciar que faltaba el cuchillo. La cerveza, que al parecer también habían llegado a servirle, estaba ya sin espuma, así que empecé a entender que había estado un buen rato tirado en el pasillo, inconsciente. Seguramente me habrían dado por muerto, ¡al fin un destello de buena suerte en mi vida! Una de las pantallas de Cloto, la que usaba para jugar y dibujar a veces, estaba en el suelo, rota. No vi nada más que estuviese fuera de lugar o tirado.

Eché un último vistazo a mi alrededor. Cloto y Espino no estaban por ningún sitio. También faltaban Láquesis y Átropos. Sabía, sin lugar a dudas, que había sido Láquesis quien había empezado aquella matanza, le había visto matar al guardia y al médico con mis propios ojos pero, ¿y los otros dos sujetos? Láquesis no había presentado, desde hacía ya diez días que se había abierto la cabeza contra la pared, ningún síntoma de locura o de agresividad. En todo caso yo hubiese apostado más por Átropos, era el único de los tres que me producía realmente miedo… hasta ahora, claro. Encontré, al lado de la puerta, el teléfono de Espino, roto en dos pedazos, y una pluma digital que siempre solía llevar encima, como un amuleto. ¿Qué habían hecho con él? ¿Por qué no se lo habían cargado como al resto del equipo? Ya a punto de salir de nuevo al pasillo, vi que la puerta del baño de Cloto estaba entornada, y que la luz de dentro también estaba encendida. Con la esperanza de que Espino se hubiese refugiado allí entre todo el tumulto y estuviese todavía escondido y acojonado, abrí la puerta despacio. Había alguien, aunque no era Espino. Y, a decir verdad, tampoco parecía alguien… Cloto estaba sentado en el WC, con las piernas estiradas y abiertas, y los brazos colgando a ambos lados de lo que quedaba de su cuerpo. Por su postura, de manera natural, la cabeza debería haber caído hacia delante, descansando sobre su pecho… de no ser porque tenía la garganta abierta de lado a lado, dejando ver la tráquea. Su mirada se perdía en el techo, en su cara todavía se reflejaba un terror tan puro que hacía que me temblasen las piernas. Aparte de rajarle el cuello, le habían abierto en canal ambos brazos por su parte interior, desde la axila hasta la muñeca, abriendo los músculos hacia los lados como si fuese un libro para dejar el hueso a la vista.

Hace más de 3 años

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La_libeLula
Rango6 Nivel 28
hace más de 3 años

Te dejo el primer corazoncito de esta parte toda orgullosa! Acabo de leer tu relato desde el principio y es excelente. No estaba en sttorybox cuando se hizo el concurso, pero merecía estar en el top por descontado. Todo es genial, la redacción, la trama, el desarrollo... Yo incluso veo una película.
No he escrito ningún relato aún, pero espero poner ideas en orden y hacerlo, y el tuyo es toda una inspiración. Enhorabuena y aquí tienes una seguidora para continuar disfrutando con tu relato :))


#7

Otra raja, que empezada en su pecho, bajaba por todo su torso y abdomen, acabando en su pene. Acabando era un decir, porque tanto éste como sus testículos estaban tirados al lado de la ducha, arrancados, por lo que parecía. Su caja torácica, que estaba al descubierto, había sido golpeada, por lo que se veían mil trozos de costillas clavadas en los órganos internos, y todos sus intestinos colgaban a un lado de su cuerpo, desparramados. Y todo eso, presumiblemente, perpetrado con uno de los putos cuchillos de metacrilato de punta roma que llevábamos a los sujetos para cortar la comida. Casi nada.

El espectáculo, el olor, la locura, saña e ira que reflejaba la escena, me hicieron recular una vez más, tropezando con mis propios pies y acabando de nuevo en el suelo. Aunque hacía unos minutos había creído que era incapaz de vomitar nada más, descubrí que había estado equivocado. Aunque lo que vomitaba ya era sangre y saliva… y cada arcada hacía que un dolor indescriptible recorriese mi cuerpo y me dejase clavado en el sitio.

Día 20 (23:50)

Agarrándome a las paredes, con miedo a caerme en cualquier momento, empecé a andar por el pasillo en dirección a la cocina y las habitaciones de mantenimiento. No veía a nadie, ni oía sonido alguno, parecía que estaba absolutamente solo en las instalaciones, cosa que, por supuesto, no podía ser cierta.

Necesitaba pasar por la enfermería para ponerme algo en la cabeza, que seguía latiéndome y me impedía siquiera pensar, e inyectarme algún analgésico. Además, las cocineras, el último auxiliar que quedaba aparte de mí, los dos enfermeros, el chico de mantenimiento y los dos informáticos que teníamos en las instalaciones tenían que haberse enterado de todo el escándalo por cojones y estarían escondidos en algún sitio. Quizás ya hubiesen atrapado a Láquesis y Átropos, y el Doctor Espino hubiese sabido qué hacer con ellos. Simplemente no les había dado tiempo a acercarse al ala de los apartamentos, dando por sentado que allí todos estábamos muertos y siendo una prioridad contener a los dos insomnes locos. Claro, sería eso.

Llegando ya a la enfermería mi vista percibió un movimiento en el límite de mi campo de visión. La adrenalina que corría por mis venas me había convertido en uno de esos perrillos de la pradera que están constantemente en tensión, incorporados sobre sus dos patitas traseras, para detectar cualquier movimiento y poner a salvo en segundos a su prole. Era un herbívoro entre cazadores. Me inmovilicé de inmediato, intentando localizar de dónde había venido el movimiento. A unos diez metros de mí, al otro lado de la cocina, estaban las dos puertas abatibles que daban al comedor de las instalaciones. Tenían esas ventanas de cristal en su parte de arriba, parecidas a ojos de buey, que servían para que pudieses ver, cuando salías o entrabas a la cocina, que no ibas a chocar con nadie que estuviese al otro lado. El movimiento se había producido allí.

Me costó emplear toda mi fuerza de voluntad, la poca que me quedaba, el hecho de no salir corriendo como un conejo asustado y esconderme en el último hueco que encontrase en el complejo. Eso o salir nadando si hacía falta de aquella puta isla, hasta a eso estaba dispuesto. Aun así, haciendo caso al último resquicio de conciencia que me quedaba, quizás esperando todavía encontrar la situación controlada por mis colegas, atravesé despacio la cocina, pegado a las paredes para mantenerme fuera de la vista de las puertas del comedor, y llegué junto a éstas.

Haciendo acopio del escaso valor que me quedaba, y recordándome a mí mismo una y otra vez que todo podía haber salido bien, que seguramente todos estaban ya en el comedor con los dos asesinos atados a sendas sillas, acerqué mi cabeza al ojo de buey para mirar al interior de la estancia. Por mucho que intentase convencerme de que el peligro había acabado tampoco he sido nunca gilipollas —por supuesto no me voy a considerar gilipollas a mí mismo, faltaría más—, así que lo hice despacio, sin tocar las puertas ni hacer el más mínimo ruido, asomando un ojo solamente para ver qué estaba pasando al otro lado.

El comedor era una estancia bastante grande. En su anterior etapa, estas instalaciones habían albergado el cuerpo de seguridad de las instalaciones de la cárcel que ocupa la isla más grande del conjunto de las Cíes, bastante cercana a la que nos encontramos, Penela dos Viños. En su día podía alojar a un equipo de unos ochenta hombres y mujeres. Nuestro equipo al completo estaba compuesto por veinte personas —bueno, en ese momento unas cuantas menos—, y los tres sujetos de experimentación, por lo que la mayoría de mesas y sillas se habían arrinconado al fondo de la estancia, para no estorbar, y se habían dejado solamente cuatro grandes mesas con una veintena de sillas a su alrededor. Ahora todo ese mobiliario estaba volcado contra la pared de la derecha y en el centro había dos personas de pie, de espaldas a la puerta desde la que yo me asomaba.

Las dos figuras eran de Láquesis y Átropos, de eso no había duda. Llevaban el pantalón del pijama con el que habían vestido los tres sujetos, sin nada en la parte de arriba, dejando ver dos espaldas huesudas, con la columna vertebral claramente marcada. Desde luego habían perdido muchísimo peso.

Me aparté de la ventana rápidamente, aunque sabía que no me habían visto. Mi corazón bombeaba a mil pulsaciones por minuto, y tenía miedo de que pudiesen oírlo. Apretado contra la pared respiré profundamente hasta que me serené lo justo como para atreverme a mirar de nuevo por el ojo de buey.

El segundo vistazo fue más largo, más amplio y más desesperanzador. Efectivamente, Láquesis y Átropos estaban de espaldas a la puerta del comedor. No podía ver las manos del primero, que estaban ocultas por su cuerpo, pero las de Átropos, caídas a los lados, sujetaban un gran cuchillo cada una, y no precisamente de metacrilato. Ambos estaban inclinados hacia delante, con la cabeza caída entre sus hombros, por lo que tampoco podía verla. A su alrededor…

A su alrededor todo era muerte. Las dos cocineras del complejo y uno de mis compañeros auxiliares formaban un bulto de miembros y ropas desgarradas al fondo, al lado de una de las enormes mesas. Básicamente los reconocí por el pelo de ellas y el uniforme de auxiliar que medio se reconocía. Los dos informáticos que habían controlado el aspecto más técnico de la instalación y el chico que se ocupaba de la limpieza y el mantenimiento de ésta estaban igualmente despatarrados sobre una mesa. A uno de los tres, imposible de reconocer porque les habían arrancado las caras, le salía el mango de lo que parecía un gran tenedor de trinchar del estómago.

A la izquierda, casi fuera de mi campo de visión desde la pequeña ventana circular, pude ver dos sillas con dos personas sentadas en ellas. Inclinándome un poco conseguí distinguir las batas de dos de los enfermeros del complejo. Estaban atadas alrededor de las cabezas de los dos hombres, tapándoles la cara. Grandes manchas de sangre las recorrían y por la forma en que sus barbillas reposaban en sus pechos, totalmente inmóviles, no me fue difícil adivinar que también estaban muertos.

La cantidad de sangre, de muerte, de saña y de violencia me mareaba, las piernas me temblaban y estuve a punto de apoyarme en la puerta sin querer. Conseguí evitarlo echándome hacia atrás en el último momento. Hubiese sido sin duda una mala idea, teniendo en cuenta que las puertas eran abatibles… Mientras me tiraba hacia atrás vi cómo Átropos se movía, despejando la visión de lo que había más allá de él y de Láquesis, y una mezcla de esperanza y de calamidad me inundó al ver al Doctor Espino en el suelo, de rodillas, cubriéndose la cabeza con ambas manos en un gesto de súplica.

La desesperación me comía por dentro. No tenía ni idea de cómo salir vivo de aquella situación. Si los cálculos y la vista no me fallaban, Espino y yo éramos los dos únicos miembros del equipo que quedaban con vida. Y teníamos que enfrentarnos a dos energúmenos locos que ya habían matado despiadada y eficazmente a diecinueve personas más, contando a su propio compañero Cloto. ¿Qué mierda les pasaba? ¿El ansia de escapar de las instalaciones podía haberles convertido en monstruos? ¿Qué clase de personas habíamos reclutado? Al fin y al cabo los habíamos sacado de la cárcel. No pararían hasta matarnos a todos para huir sin dejar un solo testimonio de todo lo que había pasado ahí.

No sabía qué hacer. Por un lado sabía que me habían dejado tirado en el pasillo porque me habían dado por muerto, lo que me daba una oportunidad para escapar antes de que se diesen cuenta de que no era así. Podía dar media vuelta y esconderme en el último rincón que encontrase hasta que ellos buscasen la manera de salir de la isla y me dejasen solo. También podía intentar llegar a la sala de seguridad, que era el eje central desde el que se había manejado todo el complejo, y donde podría intentar comunicarme con el exterior para pedirles que viniesen a por mí. Pero ¿y si ellos me pillaban antes de que la ayuda llegase? Gateé como pude hasta uno de los aparadores de la cocina, buscando cualquier cosa con la que poder defenderme si me pillaban, preferiblemente un cuchillo, claro.

Estaba abriendo uno de los cajones cuando pude oír, alto y claro, la voz de Espino:

—¡Os ayudaré! ¡Os ayudaré a escapar! —gritó desesperado. Su voz reflejaba instinto de supervivencia, puro y duro, pero también otra cosa… también, detrás del grito, había un tono de triunfo—. ¡Os ayudaré, sois mi experimento!

Hace más de 3 años

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#8

Ésta última frase resonaba en mis oídos mientras cogía con fuerza un gran cuchillo con sierra del cajón abierto. Era incapaz de creerlo. ¿De verdad acababa de oír algo así? Se escucharon pasos, y me hice un ovillo tras el aparador, de forma que quedaba oculto desde las puertas del comedor, que se abrieron con un golpe sordo, y el centro de la cocina. En mi terror, no me atreví siquiera a abrir los ojos, pero pude oír que los tres atravesaban la cocina.

—Claro que nos vas a ayudar —oí pronunciar a Láquesis—. Tú nos has metido en esto y tú nos vas a sacar de aquí. ¡Andando!

Los pasos de Láquesis, Átropos y el Doctor Espino salieron de la cocina en dirección a la sala de seguridad. Temblé solo de pensar que unos segundos antes había querido ir hacia allí. Si lo hubiese hecho me hubiesen pillado seguro…

Volvía a estar solo y a no saber qué hacer. Sin perder de vista la puerta de la cocina, por la que acababan de desaparecer, me acerqué de nuevo a la del comedor para echar un último vistazo. La esperanza me decía que quizás alguno de mis compañeros hubiese sido dejado atrás, dado por muerto, como me pasó a mí, y ahora, al saberse sólo de nuevo, abriría los ojos para huir de aquel matadero… Pero no se abrió ningún ojo, ni ninguno de los cadáveres se movió un solo centímetro, estaban todos muertos.

Con el cuchillo en la mano salí despacio de la cocina. Me agarraba a él como un salvavidas, como si me hiciese invisible, como si, con él en la mano, nada pudiese pasarme. Imagino que, de haber oído el más mínimo sonido detrás de mí, lo hubiese estampado contra el suelo y hubiese salido corriendo despavorido. ¿Dónde voy yo con un cuchillo? Sé que sería incapaz de utilizarlo, ni siquiera para defenderme de un ataque de aquellos dos… ¿Qué eran exactamente aquellos dos? Habían sido hombres pero ¿seguían siéndolo? A partir del decimocuarto día habían empezado a tener algunas alucinaciones. Sobre todo visiones y sonidos que no existían, pero de estar flipando por la falta de sueño a matar a todo el que encontraban por delante había un trecho… Además, sólo se habían visto entre ellos en una ocasión antes de empezar el experimento: cuando los subimos a un helicóptero para traerles desde la cárcel. ¿Cómo se habían puesto de acuerdo para planear todo aquello?

DÍA 21 (01:40h)

Avanzando por el pasillo pude oír, por las voces, que efectivamente estaban en la sala de seguridad. Con cuidado, deslizándome y bien pegado a la pared, me metí en la habitación que había justo antes de ésta. Era un pequeño salón-dormitorio que había permitido a los de seguridad estar cerca de la sala central cuando querían descansar un poco. Allí podían echarse una siesta, ver televisión o jugar a lo que les apeteciese. Estaba totalmente a oscuras, y la puerta estaba entreabierta, así que conseguí meterme sin hacer el menor ruido. Desde allí podía oír perfectamente todo lo que pasaba en la habitación de al lado.

Espino estaba explicándole a Átropos y Láquesis que la única forma de salir de la isla era conseguir que un helicóptero viniese a por ellos, que no había barcas, ni siquiera embarcadero. Y que, quedando solamente ellos tres en el complejo, él era el único que podía pedir ese helicóptero. Estaban discutiendo sobre eso cuando oí un jaleo tremendo y las luces del pasillo temblaron durante unos segundos.

—¡Serás hijo de puta! ¿Qué has hecho? —Oí gritar a Láquesis— ¡Aléjate de los cables, cabrón!

Se oyeron sillas caer al suelo, golpes y gritos de dolor de Espino.

—¿Has jodido todo, hijo de puta? ¿Te has cargado todo? —Láquesis gritaba como un poseso—. ¡Si nosotros no salimos de aquí tú tampoco! ¿Me entiendes? ¡Tú tampoco!

Oí un gran golpe sordo, y supe que Espino había caído al suelo, pero todavía le oí suplicar.

—¡No, no!, ¡Lo he destrozado todo para que no puedan ver ni oír lo que pasa en las instalaciones! La única forma de llamarles es con mi teléfono —Ahora sí que la desesperación que transmitía su voz era desgarradora, pero… pero yo sabía que lo que decía no era cierto.

No podíamos comunicar con la península con los teléfonos. No había cobertura. Por eso ninguno solíamos llevarlo, y nunca habíamos entendido porqué Espino lo cogía de vez en cuando. La única forma, la única, de conseguir ayuda era ponerse en contacto con la cárcel de la isla vecina, y eso sólo se podía hacer a través del arcaico sistema de comunicaciones que las instalaciones, al haber sido utilizadas por el cuerpo de seguridad, tenían. Si Espino había arrancado todos los cables de la sala de seguridad… estábamos incomunicados. Entonces ¿les mentía simplemente para ganar tiempo?

—El teléfono debe estar en… —tartamudeaba— en… en el apartamento de Cloto. Se me habrá caído allí cuando vosotros…

Láquesis no le dejó decir más. Oí otro grito de Espino y los pasos salieron de la sala de seguridad en dirección al ala de los apartamentos. Les dejé doblar la esquina y esperé hasta que los pasos ya no pudieron oírse. Luego me escurrí hasta la habitación ya vacía.

Efectivamente Espino había sacado todos los cables del sistema de comunicación con la cárcel. Mierda, yo no tenía ni idea de cómo iba todo aquello. Cables, chips biomecánicos, microfusibles… todo era un amasijo de colores sin sentido para mí. Observé que había sangre en el suelo, presumiblemente de Espino, y que las pantallas de seguridad que ocupaban una pared completa de la sala estaban encendidas, mostrando todas las estancias de la instalación. Pude ver el comedor, lleno de cadáveres, la sangre de los pasillos, los apartamentos de los sujetos… En ese momento Átropos, Láquesis y Espino entraban en el de Cloto. Activé instintivamente el sonido de aquella estancia, para poder oír lo que decían y, al hacerlo con éxito, la idea vino a mi mente: si podía activar el sonido, si podía controlar el apartamento como tantas veces habíamos hecho desde allí… También podía cerrar la puerta.

Una mirada a la pantalla me bastó para comprobar que los tres estaban ya dentro de la habitación que hacía de salón de apartamento y, sin pensarlo ni un instante, apreté el botón correspondiente y la puerta se cerró con un siseo eléctrico.

Cuando los tres se vieron atrapados, sus reacciones fueron muy distintas. Átropos empezó a aporrear e intentar acuchillar la puerta. No me preocupó mucho, porque tenía varias planchas metálicas, poco podía hacer con el cuchillo. El Doctor Espino se sentó en la cama que había pertenecido al desdichado Cloto, mirando las puertas y las cámaras alternativamente, con cara de no entender absolutamente nada. Láquesis fue el peor. Empezó a gritar como un poseso, dando patadas al mobiliario de la habitación. Volcó la mesa con lo que tendría que haber sido la cena de Cloto, recogiéndola del suelo y golpeándola una y otra vez contra una de las paredes. Rompió a puñetazos las dos pantallas que tenía la habitación, y uno de los dispositivos de juego y lectura que encontró en una de las estanterías. Tiró todo lo que éstas contenían, para después arrancar de cuajo las propias estanterías… Verlo en las pantallas era tremendo, era pura demencia e ira. Seguía gritando sin palabras, como un animal furioso, y el sonido mismo daba más miedo que cualquier cosa que pudiese romper.

Cuando no quedaron muebles por destrozar ni engendros técnicos por hacer añicos, decidió cargarse las cámaras. Una a una las arrancó con sus propias manos, dejándome algunas pantallas a oscuras. Pulsé algunos botones y cambié a las ocultas. Para que los sujetos se sintiesen seguros y vigilados al mismo tiempo, se habían puesto, en cada apartamento, unas cuantas cámaras perfectamente visibles, pero teniendo la malicia de dejar algunos ángulos muertos dentro de las habitaciones. Por supuesto, tras pocos días encerrados allí, los tres habían creído que en esos ángulos pasaban totalmente desapercibidos a nuestras miradas pero, precisamente ahí, había colocadas cámaras invisibles, insertadas en el propio material de la pared, que no dejaban escapar ningún movimiento de los habitantes de los apartamentos.

Cuando Láquesis creyó que nadie podía verle se volvió hacia Espino, encarándole:

—¿Quién ha cerrado las puertas? No queda nadie vivo… ¡DIME QUIÉN HA CERRADO LAS PUERTAS! —le gritó, a un centímetro de su cara.

Espino se contrajo. Por supuesto, no tenía ni idea de quién las había cerrado. Era imposible, no eran automáticas, dependían totalmente del personal encargado del experimento.

—Se habrán cerrado automáticamente —mintió—. En un rato volverán a abrirse, a la hora en que os tendríamos que haber traído el desayuno…

—Déjate de desayunos. Quiero salir de aquí. ¡Tú —gritó a Átropos—, deja de zurrar a la puta puerta! ¡No se va a abrir!

Átropos paró al instante, aunque por un momento pude ver en sus ojos una mirada rencorosa hacia su compañero. Después se dio la vuelta, se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la puerta y empezó a acuchillar el suelo entre sus piernas.

—Tenéis que entender que no puedo hacer mucho —dijo Espino—. Ahí en el suelo está el teléfono que hemos venido a buscar, pero está roto. —Efectivamente, el teléfono, en el que yo me había fijado cuando inspeccioné la habitación de Cloto, estaba prácticamente partido por la mitad. —No nos queda más remedio que esperar a que se abra la puerta o alguien venga a por nosotros.

Láquesis se acercó de nuevo a él y le cruzó la cara con una gran bofetada que le hizo caer hacia atrás. Después levantó una de las sillas y se sentó en ella. Recogió la chuleta de ternera del suelo y empezó a comérsela, refunfuñando y sin dejar de mirar hacia todos lados.

Hace más de 3 años

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#9

DÍA 21 (2:30H)

Cuando apreté el botón para cerrar la puerta lo hice por instinto, no había sido realmente consciente de que con ello solucionaba todo. Los dos asesinos estaban a buen recaudo en una sala cerrada. El único problema era, claro, que también tenía encerrado a mi jefe ahí. Aunque, realmente, ¿lo era? ¿Era un problema moral para mí que a Espino le pasase algo? Él no había tenido el menor remordimiento a la hora de escoger, transportar, mentir y mutilar a tres personas, de joderles la vida para conseguir los tan ansiados resultados de su experimento. Tampoco había temblado cuando Átropos mató a los tres guardias el día que se comió su lengua, ni cuando mintió a todo el equipo diciéndonos que había avisado de lo ocurrido, que en pocos días vendrían a recoger los cadáveres y quien quisiese podría abandonar la isla. Que ahora estuviese en una situación difícil, encerrado con aquellas dos bestias, no le hacía más humano a él, ni menos hijo de puta.

No he sido nunca una persona religiosa. Nunca he visto a Dios, ni ninguna fuerza superior comparable, en las miles de espirales de ADN que he decodificado. Es más, muchas veces he sido yo, manipulándolas, quien ha tenido ese poder, esa capacidad de jugar con el destino de los seres vivos. Mi ética ya había sido relegada, cuando acepté participar en este experimento, al rincón más oscuro de mi alma y, por muchas dudas que me hubiesen surgido en todos aquellos días, no había movido un solo dedo para parar todo aquello. Ahora que la vida de Espino dependía, no sólo de dos seres a los que había cercenado para siempre la capacidad de ser humanos, sino de mí… ¿Me iba a temblar la mano?

Consulté el cuadro de indicaciones que los chicos de seguridad habían instalado para no liarse con los botones los primeros días. Aparte de controlar totalmente la temperatura, humedad, luz y olores de las habitaciones de los reclusos —al fin y al cabo eso habían sido siempre—, habían tenido el poder de inocular distintos tipos de gases y sustancias en las instalaciones. Algunas, como la que habíamos usado cuando Átropos se arrancó la lengua, simplemente eran inmovilizadores musculares, que no adormecían ni anestesiaban a quien las respirase, pero sí les impedía moverse totalmente. Otras tenían la capacidad de excitarles, de tranquilizarles suavemente o de despertarles el apetito. Y, como medida de seguridad, habíamos decidido, antes de que todo aquello empezase, incluir un gas mortal.

El cuadro de indicaciones me dijo que tenía que pulsar una combinación de teclas para liberar en el apartamento elegido el gas V77. Éste era una variante muy sofisticada del antiguo gas Sarin, creado en el siglo XX como pesticida y después reconvertido en arma química. El V77, como el sarín, es un gas neurotóxico. Es absorbido por medio de la piel, los pulmones y el tracto intestinal, distribuyéndose rápidamente por todos los tejidos. Al contrario que su predecesor, no es eliminable por el hígado, y el simple contacto con aire contaminado causa una muerte rápida en menos de cinco minutos.

Si alguien está leyendo esto, probablemente piense que soy un monstruo. Que no soy mejor que ellos. Que ningún ser humano podría actuar tan fríamente como lo hice yo. Pero, si alguien lo está leyendo, me gustaría verle en mi lugar. Le preguntaría qué hubiese hecho. Le explicaría por qué creí, y sigo creyendo, que apretar aquellas teclas era mi única opción. ¿Qué os pensabais, que soy un héroe? Nunca lo he sido. ¿Qué podría haber hecho?

Apreté el botón y observé la pantalla. El V77 es incoloro, y el sistema de rociado que habíamos instalado conseguía que su difusión no hiciese el menor ruido, pero tiene olor. Huele a naranja. Sí, a naranja, y no porque se le añada ningún aroma artificial ni nada parecido, de hecho por lo visto se ha intentado varias veces eliminar ese olor y sintetizar un gas que nadie pueda detectar, pero nunca se ha conseguido. De todas formas, digo yo, ¿qué más da que noten el olor a naranjas? Quien sea capaz de percibirlo ya ha estado en contacto con el gas, por lo que le quedan apenas unos minutos de vida, ¡al menos que los pase oliendo algo agradable!

Por supuesto Átropos y Láquesis no habían oído hablar del V77 en su vida, ni del olor a naranja, ni de las hemorragias internas que producía, ni del bloqueo cardiorrespiratorio… Apuesto a que Átropos ni siquiera percibió nada de nada. Espino y Láquesis, al estar situados más cerca del centro de la habitación, sí llegaron a notar el olor. El primero, que sí sabía exactamente a qué se debía aquel aroma embriagante y dulce, empezó a gritar de inmediato.

—¡No, noooooo! ¡Hijos de puta! ¿Qué hacéis? ¡Nooooooo! —gritaba, desgarrando su garganta— ¡Paradlo, paradlo! ¡No! ¿Pero qué…? ¡Ahhhhhhgggg….!

Láquesis lo miraba con ojos asustados y la boca abierta. No tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando, y sólo veía al médico dando saltos y chillando, mirando hacia todos sitios, con las órbitas de los ojos saltonas inflándose como pelotas de ping-pong, a punto de salir de su cara. Lo miraba como si fuese la mayor araña peluda que hubiese visto en su vida, con esa mezcla de asombro y asco que sólo un insecto puede provocar a un ser humano. Pero Láquesis ya no era muy humano.

Su expresión pasó del asombro a la furia en unos pocos segundos, levantándose de un salto para coger a Espino por la garganta y levantarlo del suelo con una sola mano. No era mucho más alto que el médico, pero la ira animal que le contraía la cara y le resaltaba las venas le hacía poseer una fuerza descomunal, impropia de la persona recluida y acabada que debería haber sido.

En mi mente puedo ver todo estos movimientos pasar a cámara lenta, puedo incluso pausar la imagen: Átropos sentado en el suelo, con el cuchillo clavado en este y una mirada mitad asombro mitad duda en sus ojos, observando a sus dos partenaires sin comprender nada. Láquesis de pie, con la mano en alto, sujetando a Espino por el cuello, con los rasgos contraídos por la furia, enseñando los dientes como un animal de presa, y gotas de saliva saliendo de su boca. El doctor en el aire, intentando tocar el suelo con los dedos de los pies, las manos alrededor de la muñeca de Láquesis en un intento inútil de aflojar la presión en su cuello y la mirada, desesperada, dirigida hacia la puerta del apartamento en un gesto de súplica. Lo que pasó después fue mucho más rápido y mucho más desagradable, y lo quiero escribir rápido.

El V77 actuó rápido en los tres desgraciados. De cinco minutos nada, duraron, como mucho, tres. Sus ojos, narices y oídos empezaron a sangrar inmediatamente, y enormes arcadas les hicieron doblarse sobre sí mismos para escupir saliva, jugos gástricos y, sobre todo, sangre. Entre arcada y arcada intentaban inútilmente volver a llenar sus pulmones de aire, pero eran incapaces de hacerlo, se estaban ahogando. Átropos fue el primero en empezar a sufrir fuertes convulsiones, pero sus dos compañeros le siguieron de cerca, perdiendo el control de sus cuerpos y de sus esfínteres. En menos de ciento ochenta segundos, sólo eso, los tres estaban en el suelo, rodeados de charcos de sangre, orina y heces, con los ojos inyectados en sangre y las caras amoratadas como si hubiesen hecho un gran esfuerzo. Sus cuerpos quedaron en posturas imposibles y forzadas que revelaban el intenso sufrimiento que habían padecido en sus últimos minutos de vida. Los ojos de Espino, acuosos, muertos y surcados de venas rojas, quedaron mirando fijamente la cámara que reproducía la imagen que yo tenía en pantalla en ese momento. Pulsé el botón de apagado y todas las pantallas se volvieron negras.

Hace más de 3 años

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#10

DÍA 21 (15:30h)

Después de ver, a través de una fría cámara, como los tres morían por los efectos del gas, estuve mucho tiempo sentado en la sala de visionado, incapaz de levantarme porque mis piernas ya no parecían mis piernas y eran incapaces de sostenerme. Cuando conseguí hacerlo fui a la enfermería a buscar vendas y analgésicos. Me inyecté dos cánulas y, de vuelta a la sala de seguridad, me entretuve en buscar en el despacho de Espino cualquier cosa que pudiese ayudarme a la hora de comunicarme con el exterior de la isla. Encontré algunos códigos que podían ayudarme cuando consiguiese reparar —SI conseguía reparar—, los cables que aquel loco había arrancado. También encontré un informe de mi gran amiga la psicóloga.

Se llamaba Andrea, la muy hija de puta. En su informe, que estaba fechado hacía unos días —el decimoctavo día de experimento—, llegaba a unas conclusiones muy interesantes. Según ella el sueño nos domestica. Igual que los seres humanos domesticamos perros, gatos y vacas, hubo un día, perdido en la memoria de los tiempos, en que el ser humano aprendió a domesticarse a sí mismo.

Si el sueño nos sirve cada noche para procesar toda la información que hemos vivido a lo largo del día, para descansar nuestro cuerpo, para soñar con mundos imaginarios, también es eficaz para anular nuestras voluntades, acallar nuestra naturaleza violenta. Nuestra verdadera naturaleza. Sin sueño la verdadera cara del ser humano sale a la luz. La violencia, la libertad extrema, el egoísmo, la necesidad de hacer lo que nos venga en gana, de matar a quien se interponga en nuestro camino, cobran fuerza. Sin sueño somos monstruos. Los verdaderos monstruos que llevamos dentro. Fuertes, despiadados, supervivientes individuales.

¿Qué o quién somos entonces, realmente? ¿El ser social que duerme, que sueña? ¿O el ser primitivo que reprimimos? ¿Cuál es la frontera que separa a uno del otro? ¿Cuál la función de los sueños?

Estas eran las conclusiones de la psicóloga. ¿Las mías? Todavía no he tenido tiempo de pensar en ello, y creo que el resto de mi vida también voy a estar muy ocupado y no voy a encontrar un momento adecuado para hacerlo… Yo soy partidario de teorías más físicas, de aquellas que puedo tocar, por eso trabajo con ADN. Aun así creo que ella tenía razón en una cosa: todos tenemos un monstruo dentro, y dormir es nuestra forma de alimentarle y tenerle calmado. Como los antiguos domadores de circo alimentaban cada día, antes de la función, a sus leones, para que no sintiesen deseos de devorarles a ellos en plena pista, nosotros, cada noche, alimentamos con nuestros sueños a nuestro monstruo interior para que, durante el día, nos deje ser nosotros mismos y tomar nuestras propias decisiones.

Me ha llevado más de doce horas reparar los cables y los chips del sistema de comunicaciones de la sala de seguridad. No he conseguido establecer comunicación con nadie, pero sí activar la alarma que indica que algo grave está pasando aquí y que necesitamos cobertura inmediata. Así que espero que el helicóptero aparezca pronto.

Mientras tanto, he tenido tiempo de pensar. De pensar mucho. Y de asustarme. Finalmente Hipnos consiguió abrir un nuevo universo. ¿Cuántas horas llevo sin dormir? No son veinte días pero… y si unas simples horas bastan para que el monstruo que llevamos dentro se desperece? ¿Para que tome algunas decisiones? Recuerdo mi mano pulsando los botones que liberaron el gas mortal… ¿Fue mi voluntad la que la movió? ¿Fue la de las Moiras, cortando con sus tijeras la hebra que sostiene nuestra vida y nuestra cordura?

Ahora sólo me queda esperar.

Tengo miedo de dormirme.

Tengo miedo de no hacerlo.

Hace más de 3 años

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Sixto_GS
Rango10 Nivel 48
hace más de 3 años

Gracias por continuar con las entregas. Asquerosa y divertida de leer, muy bien cerrada con esta última caja. Lo he disfrutado.