Caronte_Milos
Rango4 Nivel 18 (328 ptos) | Promesa literaria
#1
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  • #2

Cientos de pasos en infinitas direcciones, prisa, mucha prisa por no perder el tren. La gente mirando absorta el panel, el maldito panel que nos hace acelerar el pulso sobre todo cuando llegamos un minuto antes de la partida de un tren que se supone nos va a llevar a algún lado, es un constante escapar de algo: escapar de casa, escapar del trabajo, escapar de la vida. Creemos que subiendo a un tren nuestra vida va a tener un sentido diferente, que podremos escondernos de nuestro destino, que huyendo encontraremos la felicidad ... y lo peor es que al bajar del tren todo es igual. Nada cambia, es exactamente lo mismo que veíamos antes de cerrarse las puertas pero en otra dimensión espacio-temporal.

No hay contacto visual en una estación de tren, no hay calor de ser humano, la gente se cruza, unos con otros, con esas miradas "de las mil millas" que no dicen nada salvo que no disfrutan de cada paso que dan, que sólo quieren que pase rápido el momento de la espera, que pase rápido el trayecto en tren, que lleguemos pronto a casa o a donde sea ...

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#2

... para, una vez en el destino, sentarnos en un sofá y dejar que el tiempo fluya entre nuestros dedos mientras miramos nuestros ojos se clavan en una pantalla a la que esperamos nos cuente lo que no hemos sabido saborear durante el dia: la vida.

Durante el trayecto, todos desfilamos como autómatas de un asiento en otro, porque éste le da el sol, o porque le da la sombra, nos sentamos si estamos de pie o nos levantamos si llevamos mucho tiempo sentados. Siempre con un gesto frío. No se intercambian sonrisas, miradas furtivas o lascivas, el saludo "Buenas tardes" o "Buenos dias" apenas es un murmullo inteligible mezclado con el ruido de los motores del tren o de la voz altisonante que avisa de nuestra llegada.

Pocas ocasiones he podido disfrutar de una conversación agradable durante los largos cincuenta minutos del viaje. Recuerdo en una ocasión, un invidente, Pedro, se sentó frente a mí, yo estaba leyendo y dijo algo que me despertó de mi inmersión textual. Me habló como si fuéramos amigos de toda la vida, le gustaban las campanas, las adoraba y las coleccionaba. Me habló de su familia, de sus aficiones, disfruté como hacia mucho que no lo había hecho en un tren, sólo hablaba él pero era agradable oir una voz en el silencio del vagón. No lo he vuelto a ver. En otra ocasión, me senté frente a una chica preciosa, ojos claros, tez morena. Durante el trayecto se cruzaron miradas, sonrisas furtivas, lascivas ... no hablamos simplemente nos mirábamos pero la comunicación era total, bilateral, cargada de sensaciones. Me estremecí. Bajamos en la misma estación ... íbamos a decirnos algo pero optamos por simplemente decirnos "adiós". No la he vuelto a ver.

Seguimos caminos, caminos a ningún lugar, pero como decía Kavafis, "siempre volvemos al mismo sitio, nunca llegamos a escapar, porque no hay dónde escapar de nosotros mismos ..." Carpe Diem.

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