Diecoke
Rango7 Nivel 30 (1431 ptos) | Autor novel
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Todo empezó con una carta:
“Estimado Sr. Harrison.
Desde el departamento de Ciencias Naturales de la Universidad de Miskatonic nos complace invitarle a las investigaciones que estamos realizando en el Círculo Polar Antártico.
Las investigaciones a realizar tratan sobre el estudio de las especies marinas en la zona anteriormente citada. Esperamos con atención su respuesta.
El equipo ya está en el lugar exacto de estudio, a bordo del “Concordia”. Si acepta el trabajo, deberá coger otro barco a gastos pagados.
Esperamos con ansia su respuesta.
Un cordial saludo,
Bartholomew Colves.
P. S. El barco que deberá coger para ir a la zona de estudio, donde está el “Concordia”, es un pequeño carguero, el cual lleva recursos, llamado “Providence”. Está capitaneado por el capitán Edward Bradinham. Saldrá del puerto de Kingsport el 7 de octubre.”

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#2

Fue una sorpresa para mi encontrarme entre mi correspondencia aquella carta que me invitaran a aquella expedición del Círculo Polar Antártico, de donde se habían extraído interesantes estudios biológicos, relacionados sobre todo con la fauna.
El viaje hasta Kingsport era corto y gracias a un viejo autobús que salía desde Arkham pude llegar sobre las 11 de la mañana a la ciudad portuaria. Aquella mañana en la vieja ciudad era oscura, con una densa niebla que no te dejaba ver a más de medio metro de distancia.
Llegando al puerto, con mi gran maleta rígida de piel, pude divisar entra la espesura visual del ambiente, unas pequeñas luces acompañadas de unas voces roncas de gente, que a juzgar por cómo se oían, parecía que estuvieran cargando cosas en el barco
Y así era, gente de complexión grande, muy grande para lo que me esperaba, cargaban cajas de madera de lo que parecían ser víveres para el “Concordia” y algunos para el propio “Providence”. Estos tenían pintas extrañas, caras descolocadas, ojos extraños y saltones, pálidos de piel con tonos verdosos… Parecían sacados del rincón más inmundo del puerto, pues transmitían veteranía en la mar y que habían vivido miles de experiencias.
Entre los hombres, bajaba uno que era muy diferente al resto. Una gran barba blanca descuidada cubría todo su cuello, perfilando una cara llena de arrugas, cicatrices e historia, además de un pelo corto y blanco como su barba y medio tapado por un gorro blanco y negro de plato. Un gran abrigo azul con restos blancos de salitre perfilaba su mayor pero fortalecido cuerpo. Por sus pintas, deduje que se trataba del capitán Bradinham.
Tras presentarme y mostrarle la carta que me escribió el señor Colves, el capitán, con una expresión seria y una voz ronca, le dijo a uno de sus marineros que me llevara a mi camarote. El marinero, moviéndose de una forma extraña, cogió mi maleta y me guio.
El barco tenía aspecto de ser viejo, muy viejo. Los restos de óxido y salitre se podían divisar en cada esquina. El suelo estaba lleno de cabos que recogían los extraños marineros. Los pasillos eran estrechos y bastante oscuros. Se podía oír el crujir de la embarcación y el chocar de la marea en el casco. La mayoría de puertas eran de hierro bastante anchas, con un cierre que podría recordar al de las escotillas.
Cuando llegué a mi camarote, el cual me lo abrió el extraño marinero, pude ver que estaba sacado de las peores descripciones de las novelas de terror o realistas. Una cama cuyo colchón era lo ancho de mi pie, con unas sábanas roídas y una almohada que bien podrían ahorrársela pues no era nada mullida. Además el suelo era de moqueta, con manchas por todos lados, agujeros, marchas de pisadas y esquinas levantadas.
El marinero de aspecto extraño dejó mi equipaje en el suelo, sin prestarle mucho cuidado a lo que hacía, y con un extraño sonido gutural se marchó, volviendo a sus extraños movimientos mientras caminaba. Yo, por otro lado, cogí mi maleta y me dispuse a sacar mis cosas de la maleta y adecentar el camarote.
Pasada casi media hora, por fin tenía todo listo y mi cochambroso camarote más o menos adecentado. Además, notaba ya como los motores del barco entraban en funcionamiento, haciendo temblar todo el barco. Decidí salir a cubierta, para despedirme de la costa de Massachusetts para entrar en el frío mar en dirección al Círculo Polar Antártico. En cubierta podía ver como aquellos peculiares marineros trabajaban con sus torpes movimientos corporales. La poca visible costa desaparecía entre la lejanía y la niebla que nos envolvía a todos, generando un paisaje grisáceo que hacía que navegar fuera una tarea de eruditos.
Pasada una media hora, intentando buscar un ápice de luz y de mar azul, analizaba cualquier punto del barco como forma de vencer el aburrimiento. Fue entonces cuando noté una presencia en mi espalda, que hizo que notara una corriente que atravesara toda mi columna vertebral. Tras girarme, vi que era el capitán Bradinham.

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