EvaTejedor
Rango5 Nivel 23 (633 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Capítulo 1.

-  Jon… Estás haciéndolo otra vez.

Jon se giró para encarar a su hermano Joseph y darle una mira cargada de culpabilidad.
Rascándose una ceja, se encogió de hombros y andó un par de pasos, alejándose de la pared.
El otro le observaba desde el raído sofá del motel, con el ceño fruncido y el gesto preocupado.

Su hermano lo conocía mejor que nadie en el mundo y sabía que, cuando su cabeza estaba demasiado llena de ruido, preocupaciones y frustración, solía auto infligirse dolor.

Era algo que hacía inconscientemente. Un mecanismo de defensa de su propio cuerpo. El dolor le regresaba a la realidad y despejaba su mente. No era sano pero si efectivo.

Por eso había golpeado la pared con el puño. Y, ahora, sus nudillos sangraban levemente, raspados por los golpes contra el muro de yeso.

En sus mejores días, por suerte, bastaba con eso.

En sus peores… prefería no recordar la última vez.

(el capítulo 1 continuará en la siguiente cajita si llegan los corazoncitos. ¡Muchas gracias!❤️)

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7
SergioMaestri
Rango13 Nivel 61
hace 10 meses

Buen inicio @EvaTejedor Silo te recomiendi un par de correcciones ortográficas.
Darle una mirada en lugar de "mira"
Anduvo un par de pasos en lugar de "andó"

1234
Rango11 Nivel 51
hace 10 meses

Uh, que´ interesante.


#2

Capítulo 1 (continuación)

Ese día no era de los malos, pero la frustración por no conseguir lo que querían, el cansancio acumulado de días de viaje sin parar y la preocupación le habían hecho perder la noción del tiempo y no estaba seguro de si era viernes, miércoles o lunes.

Si no fuera por su hermano, probablemente estaría perdido por ahí, sin rumbo y sin importarle mucho no tenerlo. Y lo peor era que no podía permitirse eso en ese instante.

No.
Antes debían encontrar al traidor de su hermano pequeño, Colby, llevarle de regreso a su manada y darle un escarmiento por preocupar a sus padres y por el daño que les había causado.
Tenía una lista de ideas muy creativas para castigarle.
Pero eso tendría que ser en otro momento. En ese instante seguían atascados en un motel de mala muerte en Nueva York, más perdidos que cuando llegaron.
Suspirando, fue al baño a limpiarse la sangre de los nudillos y regresó junto a su hermano, intentando lucir arrepentido. Sabía que a Joseph no le importaba mientras no se hiciera daño de verdad, pero aun así… se sentía culpable por preocuparlo.
-  Lo siento. – se disculpó, sus nervios regresando a su cuerpo ahora que el dolor ya no los mantenía a raya.
Joseph le cogió del brazo y tiró de él para acercarlo.
-  No quiero que te hagas más daño, eso es todo. Ven a sentarte. Esta noche no vamos a encontrarle.
-  Ni mañana tampoco… - gruñó Jon, sentándose en el sofá junto a su hermano.
Solo de pensar que el traidor seguía fuera de su alcance y ayudando a sus enemigos le hacía hervir la sangre.
Su hermano pequeño decidió un día, sin que nadie lo sospechara, atacarles y huir de la manada, alistándose en las filas de La Orden, la organización de cazadores que se dedicaban a exterminar todo lo sobrenatural.
El por qué nadie lo sabía con seguridad. Ni siquiera ellos, que eran los más cercanos al chico. Los tres se habían criado juntos, tres huérfanos acogidos y adoptados por el Alfa de la manada que solo se tenían los unos a los otros.
Jon y él tenían un vínculo más fuerte del que ambos tenían con Joseph. Colby siempre era el único capaz de calmarle y animarle cuando tenía sus días malos y Jon le quería y protegía por ello.
Pero, en algún momento, eso no fue suficiente para el pequeño. Un día se marchó, rompiéndoles un par de huesos y el corazón en el proceso.
Jon salió en su busca cuando se recuperó lo suficiente, deseando encontrarle y vengarse. Al menos, al principio. Ahora, la sola idea de imaginar a Colby ayudando a esos psicópatas a destruir a su gente le ponía enfermo.
Quería saber por qué. ¿Por qué se fue con La Orden? ¿Por qué no les dijo nada?
¿Por qué le abandonó?
Hasta ahora no habían conseguido encontrarle. Cada pista acababa en un callejón sin salida. Incluso decidieron parar una temporada y esconderse en Alaska, en una ciudad exclusiva de la Comunidad mágica, para reponer fuerzas. Fue allí donde un ex cazador les dijo que lo había visto y dónde.
Y, mientras, lo perseguían, esperando que se le acabara la suerte al pequeño. Acabarían por atraparle, más tarde o más temprano.
Preferiblemente, más temprano. No perdía la esperanza.
Una mano se posó sobre su rodilla, deteniendo el constante y molesto movimiento que había empezado a hacer sin notarlo y regresándole a la realidad. La siempre cálida mirada de su hermano mayor seguía luciendo preocupada, aunque intentaba disimularla con una sonrisa.
-  Acabaremos por pillarle. No va a poder esconderse de nosotros para siempre.
Algo en el tono del otro hizo saltar sus alarmas y alzó la mirada para observarle más detenidamente. Joseph tenía ojeras pronunciadas y la perilla y el cabello negro descuidado. Las pocas arrugas de expresión que tenía parecían más marcadas que antes y su ropa estaba arrugada y sucia.
Miró su propia ropa, disimuladamente. ¿Cuándo fue la última vez que hicieron la colada? ¿O que comieron o durmieron decentemente?
Habían pasado días corriendo tras una pista solo para descubrir que se les escapó, otra vez, por unas horas.
Y para él estaba bien. Bueno, no. No estaba bien que se les escapara aunque no le importaba ir sin descanso buscándole. Pero era consciente de que su obsesión no era la de Joseph. Si seguían a ese ritmo, el mayor acabaría por marcharse de regreso a la manada. Allí le esperaba una dulce loba que lo quería lo suficiente como para dejarle ir en esa locura solo porque era importante para él.
Jon no quería estar solo. Necesitaba a su hermano mayor para evitar perderse en su mente.
Y su hermano necesitaba descansar. Así que…
-  Creo que debemos parar aquí un par de días y descansar como es debido. Tienes mala cara, hermano. No quiero que te pongas enfermo. – Joseph le miró, sorprendido.
Seguramente estaría pensando en su impaciencia y en si iba a poder mantenerla bajo control tanto tiempo. Iba a ser difícil, pero podía hacerlo. También se sentía agotado.
-  Estoy bien. ¿Estas seguro de que podrás esperar un par de días? – preguntó, preocupado. – Podemos seguir…
-  No… debemos descansar y, luego, reanudar la búsqueda. Si estaba aquí en Nueva York, habrá dejado algo… algún rastro. Nunca fue bueno limpiando la mierda que dejaba atrás. ¡Mama siempre le regañaba por eso! – bromeó, haciendo reír al otro.
-  No es mala idea. Nos vendrá muy bien el descanso. – el rostro del mayor se tornó serio de nuevo. - ¿En qué crees que han podido meterse ahora?
Jon se pasó una mano por su rubio cabello, despeinándose aún más. ¿En qué podría haberse metido La Orden ahí en Nueva York?
Esa era la pregunta del millón. Y no tenían como contestarla.
Presentarse en la manada de la ciudad y preguntar estaba descartado. Siendo hijos del Alfa de Davenport les darían la información sin dudar, sí, pero eso le daría una pista a su padre sobre dónde estaban y eso era lo último que querían. Los dos abandonaron su ciudad y su manada sin permiso y en contra de los deseos de su Alfa. Si se descubrían, les harían regresar por la fuerza y perderían cualquier oportunidad de recuperar al pequeño.
Los medios de comunicación humanos eran completamente inútiles a la hora de conseguir información veraz. Toda noticia relacionada con el mundo mágico estaría manipulada para cubrirla, como era costumbre. Su mundo debía permanecer oculto para los humanos a cualquier coste.
-  ¿Te has dado cuenta de la cantidad de magia que se olía cerca del parque? – preguntó, cambiando de tema. No quería pensar en qué barbaridad estaría el otro metido.
Su hermano desvió la atención de la televisión, donde echaban La ruleta de la fortuna. ¿Cuántos años llevaba ese programa en antena?
-  ¿Cuál? ¿El que pasamos de camino aquí? – Jon asintió.
-  Ese mismo. Noté una gran cantidad de magia en el aire. Toda centrada en el edificio grande que había junto a ese parque.
-  Uhm… ¿Crees que eso podría ser lo que buscaba La Orden?
-  Si es así, se han ido de manos vacías. – repuso Jon, encogiéndose de hombros. Si hubieran conseguido algo de ahí, no habría tantísima magia ahí acumulada. - Creo recordar que papa una vez mencionó un sitio aquí… un sitio que dijo era muy importante para la Comunidad y creo que era ese edificio. Deberíamos visitarlo.
Joseph se levantó del sofá, tendiéndole una mano para ayudarle a hacer lo mismo. Sonreía ligeramente y parecía menos tenso y preocupado que antes. Pero aún se le veía agotado.
Los dos lo necesitaban. Ahora que ya tenía un plan y un objetivo, aunque fuera temporal, su mente volvía a estar centrada y su cuerpo le recordaba todo el maltrato al que lo había sometido esos días antes.
Le dolía todo.
-  Está bien. Disfrutemos de una buena noche de sueño y luego iremos a… ¿A dónde?
-  A la Torre Kamelot.

#3

Capítulo 2. (1ª parte)

La Torre Kamelot era uno de los edificios más altos de la ciudad de Nueva York, situado en el Bajo Manhattan, en el centro de los negocios.

Una enorme estructura de metal y cristal, sobrio e imponente que parecía presidir el distrito financiero ya que destacaba entre los demás.

Y en ese mar de trajes oscuros y maletines, los dos hermanos resaltaban como los lobos que eran en un redil lleno de ovejas. Su aspecto resultaba demasiado llamativo al estar rodeados de tanto yupi trajeado.

Los dos iban vestidos como siempre. Joseph con sus pantalones de estilo militar y camiseta negra sin mangas, a pesar de que el tiempo era más bien fresco. Pero los lobos no sentían el frio igual que los humanos y a él le gustaba mostrar el tatuaje que cubría todo su brazo derecho.

Jon llevaba sus vaqueros rotos, camiseta blanca, botas y la cazadora de cuero negro que le ganó a las cartas a un motero, en un bar de mala muerte en Ohio. Para variar, no se había peinado y su cabello estaba hecho un desastre. No que a él le importara…
Pero las miradas sospechosas les siguieron al acercarse a la Torre y entrar.

En recepción una hermosa mujer les informó, con pocas palabras y tono nada cordial, que nadie podía atenderles. Cualquier persona debía pedir cita con, al menos, un mes de antelación.

Eso enfadó mucho a Jon, quien no soportaba a la gente que se creía por encima de los demás.

Intercambió una mirada con su hermano, que parecía suplicarle en silencio que no formara un escándalo.

Obviamente, eso fue exactamente lo que hizo. Un segundo después de que la mujer, educadamente, les mandara a paseo empezó a gritar, asustándola tanto que acabó llamando a seguridad.

Al menos así había acudido alguien a recibirles.

-  ¿No habíamos acordado que íbamos a ser discretos? – preguntó Joseph al verse rodeados por un mini ejercito de hombres vestidos con trajes negros y el logo de la empresa en el bolsillo de la chaqueta.

Debían pertenecer la seguridad privada de la empresa.

-  ¿Cuándo? – los hombres sacaron porras extensibles al comprobar que no retrocedían. Todos eran tipos grandes y fuertes.
Posiblemente, militares. Era la norma en las empresas privadas.

-  ¡Antes de salir del motel!

Los hombres eran buenos y presentaron una buena pelea pero no pudieron contra los dos lobos. Cuando ya los tenían a todos en el suelo, la campanita del ascensor sonó y de su interior salió otro hombre.

Este no pertenecía a seguridad, eso estaba claro. Ni su físico ni su porte eran como los de los otros. Este vestía un traje de tres piezas gris ceniza con camisa blanca y corbata burdeos. Era un hombre joven aunque el cabello totalmente cubierto de canas le hacía parecer mayor.

Además, no era humano. La magia chisporroteaba y le rodeaba como un escudo.

El hombre dirigió sus ojos azules a la pareja y les sonrió, haciendo un gesto a los de seguridad para que se retiraran. Estos parecían reticentes a obedecer, pero se marcharon.

-  ¿Qué puedo hacer por dos lobos a los que no conozco? No pertenecéis a la manada de la ciudad.

Ambos se sorprendieron. No era fácil, incluso entre la gente de la Comunidad, reconocer la raza de un solo vistazo. El hecho de que ese joven lo hiciera demostraba que era muy poderoso. Y, también, que habían acertado al venir.

Jon dejó que su hermano tomara la palabra. Era el más diplomático de los dos y conseguiría más que él.

-  Soy Joseph y este es Jonathan. – les presentó. El hombre les saludó con un gesto. -Queremos que nos ayudes a detener a nuestro hermano.

El joven arqueó una ceja, visiblemente intrigado.

- ¿Por qué? ¿Qué es lo que está haciendo para necesitar ser detenido?

- Trabajar con La Orden. – el hombre silbó, componiendo una expresión preocupada.

-  Vamos a hablar a otra parte. Por favor, seguidme.

#4

Capítulo 2 (2ª parte)

Los tres se dirigieron hacia los ascensores, entrando en el primero que se abrió. Jon observó como el otro pulsaba el botón de la planta treintaisiete.

-  Eso no es habitual… lo de vuestro hermano, me refiero. Y nada bueno para la Comunidad. Aunque, me temo, que no es el único del que tenemos noticias.

Ahora fue el turno de los hermanos de lucir preocupados. ¿Existían más lobos trabajando para La Orden? ¿Cuántos? ¿A qué otras manadas habían conseguido influir?

Al llegar el ascensor a la planta, el hombre les hizo un gesto para que les siguiera y comenzaron a andar pasillo abajo. Los lobos intercambiaron una mirada al ver el lujo que les rodeaba.

-  ¿Cuántos más? – preguntó Joseph.

-  No estamos seguros. Sabemos de un caso más, que fue solucionado hace poco con ayuda de nuestra gente. Un renegado que fue expulsado de la manada de Chicago y buscaba venganza. También descubrimos que están usando hellhounds.

-  Tienen demonios a su servicio. – gruñó Jon, apretando los puños.
¡Odiaba a los demonios! En su viaje persiguiendo a Colby habían cruzado caminos con muchísima gente. También con algún demonio. No existían criaturas más desagradables y malvadas que los demonios.

Joe le intentó tranquilizar, poniendo su mano en el hombro.

-  O demonios o hechiceros poderosos. – el hombre ignoró la reacción de Jon y siguió andando. - Lo que sea no pinta bien para nadie. Vuestro hermano está en un avispero. Estos no dudan en usar a los suyos como cabezas de turco para conseguir sus planes. – Jon se estremeció. - Y ya sabemos lo que valen las vidas de los no humanos para ellos.

Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera oscura labrada. Un enorme árbol de la vida estaba gravado en la superficie. Al abrir la puerta, descubrieron una habitación amplia que resultó ser una enorme biblioteca. Era tan grande que había varias decenas de librerías, sofás y un muy surtido mueble bar. Todo muy lujoso. A Jon casi le dio vergüenza pisar esas alfombras, que parecían valer una fortuna, con sus botas sucias. Al mirar a su hermano notó que debía pensar parecido, ya que se mantenía alejado de cualquier cosa temiendo romper algo valioso.

En el interior había otro hombre, más joven, casi un muchacho, con el cabello corto y oscuro vestido también con traje. Estaba sentado en uno de los sillones, con un libro en las manos y su teléfono móvil apoyado en la pierna derecha. La magia en él no era tan poderosa como en el primero, pero también le rodeaba, como protegiéndole.

-  Arthur, estos son Joseph y Jonathan, lobos. – les presentó. El joven se levantó rápidamente y se acercó para saludarles. - Han venido a porque su hermano está con La Orden. Señores, este es Arthur P. Drake, dueño de Kamelot. Y yo soy Joss Merlin, su asistente.

-  Y mago. – matizó Jon, sin acercarse para estrechar su mano como su hermano estaba haciendo. No era nada personal, simplemente, no se fiaba de nadie. Menos si ese alguien tenía tal poder.

Merlin pareció gratamente sorprendido, ya que le sonrió divertido.

-  Y mago, sí. Buen olfato. No todos los lobos pueden oler magia. ¿A qué manada habéis dicho que pertenecéis?

-  No lo hemos dicho. Y preferimos no decirlo. – la respuesta sorprendió a los otros dos y Joseph intentó explicarse. - La manada no aprueba que saliéramos a buscar a nuestro hermano.

-  Está bien.

Arthur, quien había permanecido junto al sillón durante la conversación, se acercó un par de pasos pero se detuvo al oír el gruñido de advertencia de uno de los lobos y notar que se ponían  a la defensiva.

Levantó las manos en son de paz y se colocó junto a su ayudante.

-  Tengo una curiosidad. ¿Cómo acabó vuestro hermano con La Orden? – preguntó. - ¿Cómo lo convencieron?

-  No estamos seguros pero imaginamos que se aprovecharon sus inseguridades. – respondió Jon, con tono amargo. – Siempre ha sido un estúpido.

-  Entonces está con ellos por decisión propia. ¿Cómo vais a convencerlo para que los deje? Lo tenéis bastante difícil.

-  Sabemos que quiere salir.
Arthur y Merlin intercambiaron una mirada, cada vez más desconcertados con el asunto. Los lobos habían acudido ahí porque no tenían pistas para encontrar a su hermano y La Orden. Pero si sabían que quería salir…

-  ¿Cómo sabéis eso? ¿Habéis hablado con él?

-  Un ex cazador llamado Andrews. Al parecer, La Orden envió a Colby para acabar con él. En vez de obedecer, le dejó en un hospital con nuestra localización y el recado de que estaba bien.

El mago les miró, sorprendido.

-  Eso no es mucho.

-  Si no quisiera que fuéramos a buscarle, le habría dejado en el hospital y ya. No habría enviado ningún mensaje. Conocemos a nuestro hermano. Pero el ex cazador no pudo decirnos dónde buscar. La única localización que supo darnos fue esta ciudad.
Arthur y Merlin intercambiaron una mirada antes de volver a hablar.

-  Conocemos a Andrews. Estuvo aquí para ayudarnos con La Orden para evitar que se hicieran con un berserker y también nos echó una mano con el hellhound en Detroit.

-  El tío está en todas partes… - murmuró Arthur, haciendo reír a los otros tres.

Arthur se sentó en un sillón, pensativo mientras observaba a los dos lobos. Parecían tan fuera de lugar en esa habitación. Cualquiera que no supiera lo que eran realmente, pensaría que veía a dos hombres, algo desastrados, de apariencia ruda, demasiado grandes y toscos para estar cómodos en un sitio lleno de lujos.
Pero había algo animal en su postura, en su forma de moverse… podía ver a los depredadores que realmente eran.

El que parecía mayor y hablaba más, Joseph, sacó una gomilla del bolsillo de sus pantalones y se recogió su largo cabello negro en un pequeño moño sin dejar de susurrar algo a su hermano. El otro no dejaba de mover la pierna y morderse la uña del pulgar. Parecían estar discutiendo.

-  Sabéis que será muy difícil que pueda salir de ahí con vida. Nadie deja La Orden.

-  Lo sabemos. Vamos a intentar sacarlo pero necesitamos saber dónde está exactamente.

-  ¿Y luego? – los dos lobos miraron interrogantes a Arthur, que era quien había hecho la pregunta. Este intentó no sentirse intimidado por ellos pero estaba fracasando estrepitosamente. – Quiero decir… Os traicionó… imagino que vuestra manada tendrá algo que decir al respecto.

-  Esto es cosa de familia. Si nuestro padre, como Alfa, cree que debe castigarlo, así será. Pero dudo que nuestra madre lo permitiera.

-  Eso sí… - añadió Jon, crujiéndose los nudillos. – De camino a casa va a recibir de lo lindo.

Merlin se encogió de hombros, casi riendo al ver la expresión de estupefacción de Arthur por las respuestas.

-  Siempre me ha parecido fascinante la forma en que las manadas dirigen sus asuntos. Pero la respeto. Aun así, la situación de vuestro hermano es realmente delicada. ¿Qué tenéis pensado?

-  Aun nada. Le perdimos la pista aquí.

-  En eso no creo que podamos ayudaros pero si podemos daros todo lo que tenemos de La Orden.

Casi dos horas después, los lobos salían de la Torre con más información y más dudas. Habían escuchado con atención todo el relato sobre lo ocurrido recientemente en la ciudad, con La Orden y el nigromante. También lo acontecido en Detroit y el hellhound y la implicación de otro lobo para cubrir su rastro. Por todo lo contado y descrito estaban casi seguros de que Colby no había estado ahí… o no a la vista, al menos.

Lo cual no les ayudaba realmente con el paradero de su hermano.

-  ¿Qué sacamos de todo esto? – preguntó Joseph, cuando hubieron regresado al motel.

Jon le observó coger un par de cervezas de la nevera y le agradeció cuando le entregó una de ellas.

-  ¿Además de que me está dando la impresión de que esto nos viene grande? No mucho. No sabemos cuál es su siguiente objetivo. Ni donde están, ni donde se esconde su base… la dirección que nos dio el cazador estaba vacía.
Probablemente, evacuaron el lugar temiendo que alguien hubiera sido informado. – gruñó, dando un sorbo a su cerveza. El otro lo imitó. Seguía pensativo y no tan frustrado como Jon se sentía.

¿Por qué?

-  Pero si tenemos una pista…

-  ¿Cuál?

-  De todo lo que nos han contado, hay algo que se repite. El demonio, el lobo traidor, el cazador… de alguna manera, todo parece estar conectado a Chicago.

- ¿Crees que tienen ahí la base?

- No tengo ni idea. Pero me resulta sospechoso que se repita tantas veces el nombre en dos casos totalmente diferentes. – el rubio terminó su cerveza y aplastó la lata en su mano antes de lanzarla a la papelera.

Su hermano tenía razón. Era demasiada casualidad. Y no tenían más pistas.

-  Está bien… Descansamos un día más y salimos hacia Chicago. Tal vez tengamos suerte y podamos rastrearle ahí.

Jonathan se dejó caer en su cama, cansado. Aun no se habían recuperado y el día había resultado especialmente largo. No tardó en notar el peso de su hermano tumbándose a su lado. La cama, aunque grande, resultaba estrecha para dos hombres de su tamaño, pero no iba a ser el quien le dijera a su hermano que se fuera a su propia cama. Si Joseph estaba ahí, era porque necesitaba consuelo.
Y, ¡que demonios! Él mismo también estaba necesitando un abrazo.
Se giró, quedando cara a cara con el otro y se dejó abrazar, apoyando la barbilla en el hombro del mayor.

-  Vamos a encontrarle…

-  Sigo pensando que fue mi culpa… - murmuró Jon. - No debí molestarle tanto.

-  Fueron sus propias decisiones las que le llevaron ahí, Jon. Pudo hablar, discutir, pelear… decidió huir. No es tu culpa. Y vamos a encontrarlo para que puedas comprobarlo.

#5

Capítulo 3.

Joseph miró a través de la ventana, suspirando cansado.

Estaban en otro motel, a las afueras de Chicago, tras más de doce horas en coche. Le dolía todo el cuerpo. Había sido un viaje infernal, pero no hubo manera de convencer a Jon de que se lo tomaran con más calma.

Al menos, pensó mientras intentaba no dormirse en la silla, su hermano tuvo piedad de él y paró para hacer noche cerca de Toledo. Claro que hubiera sido más rápido y fácil aceptar los billetes de avión que les ofreció el tipo de Kamelot, pero no les pareció aceptar algo tan caro de alguien a quien no conocían.
Además, Jon detestaba volar.

No era que le diera miedo, simplemente, no le gustaba. Sus oídos eran muy sensibles y el cambio de presión resultaba muy doloroso para cualquier lobo. A Jon parecía afectarle más, por alguna razón.

La única vez que Jon cogió un avión, para asistir a un evento del Consejo en otra ciudad y por insistencia de su padre, casi se volvió loco del dolor. Solo Colby fue capaz de calmarlo y Joseph no sabía si él tendría tanta suerte.
Era muy consciente de la relación especial que tenían sus dos hermanos pequeños. Jon sentía un amor muy especial por Colby. Era su punto débil. Era así desde el primer día en aquel hospital, al quedarse huérfanos los tres. Fue algo instantáneo que había ido creciendo con los años.

Era por eso que su hermano se culpaba por no ver a tiempo lo que ocurría con el pequeño.

También sabía también que la traición del pequeño había herido más a Jon, a causa de lo que este sentía por Colby. Puede que les hubiera traicionado a los dos, pero rompió el corazón de Jon en más pedazos.

Un dolor intenso en el brazo le hizo regresar a la realidad. Su hermano le había dado un puñetazo. Joe gruñó, dirigiéndole una mirada de enfado.

-  ¿A qué cojones viene eso?

-  Llevo cinco minutos preguntándote si quieres una cerveza. ¿Dónde estabas? – le preguntó, pasándole una lata de cerveza.

El cansancio estaba haciendo más mella en él de lo que pensaba, si había estado tan abstraído. Vio a su hermano sentándose en su cama, mientras se bebía su cerveza.

-  En ninguna parte. – suspiró. - Solo pensando en qué vamos a hacer cuando lleguemos a Chicago. ¿Por dónde deberíamos empezar?

-  El mago mencionó la zona neutral de la ciudad. Y que el dueño había tenido tratos con Andrews y La Orden. Tal vez pueda darnos alguna pista sobre dónde buscar.

Joseph asintió. No tenían más opciones.

-  Mejor que ir directamente a la manada. – Jon soltó una risita, tirándole la almohada.

-  ¡Y más seguro! Habrá que tener cuidado de no cruzarse con nadie. Allí tienen un territorio más amplio y no conocemos los límites. – el mayor asintió, lanzando de vuelta la almohada.

-  Compartido con los vampiros. Recuerdo que lo comentó papa en una ocasión, en el Consejo.

La animosidad entre vampiros y lobos era milenaria. La tregua llegó un par de siglos atrás, con ambos bandos diezmados por sus guerras internas, las batallas con otras razas y el acoso de los humanos.
Fue entonces cuando se reunieron y decidieron no atacarse, firmando una alianza histórica. Desde entonces, ambos bandos solían compartir las ciudades, manteniendo unas normas de convivencia que exigían no traspasar los límites establecidos sin autorización y solo en casos muy especiales.

Todo vampiro o lobo que visitara la ciudad debía presentarse ante los Alfas para evitar traspasar fronteras por error.

Chicago era una de las ciudades con la población más alta de lobos y vampiros. Sorprendentemente, también era la que menos problemas de territorio tenia, lo que era casi un milagro. Las otras cuatro ciudades que existieron con ambos bandos conviviendo, fueron un completo fracaso.

Nadie comprendía que era lo que hacía a Chicago tan especial para que funcionara la tregua.

-  Iremos directamente a la zona neutral y le preguntaremos por las fronteras, para no meter la pata. Y recuerda, Jon… nada de asustar al guardián. – su hermano lo miró a medio camino entre ofendido y divertido por la advertencia. - Necesitamos su ayuda. Intenta comportarte.

-  ¿Qué? ¡Yo no voy asustando a la gente por que sí! – ante la expresión de incredulidad del otro, Jon bufó. - ¡No lo hago!

-  Perdona, pero si, lo haces. Y lo haces porque eres un crio y te parece divertido, pero esta vez no. No gruñas, no grites, no te muestres violento y no enseñes los colmillos. Necesitamos la ayuda del guardián.

Jon volvió a bufar, apagando la luz del dormitorio. Joseph simplemente rio por lo bajo.

-  ¡Aguafiestas! – le escuchó protestar.

-  Ya, ya… ve a dormir. Mañana hay que salir temprano ya que no conocemos la ciudad y hay que buscar la zona neutral.

Un camión pasó cerca del motel, haciendo temblar ligeramente los cristales de la ventana y Joseph escuchó a su hermano moverse en la cama.

-  ¿Crees que nos ayudará?

-  No lo sé. Eso espero. Las zonas neutrales se crearon para asistir y pedir consejo. Esperemos que el guardián de esta sea comprensivo con nuestra situación.

-  Y si no, le muerdo. – Joseph no pudo contener la carcajada.

-  Y si no, le muerdes. De acuerdo.

#6

Capítulo 4.

Chicago resultó ser más fría y gris de lo esperado.
Davenport no era precisamente mucho más cálida, pero no tenía el aire tan cargado de polución ni estaba tan sucia y repleta de edificios. Había tantos que, incluso, olía a hierro.
Jon tenía el oído y el olfato especialmente sensibles. En muchos casos eso era una gran ventaja ya que podía seguir un rastro aunque este fuera débil y nada reciente. También era capaz de oler cosas que otros lobos no podían, como la magia.
En otros casos, como este, resultaba una molestia. Los olores desagradables se convertían en insoportables, mareándole y poniéndole enfermo. En una ciudad como Chicago era capaz de oler los efectos de la contaminación, los metales usados en las fábricas… y la magia.
Era normal y lógico que en una ciudad tan grande hubiera tal cantidad de magia, sobre todo porque casi la mitad de la población pertenecía a la comunidad. Además, existían muchos puntos especiales repartidos por toda la ciudad, con gran concentración de poder que solían atraer a la clase equivocada de humanos y criaturas, como nigromantes o demonios.
- Creo que es aquí. – anunció Joseph.
La voz de su hermano lo sacó de sus pensamientos. Se habían detenido frente a la fachada de un edificio bastante antiguo y bastante estropeado. No era un edificio grande. Cuatro plantas más el bajo que era ocupado por un local y unos aparcamientos.
El local era una librería, con un amplio escaparate repleto de las últimas novedades en libros, la fachada verde y una puerta del mismo color y un adornado cristal.
Colgado en la puerta había un cartel en el que se podía leer el nombre de la tienda. El pergamino.
Si los tipos de Kamelot no estaban equivocados, ese era el lugar. La zona neutral.
Jon olfateó el aire. Desde luego, no olía como un edificio normal. La magia lo rodeaba. Toda clase de magia. Desde hechizos de protección a de defensa.
- Eso parece. – gruñó, siguiendo a su hermano hacia el interior del edificio. No le hacía gracia entrar en un lugar que no conocía
Al abrir la puerta, el tintineo cristalino de unas campanillas le hizo subir la mirada. El cristal con el que estaban hechas era tan transparente y brillante que parecían irreales, haciéndole sonreír sin darse cuenta. Hacía tiempo que no veía algo tan puro y simple.
Una mezcla de olores les asaltaron al entrar a la librería. Bosque mojado, magia, polvo, libros usados, cuero, plata, sal… empezó a estornudar sin control, haciendo reír a su hermano.
- Si, sin duda estamos en el lugar adecuado. – murmuró cuando su nariz se acostumbró a tanto olor junto y pudo dejar de estornudar.
Al sonido de las campanillas acudió un joven. Alto, con el cabello castaño algo largo y bastante más joven que ellos. Pero, a pesar de su aspecto juvenil, había un aura de madurez a su alrededor. La de alguien que ha visto demasiadas cosas. Venía cargado de libros.
El chico les miró sorprendido al principio. Luego su expresión cambió a una de hastío, arrugando la nariz y frunciendo el ceño. Se giró, dándoles la espalda, y se dirigió hacia el mostrador que había cerca de la puerta, dejando allí la pequeña pila de libros en sus manos.
- Si os manda Zack, decidle que sigo sin querer hablar con él. – soltó, dejando a los otros dos descolocados. – Que venga en persona a disculparse y deje de enviar mensajeros.
Jon gruñó, disgustado. ¿Quién se creía ese niñato para tratarles así?
- Ni sabemos quién es Zack ni nos importa. ¿Es esta la zona neutral?
Ahora fue el turno del chico de sorprenderse. ¿No eran gente de Zack?
- Sois lobos… creí que pertenecíais a la manada local, lo siento. – se disculpó. – Si, esta es la zona neutral de la ciudad. ¿En qué puedo ayudaros? – Joseph se acercó a él, tendiéndole la mano y tratando de no lucir amenazante.
- Queríamos hablar contigo. Sobre La Orden.
- No hay mucho de lo que hablar de ese tema. Están en todas partes. Son peligrosos. Intentad no cruzaros en su camino y seguiréis vivos. – masculló el chico, alejándose del mostrador. Jon le sujetó del brazo, deteniéndole.
- Eso no es ninguna ayuda.
- Esto es zona neutral. Puede que no seáis de esta ciudad pero cualquiera sabe lo que eso significa. – el tono frio y calmado del chico sorprendió a los lobos.
No era lo habitual, menos con Jon gruñendo y enseñando los dientes. Normalmente, quien fuera estaría temblando. Su hermano podía ser muy intimidante. Joe le obligó a soltarlo y se dirigió al chico.
- Disculpa la impaciencia de mi hermano, es uno de sus peores defectos. – Jon bufó.- No venimos con intención de hacerte daño ni molestarte. Solo queremos algo de información sobre La Orden aquí en Chicago. Cualquier cosa. – añadió al ver el ceño fruncido del muchacho. - Hemos oído que es probable que tengan algún sitio donde ocultarse en la ciudad.
- Es más que posible. Pero, ¿dónde? En cualquier lugar. Es imposible saberlo. ¿Por qué tanto interés? ¿Y tanto secretismo? Normalmente la manada me avisa cuando vienen visitas.
- La manada no sabe nada y así debe seguir.
El chico sonrió. Eso había despertado su interés, Joseph podía verlo en sus ojos. Tenía algún asunto pendiente con la manada.
- Esto cada vez me intriga más. Pero por mucho que me gusten los misterios, si no me dais algo a cambio, no puedo ayudaros. No os conozco, no sé nada de vosotros y, además, me decís que no puedo preguntar a la manada. Así no puedo ayudar. – terminó. Se encogió de hombros y se alejó de ellos, hacia el interior de la tienda.
Los dos lobos le dejaron ir, intercambiando una mirada. Debían tomar una decisión.
- No creo que sea buena idea, Joseph… No conocemos a ese tío... ¿y si nos vende?
- Lo mismo dice él. Pero creo que sabe más de esa organización de lo que nadie piensa. Y puede servir para buscar a Colby.
- Pero, ¿y si se lo dice a la manada y estos avisan a papa? Mañana estaríamos en un avión, camino a Davenport y perderíamos a Colby para siempre. – la voz de Jon era pura preocupación.
- Tendremos que correr el riesgo. Necesitamos información y no tenemos a quien más acudir. Espera aquí.
Joseph dejó a su hermano junto al mostrador y buscó al chico entre las estanterías. Lo encontró, un minuto después, colocando libros es la sección de cocina. Suerte que la tienda no era demasiado grande.
- Estamos buscando a nuestro hermano pequeño, quien está trabajando con La Orden. – empezó. Eso llamó la atención de Aidan, que se giró para escucharle. - Nuestra manada no aprueba que nos fuéramos a buscarlo sin permiso… si se enteran dónde estamos, nos llevaran a la fuerza y nos impedirán encontrarle. En La Orden lo acabaran matando, ya sea como cabeza de turco o porque ya no les sirva. Tenemos que sacarlo de ahí.
Aidan se acercó al lobo y le puso una mano en el hombro, sonriendo.
- Voy a cerrar y podremos hablar más tranquilos. No mentía cuando os decía que no hay mucho que pueda deciros sobre la organización, pero a lo mejor algo de lo que sé os ayuda. Trae a tu hermano a la trastienda.

#7

Capítulo 5.

- Vuestro hermano se ha metido en un buen avispero. – suspiró Aidan, después de escuchar toda la historia.
- Dinos algo que no sepamos…
Joe soltó una risa por lo bajo al oír el refunfuño malhumorado de su hermano. Se encontraban los tres en el apartamento del librero, que se situaba en el piso superior a la tienda.
Aidan había cerrado temprano la tienda, como les dijera que haría, y les acompañó a su apartamento, donde los lobos le explicaron con más detalle su historia. Con algo de reticencia, ambos le contaron cómo su hermano pequeño se había distanciado de ellos sin que lo notaran y cómo fue aprovechado por alguien de la organización, manipulándole hasta conseguir que traicionara a la manada y a su familia.
El librero podía ver que aquella traición les había resultado dolorosa.
- Lo que yo me pregunto es… ¿para qué lo quieren? – el librero soltó la pregunta al aire, mientras limpiaba los platos que habían usado para cenar. Joseph había recogido las latas vacías y las colocó en la basura. - Es solo un lobo sin ninguna influencia, ¿verdad? Y un lobo joven… no tiene sentido.
- Pienso que tenían otra idea en mente, pero no contaban con lo neurótico que puede ser Colby. – Jon rio, murmurando “neurótico se queda corto” mientras se terminaba la última cerveza. – Nuestro hermano siempre ha sido muy cuadriculado, paranoico… No lleva bien los cambios o la presión. Es algo que le pasa desde pequeño. Ellos debían querer que se quedara en la manada, influyendo a nuestro padre o, tal vez, robando información sobre la manada. Pero no les salió como esperaban.
El chico pareció considerar sus palabras, terminando de secar y colocar el último plato en el fregadero. Tenía más sentido que pensaran usar a un lobo joven para recopilar información, tal vez no solo de la manada. Siendo uno de los hijos adoptivos del Alfa, los chicos tenían acceso a reuniones importantes de la comunidad. Eso era información de lo más atractiva para La Orden. Debían estar bastante decepcionados de que el asunto no saliera bien.
- Y ahora está siendo usado... No va a acabar bien, lo sabéis, ¿verdad? – Jon se estremeció. Fue algo muy sutil pero Aidan lo vio. - ¿Cómo supisteis en qué andaba?
- Un tipo llamado Andrews se puso en contacto con nosotros en Alaska, donde estábamos recuperándonos de un ataque. – la cara del librero se iluminó.
- ¿Charles? ¿Sigue vivo?
- Vivo y dando vueltas por el país ayudando a la Comunidad contra La Orden.
Aidan se sentía realmente aliviado y feliz de escuchar la noticia. Su cuerpo se relajó visiblemente, recostándose en el sillón, sonriendo.
- Imagino que le conoces.
- Es un amigo. Un buen amigo. Lamenté mucho cuando decidió unirse a La Orden, pero pensó que así podría aprender más para defenderse de lo sobrenatural. – el chico se encogió de hombros. – No fui capaz de decirle lo que realmente hacían ni lo que yo era. Le perdí la pista pocos meses después. Estaba preocupado.
- ¿Cómo acabó sabiendo sobre la Comunidad? Tiene algo de mágico pero casi es inexistente. No creo que sepa nada, así que… ¿Cómo se enteró?
- El demonio que atacó en la ciudad hace un año. Él fue el detective que se enfrentó a Jack. – los hermanos intercambiaron una mirada.
- Aquello fue cosa de La Orden, por lo que escuchamos después.
- En ese momento no lo sabíamos. Yo lo descubrí meses después, por pura casualidad. No pude decírselo porque tuvo que huir de la ciudad, acusado por los crímenes de Jack. – Aidan suspiró, levantándose para abrir un armario en el salón y sacar un montón de mantas de su interior. - Por un lado, estar con la organización le salvó de la cárcel. Por otro... Me alegro de que viera la verdad antes de que fuera tarde, pero no creo que sea consciente de la clase de enemigo que se ha creado.
El chico les entregó las mantas a los lobos. Los tres estaban cansados y el día había sido muy largo pero la conversación aún no estaba terminada. Volvió a sentarse en el sillón.
- La Orden lleva siglos… incluso me atrevería a decir milenios, funcionando. A veces, más en la luz, otras más en la sombra… siempre han estado ahí. Los Templarios, los Masones, los gobiernos de los principales países del mundo… Lo mismo puedes encontrar uno en la comisaria como en el ayuntamiento. Siempre se han escondido entre la sociedad. Al igual que nosotros. Pero ellos no buscan vivir en paz. Buscan destruirnos.
- Pero nunca habían intentado tanto y tan descaradamente. – añadió Jon. – Los últimos ataques han sido muy descuidados.
- Saben que no corren peligro. – rio Aidan. - Los humanos no van a creer nada de esto aunque lo vieran con sus propios ojos. Vivimos en una era de lógica y ciencia, no supersticiones. Da igual lo reales que seamos. Pero planean algo gordo, solo que no sabemos qué. Y eso puede ser muy peligroso. ¿Todo lo que hemos visto hasta ahora? Nada comparado con lo que va a venir, estoy seguro. – Jon se levantó bruscamente, casi tirando la mesita que había delante del sofá.
- ¡Exactamente! Por eso es importante que los encontremos. ¿Dónde se esconden en la ciudad?
Aidan sopesó la pregunta durante un minuto. El lobo parecía cada vez más impaciente y, realmente, daba un poco de miedo. Si no estuviera tan acostumbrado por Zack, le habría intimidado cuando le gruñó en la tienda. Pero eso no funcionaba con él. Conocía de sobra las normas entre los lobos y lo mucho que las respetaban. Atacar a alguien sin provocación no era algo que hicieran.
Regresando su mente a la pregunta, no era nada fácil de responder. La ciudad era grande y tenía muchos buenos escondites. Demasiadas fabricas cerradas y en desuso, naves industriales…
- Aquí tienen mucho donde esconderse. La zona de los lobos y los vampiros es muy amplia pero aún quedan muchos escondites disponibles. Está la zona del puerto. Es un sitio más ocupado por humanos que de los nuestros, salvo un pequeño grupo de sirenas y poco más. Es un lugar con bastantes naves industriales y fábricas abandonadas. Si tuviera que escoger un sitio, diría ese. Además, está rodeado de hierro y acero.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada. El hierro y el acero lo hacían inhabitable para cualquier raza mágica que obtuviera sus poderes de la naturaleza, como los elfos o las hadas. También repelía al resto.
- Es un buen sitio para empezar como otro cualquiera. Gracias.
- No me las des. Seguramente acabareis metidos en un lio peor que el de vuestro hermano.
- No te preocupes. Somos expertos en salir de líos. – rio Joseph. – Deberíamos echar un vistazo esta noche.
- Podéis empezar con los líos mañana. – repuso Aidan, intentado evitar que se fueran. - Tenéis pinta de no haber descansado mucho. ¿Por qué no dormís algo esta noche y mañana seguís con vuestros asuntos?
- No queremos molestar…
- No lo hacéis y ya os he dado las mantas. Quedaros, por favor.
Algo más tarde, con la casa a oscuras y su anfitrión durmiendo en su dormitorio, los dos hermanos se acomodaban como podían en los dos sillones del salón. No eran lo suficientemente grandes para dos hombres de su tamaño pero seguían siendo mejor que dormir en el suelo o en el coche, como habían tenido que hacer días anteriores. Aidan les había dado almohadas así que estaban cómodos.
- ¿Crees que lo sabe? – la voz de Jon rompió el silencio en la habitación. Ambos seguían despiertos, a pesar del cansancio, demasiado preocupados para poder conciliar el sueño.
- ¿El qué y quién?
- El chico… el guardián. ¿Crees que sabe que está marcado? – Joseph miró a su hermano en la oscuridad. Los ojos celestes del otro brillaban.
Él también había olido la marca. Era un olor específico e inconfundible que desprendían los que eran parejas de un lobo. No era habitual que uno de los suyos se emparejara con alguien de otra especie pero tampoco imposible.
Pero en ese caso en concreto… resultaba un poco raro.
- No lo sé. No huele a lobo en la casa. Y en él tampoco. Quien fuera, tuvo que ser hace tiempo. – Jon se incorporó, quedando sentado en el sillón.
- Pero está marcado. ¿Cómo pudo su pareja dejarle? ¿O permitir que se fuera?
- No tengo idea, Jon. Nosotros jamás haríamos algo así pero…
- ¿Y si no lo sabe?
- Tiene relación con la manada… bastante cercana, por lo que hemos visto. ¿Crees que podrían marcarlo y que no se enterara? – el otro sonrió, pícaro.
- Podría haber sido sin querer… en un calentón. Ha pasado.
- No es asunto nuestro. No creo que debamos preguntarle. Deberíamos centrarnos en mañana y en recuperar a Colby para que podamos volver a casa.
- Está bien…
Pero Joseph sabía que eso no había sido el fin de esa conversación. Jon no iba a dejar el tema tan fácilmente. Bueno… mientras lo hiciera cuando ya hubieran recuperado a Colby y vuelto a casa, a él no le importaba.

#8

Capítulo 6.

Resultó que La Orden y sus cazadores no estaban intentado esconderse demasiado.
Habían hecho caso a Aidan y, a primera hora y después de recoger el salón y guardar las mantas, se dirigieron al puerto. No tardaron mucho en encontrar alguien que, por un billete de cincuenta, les comentara sobre los tipos de negro que iban y venían con furgonetas y camiones cargados de cajas a dos naves industriales que hasta hacia poco estaban abandonadas.
Cuando por fin llegaron, pudieron comprobar que ambos edificios se encontraban rodeados una docena de guardias armados que vigilaban el perímetro. Guardias, cámaras de seguridad, alarmas de toda clase… incluso perros.
- ¿Has visto que cantidad de armas? – preguntó Joshep, preocupado. Ambos estaban escondidos en el tejado de otro edificio, no demasiado cerca para evitar ser descubiertos. - ¿Qué cojones estarán escondiendo ahí?
- Ni idea, pero debemos averiguarlo. Tiene que ser algo muy gordo si lo protegen tanto.
De repente, Joseph se envaró, levantando el rostro al cielo y olfateando el aire como si buscara algo.
- Espera… ¿hueles eso?
Jon olfateo el aire, al igual que su hermano y el corazón le dio un vuelco.
Olía regaliz y tierra mojada. Una mezcla que les era muy conocida. No tardaron en ver a Colby aparecer en su rango de visión, hablando con uno de los guardias antes de dirigirse a uno de los coches aparcados en la entrada, subirse en él y salir del recinto a toda velocidad.
- ¡Jon! ¡Espera!
Antes de que pudiera impedirlo, Jon perseguía el coche en el que iba Colby, corriendo por los callejones hasta salir del puerto. Joseph no tardó en alcanzarlo y ambos siguieron el vehículo por la ciudad.
Colby parecía estar bastante bien. Incluso, pensó Joe sin dejar de correr tras Jon, parecía estar en mejor forma que cuando vivía con ellos. Seguía siendo delgado pero estaba más fuerte y se le veía más seguro de sí mismo. Tal vez fuera porque se había dejado el cabello y la barba más poblados y le hacían parecer mayor.
Lo que le molestaba más era que no había tenido ocasión de ver bien su rostro. Deseaba poder verlo y comprobar si estaba realmente bien, si era feliz, si se sentía culpable y preguntarle por qué… por qué les había abandonado de esa manera.
Iba tan distraído pensando en eso que chocó con la espalda del otro al no darse cuenta que se había detenido.
- ¿Qué pasa?
- Se ha bajado del coche. – susurró Jon. - ¡Ven! – Joe se vio arrastrado por la muñeca siguiendo a su hermano sin tiempo para detenerlo.
Colby había entrado en una tienda de ropa masculina mientras su coche se alejaba calle abajo. Parecía ser que haría el resto del recorrido a pie. Lo esperaron, escondidos en una esquina y, cuando salió diez minutos después, lo arrastraron al callejón.
Colby luchó ciegamente, llegando a golpearles varias veces pero se detuvo bruscamente cuando consiguió ver quiénes eran sus atacantes.
Su hermano pequeño se mostró sorprendido de verlos, aunque no asustado. Un poco en shock.
- ¿Qué… que hacéis aquí? – preguntó, zafándose del agarre. - ¿Estáis locos? ¡Si os ven, os mataran!
- ¡Ah! ¿Pero eso no era lo que querías la última vez que nos vimos, Col? – repuso con tono acido Jon. El pequeño palideció, como si recordar lo que había hecho le pusiera enfermo.
- No… yo no… no era… - tartamudeó. - ¡Debéis iros! ¡Nos van a ver! ¡No pueden vernos juntos!
- No hasta que nos des una explicación.
- Colby, vas a venir con nosotros. A casa. – Jon no estaba por la labor de ser sutil. Colby tuvo que librarse nuevamente de su agarre, ya que había empezado a tirar de él hacia la calle.
- ¡Ni de coña! ¿Estás loco? ¡Ya os podéis estar largando por donde habéis venido! No voy a ninguna parte con vosotros. No os he pedido que vengáis a buscarme.
- ¡Eres un crio desagradecido! ¡Aquí van a matarte!
- ¡No he pedido que vengas a salvarme, Jon!
El coche en el que había llegado Colby volvió a aparcar frente a la tienda de ropa. Al parecer solo se habían alejado porque no tenían donde parar a esperar. El conductor se bajó y entró en la tienda, presumiblemente buscando al pequeño. Los tres miraron preocupados hacia el local. En cualquier momento, el conductor saldría y les vería ahí.
- ¡Vais a conseguir que nos maten a los tres! ¡Debéis largaros!
Lamentablemente, Colby tenía razón. Si el tipo los descubría, la cosa no iba a acabar bien para ninguno y el pequeño parecía preocupado de veras. Tal vez por su propio pellejo.
Aun así, no era el momento para arriesgarse. Joe agarró a Jon del brazo y tiró de él, intentando llevárselo de ahí aunque este se resistía a moverse.
- Jon, por favor. – suplicó Colby, en un susurro desesperado.
Solo entonces el otro permitió que le llevaran de ahí.
No hablaron apenas mientras regresaban a la librería. Joseph no sabía que pensar de lo que había ocurrido. Estaba muy confundido.
Esperaba encontrar al Colby que les atacó. Pero el Colby que se encontró fue a su hermano pequeño, asustado por ser descubierto y temiendo por su vida. Tenían que sacarlo de ahí.
Deseaba hacerle pagar por el daño que les había causado. Darle un par de puñetazos para estar a mano.
Pero no pudo. Al igual que Jon, lo único que pasó por su cabeza mientras estaban en ese callejón era coger a sus hermanos y sacarlos de ahí lo más rápido posible, bien lejos de La Orden y todo aquel que quisiera hacerles daño.
También estaba preocupado por Jon. La traición de Colby no había hecho desaparecer el lazo que les unía antes de todo eso. El pequeño todavía tenía el mismo efecto sobre el otro y Jon aún seguía queriéndole igual.
Lo había podido ver en sus ojos.
- Deberíamos mantenernos alejados de él por ahora… parecía realmente asustado de que nos fueran a atrapar. – sugirió, cuando llegaron al apartamento de Aidan.
El chico les había dejado dormir ahí una noche más, preocupado por ellos y por el silencio obstinado de su hermano. No había dicho una palabra desde que dejaran al otro atrás.
Jon asintió y le dio la espalda para disponerse a dormir.
Cuando Joseph se durmió al fin, todavía preocupado, Jon se levantó lo más silenciosamente posible y se escabulló del piso sin que nadie lo notara. No sabía cómo ni por qué pero debía volver al callejón donde había visto a Colby ese día.
Cuando llegó y le vio, el alivio que sintió fue tan grande que necesitó un segundo para recuperar el aliento. El pequeño parecía feliz de verle también. Se acercó a él en dos grandes zancadas y lo abrazó tan fuerte que le sacó todo el aire.
- ¿Por qué has vuelto? – preguntó Colby, sin dejar de abrazarle.
- ¿Por qué lo has hecho tú?
Y, como pasara antes, Jon vio todo su resentimiento desaparecer. Siempre había sentido un gran amor por sus hermanos. Podía ser que no estuvieran relacionados realmente, ya que no compartían sangre, pero eran su familia y les quería.
Pero siempre fue más especial con Colby. Jon se dejaría matar por Joseph sin dudarlo. Pero mataría por el pequeño. Y sabía que era correspondido.
Por eso había sido tan dolorosa su traición.
- Sabía que ibas a estar aquí. No sé porque, pero lo sabía.
- Yo también. – Jon se separó, a regañadientes, poniendo las manos en los hombros del otro y mirándole fijamente con sus ojos celestes. – Tienes que venir con nosotros, Col. Déjales antes de que te maten. Ven conmigo… - terminó, cogiéndole de las manos.
Colby bajó la mirada a sus manos unidas y suspiró, triste.
- No puedo… - susurró, con la voz rota. - Sé que no vas a creerme, pero lo siento… siento mucho lo que te hice… lo que os hice. No sabes cuánto llevo arrepintiéndome…
- ¡Entonces vuelve! Mama y papa te echan de menos. ¡Yo te echo de menos! – Colby negó con la cabeza, intentando separarse pero Jon no se lo permitió.
- Estos están organizando algo muy gordo, J. Muy muy muy gordo. Y estoy muy cerca de averiguar qué, cómo y dónde… tengo que quedarme. Es lo mínimo que puedo hacer para compensar mi traición a la manada. No puedo volver sin arreglar lo que hice.
Jon le cogió bruscamente del rostro, acercándole. Cerró los ojos y juntó sus frentes, sintiendo impotencia por no poder sacar a su hermano de ese avispero en el que estaba metido. Si Colby deseaba enmendar su error, debía dejarle. Era demasiado cabezota como para hacerle cambiar de idea.
Abrió los ojos de nuevo al sentir una caricia en su mejilla.
- Pronto… cuando averigüe que es lo que traman y pueda redimirme, venid a buscarme. Sé que me vas a encontrar.

#9

Capítulo 7.

- ¿Estás loco, Jon? ¡Te has puesto en peligro! ¡A los dos!
Jon miró a su hermano, dedicándole un mohín de puro disgusto.
- ¿Podrías no usaras esa palabra?
Joe se mordió el labio, culpable. Los nervios habían hecho que olvidara lo mucho que su hermano detestaba que le llamaran “loco”, incluso de broma. Hubo un tiempo, cuando aún eran unos niños, en el que muchos cuestionaron la salud mental del rubio al negarse a hablar y por el genio tan volátil que tenía.
De hecho, en la manada casi todo el mundo andaba de puntillas a su alrededor, esperando el momento en que estallara y tratara de destrozar lo que tuviera cerca.
La realidad, sin embargo, era otra muy distinta. Jon no había hablado cuando eran pequeños porque estaba en shock por la muerte repentina de su madre. Era alguien extremadamente sensible que lo ocultaba tras una fachada de tipo violento.
Jon no estaba loco ni era inestable. Simplemente había pasado demasiado y lo manejaba a su manera. Sus padres nunca tuvieron problema para ayudarle cuando averiguaron cómo. Y ni Colby ni él necesitaron a nadie para comprender y apoyar a su hermano cuando tenía un mal día.
- Vale… lo siento. – se disculpó. - Pero reconóceme que irte sin avisar a buscarle ha sido la cosa más estúpida que has hecho últimamente. ¡Podían haberos descubierto los de La Orden o la manada! ¡Podría haber sido una trampa!
- No, no fue muy inteligente. Lo reconozco. – repuso, encogiéndose de hombros. Joseph suspiró, derrotado.
- ¿Y qué pasó? ¿Qué dijo?
- Dice que están planeando algo. Algo muy gordo. Y va a tratar de averiguar qué es.
- ¿Te dijo que? – ambos se giraron hacia Aidan, que acababa de entrar a la habitación.
- No… no dijo qué. No creo que lo sepa con seguridad aun.
El chico se sentó en el sofá, cerca de ellos, entregándoles una taza de café a ambos hermanos. Jon gruñó un gracias mientras Joseph le sonrió. Aidan se encontró reconociendo que aquellos dos lobos eran bastante atractivos.
Joseph, con su cabello largo, su piel tostada y tatuada y los ojos castaños y de expresión suave parecía un modelo. Y más dulce de lo que esperarías encontrar en un tipo de ese tamaño y fuerza.
Y Jon, a pesar de sus gruñidos y su aspereza, era un hombre guapo con esos rebeldes rizos rubios y los ojos celestes. Tenía, además, una faceta traviesa que dejaba escapar cuando hablaba con su hermano y resultaba de lo más encantador.
Pero, regresando a la realidad, tenían otros asuntos más importantes en ese momento que sus atractivos invitados. Como los planes secretos de La Orden, por ejemplo.
- He recibido una llamada de Merlin, hace una hora. – comentó, llamando la atención de los otros dos, que habían empezado a discutir en susurros. - Por lo visto os conoce.
- ¡Ah… si! Nos dio varias pistas y nos habló de lo ocurrido en Detroit y en Nueva York. ¿Qué ha dicho?
- Lo mismo que vuestro hermano, me temo. Los rumores sobre que traman algo importante vuelan por todo el país. Pero hace unos días, los rumores tomaron más forma. Han descubierto que La Orden está creando una especie de virus mágico con el que eliminar solo a los miembros de la Comunidad mágica.
- ¿Eso es posible? – Aidan se encogió de hombros.
- No tengo ni idea. Se puede mezclar magia con ciencia, eso lo sé. Es la alquimia moderna. ¿Lo que ellos pretenden? Depende. Necesitarían magia muy poderosa. Hechizos muy antiguos y alguien, un verdadero hechicero para realizarlos. Esto no puede hacerlo cualquiera.
- ¿Qué clase de libros? Tal vez podríamos rastrearlos a través de ellos. – el librero negó con la cabeza, apesadumbrado.
- Sin saber que pretenden realmente, no puedo decírtelo. Necesitaríamos saber qué es lo que quieren hacer. Pero si consiguen crear ese “virus mágico” o lo que sea… si crean algo capaz de matar a todas las criaturas mágicas… va a ser un genocidio…
El teléfono de Aidan sonó, en la cocina, donde lo había dejado después de hablar con Merlin, haciéndoles saltar a los tres. El muchacho corrió a cogerlo y, antes de que pudiera decir nada, hizo una mueca y le pasó el aparato a Jon, quien lo miraba como si hubiera perdido un tornillo.
- Es para ti. – le dijo, mirándoles igual de sorprendido que ellos. Jon lo cogió reticente.
- ¿Si? – contestó ausente. Aidan observó, fascinado, como su rostro pasó de la extrañeza a la alegría y, de ahí, a la preocupación en décimas de segundo. – Allí estaremos. – Joseph le cogió de la muñeca, quitándole el teléfono de la mano y dejándolo sobre la mesa.
- ¿Quién era? – preguntó.
- Colby. Quiere vernos.
- Eso es un poco sospechoso… ¿Acababa de pedirte que le des tiempo para investigar y ahora te llama para que vayas?
- Lo sé. Ha pasado algo. – Aidan observó el intercambio.
- ¿Qué vais a hacer?
- Ir, obviamente. Habrá que averiguar que ha pasado. Puede que sea una trampa de La Orden.
El librero les miró, estupefacto. ¿Estaban seguros de que era una trampa e iban a ir igualmente?
- Un momento… ¿Cómo sabía que estabais aquí?
- ¡Es Colby! ¡Lo averigua todo! – respondieron los dos lobos, riendo.
Una hora después, los tres se encontraban en un parque esperando. Había un pequeño bosquecillo, donde podían permanecer ocultos a la vista de los paseantes.
Aidan había insistido en acompañarles, a pesar de la posibilidad de ir de cabeza a una trampa. Ninguno de los dos lobos parecía feliz con la idea de que estuviera ahí, pero pensó que no podría quedarse tranquilo hasta saber que no corrían un verdadero peligro.
Colby apareció, cuando ya llevaban esperando quince minutos, con aspecto más cansado y desastrado que el día anterior. Jon se le acercó rápidamente, lo que hizo sonreír al recién llegado.
- ¿Estás bien? Te ves como la mierda.
- Hombre, gracias… - rio, pasándose una mano por la cara. – Anoche, cuando regresé, les oí hablar. Decían algo de encontrar un libro de magia en un pueblo de Irlanda.
- ¿Qué libro?
- No lo han dicho. Solo que era magia celta. Pero nada más. – Colby bajó la mirada y vio que el rubio le tenía cogido de la mano. Sonrió sin darse cuenta. – También dijeron algo de una bomba… y de un tipo… una especie de mago monje o algo así… tenía un nombre raro… ¿Rasputín?
- Joder. – los tres lobos miraron interrogantes al librero.
- ¿Qué? ¿Le conoces?
- No... En persona no… y no voy a daros una clase de historia ahora mismo, pero digamos que es alguien muy muy poderoso.
- ¿Alquimista? – preguntó Joseph, recordando la conversación anterior. El chico asintió.
Jon se volvió hacia Colby, apretándole más fuerte la mano.
- Ven con nosotros. Ya no es seguro que te quedes ahí.
- Aun puedo averiguar más.
- No. – el tono del rubio era suplicante. - Ven.
Pero antes de que Colby pudiera negarse de nuevo un grupo numeroso de hombres les rodeó, cerrando cualquier vía de escape que existiera. Pronto, los cuatro se vieron sujetos a la fuerza y sin poder liberarse, a pesar de la resistencia que ofrecían.
Al menos, pensó Joseph, eran lobos y no hombres de La Orden. Aunque no impedía que siguieran en problemas. En graves problemas.
- Al único sitio que vais a ir todos es al Consejo.

#10

Capítulo 8. (Final)

La zona de la ciudad que pertenecía a la manada estaba a más de cuarenta minutos en coche de donde les habían atrapado. Los tres lobos visitantes se resistieron lo indecible pero, al ser ampliamente superados en número, fueron reducidos, esposados (con unas esposas especiales para lobos con aleación de plata) y metidos a la fuerza en una furgoneta junto con Aidan.
Al librero no le encadenaron ni nada parecido pero tampoco le dieron otra opción que la de acompañarles. Aunque en ningún momento hicieron uso de la fuerza con él. Para sorpresa de los otros tres, le trataron con mucho respeto.
En la parte de atrás de la furgoneta, Jon no dejaba de gruñir como un animal. Incluso en su forma humana, daba bastante miedo.
Joseph había dejado de pelear hacia un buen rato, aunque tampoco ponía las cosas fáciles. Estaba esperando a ver cuál iba a ser el movimiento de la manada. Las cadenas no eran realmente un problema (sabía que Jon y él eran más que capaces de romperlas a pesar de la plata) pero no quería herir a un lobo si no había razones de peso para ello.
Colby, por su parte, parecía que iba al matadero. Teniendo en cuenta su situación, no era extraña su preocupación. Su manada le buscaba por traición y, ahora, La Orden también lo haría. Las cosas no pintaban nada bien para el chico.
Cuando por fin se detuvo la furgoneta, habían llegado a un barrio céntrico con edificios de apartamentos y tiendas pequeñas. Era una zona tranquila, con parques y calles amplias.
Y repleto de lobos.
Toda esa zona era exclusiva de la manada. No había ni un solo humano viviendo en esos edificios de ladrillo rojo. De paseo o visita, sí. Viviendo, no.
Sus captores les hicieron entrar al edificio más cercano y los empujaron hacia el ascensor. Subieron hasta la última planta, donde se encontraba un loft que ocupaba todo el piso. Allí les metieron en lo que parecía un comedor y echaron la llave.
Cuando se quedaron solos, Jon volvió a gruñir y rompió sus esposas, ganándose la mirada sorprendida de Aidan y la fastidiada de los otros dos.
- ¿Cómo has roto eso? ¡Se supone que los lobos no podéis romper ese metal! – exclamó Aidan, sin dejar de mirar las esposas rotas en el suelo. Colby refunfuñó una maldición, cogiendo una servilleta de la mesa y acercándose al rubio. De la muñeca derecha de Jon manaba un hilo de sangre. No era mucha pero no paraba.
- ¡Te has hecho sangre! ¿No podías esperar a que nos las quitaran?
- No tengo tanta paciencia… - mientras Colby intentaba limpiar el corte que se había hecho Jon con las esposas, Joseph suspiró, fastidiado.
- Nos pasamos un año esquivando a todo el mundo para que no nos pillen y nos cogen de la forma más tonta. Papa va a matarnos…
- ¿Papa? – rio Jon. – Mama sí que va a matarnos.
- Estoy muerto… - susurró Colby. – Si no me despellejan en la manada, lo harán en La Orden…
- Nadie va a tocarte un pelo. – gruñó Jon, cogiendo las esposas del pequeño y rompiendo la cadena. Joe asintió.
- No vamos a dejar que te hagan nada.
Aidan, mientras, empezaba a sentirse incómodo. No por la compañía actual, sino por la que vendría en breve. Conocía a todos los miembros del Consejo y temía que apareciera alguien más a quien no estaba tan dispuesto a volver a ver tan pronto.
- ¿Qué va a pasar ahora? – preguntó, intentando distraerse.
- Con suerte avisaran a nuestra manada.
- Eso si no se toman la justicia por su mano, que podría pasar. – Colby no se sentía tan optimista como su hermano mayor.
- No van a hacerte nada.
- J, no puedes protegerme siempre.
- Oh… ¿no? Tú espera y mira.
La puerta de la habitación en la que estaban se abrió y entraron cuatro lobos. Uno de ellos, un tipo alto, con el cabello corto castaño claro y barba se acercó directamente a Aidan, quien hizo un mohín descontento.
- Aidan… ¿Qué estabas haciendo con estos? – el librero bufó, cruzándose de brazos y poniéndose a la defensiva.
- ¡Oh, hola Zack! ¿Cómo has estado? ¡Yo, bien, gracias! – soltó con tono sarcástico. – En cuanto a que hacía, no es asunto tuyo.
- Es asunto de la manada. – replicó el otro con sequedad. – Son prófugos. Deberías haber dado aviso.
- Te recuerdo que no soy un lobo y no formo parte de tu manada, así que no me puedes exigir nada.
Los tres hermanos se apartaron sutilmente. Sabían reconocer una pelea de pareja cuando la veían y también sabían que no debían entrometerse a menos que la cosa se pusiera violenta. Por ahora el único que parecía en peligro de que le dieran una paliza era el tal Zack y ese, la verdad, no les importaba mucho.
- ¿Me estoy perdiendo algo? – preguntó Colby señalando a los otros dos disimuladamente.
- Son pareja. – respondió simplemente Jon. Joseph rio por lo bajo, quitándose sus propias esposas.
- No jodas… ¿Un lobo y un hada? Menuda mezcla.
- ¡No somos pareja! – gruñó Aidan molesto. Al parecer les había oído. – No lo hemos sido nunca.
- ¿Entonces por qué te marcó?
Aidan se giró a mirarlos, sorprendido antes de volver su atención al otro lobo. Zack perdió en un segundo su aire arrogante y parecía estar deseando que le tragara la tierra. El librero parecía furioso. Tanto, que el aire de la habitación crepitó. Sus emociones habían descontrolado su magia.
- ¿Me marcaste? ¿Sin mi permiso?
- Era para protegerte…
- ¿Protegerme? ¡Te largaste! ¡Me marcas y te largas! ¡Eres un cabrón!
Las puertas volvieron a abrirse y, en esa ocasión entraron un grupo de cinco lobos, bastante más mayores que los anteriores. Uno de ellos era claramente el Alfa. Solo había que fijarse en la postura altiva y el comportamiento de los que le acompañaban.
También notaron que era el padre de Zack.
- ¡Basta ya! Tenemos asuntos más importantes ahora mismo. Aunque no voy a olvidar esto. Hablaremos luego sobre esto, hijo. – añadió, dirigiéndose a Zack. El Alfa se giró entonces hacia los tres hermanos, sonriendo imperceptiblemente al ver las cadenas rotas en el suelo. – Vuestro Alfa está en camino. Se ha decidido que sea él quien se ocupe de vuestro castigo o lo que quiera hacer con vosotros.
- Genial…
- De todas maneras, tenemos un visitante que quiere hablar con vosotros primero. Debatiremos sobre el asunto de los planes de La Orden en un rato, cuando lleguen los demás.
Eso sí que era una sorpresa. ¿Los demás? ¿A quiénes se refería? ¿Y quién era el misterioso visitante? Joseph no podía imaginar quien podría ser.
- ¿Quiénes más van a venir? – preguntó, curioso.
- Además del Alfa de Davenport y varios miembros de vuestra manada, vienen en camino también el heredero de Excalibur y su gente. Están bastante comprometidos con la idea de detener a La Orden.
- ¿El heredero de Excalibur? – preguntaron Colby y Jon a la vez en voz baja.
- Los tipos de Nueva York – aclaro Joseph. – Uno de ellos, al parecer, la reencarnación de Arturo Pendragon.
- Vaya…
Justo en ese instante, un hombre grande, de porte militar y cabello rubio entró en la habitación, acercándose a Jon y Joe. El resto de los lobos se tensaron. No era extraño, ya que un depredador más grande y peligroso había entrado en su territorio.
Aidan lo observó, fascinado. No todos los días veías a un dragón en su forma humana paseando delante de tus narices.
- ¿Jerrad? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en Alaska?
- Ya iba siendo hora de que volviera al campo de batalla… Veo que habéis encontrado a vuestro hermano. Bien. Así podrá contarnos todo lo que trama La Orden para que podamos destruirlos de una vez por todas.