Jose_Mierez
Rango13 Nivel 62 (17271 ptos) | Premio de la crítica
#1
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  • #2

En los abismos del reino eterno apremiaba una existencia rebelde que al escuchar pasos ominosos alumbró aquel paraíso nocturno con su sonrisa. Sonreía y pues aquel jardín de flores vacuas repetían el mismo canto reflejando el brillo y mostrando a un alto y pálido hombre de ojos de abismos que en parsimonia se movía hasta ella, una reina de corona cristal que pasó de sonreír a llorar en su rostro lácteo de galaxias. Acontecieron lluvias de estrellas en su piel mientras se levantaba en angustia agitando su vestido de estelas perdidas.

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#2

Abrazó al escueto hombre de pálida tez y cuencas que exhalaban ceniza mientras cantó una canción tierna para él, intentando que su dolor no fuese cierto. Era tan sensible que sabía que su presencia sin palabras significaba un hasta pronto, tal vez. Miró con ojos acristalados cuyos iris eran estrellas que renacían y morían en silencio en la nada de sus puertas del alma.
—No mi rey, no abandone las estepas de un reino que le ama—. Se apoyó para besarle en labios cristal y en aliento cálido que él devolvió fresco. Se sonrió con sus delgados labios partidos y repuso:
—La opresión de mi abismo por mi vieja tarea me llama, me debo a ella, pues nací cumpliéndola—. Ella le apretó fuerte en su desnudes papel. En dónde deseo escribir la necesidad por él, pero quedó en silencio mientras el dolor le consumía y lo hacía saber, puesto que no paraban de caer estrellas del cielo de su piel.
—Eres ligero de cabeza, pero así te quiero y con certeza—. Recitó mientras sus delicados dedos se enroscaron en su cabello largo y oscuro. La sangre que fluía por ellos se detuvo y se volvió polvo que se desprendió a su jardín. Tomó sus manos con marcas quemadas y las besó dejando partir de igual forma las quemaduras de una visita anterior. Él acarició su rostro en un alivio de sonrisa cual besó su frente y ella se reclinó dejando suelto su cabello de fino hilo cristal que hacia juego con su corona.
Se levantó ofreciéndole una orquídea de hermosura oscura, cuál aroma era dulce y asesino de inmortales. En cuanto le tomó se deshizo como hielo al calor del fuego en nombre de dar y no poder recibir. El rostro de la reina se arrugó de dolor como si retirasen su corazón de su cuerpo. Un sol que rompía su estancia en un reino oscuro y eterno.
—Incluso en arenas en mis manos aprecio tu regalo mi reina. Y conservaré en mí ser su esencia aunque no pueda ser pertenecía de mi viaje a ser hombre—. Acarició su rostro y besó su frente mientras ella se reclinó en reverencia profana. Él, triste por la despedida se giró en pasos dolidos y se marchó.
Mientras ella se sentó en el brillo que se apagó celebrando la vuelta de la sangre en su corona oxidada y filosa.