DanielTurambar
Rango10 Nivel 49 (5926 ptos) | Fichaje editorial
#1

– Llueve – Alicia hace una pausa y se distrae mirando a través del cristal de la cafetería.
– Lo sé – no sé qué decir, intento hacerla sonreír – ¿vas a comerte la pasta?
– ¿Eh? – definitivamente algo grave sucede –, no, toma, cómetela – ella nunca me ha cedido su galletita de chocolate, desde aquél primer café, desde aquél primer lunes.

También llovía entonces, pero no suavemente como hoy sino con rabia. El viento ponía a prueba la firmeza de los botones de mi gabardina. Entré empapado a la cafetería que estaba repleta de más refugiados. Ella ya estaba allí, sentada en una pequeña mesa junto a la cristalera leyendo la misma novela que ahora mantiene cerrada junto a su mano izquierda. El mismo café cortado y la misma pastita de chocolate en un diminuto plato. Y frente a ella el único hueco disponible de la cafetería.

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DanielTurambar
Rango10 Nivel 49
hace casi 2 años

Gracias, ha superado la prueba de los 3 corazones. Espero que os guste cómo sigue

Nubis
Rango12 Nivel 57
hace casi 2 años

El único hueco... Es el destino.


#2

– Alicia – pocas veces uso su nombre –, perdona si me entrometo pero, – vuelve al interior de la cafetería – ¿puedo ayudarte en algo?
– Tranquilo no es nada – por primera vez en la tarde sonríe –. ¿Por dónde iba?
– La bailarina de la serpiente – continúa contándome sus impresiones sobre Blade Runner, pero algo de ella se ha quedado tras el cristal.

Yo nunca lo habría hecho, pero el camarero dejó bien claro con un par miraditas que o consumía algo o me larga-ba. Así que me acerqué y le pedí permiso para sentarme. Ella, sin levantar la vista simplemente me dijo que adelante, y continuó leyendo. El camarero me trajo mi café solo y ella le pidió otro cortado mientras retiraba su taza. Se lo sirvió de inmediato. No parecía incómoda por mi presencia, es más era como si yo no estuviera ahí. Me sentí francamente a gusto tomando un terrible café con una desconocida tan ensimismada en esos Días de Humo que ni tocó el suyo. La tormenta cesó. Salió del libro para guardarlo en el bolso y levantarse, ignorándome en el proceso. Entonces le pregun-té por la pasta de chocolate, tenía que decir algo. Ella sonrió y se la llevó sin más.

#3

–...y ahí tuve que parar a secarme los lagrimones, ¿te puedes creer? – por fin se ilumina su mirada, que vence la tentación de cruzar el cristal.
– Sí que te impresionó, sí – desvío mi mano de la pas-ta y la acerco a la que tiene posada en la novela.
– Odié a Harrison Ford – da un sorbo a su cortado con dos de azúcar –, le costó redimirse a base de golpes y enamorándose de Rachel.

No volví a pensar en ella, y sin embargo el día si-guiente, al salir de trabajar me sorprendí arrastrado por el viento hasta la esquina donde, por los ventanales de la cafe-tería, la buscaba en su mesa. Me decidí a entrar y esperar a que viniese. Pedí un café solo en la barra y me senté dejando libre su asiento. Ella no llegó. No tenía por qué hacerlo. Esperarla allí era ridículo. Dos casualidades serían demasiadas.

#4

– Entonces, ¿te ha gustado? – Busca en su gran bolso mientras asiente.
– Sí, no ha estado mal. Toma – me devuelve la pelícu-la y por un instante rozo su pálida mano.
– Parece que escampa – aquí soy yo el que se fuga por la ventana.

Cuando ya estaba por marcharme, avergonzado por mi torpe comportamiento de quinceañero, entró despreocu-padamente y, tras un gesto a modo de saludo, el camarero le preparó un café cortado y dejó, sobre un diminuto plato, una pasta bañada en chocolate y dos azucarillos. Echó el azúcar en la taza, cogió el café y la pasta y se sentó frente a mí. «Está libre, ¿verdad?», dijo con una sonrisa bizca. Sacó su libro y comenzó a ignorarme. Yo pensé en pedir otro café, en buscar alguna excusa para entablar alguna conversación superficial. Pero en sus ojos, perdidos en el humo que anun-ciaba la cubierta, no pude adivinar ninguna señal de nada que no fuera indiferencia. Al ir a levantarme, bajó la novela y se dirigió al camarero pidiéndole un café solo. «¿Porque te tomas dos, no?», añadió con otra media sonrisa, volviendo a ignorarme hasta que, quince minutos más tarde, apuré el café y eché una mirada golosa a la intacta pasta, que desapa-reció rápidamente entre página y página.

– ¿Sabes?, hoy no iba a venir – busca mis ojos dentro del vidrio empapado.
– Pero has venido ¬– yo le hablo a su imagen especular –, estás aquí – una leve pausa.
– Y no te importa nada más –, sonríe y su homóloga sonríe –. Haces que sea tan sencillo estar contigo...

#5

El miércoles me di cuenta de que no sabía su nombre. ¿Cuál sería? Repasé los de las mujeres de mi familia pero ninguno cuadraba con la extraña de la pastita de chocolate. Luego pasé a las chicas de la oficina, y tampoco ninguna podía compartir distintivo con ella. Le di vueltas a varias opciones entre reuniones y cafés de máquina pero, estando claro que por mí mismo no iba a encontrar lo que buscaba, bajé a comer con las chicas de administración y, sin más, les pedí sugerencias fingiendo que iba a ser tío. Tampoco en-contré allí la palabra mágica que invocara a mi desconocida.

– Alicia – nombrarla es hacerla tangible ¬–, sé que te ocurre algo esta tarde – sus manos se adelantan despacio sobre la mesa – y sé que crees que debes contármelo – las mías las rodean –. Pero ya sabes que si no quieres no hace falta – y por primera vez se engarzan fundiéndose como nunca debieron dejar de hacerlo.
– No, no quiero hacerlo – esta vez me mira fijamente –, pero no puedo ocultarte esto por más tiempo.

Por la tarde rastreé varias páginas de internet con nombres para niña, indagando en el significado de aquellos que parecían encajar. Nada. No hubo forma. Tal vez una señal del destino. Y mientras caminaba hacia la cafetería pensé que no estaba mal la broma. Mientras pedía el café solo y esperaba a que llegara me convencí de que tenía su toque aquello de no saber su nombre. Mientras observaba cómo leía ignorando mi presencia me convencí de que no necesitaba saber cómo se llamaba. Sucedió tras el segundo cortado, después guardar el libro en bolso y levantarse con una coqueta sonrisa, justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta, el camarero le dijo socarrón: «Alicia, te dejas algo». Y Alicia pasó ante una estatua de mármol y recogió la pasta de chocolate que había olvidado.

Sacra
Rango8 Nivel 35
hace casi 2 años

Me lo estaba perdiendo!!!


#6

– Sabes que no es necesario, y que no me debes nada – la delicada mano de Alicia, que apretaba la mía angustia-da, se relaja y deshace el nudo.
– ¿Y si no volviéramos a vernos? – por primera vez se asoma la preocupación a sus ojos.
– ¿Y si nunca nos hubiéramos visto? – intento contrarrestarla sonriendo.

Lo primero que hice el día siguiente, cuando llegó, fue presentarme. No me parecía justo saber su nombre y que Alicia no supiera el mío. Ella sonrió y meneó la cabeza mientras decía que podríamos habernos ahorrado tres días de silencios si hubiera comenzado por ahí el lunes. Me que-dé sin saber qué decir. Por suerte ella había tomado la ini-ciativa y, tras pedir su primer cortado, con pasta de chocola-te de regalo, comenzó una conversación trivial sobre el pésimo café que servían en el bar.

#7

– No, no, por favor – se relaja de nuevo tras una car-cajada –, hablo en serio. Yo...
– Alicia – la interrumpo –, yo también hablaba en se-rio – aprovecho para volver a tener sus manos entre las mías –. Dejar de verte sería... – dudo –, prefiero no pensarlo, pero de ser así las tardes en este café, las horas en esta mesa, su recuerdo, es ya en sí un tesoro que nadie podrá quitarme jamás.
– Gracias – me dice antes de besarme.

La amenaza del fin de semana se esfumó con la confirmación de que el viernes también serian fieles a la cita mis dos cafés solos y sus dos cafés cortados, siempre bajo la atenta mirada de una galletita de chocolate, y la novela que reclamaba con su presencia la atención perdida. Y también quedaron el lunes, y el martes y el miércoles siguiente, y escuchaban atentos nuestras banalidades. Los viajes que no hicimos, las películas que nos conmovieron, los libros que nos marcaron, las series infantiles que nos hicieron reír, fueron desfilando arrebulladas durante las tardes de esta turbulenta primavera, que terminaban con mis dedos avanzando arácnidamente hacia un plato del que desaparecía fugaz una pasta de chocolate.

– Tengo que marcharme – dicen sus labios dentro de mis labios.
– ¿Volverás? – La pregunta se me escapa aún sin que-rer saber la respuesta.
– Volveré – miente con un abrazo que me engaña.

Purpura
Rango14 Nivel 66
hace casi 2 años

– Volveré – miente con un abrazo que me engaña.
¿Es tal vez una redundancia?

Este es el tipo de relato que disfrutaría leer en páginas amarillentas sentada en una tarde lluviosa... se me hace cercano y factible.
Maravillosa escritura @DanielTurambar


#8

Llueve, también llovía entonces, pero no suavemente como hoy. Las gotas caen quedas con miedo a que el tiempo se despierte si ellas golpean el cristal de la ventana, nuestro hogar mientras nos abrazamos. La misma a través de la que entrábamos y salíamos buscándonos sin encontrarnos, junto a la mesita sobre a la que bosteza una novela resignada, y un café solo y otro cortado con dos de azúcar, que saben que siempre serán bienvenidos por parejas.

– Hasta pronto, entonces – susurro sólo para ella.
– Hasta pronto – recoge sus cosas y se marcha.
– ¡Alicia! – se gira, ya en la puerta, esperando mis pa-labras. – ¡Vuelve! – entonces se acerca y, como el primer día, sonríe, coge la pastita de chocolate, y se va sin más.

FIN

Welper
Rango10 Nivel 47
hace casi 2 años

final , final ?

Sarym
Rango16 Nivel 75
hace casi 2 años

Me ha gustado mucho querido, cautivador relato que he disfrutado sorbo a sorbo.