Charlies27
Rango13 Nivel 61 (15434 ptos) | Premio de la crítica
#1
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Hablando con un compañero de trabajo con el que hasta entonces no había entablado demasiada conversación, no recuerdo bien como empezamos, pero terminamos hablando de la Guerra Civil, y me contó algo que me sorprendió.

"Mi padre luchó casi tres años en la guerra. Se lo llevaron a la fuerza, como a tantos jóvenes”.

Me contó cosas como haber luchado contra conocidos y vecinos.

“Luchaban durante hora, sabiendo que o eras tú o era el que estaba al otro lado, pero con la angustiosa duda de que al otro lado podían haber amigos o incluso familiares. Aunque parezca increíble compartí tabaco con mi enemigo. Le deseé suerte a jóvenes que perfectamente podían matarme. En esos casos, en los que la guerra parecía detenida, a la espera de la orden pertinente, viví situaciones extravagantes, como si la batalla que nos esperaba no fuera más que un partido de fútbol amistoso”.

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#2

Más tarde, en mi casa, con la hoja en blanco delante, queriendo escribir sobre aquella conversación, me acordé de una frase que leí en un libro, que ha terminado convirtiéndose en uno de mis libros de cabecera, “De vez en cuando conviene abrir una ventana en el muro ciego y compacto de la guerra…” el protagonista en primera línea de fuego, a escasos metros de las trincheras, va a visitar la tumba de un artista al que admiraba, un artista del país enemigo. Allí, frente al papel, me imaginé un campo de batalla atravesado por dos líneas de fuego, prácticamente paralelas. Entre ellas, imponente, perdido más allá de las nubes, un muro oscuro lleno de manchas: manchas de sangre, de aceite, de barro, cubierto de marcas de proyectiles, imperfecciones hechas con la más oscura de las intenciones. De pronto un soldado sin armas, a cabeza descubierta, se acerca y lo toca; se abre un rectángulo del que sale la luz de un día soleado. Al otro lado llega otro soldado también desarmado, se reconocen. Poco a poco el muro se llena de esas ventanas luminosas. Pero un fuerte impacto, que hace temblar aquella gigantesca estructura, cierra cada uno de los huecos de nuevo, los cierra con rencor, un rencor ideológico, fanático, un rencor más resistente que cualquier hormigón, los huecos, de nuevo ciegos, se impregnan de barro, aceite y sangre.

De todo lo que me contó, lo que más me llegó fue una afirmación que hacía el padre.

“Mi padre siempre decía, a veces con enfado, ¡Yo nunca maté a nadie!”.

No sé si lo decía porque realmente nunca mató a nadie, pero teniendo en cuenta que luchó durante tres años, y en zonas muy conflictivas, tal vez lo dijera en un intento de mantener a raya el remordimiento, a los fantasmas que seguramente lo atormentaría siempre, auto engañándose.

“cada vez que hablaba sobre el tema, llegado a aquel punto, se acababa la conversación, después de ¡Yo no maté a nadie! se callaba y se volvía ausente, miraba a algún punto fijo y durante un rato el silencio a su alrededor nos incomodaba. Mi padre sufrió mucho, nunca volvió a ser el mismo”.

Sentí lástima por aquel anciano que yo no conocía. Mi compañero se había emocionado, tenía los ojos brillantes, y se había quedado callado; también sentí lástima por él.

Me contó también como se salvó de la muerte.

“Había un infiltrado en nuestra tropa, y nos tendieron una emboscada. Nos acribillaron. Cuando quedábamos pocos, decidimos correr cada uno hacia un lugar, y que se salvara el que pudiera. Vi como iba cayendo mis compañeros, corría desesperado, aterrorizado, pero justo antes de ponerme a cubierto me alcanzaron en el muslo. Caí y allí en el suelo, esperé. Se acercaron dos soldados rojos”. Hasta ese momento no me había dicho en que bando luchaba. “Sangrando como un conillo escuché como decidían sobre mi suerte. Lo matamos como a los demás, que este parece que tiene mi número de bota, decía uno. Eh, tú, ¿De dónde eres? me preguntó el otro. De Córdoba, respondí temblando. Pues estás de suerte, mi madre es cordobesa. Sólo tres compañeros lograron huir, yo fui el único al que perdonaron la vida. Me llevaron a un hospital, y al poco tiempo acabó la guerra. Del hospital me llevaron a la cárcel; los nacionales me tomaron por rojo, no se creyeron mi historia. Pasé seis meses hasta que uno de mis mandos supo de mi suerte y me sacó de allí”.

Cómo intentando justificar al padre, me dijo.

"Mi padre odiaba a Franco. Lo vi maldecirlo cada vez que aparecía en la televisión. Ese hombre es un demonio. No sabéis el horror que ha provocado, decía casi gritando. A las familias que ha destrozado”. Volví a sentir lástima por él y el hijo, que hablaba de él con orgullo. “Mi padre era un buen hombre”.

Me gustaría poder escribir y rendir homenaje a cada uno, a los que cayeron, a los que siguieron adelante, más allá de las cicatrices de la piel y el alma. Me gustaría que mis palabras sirvieran como bálsamo para los hijos de todos. La guerra es como un cáncer que se extiende y destroza todo, una gangrena que se expande como una mancha de humedad en un mapa, donde las líneas de ríos y fronteras se convierten en líneas de fuego, un mapa donde brotan muros infranqueables, hechos de odio, manchados de sangre. Mi homenaje a todos los que lucharon, luchan y lucharan por abrirles ventanas, a los que permiten que los atraviese la luz de días soleados.

Romahou
Rango19 Nivel 92
hace 1 día

Otra pequeña y genial pieza donde nos transportas al pasado y sus sentimientos.

Qué bueno tenerte de vuelta.