Charlies27
Rango13 Nivel 62 (16541 ptos) | Premio de la crítica
#1

Voy a casa de mis padres muy poco, aunque para algunas cosas nunca es mucho, ni siquiera suficiente.
Ayer llegué, y como suelo hacer, me senté en el salón enfrente del balcón. Hacía un día estupendo, el cielo estaba totalmente despejado. Desde el balcón de mis padres se ve un paisaje espectacular; vivo en el centro de la provincia de Cádiz, a unos veinte kilómetros de la bahía, y mi pueblo está encima de un cerro. La casa está en el lado suroeste y a suficiente altura para poder apreciar toda la costa. Normalmente la bruma no deja apreciar bien el agua, pero los días en que el viento del norte ahuyenta cualquier rastro de nube, se distingue perfectamente, y ayer estaba especialmente bonito.
Entre el balcón y el horizonte, donde se veían los puertos perfectamente, hay un verdadero mosaico de colores otoñales, que la lluvia de los últimos días había matizado más de lo normal. Recuerdo, que de pequeño, un día parecido a aquel, me imaginé que el balcón era el cuadro de un gran pintor, y yo, un niño con ínfulas de artista y soñador, no iba a ser menos.

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#2

Cogí mi estuche del colegio, papel y me senté en el suelo, justo delante. Mi memoria no es demasiado buena, pero recuerdo bien como fui pasando la infinidad de marrones y verdes a mi hoja, por supuesto, con el límite que tiene un puñado de ceras escolares; apretaba más o menos para ampliar la gama de tonos. A mí madre le encantó, lo tuvo algún tiempo en la puerta de la nevera, qué orgulloso me sentí. Un día desapareció, y no volví a verlo.
—¿En qué piensas? —me preguntó mi madre. Llevaba un rato callado.
—Me estaba acordando del dibujo que hice del paisaje, ¿te acuerdas?
—¡Sí, era muy bonito!
La nostalgia es un sentimiento curioso, por un lado provoca dolor, esa sensación de no poder volver; duele saber que lo todo bueno pasado no es más que eso, pasado, pero por otro lado es bonito, qué triste sería el futuro sin nada que añorar.
Me levanté y me asomé al balcón con los recuerdos a flor de piel. Me fijé cómo había cambiado la calle. Lo único que sigue intacto es el edificio, que aguanta bien el paso del tiempo, y dos árboles que hay debajo, en un rectángulo que se suponía debía ser un jardín, pero que siempre fue y sigue siendo solo eso, un rectángulo con dos árboles dentro. A la izquierda, a un metro por debajo, está la carretera que termina ahí, en una pequeña explanada asfaltada con la anchura suficiente para que los vehículos puedan volver. Un pequeño muro separa la carretera de la zona peatonal a la que se accede por una rampa, durante mi infancia y hasta hace poco en vez de rampa habían cinco peldaños de una escalera de hormigón.
El cambio más brusco que ha sufrido la calle son los coches. Han ido apareciendo como una plaga, lenta, pero parece que imparable. La explanada para girar nos servía de campo de fútbol. Sólo había un coche, el de un vecino, (el único que podía permitírselo), pero lo dejaba aparcado más atrás. Los vehículos que interrumpían nuestros encuentros eran taxis o ambulancias, cosa que ocurría muy poco. Ahora sería imposible hacer nuestros fantásticos pases y remates sin golpear alguno. Los coches fueron llegando como los años, solo que ellos llegaron para quedarse; de los años apenas quedan marcas y manchas en el asfalto.

Hace más de 1 año

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Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 5 días

Que gran verdad es esa de que los coches nos robaron las calles.


#3

Una de las razones por las que desde el balcón se ve todo ese paisaje es que, delante no hay ninguna construcción, es la última zona urbanizada en esa parte del pueblo, y sigue así. A pocos metros una balaustrada separaba el asfalto y el hormigón de un pequeño olivar. !Lo que he jugado allí! Allí he sido de todo; héroe, villano, pirata, guerrero, amigo enemigo . He tenido casas en varios de los olivos, he trepado a todos. Me he escondido, he encontrado. De noche me he hecho el valiente y he pasado miedo. ¡Lo que he vivido allí! Antes sólo tenías que dar un pequeño salto y tenías todo el campo para ti, y tu imaginación. Ahora una celosía de dos metros ha dejado a tu imaginación y a ti sin ese privilegio. Una inmobiliaria, en pleno auge del sector, compró toda la parcela para un proyecto que al final solo quedó en unos carteles descoloridos por toda la valla, para regocijo de mi resentida infancia.
—Mira —me dijo mi madre ofreciéndome una caja de lata.
Me senté con ella y levanté la tapa. Estaba llena de papeles y fotos. “¡No puede ser!”. Cogí un papel amarillento doblado por la mitad. El cuadro de aquel niño pintor. Sentí una punzada en el pecho. Suspiré varias veces.
—Uffff —Fue lo único que conseguí decir, no podía hablar sin que se me notara la emoción y no quería.
Me sentí mal, miré a mí madre.
El tiempo no deja marcas solo en el asfalto.
El papel estaba bien cuidado, doblado por la mitad, ni una sola arruga, pero estaba amarillento. Los colores de la obra de aquel niño que el tiempo convertiría en un pintor frustrado, estaban casi como imaginaba, me sorprendió lo bien que conservaba el dibujo en mi memoria.
Me levanté y fui a la cocina con el papel en la mano. En la puerta de la nevera entre algunas notas y un almanaque de imán, había un papel con un dibujo, de mi hijo.
Ahora sí, lloré.

Hace más de 1 año

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Romahou
Rango18 Nivel 89
hace más de 1 año

Cuando la imaginación vuela y el niño siente

Para qué crecer?

Me sigues emocionando

Charlies27
Rango13 Nivel 62
hace más de 1 año

@Romahou, para qué crecer?
Ojalá pudiéramos no hacerlo.
Graciassss


#4

La caja metálica que me dio mi madre, es una de esas cajas de galletas danesas con detalles de paisajes costumbristas. La he visto muchas veces por mi casa. Sabía que ahí guarda algunos recuerdos, pero nunca le había prestado demasiada atención.
Volví al salón y me senté con la caja delante. Es increíble el sentimiento que pueden despertar unos papeles. Fui sacando algunas fotos, había muchas en blanco y negro y algunas a color. Una de las más antiguas era el retrato de mis abuelos maternos. A mi abuelo lo tengo retratado a lápiz y le he dedicado un pequeño relato basado en un recuerdo, que sinceramente, es un recuerdo que mi madre ha hecho mío; yo era muy pequeño para acordarme de mi abuelo llevándome a la barbería, como cuento en la historia. De mi abuela, sin embargo, no tengo nada. Seguramente no lo he hecho todavía, porque de ella sí guardo bastante, y no he sentido la misma necesidad. Ella no hace demasiado que se fue.
Otra foto, esta a color, es de mi abuela sentada en su butaca, con “Linda” echada a sus pies. Linda era la perra que vivió durante muchos años en mi casa. Cómo echó de menos los pies de mi abuela.
Otra punzada de nostalgia.

Hace más de 1 año

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Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 5 días

Te leo y me identifico en mucho de lo que cuentas, es como estar viendo una película que me suena mucho, tal vez demasiado.


#5

He dicho que no hace demasiado que se fue, pero cómo acelera Cronos conforme avanzamos. Hace más de diez años que no está.
Esas fotos me llevaron al recuerdo de otra, a un cuadro que había colgado sobre su cama. Mi abuela, desde que mi abuelo nos dejó, vivió en casa de mis padres. En la pared donde pegaba su cama, colgaba un cuadro con el retrato de un niño de unos cinco años; era su hijo, que murió con esa edad. Allí estuvo el cuadro, acompañándola y velándola hasta el último momento. Lo único que yo sabía de ese tío mío es que falleció casi con esa edad. Pero un día hablando con mi madre, me contó algo que me estremeció y me hizo compadecerme de ella.
Mi abuelo estuvo cuatro años fuera, creo que en el servicio militar, durante ese tiempo mi abuela, con tres hijos y en plena posguerra, se dedicó al estraperlo de azúcar, café y otros productos que, por aquellos años, eran tan difíciles de conseguir como de pagar. ¿Qué no pasaría por esos caminos buscando e intercambiando, sola? Lo que me contó mi madre y que me heló la sangre es, que cuando mi tío murió, se encontraban en un pueblo vecino. Entonces donde morías te enterraban, y mi abuela no estaba dispuesta a dejar a su niño allí. Lo cogió en brazos y caminó fingiendo que lleva a su hijo dormidito.
Qué camino más largo.
Miré la foto en blanco y negro, ¿sería de antes o después de aquello? Sentí lástima por ella, y admiración.
Durante muchos años mi hermano y yo dormimos en la misma habitación que mi abuela. Yo en la cama de arriba de una litera y prácticamente a esa altura tenía el cuadro de mi tío al otro lado de la habitación. Ese retrato lo he mirado durante hora, pensando, imaginando como sería, como hubiera sido. No sé porqué, pero me lo imaginaba, tímido. Vestido con la camisa beis y el peto marrón que lleva en el retrato. Esa imagen está retocada con pintura y siempre que pensaba en él lo veía así, como salido del cuadro, con esos tonos pálidos e irreales. Medio escondido detrás de mi abuela, a ella la veía de negro, siempre la vi de negro, ese riguroso luto al que estaban condenadas aquellas mujeres que, o lo guardaban por sus padres o lo guardaban por sus maridos. Para ella fue eterno.
Lo imaginaba en la azotea de la casa de mi abuela. Tengo mala memoria y me duele, me aferro a algunos recuerdos con desesperación, la casa de mi abuela es uno de ellos, pero va diluyéndose, las imágenes se me distorsionan: La azotea, a la que se accedía desde la cocina que estaba a la izquierda, y la distribución de las habitaciones, todas a la derecha, comunicadas por un pasillo que, en mi imaginación más que en mi recuerdo, es muy largo, de tal manera, que a excepción de la cocina, tenías que pasar por toda la casa para llegar a la última habitación. Allí dormía yo con mis hermanos, (durante la enfermedad de mi abuelo vivimos en su casa) el día que mi madre y mi abuela nos despertaron llorando y nos prepararon, para que mi padre, cogiéndonos en brazos y de la mano, nos llevara al colegio. Yo tenía cinco años. Pasé por la primera habitación de la mano izquierda de mi padre. Me llevaba pegado a su cuerpo con firmeza; algo pasaba. Miré hacia la cama de mi abuelo y ahí estaba él boca arriba con un pañuelo tapándole la cara. Sin tener edad para entender ni nadie que me lo explicara, me fui al colegio sabiendo que mi abuelo había muerto. Ese es el único día que recuerdo de mi primer curso en primaria: sentado junto a la ventana, mirando hacia la calle, el cielo nublado, la maestra, delgada y morena, (no recuerdo el nombre), dando la clase, y yo pensando en mi abuelo, imaginando y preguntando al cristal, haciéndome un poco más mayor, dejando una pequeña porción de infancia en el cielo plomizo de aquella mañana de octubre.
A ese recuerdo no tengo que aferrarme, cada vez que paso cerca del colegio, las ventanas de la primera planta que dan al patio, se encargan de mantenerlo vivo.

Hace más de 1 año

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#6

Se me dispara la imaginación y no sé si escribo soñando o recordando, y se me mezcla esta realidad que guardo, que quiero guardar, con la de un niño que hace décadas que no está, y que también soñaba, y que también se aferraba a los recuerdos con la misma fuerza, sin éxito.
Miro por una ventana empañada. Paso la mano por el cristal eliminando esa pátina de tiempo y veo una azotea con un niño jugando entre sábanas blancas y trajes negros. Huele a geranio, a jabón lagarto y a humedad. Deja de jugar y baja por una estrecha escalera que lo lleva a una cocina de puertas vencidas, con fregadero y Butano viejo. Huele a especies, a puchero, a café, a humedad. Sale de la cocina y se encuentra en una pequeña salita: hay un sofá, un mueble con una pequeña televisión, donde echan una corrida toros, y una butaca con un anciano sentado. Se acerca al él, que sonriendo, le da un pequeño bloc de notas y un bolígrafo que ha traído de la cantina; le gusta ver dibujar a su nieto. Abre el bloc y va pasando las hojas; están llenas de dibujos a lápiz, de detiene en una donde hay un retrato, lleno de arrugas. Lo ha reconocido, levanta la vista, pero la butaca está vacía. Mira al otro lado de la salita, hacia una puerta. Ahí no quiere entrar, no se atreve; sabe, sin entender, que al otro lado hay demasiada realidad. Pero es inevitable. Entra. Hay una habitación a la izquierda, con una cama en el centro, alrededor varias personas, olvidadas casi todas, silencio y velas. Huele a cal, a cera, a alcanfor, huele a pena. No quiere mirar hacia la cama; no le gustan los pañuelos. Sigue hacia adentro, otra cama cubierta con una colcha de estampados florales, sobre la almohada hay una muñeca vestida de encajes beis, con sonrisa siniestra. Huele a miedo infantil, a nostalgia. Sigue. En otra habitación, la última, la cama está desecha, con varios pijamas pequeños esparcidos encima. Junto a la cama hay una mesilla con un paño de croché también beis, todo es beis o gris, y un despertador. Su tictac le retumba en los oídos, en el pecho. Huele a prisa, a dolor, a impotencia, a ignorancia, a inocencia. En la pared de la derecha hay un cuadro. Se acerca. Le pasa la mano para quitar la capa de polvo que lo cubre, otra pátina de tiempo. Al tocarla se convierte en humedad, se transforma en ventana. Al otro lado, una vereda en pleno campo, al fondo un pueblo blanco dibujado como acuarela en papel grisáceo. Huele a azúcar y a café, huele a estraperlo. Una mujer con rojete blanco camina con un niño en brazos; van charlando. Una perra los sigue, jugando cerca de los pies. Aparece alguien alto y delgado, con camisa celeste, y gorra y pantalón marrones. Lleva un macuto a la espalda. Se ven, se reencuentran. Se miran felices. Se abrazan.
No sé si escribo soñando o recordando, pero ¿Importa? ¿Habría diferencia?
Hay objetos que, como capsulas del tiempo, guardan recuerdos, vidas. Como pequeños cofres llenos de reliquias. Como cajas de música con la monótona melodía de un tictac y muñecas que no giran danzando sino sonriendo, despertando miedos y nostalgias. Como frascos de perfumes que mezclan geranio con café, jabón con cal, alcanfor con humedad.
Mi madre tiene un cofre, una caja musical, un frasco. Una caja de galletas.

Hace más de 1 año

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Sevenfor
Rango11 Nivel 52
hace más de 1 año

Yo también los guardo en dibujos, en canciones, en olores y sabores...

Tus letras, siempre directas para emocionar. Me ha encantado.


#7

He seguido mirando las fotos de la caja; hay una donde salgo yo, con apenas un año, y mi padre. Estamos en el umbral de una puerta, creo que es, no lo sé seguro, la puerta de la casa de mi abuela paterna. Mi padre me tiene en brazos y está disfrazado, esa fue la primera comparsa donde salió. Esa foto la he visto muchas veces, pero desde que tengo hijo ha tomado otro significado, además de los sentimientos que producen este tipo de imágenes, siento orgullo.

De aquello no tengo recuerdos, era muy pequeño, pero esa imagen ha despertado muchos otros. Me ha traído el olor a jabón de afeitar, a mi padre sin camiseta, frente al espejo, y a mí en la puerta del baño hablando con él de alguna comparsa que había escuchado antes de que llegara de trabajar. En mi memoria, seguramente distorsionada a mi capricho, se repiten como un ritual aquellas tardes de concurso: mi padre levantando la barbilla delante del espejo o enjuagando la cuchilla en el lavabo lleno de agua cubierta por una capa de espuma blanca o enjabonándose la cara con la brocha, yo en la puerta, detrás de mí sonando guitarras, pitos de cañas, bandurrias. Me encantaba escuchar la radio por la tarde, me encantaba esperarlo sentado en su cama, me encantaba hablarle del concurso en cuanto llegaba. Cada vez que lo veo afeitarse me acuerdo de aquello; ni el concurso lo hacen ya por las tardes ni yo estoy allí esperándolo, pero a veces me encantaría.

Mi padre tiene mucha culpa de mi pasión por esto, por eso ahora miro esta imagen que tiene casi cuatro décadas y pienso en mi hijo, y no puedo evitar imaginármelo dentro de algunos años mirando las fotos que tenemos los dos disfrazados, y me pregunto qué olores le evocará, qué imágenes, qué le vendrá como un ritual. Puede que sea en el coche escuchando alguna presentación a toda voz y los dos canturreándola, seguramente me recuerde mirándolo por el espejo retrovisor, quién sabe, sea lo sea espero que viéndola y recordando sienta lo mismo que yo delante de mi padre con su primer disfraz.

Quién lea esto probablemente no conozca el carnaval y por supuesto no entienda mi pasión por él; no hace mucho me propusieron el reto de escribir algo que explicara algo de mi vida sin llegar a decir lo que era, yo hablé de mi tierra y el carnaval. No sé si sirve de mucho, pero aquí lo dejo.

Sé de un lugar donde todo el mundo cumple años el mismo mes.

Donde las matemáticas no son exactas, allí tres por cuatro lo mismo es doce que quince

Donde la música y el músico ni son ni entienden partituras.

Un lugar donde los poetas crecen y mueren sin dominar la ortografía,

Pero con la métrica perfecta

Donde si no naces con voz, naces con compás.

Donde conviven, que no viven, magos, brujas,

Payasos, arlequines, bufones, reyes…. Todos

Sé de un lugar donde llueve papel

Y nadie usa paraguas.

Te lo dice alguien que no nació en febrero

Que no sabe multiplicar

Que escribe con faltas

Que sigue el compás, soñando marcarlo.

Te lo dice alguien sin voz, al que le gusta cantar bajo la lluvia

De papel

De colores.

Te lo digo yo.

#8

Con una hoja de papel y cinco dobleces hechos con la precisión y conocimiento, que sólo un niño puede tener, en simetría y aerodinámica, se puede hacer magia.

Siempre que veo un avión de papel me viene a la mente mi amigo Migue, el día que murió de lo primero que me acordé fue de su avión de papel que voló durante más de dos minutos, exactamente dos minutos y treinta y siete segundos. Con la memoria tan pobre que tengo resulta raro que me acuerde del tiempo que estuvo el avión volando sobre los olivos, pero es así, lo recuerdo perfectamente, recuerdo aquel momento: Los dos mirándolo asombrados, yo con el cronómetro de mi reloj Casio, y él sonriendo orgulloso. Hacíamos buenos aviones de papel, pero ninguno voló como aquel. Nos poníamos en la valla que separa la barriada de mis padres del olivar que está más abajo

Romahou
Rango18 Nivel 89
hace 18 días

Vivimos en la memoria, tanto y tantas veces.

apoptosis
Rango13 Nivel 61
hace 18 días

Preciosas estas imagenes de infancia


#9

Hacíamos buenos aviones de papel, pero ninguno voló como aquel. Nos poníamos en la valla que separa la barriada de mis padres del olivar que está más abajo; las copas de los árboles quedan casi a la altura de la calle. Lanzábamos los aviones y mirábamos el tiempo que aguantaban en el aire. Aquel momento fue casi mágico; comenzó a dar vueltas en círculo cerca de uno de los olivos y no caía, bajaba, y cuando parecía que iba a aterrizar en algún matorral, volvía a subir. El día que mi madre me dijo que mi amigo Migue había muerto en un accidente de moto, de eso hace unos veinte años, me asomé al balcón, y vi el avión dando vueltas, volando, y lo vi a él feliz y orgulloso, y sentí mucha pena. No llegamos a ser los mejores amigo, pero lo apreciaba mucho, y sé que él a mí también. Migue era demasiado sincero, una sinceridad que llegaba a ser cruel en algunos momentos, era muy buen chico, siendo casi dos años mayor que los demás jamás se aprovechó de eso, jamás humilló a ninguno, no abusó de su supuesta superioridad, ahora, escribiendo, estoy intentando recordar, y creo que nunca lo vi pelearse con nadie, si lo vi no lo recuerdo. Yo le tenía mucho cariño. Hace poco fui a tomar café al bar de la barriada, ahora lo tiene un hermano suyo. Estaba en la barra distraído, curioseando, llevaba muchos años sin entrar allí. Justo delante de mí vi una pequeña fotografía pegada con fizo en los azulejos. Me sentí muy mal, no lo reconocía, murió hace veinte años, pero hacía algunos más que no lo veía, y ahí estaba, mirándome; no sé, pero tuve la sensación de que seguro que él a mí sí me hubiese reconocido. Me dio mucha pena verlo ahí, al lado de un almanaque, cerca de la cafetera, casi nadie de los que entran en el bar lo reconocerán, y por supuesto no lo echarán en falta cuando el fizo ceda a la gravedad, o su hermano decida colocarlo en un lugar más íntimo. Siento vértigo pensando en lo insignificante que somos, en lo que el tiempo termina convirtiéndonos antes de hacernos desaparecer. ¿Volaría su foto si la doblase? Me la imagino dando vueltas cerca del árbol, y el cronómetro detenido. Fragmentos de su cara convertidos en alas mirando hacia el cielo. Algún día no habrá bar, algún día no estará su foto despertándome recuerdos, algún día no estaré yo, y los dos minutos y treinta y siete segundos no significará nada para nadie. Sin embargo, me gustaría creer que igual que la energía no se destruye, con la amistad pase algo parecido, y que algún día dos niños paren un cronómetro, asombrados y orgullosos de su capacidad para desafiar a la física.

Probablemente no te lo creas, pero me acuerdo mucho de ti, me caías muy bien. ¿Sabes? se siguen vendiendo los Casio F91, pero ya no se hacen tantos aviones de papel, y por supuesto ninguno vuela dos minutos treinta y siete segundos, sigues teniendo el récord. Ya no se juega al pincho ni se ven a los niños sentados en un coro con barajas de cartas y estampas de futbol. Pero seguro que hay buenos amigos soltando verdades que escuecen. Hace poco hice un avión, llevaba mucho tiempo sin hacer uno, no tenía reloj, y menos mal, porque cayó en picado; mi hijo se rio mucho. Me he hecho mayor, Migue.

IndigoDolphins_73
Rango10 Nivel 45
hace 5 días

Es el primer relato que leo en esta plataforma que me hace llorar @Charlies27 . Volveré a asomarme a este balcón para revivir todas esas historias que imaginaba de niña curioseando por la casa de mis abuelos.
(La historia de tu abuela me ha dejado muy tocada.)

Charlies27
Rango13 Nivel 62
hace 5 días

@IndigoDolphins_73, digo que a veces escribo por placer y a veces como aquí por necesidad, para desahogarme, hasta el punto de creer que escribo solo para mí. Me alegra que te haya llegado.
Muchas gracias por leer y comentar.


#10

Sabía que no volvería a escribir nada hasta que no lo hiciese hablando de ti, de mi tía. Últimamente estoy intentando hacerlo sobre mis recuerdos y me están ayudando mucho algunas fotografías; de mis abuelos, de mí, mis hermanos, y primos, sin embargo a ti no te recordaré por una foto, sino por un libro. Tengo una biblioteca considerable que empecé a crear hace bastantes años. El día que te fuiste me acerqué a una de las baldas donde tengo la colección de literatura fantástica y cogí “El tatuaje azul”, ese fue mi primer libro, y me lo regalaste tú. Me senté, lo abrí y leí la primera página. Los recuerdos son a veces, al menos los míos, imágenes, como fotogramas, pero contigo es diferente, contigo tienen movimiento, no sé como explicarlo, son gestos, conversaciones. La mayoría de los que guardaré de ti, serán siempre con un libro, cada vez que te veía, o estabas leyendo o tenías uno cerca.

Uno de los que guardo con más fuerza es en Navidad, estamos mi primo y yo acompañándote en tu tienda. Es media tarde, entra mucha gente y compran bastante; un puesto de bisuterías tiene muchos detalles que son buenos regalos para esas fechas. Estamos sentados al fondo. Tenemos una radio con casete, no sé que escuchamos, pero hay música a un volumen discreto. En algún sitio hay un libro tuyo con el marca páginas asomando por el canto. Nosotros dos tenemos cada uno un ejemplar de “El señor de lo anillos”. Hacía poco, habíamos hecho una lectura compartida de “El hobbit”, leíamos unas páginas cada uno; ese lo leímos juntos, pero cada uno el suyo. Ha pasado mucho, pero no pasa una Navidad que no recuerde aquellos momentos. Fui muy feliz. Ahora que no estás, la Navidad y la literatura fantástica, no sólo me recordarán a momentos mágicos de mi infancia, me recordarán a ti. Nunca fuiste cariñosa, (tu sobrino se te parece bastante), pero se notaba en tu cara lo que te alegraba verme con tu hijo. “Hermanoprimo” nos llamamos entre nosotros, somos mucho más que primos. En el balcón de casa de mis padres también tengo un recuerdo contigo. Estás en la mesa sentada con tu marido, tu hermana, tu cuñado y tus suegros, jugando a las cartas; abuela está sentada en la butaca mirando. Huele a arroz con conejo y a café. Es domingo. Nunca te lo dije, pero te admiraba. Me encantaba escucharte discutir con los demás sobre política y otros temas mientras ibais pasando las manos de las partidas. De los seis siempre te vi la más lúcida, la más culta. Algo que me resultaba increíble era que hubieses aprendido a leer en la calle. No lo recuerdo bien, pero creo que decías que te enseñó a leer un hombre de campo, y que con trece años te fuiste del pueblo a la ciudad a trabajar, una niña valiente, una mujer admirable.

#11

Te has ido, y me quedo con ganas de hablar contigo, de hablar mucho. Me quedo con ganas de conocer tu infancia, tu adolescencia en la ciudad. Me quedo con ganas de conocerte de verdad. Me quedo con ganas de que me leyeses; te has ido demasiado pronto y seguramente yo he escrito tarde. Me quedo con ganas de ver tu marca páginas asomando por el canto de mi libro. Poco antes de ocurrir todo esto, me encontré contigo una mañana, nos saludamos y fuimos a tomar café. Mi TÍA con tu SOBRINO. Cuando me enteré de lo que te pasaba me guardé aquel café, aquel rato en lo más hondo. Una cosa de la que no quiero quedarme con ganas es de dar vida, en alguna de mis historias, a una mujer valiente, luchadora desde niña, de esas que son capaces hasta de aprender a leer en la calle. Ese personaje ya tiene nombre.

apoptosis
Rango13 Nivel 61
hace 5 días

Sabes que me encanta como escribes, en la caja del avión de papel no pude evitar emocionarme.

Tengo un pero en esta caja, y espero que no te lo tomes a mal, desde mi punto de vista no me gusta nada lo de "por encima de machismos y feminismos" Saludos @Charlies27

Charlies27
Rango13 Nivel 62
hace 5 días

@apoptosis, molestarme?! todo lo contrario. De hecho, creo que tienes razón, he suprimido esa frase.
Agradezco tanto que me leas como que me des tú opinión, y me alegra que te guste.
Graciasss


#12

Mi primer libro tiene el canto de las hojas amarillento por el tiempo, pero se conserva bastante bien. Es un libro extraordinario. Lo veo en una de las baldas de mi biblioteca y lo cojo. Es de tapa blanda, y tiene la portada marcada a relieve, me gusta pasar los dedos por encima, ya no se hacen libros así. Lo miro, leo el título, vuelvo a pasar los dedos por la cubierta y no necesito cerrar los ojos para ver un piso pequeño, oscuro, si tuvo ventanas, no las veo. La puerta de entrada da directa a un pasillo, que hace las veces de hall, a la derecha, a apenas metro y medio hay una puerta, es una habitación, la única que hay en la casa, enfrente tiene una cama de matrimonio. Sentada con la espalda apoyada en el cabecero hay una mujer leyendo con la poca luz de una lámpara de mesita. Al fondo del pasillo, si se puede llamar fondo, (apenas mide tres metros), hay una puerta que siempre está abierta y desemboca en una salita que, como el pasillo, cumple más de una función, es sala de estar y dormitorio, con un módulo de dos camas frente a la puerta, un mueble con el televisor a la izquierda y un pequeño sofá a la derecha. Ahí hay dos niños; uno lee, el otro escucha. Al fondo a la izquierda hay un hueco de puerta, detrás está la cocina, es relativamente grande, teniendo en cuenta lo demás. A la derecha hay un pequeño baño y un lavadero, ahí si veo algo de claridad que entra desde arriba, de algún tragaluz. Los niños están ahora sentados en la mesa de la cocina, siguen leyendo, pero ahora lo hacen los dos a la vez y en silencio. En la mesa hay un juego de mesa con una partida a medias y restos de desayuno o merienda; huele a café soluble y mantequilla. Paso los dedos por la silueta del tatuaje azul y no sé si siento pena o alegría. Estos momentos en los que el paso del tiempo pesa tanto, en los que los cantos amarillentos de los libros recuerdan que nada es igual. Estos momentos en los que quienes tienen la suerte de saber llorar, lo hacen. Estos momentos en los que te das cuenta de lo importante que es tener una foto, un libro al que poder pasar los dedos. Estos momentos en los que te arrepientes de lo que no hiciste, y cada pequeño detalle tiene un valor incalculable, la palabra “NOSTALGIA” se agranda, se expande más allá de sus nueve letras, contagiando, llenando páginas, y me enseña, me deja llorar.

Me gustaría volver a encontrarte por la Plaza de las Flores, saludarte y tomar café; te preguntaría para que me contaras, te escucharía para escribirte. Te echo de menos. ¿Por qué será tan difícil decir te quiero? Mi hermanoprimo, ¡qué te quería tu hijo! ¡qué te quiere! Días después de irte me mandó una frase, no me comentó nada, me la mandó sin más. La leí, no se lo dije, pero supe o imaginé que era. “Los herederos de tu amor nunca te olvidaremos”. Qué gran frase.