messcellaneous
Rango5 Nivel 20 (452 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Generalmente, cuando una persona sufre mucho un mismo tipo de decepción, con el tiempo deja de sentirse mal como la primera vez. Surge alrededor de sí mismo, un caparazón impenetrable, que lo protege de sentimientos tristes.

En mí no funciona así.

Cuando me tropiezo con una piedra, suelo hacer de todo para que no suceda por segunda vez. Soy perfeccionista. Lo complicado empieza cuando no logro evitar tropezarme por segunda vez con la maldita piedra y tropiezo por tercera, cuarta, quinta…

No soporto el fracaso. Dentro de eso genera un vacío. Un sentimiento de intranquilidad que no se disipa distrayéndome. Ver una película, abrazar a mi mamá, tener sexo, llorar, nada funciona. Puede que logre apaciguar ese dolor interno por un momento, pero termina atormentándome por el resto del día al cabo de un rato. Suelo presionarme demasiado.

Me lleva hasta las lágrimas. He llorado tanto de impotencia y frustración que he lanzado cosas por los aires. Al principio creía que eran reacciones de "una malcriada", como me llamaban algunos familiares, luego me di cuenta que no era así.

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Flaneta
Rango12 Nivel 56
hace 10 días

Bah! Ya se le pasará.


#2

Para ser hija única no me consintieron tanto. Siempre que pedía algún un juguete o dulce, o lo que fuera, me lo daban. Si no podían dármelo, cual fuera el motivo, yo no era de las mocosas que hacía pataletas. Recuerdo que mis padres siempre me explicaban los motivos y trataban de que comprendiera por qué no podía tener o hacer alguna cosa, por eso supongo que me criaron bien.

Supongo.

En verdad, mis crisis de frustración no existían cuando era una niña pequeña. Es más, yo era una niña alegre, con muchos amigos, hablaba hasta por los codos. Recuerdo a mi padre llegar a casa desde el trabajo a las seis de la tarde, con un pedazo de pastel de chocolate para mí (que sigue siendo mi favorito) y para mi madre, empanadas. Él siempre nos engreía.

Me gustaba dibujar, creaba historias, cantaba, hacía todas mis tareas, tenía un mejor amigo imaginario (dicen que eso es saludable en los hijos únicos y quiero creer que así es) y, aunque mi madre era bastante sobre protectora, tenía una vida bastante tranquila, diría yo.

Todo cambió cuando entré a la secundaria. Dicen que la adolescencia es la edad de la rebeldía, pero para mí fue la edad en la que comenzó mi tristeza.


#3

Poco antes de comenzar el primer año en la secundaria, mi padre viajó al extranjero por trabajo. Yo lo abracé fuerte antes de que abordara su avión y aunque me dijo que regresaría en unos meses, no podía dejar de llorar. Por razones desconocidas, él y mamá se habían divorciado seis meses atrás. Una semilla de tristeza había sido plantada en mi corazón. De un día para otro ya no vivía en mi casa, no iba a visitarme, tampoco me llamaba. Ese día en el aeropuerto, algo dentro de mí me decía que, probablemente, no lo volvería a ver.

Esa noche no pude dormir, tenía demasiadas pesadillas. Sentía que me hundía en mi cama, la atravesaba y caía en lo profundo de una oscuridad infinita. Supongo que eran los primeros retoños de mi planta de tristeza, había regado la semilla con mis lágrimas.

No supe nada de él en buen tiempo.

Un día sonó el teléfono de mi casa. Era él. Charlamos mucho, me sentí inmensamente feliz. Me contó acerca de la ciudad dónde vivía, de su trabajo, de todos los trenes que debía tomar para llegar. Le dije que lo extrañaba, respondió que también. Se disculpó por no llamar. Le pregunté cuándo volvería, solo silencio. Luego, me dijo que sería mejor que yo fuera hacia dónde él estaba, que podía comprarme los pasajes. Me congelé de la emoción. También prometió llamarme más seguido.

Recuerdo que fui a tramitar mis papeles, pasaporte y esas cosas que no entendía, en los meses siguientes. Me sentía como en un sueño, podría ver a mi padre de nuevo. Lo extrañaba demasiado, pero nunca pasó. Cada vez que le tocaba el tema, hacía como si no me escuchara. Lo ignoraba. No había que ser muy inteligente para darse cuenta.

Me sentí rechazada.

#4

Para mi mamá, el olvidar la ilusión de ir a ver a mi padre, fue un gran alivio. Yo no entendía por qué, si desde su divorcio no había hecho más que trabajar el doble de normal. Casi ni la veía. Digamos que desde esa pequeña etapa de mi vida me sentí sola. Cuando más necesité de mis padres, ambos se alejaron de mí… pero no los juzgo.

En la escuela tampoco me iba bien. Fui una niña bastante sobresaliente en la primaria, tanto que, las felicitaciones de mis profesores y mi familia eran lo único que sostenían mi autoestima y no lo supe hasta ese momento.

Estaba en mi habitación, tratando de lidiar con las tareas de la escuela. Fue la primera vez que me sentí harta, frustrada. Un nudo en mi pecho, pero ni una lágrima o sollozo. Comencé a jugar con un clip que utilizaba para sujetar mis papeles, en un momento de procrastinación. Los extremos eran tan filosos que solo lo hice, sin pensarlo, como un juego.

Era una línea perfecta, podía ver mi carne rosada. Tímidas gotas de sangre se asomaban en mi pálido antebrazo.

Simplemente me dejé ir.

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