PCuellar
Rango4 Nivel 16 (277 ptos) | Promesa literaria

Quizá si los tiempos hubieran sido otros, diferentes, si los pasados no existieran o al menos no tuvieran nada que ver con los presentes; quizá las cosas ahora no serían tan crueles ni tan dolorosas...
—«No te comas la cabeza, las cosas son como son y cómo pasan, así que deja de joder» —me lo decía Dionisio Peralta, el único amigo que me hablaba con la seriedad del que te alumbra, a la postre también el único que compartió conmigo esta extraña y épica historia que nos lucirá.
Y siguiendo el curso que a él le molestaba, porque me suelo perder a la hora de hacer crónicas, en disquisiciones extrañas y excusas, que para el caso es lo mismo, quiero rememorar un tiempo en el que yo recuerde, los domingos por la tarde, aún andaban las parejas con carabinas por el paseo del muelle. Ellas, bajo paraguas de flores cursis bordadas a mano y rosas de papel, temerosas del sol, con la pose de entre tímida y coqueta que la buena compostura exigía. Y ellos, estirados de cuellos con almidón, vestidos con el casto uniforme de la chaqueta a rayas que pone decencia, los pantalones de lino y el sombrero de paja.

Hace más de 4 años Compartir:

1

5
David_escritor
Rango7 Nivel 30
hace más de 4 años

Me encantaría leer más, te doy el voto que te falta :)


#2

Tras la pareja, a una distancia prudencial, las carabinas guardianas de honras y malas habladurías, lo cierto es que solían ser pocas, pero casi siempre mal intencionadas.
—«Todos los hombres son iguales, siempre piensan en lo mismo. ¡Qué Dios nos libre de un lobo hambriento!» —No se me iban de la cabeza las palabras que Madre repetía cada vez que se acordaba de su difunto marido, ni tampoco el gesto, siempre se persignaba con cara de, para mí, fingida inocencia.
Era una de esas tardes de verano, de las de ocasos nobles y daguerrotipos antiguos de calendario.
De pronto, por la calma que se suponía y la modorra de siesta que el tiempo imponía, a todos nos impresionó el griterío de una prima, tía, hermana o vaya usted a saber. Chillaba como alma que ve salir a Satanás de las rompientes de piedra. Tan desesperada la vimos que de inmediato se formó un corro pedigüeño de noticias a su alrededor. Algunos pensamos que la cosa se podía tratar de un simple beso furtivo, descubierto a destiempo o de cualquier otra fusilería similar, exagerada de esa forma que demuestra y enseña inocencia. Sin embargo, por lo acaecido luego, el grito estaba justificado, de hecho fue la conmoción del sitio por mucho tiempo, y no sólo del sitio, también de mi, tanto que me obligó de alguna forma a confesarle mis culpas al espejo durante mucho tiempo y a dilucidar conmigo mismo todas las dudas que me atormentaron después.

Hace más de 4 años

0

0
#3

Al llegar al lugar en cuestión, me impresionó la primera visión. Una mujer manoteaba y enardecida por la histeria, señalaba un lugar incierto con las manos como rotas y apáticas por el desconcierto. En ese momento lo vi. Me di cuenta de que fui de los primeros en acudir al dudoso socorro que reclamaba la mujer, sin embargo, cuando me acerqué al verdadero motivo ya me di cuenta de que el asunto traería la cola que trajo.
Al primer vistazo, la impresión era que un arriesgado percebeiro rebuscaba piezas en las oquedades más profundas de la rompiente sin importarle lo más mínimo el ir y venir del oleaje, suave a esas horas; después te impactaba el color de la piel del torso desnudo, entre verde y encarroñada, terrosa y esperpéntica, además de la parsimoniosa danza que el cuerpo, desmadejado de vida, ejecutaba a cada golpe de mar entre las piedras salvajes. Al cabo del rato de la visión iniciática, una inexplicable y serena quietud, sin saber por qué, te apaciguaba los ánimos. Debió ser un sentir común de los que se fueron arremolinando, porque, a excepción de la señora de las voces, a todas luces ahora ya innecesarias y exageradas, todos mirábamos el espectáculo con un profundo y sobrecogedor silencio. Cuando la trotona convulsa dejó de gritar, se puso de rodillas ante todos, invocando al sucio Dios de los muertos que el mar devuelve.
—«Esto debe ser cosa de las garduñas marinas» —Y volvía a persignarse con tal convicción y a tal velocidad, que daba fe de las veces que lo hacía al cabo del día.
—«Quita mujer ¿a qué si no iba a sentirse esto tan calmado? —decía otra—además ¿no ven lo soleado que está el día? ¡Si no está ni roja la atardecida! Si fueran esos bichos, estaría todo negruno y terroso, como cada vez que aparecen».

Hace más de 4 años

0

0
#4

—Y todas se solidarizaron en sus falsas y temerosas apreciaciones. Se me vino a la cabeza en aquel momento un pensamiento menos pagano que el de las personas que me rodeaban. Todos aquellos comentarios se hacían sobre un cuerpo, en apariencia de ser humano. Se me descompuso un poco el espíritu por el bofetón de la culpa y un golpe de brisa con sabor fresco y olor a algas a medio pudrir, espabiló y alentó mi mente. Lo que hice después ni yo mismo me lo explico, incluso ni ahora, cuando la conciencia está moribunda y ya no le asaltan dudas.
Al estar solo y no tener que fingir ante nadie una inexistente valentía, hice algo de lo que aún, al paso del tiempo, no sé si me arrepiento. Pero vayamos por partes que aunque esto sea una crónica no pienso seguir el paso de los hechos por la sucesión de los acasos, y aunque sé que la verdad, a veces, es ajena y con la condescendencia que da el tiempo, procuraré ser lo más fiel posible a ellos.
Por mandato de sabe Dios qué ladina orden, y sin saber ni yo mismo lo que hacía, me hice cargo de la situación que estaba atemorizando a todos.
—«Llamen a la guardia, iré a ver qué pasa». —Guardé la compostura más acorde que pude sostener con la burrada que acababa de decir sin despertar sospechas innecesarias y haciendo un falso acopio de valor, me acerqué al sitio. Como ya dije, la valentía era inexistente, sin embargo, aquel cuerpo salido o desechado por el todopoderoso mar, ejercía sobre mí alguna poderosa atracción que me hacía superar el miedo y no es que la concurrencia me lo pusiera precisamente fácil.
—«¡déjelo estar señorito! ¿No sabe usted la de cosas que pueden salir de las olas calmas? Lo mismo se levanta y se lo lleva aguas adentro». —La miré deseándole un mal futuro y antes de tener tiempo para otros deseos peores, escuché a la de al lado.

Hace más de 4 años

0

0
#5

—«Es verdad caballero, mi abuelo por mirar las aguas negrunas del invierno, las mismitas que de las de ahora, se volvió loco. Espere usted a ver lo que digan las aguas, ellas sabrán». —Y aunque esta, por la congoja angustiosa con que lo decía parecía más fiable, le hice el mismo caso omiso. Sin más remedio que afrontar el valor supuesto que me atribuí de forma tonta y gratuita, bajé prudente por las piedras de la rompiente seca y más prudente aún cuando las piedras se tornaron verdes y resbalosas y con la habilidad que da el miedo escondido, me planté a escasos dos metros del, y ahora lo pude confirmar, hombre.
La verdad es que no tengo palabras en mi bagaje para definirlo. Los rasgos estaban ocultos por una hinchazón enfermiza, los ojos eran dos cortes finos de navaja y a través de la boca entreabierta se dejaba ver una lengua blanca y verrugosa de bruja antigua, agrietada por la sal, silenciosa y burlona. El pelo estaba, pegado al casco, adornado con una macabra fiesta de algas, engominado por la humedad y el tedio del que no se peina, y como todos los pelos cuando están mojados, se veían negros, lo mismo que estos, sin que se supiera a ciencia cierta, si ese era su color de nacimiento, si es que un ser en ese estado de pobreza y decadencia pudo haber nacido alguna vez. Y poco más que decir, salvo que de cerca, el color de la piel, además de verdosa y encarroñada, estaba moteada por heridas curadas, a lo mejor por el agua salada y el yodo marino. Vestía una única prenda: un pantalón deshilachado y mojado de por vida, bombacho o abombado, no sabría decirlo por las nauseas, y rodeándole la cintura un cinto ancho de tela, al estilo de los piratas antiguos, que lo sostenía. Me llamó la atención que de él colgaba una bolsa, en apariencia de cuero plastificado.

Hace más de 4 años

0

0
#6

Y aquí es el momento al que me refería cuando dije que hice algo de lo que no sé si arrepentirme aún. Cometí el pecado, y él mismo me dejó inmerso en un ir y venir de las dudas a los arrepentimientos, de las curiosidades a las certezas, del conocimiento a lo imaginado. Me acerqué cauteloso y de un simple tirón desprendí el colgajo del cinto. No tengo memoria de lo que en ese momento pasaba por mi mente, ni el tiempo que transcurrió mientras miraba el bolso del muerto que, como un pecado sin penitencia, quedó entre mis manos. Me asustaron y me despertaron del ensueño hipnótico las voces que volví a escuchar desde el muelle.
—«¡Suba rápido señorito que ya vienen el señor juez y las pompas!».
Las voces me parecían lejanas y consoladoras, me arrebataban de la soledad que el impensado acto me provocó. Por el aturrullo o el instinto, guardé presuroso la bolsa dentro de mi camisa y me volví y, como suele pasar con los que tienen algo que esconder, me embarullé con la masa y puse todos mis sentidos en el que desde entonces sería mi compañero de secretos y por otra parte, la víctima de mis desmanes posteriores.
Por algo más de dos horas estuvieron decidiendo qué hacer con el desconocido, al final lo subieron como desmadejado y perdido de humedades, lo envolvieron en un lienzo rancio de gente perdida, lo pusieron dentro de una ruda caja de madera y lo metieron en las raberas del único coche fúnebre disponible que resultó ser del pueblo vecino, en el que por ser más nuevo, se moría menos gente.
Un desasosiego tan profundo como inexplicable me asaltó el alma. Tengo aún por decidir, incluso al paso del tiempo, si ese sentimiento que me invadió tenía que ver con la culpa por lo que todavía me parece un robo, después supe, que de recuerdos. Ahora sé que eso fue lo que robé, recuerdos. Me excusaba a mi mismo de esos atribulados pensares diciéndome continuamente que un remembranza escondida es como la memoria perdida y decidí dejarlo pasar aún a sabiendas de que me estaba engañando a mí mismo.

Hace más de 4 años

0

0
#7

Cuando el coche fúnebre que nos brindó el griterío arrancó con el hombre dentro, el suspiro que sonó en el muelle fue común, de alguna manera nos sentimos aliviados. A nadie le gustan las cosas que el mar maltrata y desecha. Para mitigar mis malos presagios internos, me acerqué a uno de los oficiales que aún estaban en el sitio y le pregunté:
—«¿Qué harán con él? —Me miró de forma escrutadora y al reconocerme como el falso valiente que lo descubrió me contestó de forma impersonal.
—«Creo que lo dejaran un tiempo en el depósito, imagino que investigaran y verán si alguien lo reclama, en estos casos es lo que suele pasar. Después lo enterraran en la fosa municipal» —Se tocó el sombrero con un gesto rutinario para despedirse y se alejó. La gente poco a poco volvió a su ser, los paraguas volvieron a tener mariposas rosas bordadas y las chaquetas de rayas se plancharon solas de nuevo como por un antiguo arte chamánico. Pronto se olvidaría todo y quedaría tan sólo una anécdota, lo más seguro, engrandecida por las palabras; sin embargo, para mí, el tiempo y las circunstancias determinaron otra cosa muy diferente.
No quise ir a casa, de alguna forma quería compartir el interior de la bolsa con quien me la había dado, el mar. Me dirigí a la cala del faro viejo y al ruido arrullador de las olas la abrí con sumo cuidado. Me sorprendió que el interior estuviera en mejores condiciones de las que pensé en principio. Un reloj de bolsillo plateado, con una foto en su interior y una bolsa transparente con un papel doblado dentro, era todo lo que había. Igual que un bandolero arrepentido no sé el tiempo que estuve dormitando despierto con los objetos en mi mano.

Hace más de 4 años

0

0
#8

Caía la tarde, el horizonte encendió una luz roja sobre el agua, devolví las cosas al interior del colgajo y me dirigí al depósito. El olor allí, aunque parezca extraño, era el mismo que en la playa, la visión también, aunque debo reconocer que en mi mente, el primero me trajo al recuerdo el sudor húmedo y rancio de Dionisio Ridruejo y a su redecilla de peces aún vivos, y el resto al salitre pestilente que el mar se pone cuando sale de rondas. Aún así, la sensación fue la misma, posiblemente la soñada, la que, después de todo este tiempo, tuve que reconocer, me llevó a robarle a un nuevo y desconocido amigo descompuesto, sus recuerdos. No sé si el miedo o estos pensamientos, pero salí de allí como padre salió de casa después de volverse loco y perseguir a unos imaginarios niños del coro que flotaban en las espumas, se cansó de decir que madre parecía buena pero que no lo era.
—«Se la quería por lo que es y por la costumbre y eso no es bueno» —decía mientras se alejaba sin un ápice de culpa.
Ahora sé que a la larga, las locuras marinas te dan pensares que no tienen que ver con las verdades y eso no es más un billete de ida para acabar siendo un falso percebeiro loco y arriesgado de piel verdosa y encarroñada. Se acaba como él, mirando al mundo con esos ojos hinchados que tanto temo y de los que aún sigo huyendo, suerte que la lengua, varada por la sal, reseca y entumecida, guardaba el silencio respetuoso que mis pensamientos no hacían. No quise verlo más y me fui. La decisión de ser un autentico ladrón de recuerdos vino en el camino a casa.

Hace más de 4 años

0

0
#9

Todos los esfuerzos por no abrir el botín y paliar de algún modo mi pesar fueron en vano. Yo lo sabía y eso me tranquilizaba, porque me consideré menos malo de lo que supuse en principio. Cuando llegué a casa me preocupó que por primera vez, mi cuarto no oliera a algas podridas. El olor del recuerdo robado sonaba más fuerte y lo engullía todo, aun así seguí haciéndolo mi santuario. Allí lo quise abrir. Fue el primer contacto con el mundo de la fantasía o de las verdades mal contadas. Sabía que el llanto aparecería cuando la conciencia se haya perdido, por eso esperé, quise imaginarme su rostro con una sonrisa, su cuerpo embarullado de muerte fresca, ágil y vivo; sin embargo, el pensamiento no dejaba de olerme a mojado, a pescado vivo y al sudor viejo y rancio de Dionisio Ridruejo.
Con religioso cuidado abrí el envoltorio y las palabras del hombre fueron saliendo de las aguas, como rezando. Lo escuché hablar a través del papel doblado.
«Querida Nonina:
Hace mucho que salí de Almendralejo, la primera vez que vi el mar, no supe ni cómo llamarlo, me pareció un gran charco para cochinos, después me enteré de que había más, que era más grande aún de lo que yo veía. De alguna forma se me ensanchó el pensamiento, lo más parecido a esta grandeza, que yo sepa, es la añoranza que tengo de ti, enorme y azul o verdosa o gris, depende de no sé qué estado de ánimo. Sabes que nunca fui bueno con las palabras y si tú estás delante menos aun. Con esto que estoy haciendo quizás lo mejore, primero porque no te tengo enfrente, solo en mi pensar y segundo porque no estoy seguro de si algún día lo leerás; pero dicho queda y eso, de alguna forma, me tranquiliza el alma. Para serte sincero el único anhelo que me llevó a marcharme fue el cansancio. No te culpes, nada tiene que ver el hecho de que tu padre maltratara a mi pobreza, ni las pocas ganas de luchar por ti que me quedaron. Cansado, simplemente me sentí tan cansado que, sin pensarlo dos veces, tomé camino al norte, al mar que según decían, me daría oportunidad y, si acaso, vida. Es curioso, pero a medida que me alejaba, la cuerda que me unía a ti se iba haciendo cada día más fina y a la vez más fuerte, tanto que me ahogaba.

Hace más de 4 años

0

0
#10

Ahora sé que nunca se romperá, me lo dice la experiencia y esa congoja que me aturde la garganta cada vez que te pienso, morriña creo que la llaman, muchos compañeros del barco se refieren contantemente a ella…»
Esa fue la primera vez que realmente sentí que robaba algo importante, el primer recuerdo que le quité.
Quise verla, abrí la tapa del reloj y como pidiéndole perdón, saludé a Nonina. Sonreía, incluso tras el sepia y las arrugas del retrato, se adivinaba que la falta de belleza se compensaba de sobras con la vitalidad de la mirada y la calidez de la sonrisa, poco más pude decir o pensar de ella que no fuera imaginado. Se me vino a la cabeza una pregunta: «¿conocerá ella el mar que tanto le quitó? ¿lo habrá olido o visto alguna vez en su vida?». Sin saber el motivo sentí pena por ella, lo más seguro es que aun espere a ese rapaz atraído por las olas viejas y moribundas de las orillas.
«… si pena y dolor había dentro cuando me fui, más tenía al embárcame. Nunca se me movió el suelo que pisaba, me mareaba la inmensidad a mi alrededor más que el desasosiego, mil veces creí ver sirenas cantándome, llamando al espíritu rebelde que se negaba a todo, a pesar de que yo le decía lo contrario, al fin y al cabo, vine para aventurarme y si podía, hacer fortuna; pero eso, ya desde el primer momento supe que no sería posible. Qué ciertas eran las palabras “se pueden enseñar muchas cosas, pero nada tiene más valor que lo que aprende uno mismo”. Tu padre me lo dijo y ahora sé que no como consejo, sino glorificándose a sí mismo. Lo más preocupante es que no me sentí triste por ello. Tras el viaje, agradecí lo que, con toda seguridad, nunca habría visto si las circunstancias fueran otras y te eché las culpas a ti, lo más posible es que estas cargas no las sientas en tus espaldas, pero jura por Dios que están. El mar es tan grande que me acongoja el pensamiento, me siento impotente y desabrido…»

Hace más de 4 años

0

0
#11

Esa fue la segunda vez que me sentí ladrón, leí su angustia y esta hizo que despertara la culpa de nuevo. Decidí volver al depósito para verle con la vana excusa de ser el que lo encontró. La realidad es que pretendí, de alguna forma, que esa lengua sucia de sal seca me respondiera y si es posible, que me perdonara. Sin decir nada me hicieron pasar. Algo se removió en mis entrañas cuando en silencio le pregunté y creí escuchar respuesta, al final no tuve más remedio que ceñirme a las palabras que le decía a Nonina, no a mí.
Pensé que me contestó sin decir nada, no podía ser de otra forma. Ahora en el tiempo, creo que con sonrisa burlona, me dio la impresión que pasé de ser violador y ladrón de memorias ajenas a víctima, tanto de Nonina, como de él mismo.
Allí mismo continué el saqueo.
«…los sueños, querida Nonina, me llevaron a imaginar que en lugar de la porquería en la que me metí, lo hice en un barco de rudos y despiadados piratas, de esta forma convertí a Fabián Hornedo, un contramaestre chusquero, embrutecido y asilvestrado por el alta mar, en el más atemorizante dueño de las dagas, en realidad llevaba todo su vida cortando atunes en el barco, no con dagas sino con simples cuchillos, sin embargo era tal su destreza, que bien pudo quedarse en mi barco imaginario. En las pocas veces que hacíamos tierra buscaba viñas y olivos, pero esto es el mar y lo que está cerca, sus dominios. En realidad, aquí no hay nada que me recuerde a ti, tan sólo el maldito reloj de mi abuelo y esa congoja gargantera que me atenaza el ánimo. He visto ocasos y tierras prestadas, escuchado llantos y risas, tan tontas como furtivas, a nadie le apetece parecer feliz sin motivo aparente. Creo que ya te dije que pasé la prueba de los cantos de sirenas, en realidad eran atunes, pero no por eso menos atrayentes; no se lo diré a nadie más, sólo a ti y no estoy seguro de que lo leas…»

Hace más de 4 años

0

0
#12

Fue la tercera vez que me sentí culpable. Yo no soy Nonina y posiblemente sea la primera vez que alguien mira el recuerdo de este mustio escrito. Lo fácil, el primer pensamiento, hubiera sido ir a buscarla, darle lo que le pertenecía y mitigar mi culpa, pero como siempre ocurre con el mal ladrón, el miedo o el egoísmo me hicieron dudar. Al final me quedé con lo que no era mío y para desgracia propia, eso me hizo sentir bien.
Para no complicar demasiado las sensaciones, salí de allí, dejé de oler a mar y lo eché de menos. Si hay que ser honesto, me intrigaba la historia del, y ahora me doy cuenta, sin nombre…
«… no quiero que suene a excusa, ni tampoco a un falso arrepentimiento, pero te echo de menos, esa es la realidad con la que convivo y la que sobrellevo. Ojala te hayas casado, hayas hecho un bien de tu vida, ser feliz, ignorante de otros pensares. A veces el mar es nauseabundo, el olor me recuerda al estercolero de la casa de tus padres y me hace reír porque te recuerdo, nunca pensé que de esa escapada de nuestro sur surgiera algo tan desconocido y a la vez tan desprovisto de emociones, las únicas que tengo son producto de la ignorancia o las que tú me provocas. Creo que no tuve el valor de pedirte que viajaras conmigo, tampoco sé con seguridad si tú lo hubieras tenido, lo que sí tengo claro es que las cosas contigo aquí hubieran sido diferentes, no sé muy bien en qué medida, quizás no me hubiera embarcado, quizás el mar hubiera seguido siendo el gran desconocido que era, o tal vez no ¿quién sabe?...»

Hace más de 4 años

0

0
#13

Me di cuenta de que de la lengua seca no sólo salían recuerdos, también sueños. Después de mucho meditar y en un alarde imposible de determinación, decidí deshacer el camino que esas palabras robadas habían hecho. Yo iría al sur y encontraría a Nonina. Me gustaría saber si a la vuelta descubro las mismas sensaciones que el «sin nombre» cuando vino la primera vez.
Sin pensarlo dos veces busqué el pueblo en un mapa de la biblioteca y me dispuse a partir. Supuse que el «sin nombre» sintió lo mismo que yo cuando me subí en Gijón a un tren destartalado y pomposamente llamado Ruta de la Plata, me dijeron que no tenía que hacer ningún transbordo y que después de interminables paradas y horas, llegaría a mi destino.
Lo primero que sentí justo al bajarme del tren fue la sequedad del aire, la ausencia de aquella brisa tan peculiar, los sudores también eran diferentes, sin saber muy bien cómo, distinguí los marinos de los terrosos. Me acomodé en una vieja posada de olor a ollas y candelas y allí mismo comencé la búsqueda de Nonina.
Solo tenía en mi poder para encontrarla un nombre o más bien un apodo. No encontré a ningún santo que se llamara así. También la foto del reloj y algunos recuerdos robados. El pueblo sin ser muy pequeño tampoco era demasiado grande y como sospeché, a las primeras de cambio me di cuenta de que todos se conocían, no me costó demasiado dar con ella.

Hace más de 4 años

0

0
#14

—«Nonina la de los fontaneses… pues mire usted, buen hombre, tire por….»
Un aguerrido anciano con boina de pana, se deshizo en señales y aspavientos para indicarme el camino.
Me sorprendí al verla en persona, no sé por qué extraño pensamiento la imaginé tal y como la conocía, sepia y arrugada. Ahora, al natural, sin el blanco y negro apergaminado seguía sin ser una belleza; sin embargo su sonrisa continuaba siendo cálida y aunque reconocí los ojos, no vi vitalidad en la mirada, la vi vencida y triste.
—«¿Quién eres?»
Preguntaba frotándose las manos por la ansiedad, imaginé que llevaría mucho tiempo esperando una respuesta, posiblemente cualquiera le hubiera servido, por mi parte, en lugar de decirle quién soy, decidí contarle lo que hacía allí.
No me creía, repetía continuamente que era imposible, tan solo cuando le enseñé el reloj y el último recuerdo robado, lo aceptó. No le di la carta, le dije que se la daría más adelante. No soltó una sola lágrima, supuse que las había gastado todas o simplemente se calmó al comprobar la realidad, tan dolorosa como esperada. Decidimos dejarlo así por esa noche y quedamos para vernos al día siguiente, entre los dos quizás completáramos las intrigas y las dudas que nos corroían las almas, si bien, eran diferentes; yo pretendía mitigar mi sentimiento de culpa y cierta curiosidad y ella, seguramente saber las causas, no del fin, sino de la muerte real y esta no fue cuando lo encontré bailando con el mar, sino cuando se marchó en busca del norte.

Hace más de 4 años

0

0
#15

A pesar de amanecer un día lluvioso y mojado, no era igual que en mi tierra, no todas las aguas son iguales. Esperé en el casino como me dijo ella la noche antes y al cabo de un rato apareció menos sepia que la primera vez, aún seguía sin vitalidad en la mirada, pero tampoco tristeza, vi ansiedad.
Comenzó a hablar sin que yo le dijera nada, poco habría dormido esa noche pensando en cómo afrontar todo esto.
—«Su intención al principio era hacer “las Américas”, pensé que así habría sido…»
Guardó un momento de silencio con la cabeza gacha y me preguntó a destajo:
—«¿Sabe usted cómo se llamaba?»
Sin esperar respuesta me lo dijo:
—«Damián, ese era su nombre, aunque yo le decía Mito, igual que yo me llamo Antonia y me dicen Nonina. ¿Me va a llevar donde está él?»
Un escalofrío me despertó el espinazo, debió percibir mi sorpresa, me enseñó la calidez de la sonrisa de la foto y continuó sin inmutarse, imagino que quiso justificarse.
—«Tengo una deuda pendiente, sé que le hubiera gustado que me fuera a los mares con él, incluso en algún momento lo insinuó, después, ante mi callada, dijo que cuando se estableciera me mandaría buscar. Todo este tiempo he estado ansiosa por tener noticias suyas, a decir verdad, también deseaba ver el mar, nunca lo vi, ahora tengo el motivo y la excusa. ¿Me llevará con usted?»

Hace más de 4 años

0

0
#16

¿Qué podía decirle? Solo había una respuesta posible, así que le contesté sin palabras, asintiendo con la cabeza. Se entusiasmó, reaccionó como una niña ante un vestido nuevo y me confirmó su determinación porque al día siguiente estábamos de vuelta en el mismo tren pomposo y destartalado.
Este viaje al norte no fue como me esperaba, la compañía de Nonina lo hacía a todas luces diferente, su inquietud y su curiosidad se sobreponían a lo que yo sabía, posteriormente sería un dolor más que seguro. Rogué en silencio para que, en el tiempo que pasó, la falsa garduña ya no estuviera en el depósito del cementerio, incluso sabiendo adonde llevan a los despojos del mar, mejor eso que verlo como yo lo vi. A mí, la lengua seca y blanquecina de sal me hablaba en silencio, sin embargo no quiero ni imaginar la de cosas que le dirían a ella.
Mientras ella dormitaba, no pude evitar la tentación de seguir robando las memorias de Damián, ahora ya más tranquilo porque a mi lado estaba la forma de devolver mis culpas.
«…quise decirte mil veces que vinieras conmigo, nunca me atreví, siempre pensaba que de alguna forma te haría daño, ahora sé que tenía razón. Es duro, el mar es para convivir con él, no para casarte, a veces pienso que es como un mal esposo, de repente se enfada sin motivo aparente y, la verdad, es para tenerle miedo, otras veces te da una embustera calma, peligrosa y atractiva, sin embargo no es traidor, te avisa a su manera. La verdad es que nunca pensé compartir estas cosas contigo, sé que si acaso me lees te haré daño, sin embargo, si eso ocurriera, no te preocupes, esto es como un ensueño… mira Nonina, si te digo que todo esto lo hago por ti me sentiré mal de alguna forma, este olor y esta sensación son adictivos, quiero que vengas y así comparar, saber a qué aferrarme, siento que estoy lo suficientemente loco como para escribirte esto, te pido perdón por ello, nunca fui un gran hombre para ti…»

Hace más de 4 años

0

0
#17

Miré al asiento en el que ella aún dormía, su expresión era relajada, ignorante de la memoria oculta de Damián. En ese momento puede comprender y entender un poco a Damián, el gato rabioso que te araña por dentro tiene muchos nombres, morriña si te falta la tierra, nostalgia si te faltan cosas, añoranza si deseas momentos y extrañar, echar de menos si te falta alguien vivo o muerto, comprendí que seguramente embarcado para su disgusto, alimentó al gato rabioso con paisajes y sintió morriña o lo sació con un plato de lentejas y añoró, o recordó un beso, si acaso se lo dieron, y lo convirtió en nostalgia, seguramente descubrió que el momento en el que el gato estaba más rabioso y despiadado fue cuando la extrañaba, quizás tanto que tuvo ganas de deshacer el camino y volver. Decidí respetar la voluntad del hombre y también la de Nonina, y me pregunté si los recuerdos que robé le harían bien, por la tranquilidad de ella guardaría silencio, se los devolvería en su momento.
Para mi sorpresa, lo primero que quiso hacer al llegar no fue ir a verlo, ni tan siquiera saber dónde estaba, me pidió que la llevara a ver el mar, me dijo que tenía que saber quien le robó esa parte de su vida, con quién tenía que enfrentarse.
—«No tengo fuerzas para ganarle a un deseo, ni tampoco el arrojo de enfrentarme a él, esté como esté, pero quiero conocer al que me lo quitó casi todo».
Lo decía con una congoja mustia de la que no lleva venganza, ni escrita ni deseada. La llevé al mar, inocente de mí, pensé que se alegraría al verlo o que se hubiera quedado impresionada, sin embargo rompió a llorar con una tristeza desalentadora.

Hace más de 4 años

0

0
#18

—«Es muy grande, demasiado enemigo para mí, ni en cien vidas que viviera podría ganarle, ni cien bocas que tuviera podrían expresar lo que siento, me encuentro mejor a pesar de todo, ahora sé contra quien perdí».
No dijo nada más, tampoco hacía falta, su expresión hablaba por ella. Dijo que quería hablar a solas con él, así que la llevé al único sitio en el que pensé que podía hacerlo; las rompientes de piedra donde lo encontré ya sin los gritos falsos de la impudicia, le dije que oliera el aire, que se dejara llevar por la sensación podrida y fresca que le marcaría su recuerdo para siempre.
Allí decidí expiar mi culpa, y decidí leerle las palabras de Damián.
No cambió ni una sola vez el gesto, adusto y espartano, la boca se le quedó contraída con un rictus indefinible y la mirada endurecida, no sé si por el dolor o la impotencia. Me sentí aliviado devolviéndole lo robado a su legitima dueña, ella lo aceptó, como una mendiga de sensaciones, aun así no terminé de creerme la actitud fría y distante con el que, probablemente, le trastornó la vida.
—«¿Dónde está él ahora?
Recordé la palabras que el oficial me dijo para salir del paso y le dije que en alguna tumba comunitaria, muy posiblemente sin nombre, le insistí en que solo encontraría una fecha y una reseña. Como sospeché no la convencí de nada, recorrimos las calles del cementerio buscando el lugar que nos habían dicho, al final, un corvo marinero retirado que hacía las veces de guardián, nos llevó.

Hace más de 4 años

0

0
#19

—«Ese es. Ahí está el hombre que tiró el mar» —Y se alejó, supongo que supersticioso y temeroso de haber descubierto el cubil de una garduña desechada por las olas. Como supuse, un simple cartel informativo mal enmarcado y una cruz de bronce vieja, seguramente de otra tumba, era lo único que quedaba del hombre. ¿Cómo podía ser de otra forma? Le robé los recuerdos, así que me convertí en el único que podía llenar el espacio que había entre la fecha y el «Dios lo tenga en su gloria».
Me seguía dejando cada vez más atónito la respuesta de Nonina ante la situación, ni ahora, después de haber pasado muchas veces por ese pensamiento, sé en que estaba pensando, qué se le estaba pasando por la cabeza y cómo se sentía en realidad.
—«Démosle un entierro digno, tenía nombre y apellidos y un día nació, daremos por buena la fecha de la muerte» —Y trató la situación con la frialdad que asusta. Sin decir nada más, dio media vuelta y caminó hacia la salida sin mirar ni una sola vez atrás.
«… no me gustaría dejar las cosas así, sin embargo, no puedo hacer nada más, por desgracia no depende de mí, sé que de alguna forma, continúo pagando la decisión que tomé en su día, aunque sigo pensando que no fue errónea, por eso, querida Nonina, me atreveré a decirte algo… no me arrepiento de haber venido al norte, en realidad ahora lo veo como una búsqueda mística y enervante. El norte, ahora lo sé, acaba donde empieza el mar. Si alguna vez puedes hacer ese viaje, inténtalo, pero no me busques a mí, ve a por lo que te va a enamorar. Espero que así sea.»

Hace más de 4 años

0

0
#20

Así acababa mi último robo de recuerdos, el único que no tuve valor de devolverle. Sin firma. Supe su nombre por ella, también aprendí de lo que escribió por ella, como dijo Damián «te pueden enseñar muchas cosas pero nada tiene más valor que lo que se aprende por uno mismo…», eso también me lo dio Nonina, del mismo modo, por ella supe que un recuerdo robado no tiene devolución posible. Y que una morriña por la tierra se puede convertir en nostalgia por culpa del amor seco y despiadado de las sensaciones.
Hace ya mucho tiempo de todo esto, Nonina volvió a su sur y nunca regresó, dejó conmigo el reloj con la foto sepia y arrugada de su propia estampa, los recuerdos robados quería dejarlos también, pero la obligué a que se los llevara con la vana esperanza de apaciguar mis ánimos y mis culpas, también me dejó el sabor agridulce del perdón y sobre todo, una sensación pastosa y maloliente en mi boca. Nunca me desapareció, ni me desaparecerá, desde entonces tengo la impresión de que soy yo el que tiene la lengua llena de sal seca, a pesar de ser un ladrón irremediable de recuerdos ajenos.

Hace más de 4 años

0

0