VicLCBooks
Rango5 Nivel 20 (437 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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Previo - Dos semanas antes.

Afuera, el mar comenzaba a picarse y la noche empezaba a nublarse. Algo raro se mascaba en el ambiente. La gente del pueblo de Innsmouth, ante días así, terminaba raudamente sus quehaceres diarios para volver sin demora a sus casas, para resguardarse alrededor del fuego hogareño. En cambio, los viajeros, marineros y comerciantes itinerantes, solían alojarse en una de las posadas más concurridas y más visitadas del distrito marítimo del lugar: el Black Octopus. Beber, jugar a las cartas, montar gresca, trapichear, alquilar una cama o simplemente pasar las horas muertas hasta la hora de partir, eran algunas de las actividades predilectas de los que la visitaban. Sin embargo, esa noche, el Black Octopus estaba bastante tranquilo.
—¡Este tiempo apesta! —dijo el viejo Steve.
—¡Ni que lo digas, viejo amigo! —asintió Martin.
—¡Odio cuando se nubla el cielo de esta manera tan sombría! —aportó Lee.
—¡Y cuando el olor a pescado podrido inunda todo por la subida de la marea! —sentenció Daniels.

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Romahou
Rango18 Nivel 88
hace más de 1 año

Clave de humor para mentar a Lovecraft?

Ya quiero leer más

Saludo

VicLCBooks
Rango5 Nivel 20
hace más de 1 año

Bueno, se hace lo que se puede! :-p
Gracias por el comentario!


#2

—¿Y no odias cuando tenéis que pagar una pinta y solo tienes chatarra y tienes que contar uno por uno cada mísero penique? —preguntó solemnemente el Pequeño Timmy.
Los hombres que compartían mesa con el Pequeño Timmy negaron con la cabeza mientras lo miraban con desaprobación.
—¡Cállate Pequeño Timmy! —gritaron todos al unísono.
Un trueno se abrió paso entre las nubes e iluminó la tétrica calle que se divisaba desde las ventanas del Black Octopus.
—Parece que el tiempo va a empeorar —sentenció el dueño del Black Octopus mientras pasaba el trapo por encima de la barra.
—¿Está seguro de eso, señor Galawey? —preguntó un joven camarero, que permanecía apoyado contra una de las vigas, esperando a que algunos de los parroquianos del motel se animara a pedir otra copa.
—¡Claro que sí, chico! ¡Claro que sí! —afirmó el posadero—. El tiempo siempre va a peor cuando el dolor de mi cojera va en aumento... ¿o es al revés? ¡Bah! ¡Tú ya me entiendes chico!
—¡Hey, Galawey! —llamó Lee—. Nunca nos has contado cómo te hiciste eso en la pierna.
—¡Cierto! —afirmó Martin—. ¿Por qué no nos cuentas esa historia y amenizas un poco la velada?
—Lo único que os puedo contar es que me lo hice en la guerra, de joven, cuando era soldado...
—¿En la guerra? —preguntó Daniels—. ¿En qué guerra participaste tú?
—... en eso ya no estoy tan seguro —murmuró Galawey— ...en aquella época le daba tanto a la bebida, que lo único que recuerdo era una gran resaca perpetua... bueno, eso y que luché contra alguien, a las órdenes de no-se-sabe-quien, y en el conflicto de vete-tu-a-saber...
—A mí me da que tú te disparaste en la pierna mientras limpiabas el rifle, con algunas copas de más en el cuerpo, y de ahí que te tramases toda esa patochada —comentó Lee.
—¡Va a ser que sí! —sentenció Martin.
La mesa donde los hombres bebían estalló en sonoras carcajadas, mientras estos se sujetaban las barrigas con las dos manos, se golpeaban el muslo con la mano abierta o se limpiaban los lagrimones que les caían de las mejillas con las palmas de las manos.
—¡¡Iros a la mierda!! ¡Al diablo con vosotros! —gritó Galawey, rojo de ira, mientras entraba en el almacén y se perdía en su interior. Por su parte, el joven camarero se metió detrás de la barra, sacó una fregona y se dirigió a las letrinas para recoger los diferentes regalitos aportados por los parroquianos habituales.
Sin embargo, el viejo Steve era el único del grupo que no reía. Permanecía sentado, callado, con la mirada perdida en el infinito, meditabundo y sin apenas haber tocado la pinta que tenía enfrente. Había algo que estaba mal, pensó, algo que se olía en el ambiente. Percibió una mayor humedad, un frio más intenso y un increíble desasosiego como nunca antes lo había sentido. Estaba seguro de que algo andaba mal, que algo estaba fuera de lugar. Percibió, que algo estaba a punto de pasar esa noche...
"¡DING-DING-DING!"
La campana sonó y la puerta del Black Octopus se abrió hacia dentro. Un grupo de seis figuras, altas y corpulentas, ocultas tras abrigos largos, cuellos altos y sombreros de copa, entraron en la posada. El grupo de ancianos saludaron con la cabeza, pero el gesto no fue devuelto por los recién llegados.
—¡Galawey! ¡Galawey, no seas crio y sal! ¡Date prisa, que tienes nuevos clientes esperando aquí fuera! —gritó Lee. Al cabo de un rato, el posadero asomó la cabeza por la entrada del almacén y salió a atender la barra.
—¡Buenas noches, mis distinguidos caballeros! ¡Sean bienvenidos al Black Octopus! ¿Qué desean?—preguntó Galawey solícito, mientras intentaba componer una sonrisa tan encantadora como sus escasos dientes le permitían. No pudo verles bien la cara debida a la escasa iluminación del local, pero sí supo apreciar que parecían ligeramente consternados, como si no hubieran entendido bien la pregunta. Se miraron entre ellos, nerviosos, y gruñeron, gimieron y cuchichearon en un idioma ininteligible. Acto seguido, el que estaba más cerca de la barra, metió una mano (¿zarpa, más bien?) en un bolsillo del abrigo y sacó una hoja sucia y arrugada que dejó encima de la barra. El desconocido, hizo un gesto al posadero para que lo cogiera y la leyera.
—... eh... veamos... deme un poco de tiempo para leer esto, que todavía no le he pillado el tranquillo a esto de juntar las letras —se dijo Galawey—. Ha-ha-ha-ha-haaaaaaa-c-c-c-c-ci-cicici-haci-en.... hacien-en-en...
—¿No querrás decir "hacienda", eh? —aportó Daniels
—¿"Hacienda" dices? —preguntó Galawey—. Sí... es posible... tiene toda la pinta que va a ser eso. Sin embargo hay otra palabra más en este papel... —el posadero entrecerró los ojos e intentó leer el escrito—. Veamos... k-k-k-kaaa-kaaa.... ¿Ka-qué? No distingo bien las letras... no sé qué es lo que pone aquí.
El posadero cogió el arrugado papel, lo dobló y se lo tendió al desconocido para que lo cogiera. Este, no se inmutó y no hizo gesto alguno de guardarse el papel. Al cabo de un rato, empezó a emitir un sonido raro con la garganta, como si estuviera muy constipado e intentara excretar un esputo.
—KKKKKKKKAAAAAAAAAUUUUUURRRRRRRRRAAAAAAAAAANNNNN.
—¡Ah! —dijo Galawey—. ¡Kauran!
Los recién llegados asintieron con la cabeza, no dejando de afirmar con esta, lenta pero insistentemente.
—¿Quieren decir la Hacienda Kauran? ¿La están buscando? —preguntó Galawey. Los forasteros no dejaron de asentir—. Vale, vale... mmm.... no me suena, lo siento...
—¿Cómo que no te suena, pedazo de mendrugo? —preguntó Daniels—. ¡La hacienda Kauran!
—¡La que está a las afueras del pueblo! —aportó Lee.
—La que perteneció a la familia Covelpot y que fue comprada por ese viejo ricachón de Greenwood, cuando aquellos murieron —indicó Martin.
—La que ahora está ocupada por los herederos de Greenwood —sentenció Steve de forma sombría, a la par que épica. Era su forma de ser, le gustaba destacar.
—¡Vaya! ¡Cierto! No la recordaba —dijo de pronto Galawey—. Vale... lo que tienen que hacer es volver a la avenida principal del paseo marítimo, subir toda la cuesta, salir del pueblo y cuando vean un sendero de grava que indica un camino privado, tomar esa dirección. No tiene perdida.
Los forasteros escucharon atentamente las indicaciones y gesticulaciones varias ofrecidas por el posadero. Después, se miraron entre ellos, murmuraron algo, y sin decir palabra alguna, salieron del local.
—¡Qué tipos tan raros! —exclamó al final el Pequeño Timmy, que parecía estar ausente durante toda la charla previa.
—Está claro que esos tipos son de ciudad —dijo Lee—. Gente con un carácter tan seco, que apenas saludan a nadie, ni dicen los buenos días, no pueden ser de aquí.
—¿Alguien logró verles las caras? —preguntó Daniels
—¿Os fijasteis en las manos? Parecían que todos los dedos estuvieran pegados entre sí —dijo Martin.
Galawey había empezado a colocar las sillas boca abajo, encima de las mesas, a guardar los vasos en los estantes y se dispuso a cerrar la posada.
—Caballeros, hora de que me paguen lo que me deben, partan a sus correspondientes camas y hagan una visita a Morfeo. No sé si se han ganado la hora de descansar, pero por mi parte, yo sí lo tengo bastante claro —dijo Galawey.
—Todavía no soy capaz de entender como regentando una posada cierres el local a estas horas de la noche —dijo Lee—. ¡Podrían venir posibles huéspedes!
—Ya te digo yo que a estas horas no vienen nadie. Lo tengo comprobado. No me compensa quedarme despierto hasta tan tarde —dijo Galaway—. Además, los robos que ha habido estas últimas semanas por la zona del puerto no me animan a quedarme aquí, solo, y con la posada abierta.
—¡Cierto! —dijo Daniels—. Me pareció oír algo de eso al señor Bannon, el que tiene el tenderete de pescado fresco en los muelles.
—¿Quién paga esta ronda? —preguntó Martin.
—Creo que le toca al Pequeño Timmy —dijo Lee.
—Cierto, le toca a Timmy —corroboró Daniels.
—¡Siempre me toca a mí! —se quejó el Pequeño Timmy.
—Siempre no, solamente cuando te toca. Y hoy te ha tocado —dijo Martin. Lee y Daniels intentaron disimular la risa.
El ritual habitual de despedida fue el de todos los viernes de madrugada: Timmy saldó las deudas del grupo; Daniels fue al baño antes de salir; Martin hurtó un par de huevos duros del bote que había en la barra; Lee jugueteó con los dardos que habían colgados de la vieja diana; y Steve salió el primero al exterior. Cuando el grupo estuvo fuera, el joven camarero salió detrás de ellos, se despidió inclinando la cabeza y marchó calle abajo. Galawey, tras comprobar que no quedaba nadie, se quedó dentro de la posada, cerró la puerta y echó los diferentes pestillos y candados.
El grupo se quedó un momento parado, en silenció, sin saber muy bien cómo empezar la despedida, nada fuera de lo habitual, en la madrugada de los viernes.
—Hay algo muy raro en el ambiente, lo noto —dijo el viejo Steve de improviso, mientras se metía un cigarrillo en la boca y lo encendía con una cerilla—. La marea alta, la bajada de las temperaturas... el cielo negro como el sobaco de un gorila... La llegada de esos forasteros que no habíamos visto en la vida y que no sabemos de dónde diablos han salido... ¿Y sabéis quien es el causante de todo esto?
El grupo se encogió de hombros, expectantes por la respuesta.
—A mí me da —continuó el viejo Steve—, que es cosa de esos inglesitos señoritingos que vinieron hace poco, para tratar el tema de la herencia del viejo Greenwood. Fiaros de mí, que yo de esto sé un rato. Hay algo podrido en todo esto. ¡No os quepa duda!
El grupo asintió, y tras la observación de Steve, se despidieron y se dieron las buenas noches.

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