ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38 (2910 ptos) | Poeta maldito
#1

Bueno, hagamos algo: voy a utilizar estas cajas para escribir los cuentos que se me vayan ocurriendo. Algunos son de fantasía, otros de ciencia ficción y otros surrealistas. Intento indagar en los confines del pensamiento y traer al mundo lo innenarrable, crear un monólogo de las vivencias y experiencias. La vida le da limones —o rosas— a algunos, y a veces no saben qué hacer con ellos, así que eso es lo que vamos a tratar de esclarecer. Bien, empecemos.

Hace casi 2 años Compartir:

4

18
Elayha
Rango15 Nivel 72
hace casi 2 años

Vremos que tal te queda ;)

NOVACHEK
Rango11 Nivel 52
hace casi 2 años

Yaya lolo aquí estoy miguel


#2

1. La poeta

—Rearma los tableros de tus complejidades, desarma tus inseguridades —dijo el papá a su pequeña hija.

—No te entiendo, papi. ¿Qué es lo que debo hacer?

—Mira, Isa —Se agachó a sus espaldas y le respondió en un susurro—, el tablero que tienes en frente está compuesto de otros más pequeños. Es un sistema que yo diseñé.

—Oh, ¡qué genial! —dijo la niña aplaudiendo silenciosamente.

—Así es, es muy genial. Ve, toca un botón.

La niña tocó un diamante verde de plástico, el que veía más llamativo en el teclado de mando. Miles de luces se concentraron en todo el lugar, en todo el baldío lleno de pasto verde bajo la luz del firmamento. Una hectárea llena de hologramas: animales salvajes, personas, paisajes fantásticos de los más recónditos rincones, guardados en la mente de la pequeña poeta, esperando recibir la misma luz estelar.

—Esto es magnífico —dijo el papá—. Isa, ¿de dónde decías que venías?

—De los bosques de van der Hammen.

—Ya, ya, cierto —dijo el papá, aún en estupor. Lo que no entendía era cómo almacenaba tantos recuerdos. Decidió seguir explicándole—. Bien, Isa, esto que ves aquí es un tablero, y cada uno recoge elementos de tu vida pasada. Me dijiste que tenías una vida pasada, ¿no?

—Sí, papi. En mis sueños veo caballos con cuernos, no sé cómo es que se llaman. También hay con alas, hay enanitos y hay dragones, pero los dragones no son malos. Sueño que toco las nubes en sus espaldas, y las nubes saben a azúcar. Soy la reina de un castillo, y junto con los dragones, los enanitos y los caballos, luchamos con los bichos feos y raros que quieren destruir el reino de los bosques.

—El reino de los bosques… van der Hammen. ¿Y qué pasó después?

—Todos murimos, papi.

—Morimos —la corrigió.

—Eso, eso. Total, es que no ganamos la batalla, y construyeron chimeneas gigantes, papi.

—Bueno —Se aclaró la garganta—, los elementos de cada tablero se llaman cajitas. Cada cajita guarda un verso.

—¡Sí, versos! —dijo la niña con entusiasmo— ¡Me encantan los versos!

—Sí, y cada verso es parte de un poema más grande, un tablero del tablero más grande. Ahora, necesito que armemos al menos uno, uno solo. No debemos estar aquí por mucho. Ese —dijo señalando el de la batalla—, ¿qué dice?

La niña, sin esfuerzo, recitó mientras la cajita se iluminaba con sus palabras:

Diversidad, oh, hermosa diversidad,
Sucumbirás ante los martillos
de la malograda ciudad
y no verás nacer a tus hijos.

«Sí, es bello», pensó el papá. Y tenía razón: los martillos de la capital del país destruyeron los árboles. El paisaje más tarde se llenó de maleza, pero la recortaron de inmediato. Sangre, una hoz y un martillo, símbolo de la destrucción inmensa. Cascos rojos, pobreza en forma mental y vertical, hollín… Él era un niño apenas.

—¿Y esa de allá? —dijo al darse cuenta de la rapidez de su hija.

—Esa es más bonita, y dice así:

Al valle de los colores irás
a dejar tus brotes inmensos.
Del Amazonas a Zipaquirá
incluso a la tierra de los truenos.

La tierra de los truenos ya era otra cosa, y no sabía por qué estaba ahí. En Zulia las cosas eran distintas, y el progreso, el verdadero, emanaba a borbotones, como si el lago fuese el autor principal de los hechos. Quizá allí estaba la respuesta. El papá tenía los ojos cristalinos, le supo a sal. La niña preguntó qué le ocurría.

—Es que tú eres una perfecta poeta.

akamatsutusut
Rango7 Nivel 33
hace casi 2 años

xD tengo un mal recuerdo de este cuento. lo que me costó entenderlo cuando tenía la mente muy turbia.

rmonascal
Rango13 Nivel 60
hace casi 2 años

¡Espectacular! El juego narrativo es original y muy bien logrado. Me encanta como la niña sigue siendo una niña, a pesar de las vidas que colman su mente.

ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace casi 2 años

Jajaja en realidad fue más una interpretación @rmonascal. No sé mucho de sus vidas pasadas 😅

Mary_hope94
Rango11 Nivel 54
hace alrededor de 1 año

¡Aww, me trajo muchos feelings de Vitasia! Jajaj. Está genial. Adoro las tramas de vidas pasadas y fantasía, y más encima si están escritas con tanta maestría y ternura. 10/10 @ItsMiguelRojas <3.


#3

2. Donde los mercados están llenos

En los terrenos sin edificar una vez dijo alguien que los mercados estaban rebosantes. Yo no lo entendí mucho, pues los veía vacíos o eran estantes llenos del mismo producto de la misma marca. Esa persona dijo que había toneladas suficientes para alimentar por lo menos a la ciudad, pero solo veía su pálido rostro sofocado bajo el sol de mediodía y su camisa a rayas empapada mientras en mi mente lo comparaba a él con un mondadientes o un alfiler, o incluso una hebra de cabello.

—Pero Eduardo, a mí me daría pena. ¿Qué pensarían de mí? —dijo uno de los presentes.

—Pues que eres alguien preparado para momentos de crisis. Y es a lo que vamos, chicos, a una crisis. Aquí se podrán abastecer, y no tienen que pagarle a nadie —dijo Eduardo extendiendo sus brazos—. ¡Tenemos derecho a esto! ¡No es nuestro, pero lo defenderemos como tal!

Ojalá lo hubiese previsto, ojalá hubiese atendido la llegada de los Cascos Rojos. Pero no, fui un ignorante, un estúpido. Ese viejo loco tenía la verdad entreverada en sus entrañas, que para lo que sirvieron la de muchos fue para entretener a los canes alados de los guardias.

Aunque no fui del todo estúpido. Me refugié en el bosque más cercano, muy lejos de la ciudad, cerca de la frontera. Ahí estaban los frentes, pero era lo que menos me preocupaba. Recordando las clases de mis otros profesores y algunos cursos en el manejo de la tierra, cavé un pequeño hueco y en él me escondí mientras planeaba cómo entrar a la República Atlántica sin ser detectado, o la paliza iba a ser descomunal. En trece días tracé un perímetro seguro y clasifiqué las plantas y hongos comestibles y medicinales que recolecté y grabé en mi memoria. Eso último era una parte crucial: o aprendía a memorizarlos o aprendía a memorizarlos. No tenía opción, ya que no podía dejarle registros a los Cascos si me pillaban o si se me caían por accidente los papeles.

Así que ya estaba listo. Tomé lo que pude y me encaminé hasta la vía férrea. En el trayecto casi todo parecía un desierto y el sol me picaba en los ojos. Yo era una regadera andante. Tomé hojas de eucalipto del bolso y las mastiqué, pues debía mantenerme firme otras cuatro horas. «En este desierto las estrellas son fantasmas», pensé. Nunca imaginé que gente tan importante tuviese que salir de este modo, huyendo de la destrucción de nuestra ecotopía. Lo estábamos consiguiendo, el paisaje, mejor dicho, pero lo artificial ocasionó una grave tragedia. O sea, ¿cómo vas a tomar a un individuo tan lindo y convertirlo en una máquina de matar? Cambiaron la forma de sus picos a punta de semillas, interrumpieron sus ciclos horarios, afilaron sus alas. ¿Cuál ha de ser el precio a pagar por nuestra impertinencia? Yo creo que sacarnos los ojos, si nos consiguen.


#4

3. Sabotaje lúcido

Me recuesto en el diván y respiro hondo. Caigo dormido, y en cuanto abro de nuevo los ojos estoy en un vivero con un jardín de rocalla. «Qué buen gusto tiene este tipo», pienso. Hay una variedad enorme de minerales y plantas alpinas distribuidas en forma equitativa, bajo sendas cascadas que bordean una escalera empedrada hacia la entrada de la infraestructura. El sol resplandece en el cielo, y agradezco eso.

—Hola. —Escucho una voz femenina detrás de mí. Es Ella.

—Eh… hola. ¿Qué haces aquí?

—Es una proyección. —Escucho otra voz, una voz reverberante, que reconozco como la del arquitecto. Supongo que Ella no la oye porque se me queda mirando con una sonrisa—. Las proyecciones están programadas para aparecer según tu círculo de amistades, y las otras son generadas aleatoriamente —concluye.

—Tú me citaste aquí. ¿Recuerdas? —me dice Ella.

—Ah, sí, claro —respondo. Nos miramos a los ojos un instante, sonriendo, observando el suelo, y luego le pregunto algo—. ¿Quieres entrar?

—Sí, claro. Me encantaría.

Subimos la escalera, mi brazo cruzado con el suyo, y entramos al edificio. Dentro hay un color húmedo y un olor a arcoíris, como si hubiese terminado de llover. Veo elaborados ramos de flores en un mostrador: flores de seda, nochebuena, tulipanes, purpuratas, eglantynes, rosas de montaña… Siempre me han gustado las rosas de montaña. Parecen varios pistilos de color naranja, saliendo del centro de la flor. Jamás pensé que lo diría, pero nunca creí que un ramo con esas flores quedaría bien. Le daría mis felicitaciones al arquitecto. Pobre, no saldrá de esta.

Tomo el ramo de las rosas y se lo doy a Ella.

—Toma, se parecen a ti.

—Guao, gracias —dice aún con la sonrisa entre sus labios—. Sabes que siempre me han gustado las flores exóticas.

—Claro.

Nos quedamos un momento en silencio, y luego habla: —Lo siento, fui una tonta. No sé qué hice yo para alejarte de mi corazón. Eres tan bueno conmigo.

—Bueno, Ella, tú sabes que siempre puedes volver.

—Es un chiste, ¿verdad? ¿Me estás sonsacando? Mira que ya tengo pareja actualmente y sería un error… —No la dejo terminar y la tomo por la cintura.

—Ella, no he podido dormir bien desde aquel día en que todo se acabó —digo con voz temblorosa. Ya no puedo esperar más.

—¿Qué quieres decir?

—Ella, tengo pesadillas, ¿sí? Sueño que alguien viene a mi habitación, no logro distinguir quién, y me mete las manos en el vientre y caigo en una parálisis de sueño.

—¿Y qué demonios tiene que ver eso con nuestra ruptura? —exige.

—Muchas cosas. Sabes, cuando te apuñalan, cuando te clavan una estaca y sientes un dolor tan maligno que lo único que deseas es despertar. Me dejo llevar por el dolor, por la sensación incómoda, hasta que finalmente acaba. Podrán parecer unos minutos, pero la verdad es que me tomó meses asimilarlo. Pero ahora, Ella, estamos aquí. Esto es lo que cuenta, esto es lo que somos. —No sé ni cómo digo ese discurso. Me río internamente, pensando en la cara que debe estar poniendo.

—¿Estás seguro de querer hacer esto?

—Oye, no todas las noches alguien se cuela en tus sueños lúcidos para darle fin a una dictadura y mandarlos a freír espárragos.

—Te veo en el Monasterio de Piedra. Adiós, querido —dice Ella, llorando.

—Adiós. —Le beso las manos.

En cuanto le suelto las manos, las hunde en mi vientre. Empieza de nuevo, pero esta vez entro en el segundo nivel de sueño. Me infiltro en el sistema.

Me hallo en el barrio comercial de la ciudad, confirmando mi asistencia al Club del Sueño. Esta vez la reunión coincide un fin de semana, por lo que casi no hay gente afuera.

—Muchachos, tengo una inquietud —dice el arquitecto del Club—. Debemos hacer sueños cada vez mejores, pero la carga emocional de los ciudadanos está en un punto alto. ¿Qué podemos hacer?

—He estado estudiando ese problema —dice el responsable de los químicos. La verdad no me molesto en aprenderme los nombres de los del Club. Igual no podría, está prohibido—. Podríamos meter pequeñas cantidades de etanol en la red metropolitana de sueños, para activar sus hormonas cerebrales y liberar serotonina.

—Me parece bien. Si esa cantidad es minúscula y se toma en consideración la densidad poblacional por cada kilómetro de extensión, no hay problema.

—Sí, está bien —responde el resto.

—¿Y qué hay del lugar? —pregunto.

—Ahí está la cuestión —dice el arquitecto—. Tú eres el probador. Deberás encargarte de que el sueño cumple con las expectativas acordadas. ¿Ves esa silla de allá? —Señala lo que parece más bien un diván.

—Sí.

—Bueno, probaremos las ideas recién planteadas contigo, para lo cual te conectaremos a un hardware especializado.

—¿A mí? —pregunto con la voz entrecortada—. Oigan, es la primera vez que hago esto.

—Siempre hay una primera vez para todo. Ahora toma asiento.

—Pero yo…

—Mira, si no tomas asiento, podemos dar aviso de que no quieres una ciudad feliz. No sabemos por qué la gente está perdiendo la capacidad de soñar, pero aquí tenemos una solución. Basta con decir que no para que te mandemos a volar.

—Lo siento, no quise ofenderlos. Vale, me sentaré.

—Perfecto.

Entro al local. Ella ya está sentada esperándome. Tomo asiento y le cuento. Le digo que todas las noches cuando estoy soñando una persona mete sus manos en mi vientre mientras estoy recostado sobre mi cama, tapado con la sábana.

—Menos mal que aclaraste que es un sueño. Ya te iba a decir «Ay, vale». —Simula un agujero con sus dedos índice y pulgar.

—Qué graciosa, Ella —digo sin ánimos—. Entiende que esto para mí es serio. Ya no puedo dormir, no quiero volver a dormir. Quizá lo mejor sea…

—Oye, no te quitarás la capacidad de soñar, como todos en la ciudad, para sucumbir a esos sueños colectivos creados para lavarte el cerebro —me interrumpe Ella.

—No, lo que quiero decir es que vengo a pedirte ayuda.

Melody_Lee
Rango6 Nivel 29
hace casi 2 años

Esperemos saber en poco tiempo que cara puso ante el discurso...

Elayha
Rango15 Nivel 72
hace casi 2 años

Lo estoy escuchando en loquendo ya eres famoso amigo ;)

Mary_hope94
Rango11 Nivel 54
hace alrededor de 1 año

Sin duda, es muy original. Me dejó con una sensación de tristeza e intriga al mismo tiempo, @ItsMiguelRojas. Muy bonito~.


#5

4. Sal de advenimiento

No desperté con el trinar de los pájaros, sino con un cielo ardiente. La ciudad no se cubría de azul, sino de morado y ceniza. Penitencia, penitencia.

—Jessenia, ¿irás a la heladería esta mañana? No me dejes como la otra vez.

—Sí, no te preocupes. Son solo quince minutos. Además, es solo una caminata al parque. No está tan lejos.

—Bueno, allá tú. Tú eres la que sabes tus cosas. Adiós. —Colgó el teléfono.

No lo soporto.

Me dispuse a ponerme mis tenis y salir de casa. Mi casa, el parque y la heladería quedan bastante cerca, ese es Gabriel que le ladilla y le parece muy lejos caminar desde la plaza, y será que por eso vive en el local prácticamente.

En fin, iba trotando con mis auriculares, haciendo oídos sordos a lo que pasaba a mi alrededor, y a mis ojos ciegos. Cuando tengo un momento para mí, es para mí; me molesta encontrarme con algún conocido en la calle y tener que hablarle así sea por un minuto, tiempo que podría invertir en pro de mi bienestar. La carga que tengo con Gabo en la heladería es inmensa. Lo quiero, es mi amigo, pero detesto cuando se enfada. Que si no hay leche, que si no hay chocolate, nos falta un maldito cargamento de frutas... bla, bla, bla.

Total, que iba trotando, sorda de bola, ni pendiente de lo que pasaba. Vi de casualidad los rostros de las personas, sus expresiones eran de angustia. Miraban al cielo. Me quité los audífonos, volteé, y observé cómo un avión dispersaba un gas de color morado desde su interior. De repente, miles de proyectiles salieron de los tejados de los edificios más altos y soltaron un líquido incoloro, como agua, y nos empapó. El gas también llegó al nivel del suelo. El cielo sufrió una transformación infernal de punta a punta. La gente empezó a arder en llamas, se revolcaban en el piso, pero peor fue el asunto al darme cuenta de que yo misma me estaba quemando. La piel, el cabello, los ojos, no podía ni siquiera gritar porque hasta mi garganta se volvía ceniza. Me estaba muriendo, me estaba muriendo.

—¡Jessenia! ¡Jessenia! —dijo una voz reverberante. Sentí una cachetada en la cara y desperté llena de sudor.

—¡¿Qué coño fue lo que pasó?! ¡¿Qué...?! Ah, maldita sea.

—Jessenia, ¿estás bien...? —Pero lo interrumpí y fui directo a la ventana. El cielo seguía normal, pero en la reja conseguí un pote que decía permanganato de potasio.

—Eh... ¡Gabo, querido! Me arrepiento de siempre decirte que eres un insufrible. Perdón, ¿sí? —Le di un beso en la frente—. Hoy te voy a ayudar.

enamoradadelaluna
Rango13 Nivel 60
hace casi 2 años

Me gusta, no me gusta. Me gusta lo ingeniosas y bien hechas de tus historias. No me gusta que siempre las dejes inconclusas con ganas de saber más, de ver todo en mundo oculto detrás de esos personajes. No puedes hacer esto a tus lectores, es inaceptable!!jajaja Gon se mete con los personajes y vos con los lectores!!!

ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace casi 2 años

Jajaja disculpa @enamoradadelaluna, fue algo muy espontáneo, como esos trances tuyos. Quizá lo pueda convertir más adelante en un cuento... ejem... si quieres, lazito ;D

ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace casi 2 años

Uyyy, me huele a antología ;). Vale, acepto tu reto @enamoradadelaluna. De todas maneras iban a terminar juntos en una antología tarde o temprano.


#6

5. La furia que destruyó al león

Equilibrar el sistema es solo cuestión de paciencia y de tiempo, ya que nada es eterno, ni siquiera la maldad. Si pudiera cambiar una sola cosa nada más, sería haber aprendido eso más temprano. Destruí todo, y ahora vivía yo sola en una casa del árbol en frente de la Torre Británica, rodeada por el manto verde de Santiago y armada con mi arco y flechas artesanales. Todos se habían ido. Solo nos quedamos yo y mis guacamayas que dormían en aquella casita conmigo.

Me dispuse a tomar mi arma e ir a buscar alimento en los alrededores de la antigua universidad: es más fácil allí puesto que está el río. Las manadas de guacamayas son mis guías a la hora de recolectar fruta: veo los mangos y guayabales, apunto hasta aislarme del ambiente y disparo; recompensa del día. Mientras comía mi néctar, contemplaba la devastada imponencia de Las Torres desde la copa de un árbol. En mi memoria aún veo la luz del «sol» volviéndose más y más blanca, más brillante. Después, cristales rotos. Después, muerte. Finalmente, un hongo gigante consumiendo la putrefacción del suelo, de los cadáveres en descomposición, y su respectiva onda expansiva. Luego de muchos años, equilibrar el sistema, volver a la vida, la naturaleza vuelve a su cauce. Ahí estaba yo, sin mucha novedad, comiéndome un riquísimo mango mientras observaba la desnudez del Parque Central, sobre la copa de un árbol a las orillas del Guaire, mientras el remordimiento me recordaba cómo había creado armas de destrucción masiva que me cabían en el bolsillo.

Una cría de guacamaya se me acercó, y recordé que en mis tiempos de paz contemplaba la montaña desde mi ventana todas las mañanas, y les hacía tributo a ellos, como dioses. Mis pequeñas cajas de música. Y como cajas de música, necesitaban mantenimiento. Iba corriendo hasta la cocina, y en la dulzura de un bol les servía su combustible: frutas del trópico. Piqué algo de lo que recolecté y le di de comer. Es lo más gratificante. Supongo que no me guardarán rencor.

Pero ese momento fue interrumpido por un llamado de la manada a lo lejos, acompañado de una pequeña explosión. Provenía de adentro de la universidad. «¡No puede ser!», dije mientras tomaba mi arco y mis flechas y me internaba en las sombras bajo las hojas. Corrí deprisa hasta el lugar del acontecimiento. Debí atravesar todo el campus, ya que el humo provenía de muy lejos, de la Facultad de Ciencias. Sé que había jurado no pisar más nunca ninguna parte de la universidad, pero ahora eso no importaba. Sin embargo, fue imposible no ver mis recuerdos: yo, en el laboratorio, por las noches, encolerizada por acabar con esto.

Llegué, con una flecha lista para disparar. El humo era insoportable, así que rasgué algo de mi vestimenta y la coloqué alrededor de la boca. Las llamaradas provenían de los laboratorios de química. «Tuve que desmantelar eso en cuanto pude», pensé. Me maldije como cosa de todos los días, y decidí adentrarme en los pasillos. Pero sentí el «click» de un cartucho, y una voz se me acercó por detrás.

—Detente, Saráy.

—¿Qué? ¿Me vas a matar? Dispara. Igual una flecha contra una bala no puede.

—Sí, debería matarte.

—Yo también debería hacerlo. Tenemos la oportunidad. Dale. Así acabamos con esto. Nadie nos va a oír…

Bajé más la mano con la que sostenía el arco, puse mi pierna contra la de él, me di la vuelta rápidamente y lo tiré al piso. Ahora nos apuntábamos mutuamente.

—… en serio nadie nos va a oír. ¿Por qué viniste?

—Sé que desarrollamos una bomba atómica de mano, y que debería destruirte por tu cólera que se llevó a toda Caracas por el medio solo para acabar con un régimen. Pero no lo haré.

—¿No lo harás? ¿Entonces por qué me apuntas con un arma?

—Solo es por si acaso.

—¿Por si acaso? ¿Sabes qué? Acabemos esto. —Solté la flecha justo sobre su vientre. Él disparó, pero retrocedí y la bala solo me dio en el hombro.

—Solo provoqué la explosión en el laboratorio para que vinieras —dijo con voz ahogada—. Hay una nave esperándote afuera. Vine solo. También me sentía culpable por crear semejante arma, y vine a buscarte. Ahora vete.

Lloré y grité sobre su cuerpo: otra carga más.

Lo pensé durante días. No quería abandonar a mis guacamayas; pero si él sabía que yo estaba aquí, algo más debía estar pasando.

Tomé la nave y me fui.

Hace alrededor de 1 año

8

5
phangoria
Rango7 Nivel 34
hace alrededor de 1 año

Yo me spoilie (?)

ItsMiguelRojas
Rango8 Nivel 38
hace alrededor de 1 año

Jajaja no del todo @phangoria. Esto sigue. Lo del reto es como un prólogo. Tenía ganas de empezar esta historia desde hace mucho.

phangoria
Rango7 Nivel 34
hace alrededor de 1 año

No, yo quiero mis exclusivas, asi algún día cuándo seas famoso tendré que presumir.
@ItsMiguelRojas

Placebo
Rango7 Nivel 30
hace alrededor de 1 año

Me introduje completamente en el personaje, la estética del texto es perfecta. Muy bueno señor Miguel, la verdad que es muy bueno.

enamoradadelaluna
Rango13 Nivel 60
hace alrededor de 1 año

@ItsMiguelRojas deberé acostumbrarme a que nos pasees por un mundo que nadie sabe de qué va y nos tires pistas sin decir mucho…
Me gustó, me gusto. Una chica vegetariana con sus guacamayas. Me gusta la ambientación apocalíptica de Caracas. Parece que a la asesina le permiten ser heroína (¿no?). Aunque ni idea de qué irá el resto de la historia.
No sé porqué se te parece ella… (¿cosas del sistema será?).
Detallecitos: “Igual (: o ;) una flecha…” o sacas el igual.


#7

6. No me detengas

Es algo que no podemos parar. Eso era lo que pensaba antes de que Angus se sentara a comer en mi mesa. Se me eriza la piel de solo pensarlo. Hace un otoño atrás mi mamá y yo habíamos salido a buscar las reservas quincenales de alimentos a la avenida. Al llegar, las personas abarrotaban tanto las aceras que los transeúntes tenían que pasar por la calle.

—Pero mamá… —le dije.

—Bueno, Margarita, ¿qué más puedo hacer? No puedo saltarme a todas las personas de la cola. ¿Quieres que nos entren a palos? —respondió ferrosamente.

Negué sin decir nada. Odiaba la rutina. A lo lejos divisé al mismo harapiento que cada medio mes pasaba por la calle. «Algo pal’ pobre», decía mientras el viento frío de la época levantaba sus pocas telas. Escarbaba algo en los recipientes grises, al lado de la gente que lo miraba a veces con cara de asco y a veces de indiferencia; aun así, él y nosotros éramos iguales buscando algo con que rellenar nuestros estómagos.

Tres horas después me fui del sitio.

—¡¿Y por qué te vas, Margarita?!

—¡Porque no aguanto más esta…! ¿Sabes qué? Estoy perdiendo el tiempo. Adiós. —Y me largué ante la mirada de todos.

Cinco horas habían pasado lentas hasta que mi mamá volvió. Solo le dieron lentejas de una variedad, una salsa demasiado turbia, un aceite muy aguado y un trozo de carne pálido. Sus ojos me apuntaron, escuálidos. Abrió la ventana y lanzó todo a la calle. Se arrodilló a mi lado y me dijo con voz ronca:

—Ya no quiero seguir viviendo aquí.

Yo solo la abracé sin llorar y sin pestañear.

Al día siguiente la encontré en su habitación con un corte en la yugular y la cama manchada de sangre. Me senté a su lado y suspiré. «Bueno, supongo que ahora tendré que ir yo sola a buscar las reservas».

Quedaba algo para mí sola, así que con eso soporté lo más que pude. A los quince días volví. Otra vez la maldita cola con la maldita gente; pero ya era adulta, así que debía soportarlo. «Algo pal’ pobre», volví a oír. Otra vez las miradas de repugnancia del resto.

—Oiga —dije—, venga aquí.

—Gracias, hija. Lo poco que me des será suficiente.

—No, señor, creo que usted se merece más. Quédese conmigo en la cola y yo compartiré
lo que me den con usted.

—No, hija. ¿Cómo se te ocurre? Guarde eso.

—No, señor, no hay discusión. Usted hoy comerá bien. Mucho gusto. Me llamo
Margarita.

—Angus.

El señor Angus me contó que había estado en la marina, mientras me mostraba su tatuaje
de tiburón con un reloj en la boca y comíamos en la cocina.

—Oye —dijo levantando la cuchara de su sopa de lentejas—, ¿tú no eres la muchacha
que hace quince días gritó en la cola «estoy perdiendo el tiempo»?

—Sí, era yo.

—¿Quién era la mujer que te acompañaba?

—Mi madre, pero ella se fue de la casa. Dijo que no quería seguir viviendo aquí.

—Vaya, qué triste. Algo similar pasó con mi esposa. Ella también se fue, pero al cielo…
Vivíamos en un piso treinta, así que imaginarás lo que hizo.

—Lo siento, señor Angus.

—Descuida. Llámame Angus solamente. Es algo que no podemos parar, ¿sabes?

«Es algo que no podemos parar». Esa fue la frase que me cautivó. Mi madre murió y no
pude evitarlo, yo quería salir de esta represión de buscar alimentos, tenía a un
exintegrante de la marina conmigo en mi casa… «¿Le quedará algo de júbilo?»

—¿Le puedo preguntar qué significa su tatuaje?

—¡Pero claro, hija! A ver, este era un símbolo que nos ponían al entrar en la marina. El
tiburón tiene un reloj entre sus dientes, porque si algo nos llegaban a hacer, nosotros íbamos allá a detener a los malhechores, y a cambiar el curso de la historia.

—Podemos cambiar el curso, Angus.

Angus se echó una carcajada tremenda, a lo que luego pidió disculpas. Las acepté de forma amigable. Después de comer, se paró y se fue. No alcancé a decirle que se quedara y no volví a verlo. Hace un año de eso. Pero yo le dije a Angus que cambiaríamos el curso. Aquí estoy, escribiendo esto, y escribiré muchas más anécdotas que repartiré en las colas, a ver si alguien es capaz de oírme como yo oí a Angus.

#8

7. Ioulós

Solo sé que la vi. Cada vez que cierro los ojos la veo, incluso después de encadenada. Fue
cuando la luz le quitó la luz, cuando los rayos de Jovis resolvieron suprimir su vida a una simple función de estadísticas y probabilidades, y entonces no la vi más. Siento que podría estar en algún lado, en el borde del desierto. «Estoy allá, Aina. Solo debes atravesar la gran tormenta». Puede ser algo arriesgado, y más si se trata de evadir a las anguilas eléctricas que engullen a la ciudad todas las noches, pero necesito saber qué pasó con Melissa.

Veo a Markus revisando las últimas indicaciones, la posición de las tropas y el funcionamiento de las naves. Siento que me observa, y no me equivoco cuando dice «¿Quieres dar tú el discurso?» Y no me queda más remedio.

«Amigos, vecinos, ciudadanos, ya sabemos que la guerra más grande no es contra Jovis, sino contra lo que estos quieren que hagamos, que es enfrentarlos violentamente, provocar nuestra ira. Y en verdad es algo muy arraigado a nuestra naturaleza, porque durante millones de años vivimos al margen de los depredadores, pero ahora vivimos al margen de nosotros mismos. Estos cubículos nos encierran. Nos conocemos por presentimiento mas no por sentimiento, y es esta una de las causas de habernos vuelto duros como piedra. Lo que les pido no es ajeno a la realidad ni a nuestros propósitos. Lleguemos allá, al borde del desierto, a la gran tormenta, pero sin armas. No pueden atacar a alguien indefenso, y mucho menos producir energía cuando solo intentamos dialogar...»

Esto puede seguir así por unos minutos, pero cuando descubrí a La Liga en el sótano de todos los edificios (incluyendo el mío, en el que vivo) no fui capaz de articular siquiera tan recóndito discurso, ni un saludo. Supongo que nos anonadamos cuando descubrimos una cierta realidad en nuestro interior y en el interior de otros, como cuando supe que me quedé de pronto sola, sin que Melissa estuviese aquí para escuchar mi voz. «Estoy allá, Aina», y allá debe estar, bajo los castillos grises, alimentándose de nuestra furia. Markus se acerca y me saca de mis cavilaciones.

—¿Otra vez lo mismo? —me pregunta.

—Sí. ¿Qué con eso?

—Solo son sueños. A lo mejor a un nivel más álmico te está perdonando, pero tú sigues
creyendo que sigue ahí, llamándote. Debajo de Julienne no hay nada, solo pasión por la guerra y la energía. Solo es una calculadora.

—Es mucho más que eso. Dime, ¿cómo rayos caen… rayos del cielo a todas horas? —Me quedo pensando en lo estúpido de mi argumento.

—Ve y prepárate. Salimos en once —me dice, sin responder a mi pregunta, lo cual agradezco.

—Como los demonios, Markus.

—Sí, como los demonios.

Aprovecho el aire tibio de la mañana-noche, miro el horizonte, veo la lluvia y contemplo los
castillos grises y esponjosos desde donde se riega. Recuerdo cómo Nynfa me miró con aquellos ojos taciturnos antes de salir, como canicas, grandes y redondas, casi diciéndome que se preocupaba por mí, que no me fuera. Por último, atajé un ronroneó incierto y traduje a nuestro lenguaje: «tráemela de vuelta». Supongo que todo es así, incierto, envuelto en nubes de gas que forman rayas marrones claras. Mi cabeza se encoge de tanta presión, me aplasta, pero creo que debajo hay algo. Julienne solo nos avienta piedras, o rayos, aunque las piedras no duelen tanto porque solo nos rozan, y los rayos solo si nos acercamos lo suficiente. Recuerdo que a Melissa y a mí nos gustaba pasear por el Nilo cuando nadie estaba cerca, y contábamos el número de veces que las piedras rebotaban contra el agua: uno, dos, tres… Siempre me caía en números bajos, y generalmente no pasaba de seis, rara vez un siete. Ella podía seguir: ocho, nueve, diez… incluso once. La arrojaba muy lejos y dejaba tras de sí una estela fantástica, un cometa en pleno apogeo. «Y ¿cómo lo haces, Meli?», le preguntaba. «No lo sé. Supongo que me divierto haciéndolo. He ahí el secreto: se trata de disfrutar. Apunto lejos, con mucha energía, pero allá en la distancia no está la felicidad, sino en cada paso que la piedra da sobre el agua. Hay que disfrutarlo desde el comienzo». Y en verdad era esto sabiduría, pero muy recargada y caramelizada para mi gusto. En los comienzos de la escasez eléctrica y del agua nos íbamos a las fuentes que en toda la ciudad contenían el preciado líquido, para abastecernos siempre que podíamos. «No, espera», me decía. «Debes dejarlos. Meternos ahí con todas esas personas nos puede traer problemas, como más abucheos o golpes, y estos pequeños momentos no son para guerras». Quizá la comprendiese, que teníamos que hacer nosotros la paz para, al menos, evitar más enfrentamientos. «¿Qué es la paz, Aina? ¿En verdad crees que esto lo es?»

—¿Estás lista? —me interrumpe Markus.

—Sí, eso creo —respondo.

—¿Están todos listos? —alza la voz.

—¡Sí, Markus, estamos listos! —responden todos al unísono.

Markus me propina una mirada dócil, de esas que guardan una intención oculta bajo sus capas, y se aleja a la cabina de mando. «Espero que esto sirva para algo», me digo. En la ciudad quedan solo una centena de edificios, cincuenta habitantes por cada uno, veinticinco pisos, dos habitantes por piso y los vecinos en realidad no se conocen, ni los del piso contiguo ni los de abajo y arriba. «¿En serio esto servirá?»

Al atravesar la gran tormenta, no es tan magnífico como se imagina. Se trata del mismo paisaje lleno de nada, con capas bajo capas de nubes, como los ojos de Markus. Sin embargo, está allá abajo: un gigantesco cubículo negro, el núcleo desde el que la compañía Jovis toma sus decisiones. Lo contemplo, con displicencia pero con un cierto aire de felicidad. Descendemos muy lentamente, esperando rayos, o piedras, pero ninguno de los dos aparece. Se abre la compuerta de la nave, bajamos en cinco filas de cinco (Markus dijo que así era mejor por si había sorpresas) y nos acercamos a ese cuarzo oscuro. Pisamos con rectitud, adivinando nuestros pasos… pero nada. Esto me inquieta, quiero salir corriendo. No puede ser que mi cerebro vaya a una velocidad distinta a la de mis piernas.

—Bien, señores. —Markus nos detiene levantando el puño—. Aina, habla.

—Julienne, ya te conocemos. Sabemos que utilizas la energía térmica de nuestros movimientos en batalla para crear tus rayos. Sabemos que hay pequeños sensores por cada centímetro cuadrado bajo nuestros pies. Sabemos que nos llamas de noche, cuando salimos, porque entonces no hay manera de distinguirse las fieras unas de otras. Pero ¿cuándo no es de noche? Suponemos que cuando no caen rayos. Por eso hemos venido hasta aquí, a exigir que se limpie el cielo. Es que ya no se puede ni respirar, y creo que para ti es igual, y por eso te encierras tras ese cuarzo negro que apenas se distingue en el día, o en la noche, o a la hora que sea. Mira, podríamos plantar unos cuantos árboles electrónicos para barrer la gran cantidad de polutos y sembrar árboles verdaderos desde las semillas cuando el cielo vuelva a abrirse. Eso contribuiría a la reoxigenación del planeta. A partir de ahí sembraríamos árboles frutales para obtener alimentos, a diferentes alturas, y el agua volvería a correr por su cauce natural y bajaría por gravedad. No tenemos que hacer más que seleccionar semill...» Se abre un hoyo y caigo. Oigo explosiones.

***

Como decía, quiero salir corriendo. Es lo que creo que me dice Nynfa al verme con sus canicas brillantes. Es decir, que me entiende, y yo a ella. Desestimamos lo que no entendemos por creer que carece de alma, y aún más de espíritu. Por ejemplo, a cada edificio le llegan paquetes de comida cada cierto tiempo, y el mío me lo devoro en seguida, pero siempre quedo con hambre. Suponiendo que mi estómago ruge tres veces por día, al contabilizarlos hasta que llega el paquete me da un total de treinta y tres. Significa que llega cada once días. «Son once días demoníacos», suele decirnos Markus, y entonces sé que es verdad. «Quiero convertir esos once demonios en ángeles, y cada once días proyectaremos luces doradas al cielo, para que todos estemos conscientes de que también somos dioses». Esto es algo que imagino con júbilo. Una gran manzana, dorada, en el centro de la ciudad, señal de conocimiento y madurez mental, si acaso ese es el significado que merece. Pero, y la manzana, ¿qué piensa de nosotros? Es difícil, pues, adivinar el pensamiento de aquello que en apariencia no se mueve (pero nos mueve). Si nos fuéramos, sería para ellos, los símbolos, todo caos y confusión. En cambio, al terminar de comerme el contenido del paquete, algunas veces me genera dolores de estómago, y voy corriendo al baño y lanzo la puerta. Oigo rasguños mientras hago ruidos de parto y las bombas caen al agua. «No te preocupes, Nynfa, estoy bien». La unión real es no desunirnos ni dejar que nos desunan. Nynfa trepa a mis piernas, clava sus garras en mi carne, la acerco a mí y le susurro «No te preocupes, Nynfa», porque afuera, en el desierto, La Liga pelea contra «Roma».

Cuando despierto, noto que mis muñecas están aprisionadas. Estoy como crucificada y mis
brazos están tan estirados que se acalambran. Adentro, la luz verdosa apenas logra distinguir las siluetas de los objetos que allí se encuentran. Oigo una voz omnipresente, baritona, que me da terror, pero que en el fondo se me hace familiar. Se dirige a mí.

—¿Y bien? ¿No te enseñaron a callar en tierra ajena?

—Eso no fue lo que me enseñaste.

—¿Qué es la paz, Aina?

—No hacer la guerra.

(continúa...)

#9

7. Ioulós (continuación)

—¿Estás segura? —Las luces verdes se atenúan y de golpe se encienden las blancas. Aparecen de repente los objetos frente a la claridad: una mesa redonda con muestras de musgo protegidas por un vidrio templado, plantas encapsuladas en cilindros de cristal, archivadores con muestras de semillas—. La paz —continúa— se trata solo de un principio moral con la convención última de no agredirse ninguna de las partes, para lo cual llegan a un acuerdo donde cada parte cede sus beneficios por algo que los otros quieren. En ningún momento explica cuáles son las intenciones o los sentimientos verdaderos de los involucrados. Desde el principio supiste qué quería hacer aquí en Jovis. Estamos en esa paz: cedí mi cuerpo con tal de ayudarnos, pero comprendan que no deben entrometerse. Allá afuera no hay casi nada…

—Claro, no hay nada, pero tú y yo podemos hacer que vuelva a haber algo. Mira ahí. —Señalo con la mirada los objetos recién descubiertos por la luz—. ¿Esa es su idea? ¿Retener?

—La mayoría de los humanos destruye, Aina. Puede que algunos no, pero no nos podemos
arriesgar. Es mejor descartar por exceso.

—Es muy fácil huir y no hacer nada, Julienne.

—No huyo. Como ustedes quisieron pelear, la cual no es una actitud muy pacífica, se tuvieron que electrificar los alrededores.

—Es lo mismo que huir. ¿No podías usar los rayos para abastecer de energía a la ciudad en vez de mantenernos a raya?

—Por eso te hice entrar. Te necesito.

—¿Y cuando te necesité dónde estabas? No. No quiero ni tu comida ni tu supuesta protección. Déjame salir. No estamos llegando a ningún lado. Además, ¿no soy acaso humana, como la mayoría?

—Pero sobresales de la media. Ellos, en cambio…

Una de las paredes se hace transparente, mostrando lo que pasa afuera. Una escena a primer plano sin sonido muestra a Markus y al resto de los miembros de La Liga midiendo fuego contra fuego y siendo perseguidos por los rayos, ya que la nave había sido destruida por uno.

—¡No! ¡Déjalos en paz!

—Esto no es paz, pero es necesario. No tenían que salir. Solo me lo ponen más difícil. Esperen a que solucione este problema y los dejo salir.

—¡Pero te podemos ayudar! —Intento soltarme las muñecas y me duele— ¡Ay! ¡Esto no es un concurso de oposición, es una situación de alto riesgo! Por favor, déjame ayudarte, deja que todos te ayudemos.

—No puedo, no debo. Todas las probabilidades están calculadas. Si los dejo ayudar, solo
alimentaría al león. Ellos son como la gente de las fuentes, y están desbalanceando la ecuación.

—¡Pero los estás matando!

—Ellos mismos lo hacen.

No se da cuenta de que antes ese león la quería ayudar (un símbolo, pues, de la cooperación). Entonces metieron leones al Coliseo y los pusieron a luchar contra su voluntad; pero todos, hasta los gladiadores, están presos. Pienso en nuestro mundo, en el mundo antes de Jovis, en el mundo antes de que estos lo llenaran de cables de alta tensión y paneles solares donde solían haber selvas o bosques. La sabana era exuberante, el agua era fresca, teníamos amigos, la luz era radiante y calurosa. Si todos somos de la misma sabana deberíamos ayudarnos. Melissa me dijo que tenía una idea, que quería ayudar. «¿Conoces los términos hipótesis nula e hipótesis alternativa?» «¿Desde cuándo eres así?» No me dijo que la burocracia estaba detrás de todo esto. Algunos se quemaron en las cenizas y otros renacieron de ellas, pero las cenizas son las mismas. Markus no cree en las Hespérides, Julienne tampoco, Melissa y yo sí. ¿Melissa? Pero si ya no sé ni quién es Melissa. «Estoy allá», pero sigo sin verte. «También somos dioses», pero no de la guerra, al menos yo no. Qué absurdo esto. Melissa, abandonaste a tu gata. ¡Cuántas Tierras no habrán de caber en Júpiter! Ahí nos lanzaste a todos, ¿no? Y fue así, de repente un día solo se acabó y no te vi más, ni siquiera nos despedimos. Tú a lo tuyo y nosotros a lo nuestro. Somos todo, somos dioses, somos interminables como el inicio y el fin. ¿Las vidas no son constantes saludos y despedidas? Ángeles, demonios, da igual, son lo mismo. Once demonios me dan once ángeles, y once ángeles me dan once demonios. ¿En qué crees que nos convertimos, sino en una mitología?

—¡Pero son tus rayos!

—Mis rayos son sus rayos, su templanza es mi templanza. La respuesta la tienen ustedes.
¿Recuerdas las piedras sobre el Nilo? Allá… en la distancia…

Entonces Hermes viene a mí con un mensaje sublime.

***

Reaparezco en el lugar desde donde caí. Caigo de rodillas y me sujeto las muñecas del dolor. La escena que vi en la pared ahora tiene sonido. Los rayos crujen como hielo y la noche se hace día. Markus y toda La Liga intentan alcanzar el cubo negro. Disparan sin perder la formación, sin desunirse. Jovis hace lo propio: libera energía celestial, o demoníaca, contenida en sus castillos grises. Sus rayos caen y forman una especie de enrejado que protege la fuente.

—¡Oigan! —grito— ¡Deténganse!

Todos voltean. Adoro estos instantes eternos, donde la luz y la oscuridad se ven a las caras,
donde la muerte y la vida descubren dándose obsequios mutuos. No es que las serpientes se fagociten a sí mismas, ellas juegan a perseguirse la cola. Si la cabeza avanza (el inicio) también lo hace la cola (el final). Toda la serpiente es felicidad, y somos más inmortales cuanto más ignoramos nuestro fin y nuestro comienzo.

—Se detuvo —dice uno.

—¿Qué hiciste? —me pregunta Markus.

—Razonar con ella. Y tienes razón, el perdón es álmico. Ya decía que ahora vivíamos al margen de nosotros mismos, pero no lo entendía. No somos perfectos. Vamos, regresemos. Esto lo debemos empezar nosotros desde el centro, desde la ciudad, desde el corazón de nuestras vidas.

—¡Genial! ¡Las cosas que me toca hacer!

—¡No! ¡Markus!

Markus corre hasta lo que queda de la nave y entra. Yo lo persigo, pero cierra la compuerta. Me rompo las cuerdas vocales intentando llamarlo y alzo las manos a ver si logra verme desde adentro. Los demás miembros de La Liga me observan, impávidos.

—¡Aina! ¡Aina!

—¿Qué?

—No lo detengas.

—¿Y qué más puedo hacer? Acabo de tener una de las más asombrosas revelaciones y solo
pensamos en destruirnos y continuar con esto.

—Julienne es solo una calculadora —sigue otro—. Solo es un sueño. Debes dejarla ir.

—¡No es una calculadora, y su nombre es Melissa! Sueño o no, ¿no son nuestros sueños
realidades encriptadas? Y sí, sí la estoy dejando ir, porque allá en la distancia no está la felicidad, sino en cada rebote que la piedra da sobre el agua.

—¿De qué hablas?

—Hablo de…

La compuerta se reabre, y veo a Markus trayendo a la bola de pelos en sus manos.

—Oye —dice Markus, dirigiéndose al cubo negro—, sé que tuvimos muchos enfrentamientos, muchas horas de lucha, mucha rabia contenida, pero recordé lo mucho que te gustan las ninfas. —Levanta a la gata sobre su cabeza—. Te embelesan, te hacen caer en su hechizo. Lo he visto en los ojos de tu amiga, porque sé que Aina es tu amiga y siempre lo será. La elocuencia desborda de ambas, algo de lo que sencillamente carezco.

Markus deja a Nynfa sobre el suelo y permite que esta se dirija con serenidad hacia la masa oscura que está frente a nosotros. Allá va, lentamente. Cada paso que da es un giro de la Tierra. Los días pasan, Nynfa camina con gracia, los soles se ponen y las lunas se levantan con más fortaleza. Las huellas se juntan cada vez más, la distancias se hacen más pequeñas, pero nunca llegan a ser cero. Nynfa no se impacienta, la escena es una fotografía enmarcada en nuestra memoria. «Te embelesan». Una manzana dorada en el centro. Markus no cree en las Hespérides, pero en el fondo sabe que existen. Justo aquí somos inmortales, cuando negamos la existencia del tiempo.