FrankSheridan
Rango7 Nivel 30 (1435 ptos) | Autor novel
#1
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La pequeña nunca había corrido tanto como aquella noche.
Las lágrimas se le helaban sobre las mejillas. Los mechones de pelo bailaban ante sus ojos como siniestros hilos oscuros que tramaban cubrir su visión. El frío dibujaba su aliento, jadeoso, en humeantes espasmos que atravesaba a toda velocidad, callejuela tras callejuela. Y sus zancadas de esparto castigaban la tierra y el silencio de la madrugada con el aplomo desesperado de una huida.
A medida que se aproximaba a la entrada norte de la ciudad, las Torres de la Aduana se erguían como dos imponentes gigantes que apuñalaban a la luna con sus cabezas picudas. Siempre había temido su majestuosidad envuelta en la oscuridad de la noche; le hacía recordar a las torretas y castillos encantados de sus cuentos de niña. Pero sabía que la fortaleza le brindaría más sitios donde esconderse.

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#2

Sin embargo, el vacío en la plaza contigua no sólo intensificó su avance en forma de eco, sino también el de sus perseguidores, que se acercaban a un ritmo más frenético del que sus ocho años podían aguantar. Apenas consiguió recorrer unas calles más antes de ser alcanzada a la altura del viejo convento.
Un par de pasos y el edificio les bastó para acorralarla.
Al girarse hacia ellos, la piedra gélida en su espalda agravó el escalofrío que le produjo el ver a su propio padre encañonándola con un trabuco directo al pecho. A un lado le acompañaba un ajado oficial del ejército recién destinado allí; sin duda, el propietario del arma. Y al otro, la silueta al contraluz de su madre, deshecha en un llanto tan interrumpido y agudo como el de un perro.
—¿Está usted seguro? —preguntó el oficial, tenso y desconfiado.
—Llevo meses viéndolo en sus ojos… —acertó a decir el padre, quebradamente—. Eso no es mi hija... —y antes de que la chiquilla pudiera exhalar algo que transcendiera a su temblor, el hombre le disparó a bocajarro.
El cuerpo se desplomó en el suelo con la disipación de la pólvora. La madre hincó también las rodillas, ahora con un chillido más profundo y desgarrador. Y el padre lanzó el arma lo más lejos posible antes de romper a llorar. Por unos segundos, el oficial contempló el retablo lamentando su ingenua permisividad con aquellos padres creyentes de embrujos y maleficios. Pero, casi sin darse cuenta, la piel del cadáver empezó a expandirse y a mutar en una desollada y putrefacta figura que se alzó tenebrosa sobre ellos, encendió sus cuencas vacías en un abrasador color esmeralda, iluminando todo el municipio, y comenzó a devorarles a mordiscos desde las entrañas.

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