Iker_Salart
Rango12 Nivel 55 (9568 ptos) | Ensayista de éxito
#1

De ninguna manera podía haber sabido que aquel mismo día quedaría enterrado. Mucho menos que consiguieran sacarle de allí una semana más tarde, entre alboroto de ambulancias y coches de policía. La mañana seguía, de hecho, su curso natural. El mismo de todos los días. El cambio de turno, los mismos saludos, cada día estás más gordo, serás cabrón. El mismo bocadillo de panceta, el vaso de vino peleón, de garrafa. El eructo, siempre sin complejos, la misma manga de la camisa con la que se limpiaba la boca. El mismo color del cielo, el olor, dentro de la garita, mezcla de sudor, goma y la tela de la chaqueta de los uniformes. La mierda del cristal, apelmazada por la condensación, que brillaba bajo la luz del sol y bajaba en chorretones marrones, haciendo eses, perdiéndose en el pegote de barro y polvo que iba aumentando poco a poco en la parte baja de la ventana.

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#2

La podía ver desde la silla, sentado, los pies sobre la mesa, la camisa abierta, suelta hasta el tercer botón, el pelo ensortijado, zaíno, moteado aquí y allá por alguna cana, asomando por la abertura. Jugaba con un palillo en la boca, daba vueltas, lo metía y sacaba con la lengua, lo movía, de izquierda a derecha. En cada movimiento, la boca se abría en una mueca y asomaba un diente de oro, que brillaba bajo la luz. Se rascó la barba, que sonó como una lija. Y aquel sonido enlazó con otro más suave, más amenazante, el de una mosca que zumbaba entre la puerta y su silla, por encima de su cabeza. La observó ir y venir, siguió su camino, su rumbo loco. Cerró los ojos e intentó imaginar donde podía estar el insecto, por el ruido de sus alas. Por un momento la oía cerca, casi en su oreja, y de repente desaparecía, se escondía en la quietud de la garita. Después de unos minutos escuchando los viajes del insecto, dejó de escucharlo. Lo había abandonado. Abrió los ojos y miro la hora en el reloj que colgaba de la pared frente a él. El toro de Osborne impreso dentro giraba con el segundero. Daba vueltas, sin parar, los cuernos arriba y abajo. “Mareo llevará el toro”, pensó. Las cuatro y media. Le quedaban cinco horas de jornada. Se quitó el palillo de la boca e incorporándose salió al calor de la tarde.

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#3

En ese momento, un arbusto pasó rodando frente a él. “Todavía se pone a llover” pensó, mientras tapaba la mirada con la mano. Allá a lo lejos, las dunas levantaban espesas nubes de arena, que, en la distancia le parecían olas, rompientes, espuma que volara por el cielo. Por un momento sintió frio y entró de nuevo, se puso la gorra, la chaqueta, las gafas de sol, que estaban sobre su mesa, sobre la carta de ella. La cogió, la guardo en su sobre y la hizo desaparecer dentro del primer cajón. Lo cerró lo más fuerte que pudo, y en el golpe la mano deslizó, y pegó contra el metal de la manilla del cajón, y se levantó un gran trozo de piel en el dorso de la mano, que comenzó a sangrar. Buscó algo con qué taparlo y encontró un trapo sucio, lleno de aceite viejo y seco de la moto aparcada tras la garita. Salió de nuevo, encendió un cigarro y anduvo sin rumbo unos metros, mirando al suelo, pegando patadas a las piedras que se le cruzaban en el camino. Paró y levantó la vista. La carretera frente a él, de asfalto quemado, gris, llena de arena, vacía, hirviente, dibujaba una línea recta que se perdía en el horizonte. Dio la vuelta hacia la garita.

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#4

Levantó la vista hacia el cartel partido, agujereado, que sujetaban dos trozos de hierro oxidado en el arcén de la carretera.

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#5

La segunda r de Marruecos se había evaporado, había desaparecido bajo el calor del sol. “Maruecos”, ponía, y se acordó de su niño. Lo vió jugar sobre la alfombra de la sala, jugando con la moto de juguete, intentando sin conseguirlo imitar el ruido de su motor. Había tardado en pronunciar esa r, casi tanto como él en llegar a quererlo. El amor llegó un día, sin darse cuenta. Como llegan esas cosas, las importantes, aquellas en las que nunca has reparado, a las que no has dado importancia, las pequeñas cosas que tapa la urgencia, el día a día, de las que te das cuenta cuando desaparecen, cuando ya no están.

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#6

Y ella se había ido con el niño. Había dejado una carta, sobre la mesa del salón. Las palabras, escasas, casi inertes, escritas con letra temblorosa, no puedo aguantar más, lo siento. Aquello llegó así, un día, de improviso. Como aquellas nubes que comenzaban a oscurecer el horizonte. El viento, cargado de arena que lo golpeaba en la cara soplaba cada vez más fuerte y lo hizo retroceder hasta la garita y cerrar la puerta.

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#7

Nunca había visto una tormenta de arena como aquella. Golpeaba la garita, parecía que fuera a agujerear la chapa. Se iba acumulando al otro lado de la ventana. Intentó llamar y no pudo. No había línea. Se quitó la gorra, las gafas de sol. Colgó la chaqueta en el perchero. El viento arreciaba, y la garita comenzó a quejarse con un chirrido grave, quejoso, de maquinaria vieja. La arena ya cubría la ventana y con la última luz se sentó, sonriendo, con los pies cruzados sobre la mesa.