FrankSheridan
Rango7 Nivel 30 (1435 ptos) | Autor novel
#1

—¿Y qué? ¿Cuál es el problema?
—Que la gente confía demasiado en eso de que las cosas acabarán saliendo bien.
—Se llama esperanza, y deberías hacer acopio de ella.
—Se llama error, y lo sé por experiencia propia. ¿Desde cuándo te has vuelto tan poético?

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#2

La esperanza es la única herencia de los ilusos. Pero ellos no morirán nunca. O eso creen.

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#3

—¿Lo asumes?
—¿El qué?
—Que tienes envidia. ¿Lo asumes?
—Sí, porqué no.
—¿Y ya está?
—Y ya está, ¿qué?
—No se, parece que te da igual. Y eso no dice mucho de ti.
—O lo dice todo; básicamente, porque prefiero no ser hipócrita y admitir que has ganado; que me encantaría estar en tu lugar.
—¿Y no crees que es un comportamiento de críos?
—No. Es un halago hacia ti. Dime, ¿acaso no tendrías envidia si fuera al contrario?
—No. Para nada.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
—Bien. Eso es un comportamiento de críos.

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#4

Y, entonces, la vi.
Pasó junto a mí, desvaneciendo cualquier divagación con las pisadas marcadas por sus zapatillas de lona azul turquesa, unas piernas delgadas, suaves y apetecibles, y el pelo liso, oscuro, danzando en su espalda a cada escalón que bajaba. El aire que dejó podría haberse vendido embotellado a buen precio. Y los buzos habrían explorado las profundidades del mar respirándole a ella. Y los bomberos habrían salvado las vidas de los alumnos de un colegio en llamas con mascarillas de ella. Apenas logré ver su rostro, pero allí, quieta al final de las escaleras, con una postura que delataba tener las mismas ganas que yo de estar en aquella fiesta, captó toda mi atención. Y, sin embargo, aquello no era lo que llaman un flechazo. No lo era, porque no existen. Se trataba, sólo, de una sensación.

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Mapi_00
Rango6 Nivel 25
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Me gusta mucho como escribes


#5

Hay algo que se repite a menudo.

Estoy tumbado bocarriba en un viejo colchón, en una habitación prácticamente a oscuras salvo por el brillo de un televisor encendido o el de una pequeña lámpara de mesa, ambos siempre a mis pies. Al otro lado, sobre mi cabeza, se yergue una pared blanquecina que puedo tocar sin esforzarme demasiado en estirar el brazo. Noto el frío del yeso, pero también su acabado liso, así que decido que no me incomoda, y comienzo a deslizar mis dedos por ella. Al principio, resulta relajante: escucho incluso el siseo de mis yemas recorriendo la superficie. Pero luego se vuelve embriagador; aunque lo haga sutilmente, con la delicadeza de quien acaricia a un bebé o palpa un melocotón, mi insistencia crece intentando abarcar cada vez un poquito más de espacio, intentando llegar cada vez más lejos.

Continúo así, entretenido y abstraído, un buen rato. Según la ocasión, pueden parecerme minutos o hacerme creer que he envejecido décadas sobre aquel colchón. Pero, en cualquier caso, siempre acabo igual: cansado y convencido de que la pared ya no puede ofrecerme nada más. Así que, resignado, retiro la mano y la traigo de nuevo hacia mí. Y es en este camino de vuelta donde reparo en algo más: mi sombra diluyéndose en el muro y fundiéndose con el haz de la lámpara o del televisor.

Vuelvo a estar intrigado.

Acerco nuevamente la mano y la poso en la pared; parece que he hecho otro nuevo descubrimiento. Ahí, a un lado, incitada por el ángulo de la luz, contemplo la sombra oscura y nítida de mis dedos, siguiéndome en cada leve movimiento. Y en cuanto los separo de la superficie apenas unos milímetros, me asombro al comprobar cómo se pierden en la blancura, cómo se expanden hasta desaparecer detrás de mí. Repito la acción varias veces: me acerco, me alejo; creo, destruyo; luz, oscuridad. Y la pared vuelve a tenerme bajo su influjo con la sencilla apariencia de una parte de mí que se desvanece sin irse del todo.

Mi flamante tarea me mantiene ocupado largo tiempo. Pero esta vez, antes de volver a cansarme y desistir, el televisor o la lámpara estallan, dejando la habitación completamente a oscuras y sin posibilidad de contemplar mi sombra.

Suena ridículo, pero ahora que no veo, el silencio se pronuncia.

Me tumbo de nuevo en el colchón, bocarriba, y vuelvo a tener la sensación de llevar allí décadas.

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#6

Las relaciones sociales están sobrevaloradas.
Y las barbacoas con amigos.
Y los amigos.

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#7

Es fácil pensar eso de que la vida es una mierda. Lo complicado es admitir que lo único que realmente apesta es nuestra actitud hacia ella. Porque la vida no nos debe nada, no va a sorprendernos por casualidad, sin más

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#8

Todo lo que sé del amor lo aprendí en los libros. En los de ciencia ficción.

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enamoradadelaluna
Rango12 Nivel 59
hace más de 1 año

jajaja es que los libros...aunque no tengan ciencia...son ficción.