Iker_Salart
Rango12 Nivel 55 (9568 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Sacó los libros, y encontró una nota en el fondo de la mochila: mañana te espero a la salida.Trae el dinero. Avisado.
El papel era blanco, las letras rojas de rotulador grueso. Se acercó a la ventana abierta, soplaba viento frío. La noche caía sobre el parque frente a la casa, y la sombra de los edificios que lo rodeaban trazaba finas líneas grises sobre el pavimento mojado, los jardines llenos de barro y los bancos, muchos de ellos rotos. Las farolas negras, de bombín amarillo opaco, comenzaron en ese momento a encenderse sobre el marrón oscuro de los jardines. Miró al cielo, en el que naranjas, y amarillos se desvanecían en un intenso azul oscuro que finalmente muto en negro. Cerró la ventana y bajo la persiana, que quedó semiencajada, con las lamas oblicuas, dejando un gran hueco por el que entraba la luz de fuera. Sacó la nota de su mochila y la miró un...

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#2

momento, antes de levantarse, apagar la luz del cuarto y entrar en el pequeño comedor, donde un hombre sobre una silla de ruedas, tapado con una manta de color azul celeste descolorido dormía frente al televisor. Frente a él, sobre la mesa, una escopeta de doble cañón paralelo. El adolescente quedó un momento bajo la puerta, apoyado en el dintel y mirando la pantalla. Echaban un anuncio, en el que una chica muy guapa conducía un enorme deportivo que volaba sobre verdes colinas de algún lugar costero. El mar brillaba bajo la luz del sol, y aún más la sonrisa de la chica tras la luna delantera del deportivo. El sol era azul, como la manta del abuelo, y un par de nubes esponjosas y blancas, radiantes, parecían flotar sobre la carretera por la que circulaba el deportivo. Al final, el deportivo rojo, la chica y el azul celeste del cielo fundían a negro para dejar paso a la frase: “si no lo tienes, es porque no quieres”.
El adolescente de pelo largo y granos en la cara se sentó en el sillón tachuelado de sky verde, al otro lado de la mesa. El sonido de globo deshinchado, de plástico apretado que hizo su culo contra el sillón despertó al abuelo, que instintivamente echó mano de la escopeta y lo apuntó a la cara.
Al verlo, el abuelo bajo el arma, se incorporó sobre la silla y levantó la mandíbula.
-Tengo otra. Es la quinta esta semana – dijo, y ofreció al abuelo la nota. El abuelo la leyó y la guardó en el bolsillo derecho de la bata.

#3

Lo miraba desde abajo, con esa cara inescrutable tan suya, casi inerte. Dejó de nuevo la escopeta sobre la mesa, y dijo:
- No habrá próxima vez.
Giró la silla de ruedas y salió de la habitación. El sonido penetrante, agudo, de mecanismos oxidados, se fue apagando al fondo del pasillo.
Se sentó a la mesa del comedor. Oyó tras de él unos pasos arrastrados, el sonido de unas alpargatas rozando contra el suelo de madera. Una melena gris, larga y sucia entró en la estancia sobre la cabeza de una mujer. Tenía los pechos al aire y un pijama raído repleto de manchas de café anudado en su cintura.
- Quiero comer - dijo. Y eructó sonoramente. Era su abuela.
Se mantenía erguida con dificultad frente a él, y cuando se levantó para cubrirla con la manta del sofá la cogió por detrás de ambos brazos y la dirigió con calma hacia una butaca. Cogió una camiseta larga y negra, un jersey amplio, con capucha y un pantalón de chándal negro con dos rayas blancas verticales en cada pierna y la vistió. Desde el pasillo llegaba otra vez el sonido de mecanismos oxidados acercándose. Despejó de cabellos la frente de la abuela para anudarlos en una coleta. La besó y volvió a taparla con la manta. Dio media vuelta y entró en la cocina. El fregadero vomitaba cacharros sobre la encimera. Grandes, pequeños, metálicos, de plástico y de madera. Rescató un vaso de cristal y lo lavó. El agua cayó desde el grifo, y en la trayectoria hacía el sumidero encontró un cucharón de madera, sobre el que se deslizó y salió despedida hacia fuera sobre su camiseta.

#4

- ¡Joder!
El abuelo y su sonido oxidado entraron en la cocina.
- Vamos – dijo. Llevaba una bufanda anudada al cuello, un grueso gorro de lana calado hasta las cejas y el bulto de sus brazos bajo la manta azul celeste. – Quiero tomar el aire.
- ¿Y la abuela? Está en el salón. Iba a preparar algo de cena.
- Ponle el abrigo largo y que venga con nosotros. Le vendrá bien dar una vuelta.
Se calzó de nuevo la cazadora y empujando la silla del abuelo, con la abuela colgada de su brazo, avanzando lentamente por el parque, salieron a la calle principal. Caminaban prietos, lentamente, como un paso de semana santa. Los coches pasaban rápido por la carretera muy cerca de ellos y levantaban los bordes de la bufanda del abuelo que ondeaba al viento. Miraba a su alrededor, pendiente de todo, y de cuando en cuando levantaba la barbilla y hacia un gesto, indicando esta o la otra dirección. La abuela miraba al suelo, siguiendo la línea del camino, mirando cada uno de los pasos que daba. Era viernes tarde, y había tráfico a esa hora de la tarde. Mientras empujaba la silla del abuelo, pensó en aquella gente, dentro de sus coches, que corría para llegar a casa, quitarse la ropa, sentarse en el sofá, mirar la tele hasta que llegara la hora de dormir, quizá para soñar entonces con nubes blancas y esponjosas que flotaban sobre cielos azules de color azul celeste.

#5

Una ráfaga de aire húmedo los abordó y su abuela se apretó un tanto contra su brazo. El la miró y ella lo miró a su vez sonriendo.
- ¡Por aquí! – dijo el abuelo, señalando con su barbilla hacia una calle perpendicular.
- ¿A dónde vamos abuelo? – dijo el adolescente.
- A tomar el aire. Tu sigue.
Unos cincuenta metros más allá de nuevo el abuelo le ordenó girar a la derecha, y otra vez a la izquierda, hasta salir a una pequeña plaza rodeada de comercios. En la fuente brotaban chorros de agua, que formaban sobre el aire formas caprichosas, recortadas sobre las luces de las tiendas. Avanzaron unos metros para colocarse frente a uno de las más grandes. Entonces el adolescente lo reconoció, y sintió que sus manos temblaban sobre la silla del abuelo. La potente iluminación del supermercado arrojaba un haz de luz frente a él, sobre la acera, y recortaba sus figuras tras de ellos, sobre los jardines y los bancos de la plaza.
- Abuelo, ¿Qué coño hacemos aquí?
- Tu abuela tiene que cenar. Vamos.