Ocuspila
Rango6 Nivel 25 (744 ptos) | Novelista en prácticas
#1

La lluvia caía fuertemente aquella noche, algunas gotas resbalaban por la ventana de la casa, otras simplemente se perdían al caer en un charco; el viento soplaba fuertemente. Se podía ver a la gente corriendo para evitar mojarse, y quizá llegar a sus cómodas casas, con un poco de chocolate, una chimenea caliente y una linda familia para pasar el resto de la tarde- sonrió- al punto de soltar una carcajada, pero decidió contenerse por los rezos de su hermano que con cada palabra se sentía perturbada. Lo observó por un segundo, queriéndose reír también de la pose tan patética en la que se encontraba al tener sus rodillas en el suelo, mientras con sus manos apretujaba el rosario como si de ello dependiera su vida, mientras mecía levemente su cuerpo repitiendo palabras extrañas. Volvió a ver a los desdichados de la lluvia, y quiso que no llegarán a sus casas, ¿Para qué? afuera, apostaría, las cosas podían ser más divertidas para ella, solo que la gente mundana no podía verlo.

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#2

Suspiró- Mucha diversión por hoy- Sonrió. Se acercó ágilmente al oído de su hermano- oye- susurró, y su hermano parecía en trance. Divertida, decidió hacer su última broma, se acercó más a su oído y sin reparo alguno pegó un grito estridente alcanzando notas muy altas pero desafinadas; asustando incluso a los perros que dormían cálidamente, para empezar a ladrar hacía la habitación, gruñendo y gimoteando para que fueran escuchados por los amos, angustiados por el ruido.

El hermano quedó helado, resbalando lentamente el rosario por sus manos, para caer finalmente al piso, sus ojos quedaron abiertos, pero sus pupilas no se movían, solo miraban al frente, no se sentía su respiración. Todo parecía estar quieto por minutos, un tic-tac del reloj fue suficiente para que el hermano saliera corriendo despavorido de la habitación hasta la cocina, donde seguramente se encontraba su madre, mientras gritaba- ¡El Diablo! ¡Es el Diablo! ¡Mamá!

SÍpila no pudo contener más la risa, y se tiró al piso mientras golpeaba insistentemente con su mano derecha el piso, haciendo notar su euforia, alguna lagrimilla se asomaba, pero se aseguraba de limpiarla, pronto el estómago empezó a dolerle, y debió forzarse a parar de reír. Respiró profundo, y satisfecha de su obra, cogió el rosario, se lo puso en el cuello y salió de la habitación.

-Ya no sé qué hacer con ella- susurró angustiada- Todos los días es lo mismo querido, parece que no tiene un límite, ¿Cómo habré yo engendrado a tremenda muchacha?- se tapó la cara con ambas manos, mientras continuaban quejándose frente a su marido, recostado en esa amplia cama café, con solo unas mantas por encima, tenía los ojos medio abierto.Le era imposible abrirlos más y tampoco podía siquiera pronunciar un palabra a su esposa, pero de seguro, si pudiera decirle algo, sería ¡Ya cállate mujer!

La esposa, ignorante de esa situación se paró de la silla, y decidió cerrar las cortinas, no quería ver la lluvia caer, ya no quería. Quiso dirigirse hacia donde su hijo menor, y explicarle nuevamente que el Diablo no se lo quería llevar, pero desistió seguro su hijo ya lo olvidaría, es no era el problema. Sípila, la hija mayor era su problema, ¿Podría ser un castigo divino? No, ella rezaba todos los días, iba a la iglesia, no cometía adulterio a pesar de tener un esposo inservible, quizá, solo quizá podría ser el Diablo que se había infiltrado en su casa...estaba decidida, iría a hablar con el padre Fermín de la santa iglesia a la que siempre iba.

-Ya vuelvo- le comentó a su esposo y para cuando salió, el esposo pudo sonreír levemente.

#3

Las calles estaban vacías, la gente pudo por fin lograr resguardarse en algún lugar, pero a ella no le importaba, los asuntos del demonio no podían esperar. Aspiró fuerte, para comprobar como las hojas de eucalipto se estaba postrando por todo el camino, el caminar con sus tacones, junto con las gotas de lluvia eran los únicos sonidos de la calle. El café Sakellia, estaba gustoso de recibir cuánta gente pasará por la calle, tratándose de refugiar de la lluvia, claro estaba, con dinero entre los bolsillos. Cuando ella pasó, espero poder refugiarse unos segundos allí, y esperar que la lluvia suavizará , se hizo en una de las paredes de las afueras del café Sakellia, solo pudo estar un minuto, porque cuando su presencia fue percibida, el mozo del local tuvo que salir a despacharla- Lo siento señora, si no va a consumir nada, no puedo permitirle estar acá, es mala imagen para el local- Le informó, ella iba a replicar e incluso si era necesario pelear por un poco de humanidad con ella, pero desistió, era una señal divina, que le decía que no debía distraerse. Volvió con su camino directo a la iglesia.

Unos cuantos pasos más y podría estar ya en su amada iglesia, las puertas como suponía estaban abiertas, recibiendo a los mendigos, y a cualquier otros. Si, su iglesia era muy caritativa Sonrió. Ya había llegado. La iglesia era grande, su cúpula tenía pinturas de ángeles y querubines, con unos colores que al solo verlos te causaban tranquilidad, miró a su alrededor, cuadros y estatuas de vírgenes de todo el mundo se reunían allí, mientras que Cristo estaba en el centro crucificado, recordando que había dado la vida por las personas, se sintió aún más feliz, Cristo dio feliz la vida por otros, ella estaba feliz por desgastarse de ser necesario, no morir, claro estaba, pero sí ir hasta donde más pudiera, para volver a su hija un ser de bien.

Camino por toda la iglesia, citando varios rezos, hasta que llegó a una puerta, situada al fondo de la iglesia en una esquina, dio rápido una mirada a todos los mendigos que no le ponían atención y entonces tocó la puerta dos veces, espero un par de minutos, cuando la puerta se abrió apareció el Padre Fermín, ya con varios años encima. Al parecer se alimentaba muy bien, estaba un poco gordo desde la última vez, y prácticamente su cabello solo eran canas abundantes, el padre le abrió y cerró la puerta, mientras se sentaba en la silla enfrente del escritorio con la más fina madera de la ciudad, con algunos adornos de oro y plata. Ella tomó asiento también, enfrente del escritorio y el padre.

-Hija mía, ¿Qué te trae hoy por la casa de Dios nuestro señor?- Preguntó el Padre con cierto toque de repugnancia, sin ser notado por ella.

-Padre Fermín, ¡Qué santo es usted! Déjeme besarle sus manos, manos milagrosas que Dios le ha dado- le cogió las manos, pero el padre las corrió lentamente, mirándola de nuevo, esperando la respuesta- ¡Es cierto! Padre Fermín, santísimo vengo a pedirle el más humilde favor que puede dar esa fiel servidora a Dios nuestro señor- empezaron a salirle lagrimas de los ojos- Mi hija, ha tenido comportamientos extraños, y después de mucho pensar, he llegado a una conclusión Padre Santo, mi hija, tiene el demonio adentro- Rompió a llorar desconsolada.

-¿Cómo puede ser?- Se alteró mientras se levantaba de la silla- ¿Está usted segura? ¡No puedo creerlo! ¿Ha cometido algo impuro para que Dios deje entrar al demonio a su casa?
-¡No! Padre, jamás haría algo que faltara al respeto a Dios nuestro señor.

El padre Fermín meditó por un segundo, quizá esta mujer solo era una desquiciada, que no tenía nada que hacer y por eso lo estaba molestando, pero si en esta ciudad se corría ese rumor y él no hacía nada... Dios, podría pasar muchas cosas indeseables para él, y perder su prestigio. No. eso no pasaría, sin decir más, se puso un abrigo, dispuesto a buscar a la hija de la mujer.

-Lléveme a su casa, lo comprobaré con mis propios ojos.

- De inmediato su santidad- mencionó eufórica la señora.

El padre se abrigó con su costosísimo abrigo de piel que acababa de llegar un par de días atrás. Una vez listo para salir, abrió su paraguas y se encamino a la casa de la pobre señora, claro que esta última lideraba la caminata un metro más adelante, sin poder compartir un poco del espacio del paraguas del padre, pues no era tan santa para compartir tan poco espacio con el padre Fermín. Eso ella lo sabía, pero no le importaba porque entendía su lugar en el mundo- ya verás- solo estaba feliz de que el padre le ayudará con el demonio dentro del cuerpo de su pequeña.

#4

Los pocos que a su suerte seguían en la lluvia veían con extrañez al padre, el pudiente padre salía en la lluvia, eso si era digno de registrar en la historia del pueblo. Tras caminar unos pocos minutos llegaron a la casa de la susodicha.

-Padre santísimo entre, por favor- se hizo a un lado mientras el Padre Fermín miraba con repugnancia el lugar que sus pies osaban tocar- Allí está mi esposo, usted ya lo conoce, sus bendiciones de sanación han servido mucho- sonrió y el Padre asintió.

El niño salió feliz al encuentro del Padre, le dio una sonrisa y expresó toda su rutina de conexión con Dios. Lamentablemente fue arbitrariamente ignorado, que su proceso diario nunca fue escuchado.

Alguien había llegado a sus aposentos, y no era más que el mismísimo demonio vestido de seda. Algo era seguro, su mamá era muy exagerada, solo fue un pequeño grito, no es que haya abierto un portal al más allá o algo así. Aunque hubiese sido genial si ese fuera el caso.

Ahí estaba, entró a su habitación y se pusó en frente de ella. No había batalla que perder en la incesante mirada que le mandaba el demonio, y su burlona mirada que ella le emitía- ¿Por qué me honra con su presencia?- se aventuró a preguntar.

-Tu educación deja mucho que desear, no veo la presencia de un demonio acá.

-¿No? Haga el ejercicio incluyéndose a usted mismo, ahí se encontrará- fingió sorpresa.

-¡Sipila! ¿cómo se te ocurre hablarle así al celestial Padre?

-¡¿Qué?! ¿Dónde está el Celestial? no lo veo- buscó con su mirada por toda la habitación.
Tal vez, tal vez si tienes el demonio. Y conozco un gran remedio para eso- sonrió el Padre.

-¿Cuál cree que es la mejor opción Padre? ¡Haré lo que me diga!- Sipila rodó los ojos al escuchar a su madre.

-Internarla en la iglesia.

Sipila abrió los ojos. Eso era peor que ser enviada al infierno de abajo, prácticamente la estaban enviado al infierno terreno, y todos saben que ese es mil veces peor. Jamás lo permitiría. El Padre Fermín la miraba con superioridad, como si hubiese acabado de ganar una batalla contra mil infieles, y él, como el gran caballero de Dios, los derrotó a todos.

No era que le interesara el bienestar de la mujer, claro que no. Busca demostrar su poder, y que ella no estaba encima de él, porque él era supremo, él tenía la razón, solo quería verla arrodillándose mientras suplicaba perdón y admitía que él era Celestial y magnífico, mientras que ella era insignificante. Así que la corregiría en la iglesia, además, había muchos quehaceres que requerían de otros voluntarios.

-¡Lo hará Padre!- Expresó la mamá.

-Mi fiel feligresa, cada mes durante doce meses debes pagar 20 monedas de oro, que cubrirán la estadía y comida de la contaminada.

Abrió la boca. Eso eran muchas monedas, claramente solo lograba reunir una moneda de oro por mes.

-¡Qué pena su santidad!- mencionó con sarcasmo Sipila- En la gloria de su iglesia, los pobres no tienen cabida. Así que no podré hacer parte de su lindo internado para mi reforma.- sonrió- ¿lo acompaño a la puerta?

No perdería, él no pierde. Él la reformaría.

-¿Cuánto puede pagar mi fiel feligresa?- preguntó hastiado el hombre.

-Como mucho una moneda de oro por mes padre. O, 50 monedas de plata- susurró apenada.

No, era mejor el oro, siempre es mejor el oro. Brilla mucho, te da lujo.

-De acuerdo, una moneda de oro mensual, pero deberá llevar mercado para el alimento de la poseída- dijo el padre mientras Sipila mostraba una cara de estupefacción. Sí, él quería ver más de esa cara.

-¡Así será su santidad! ¿Cree conveniente llevarla desde este momento? No quiero su influencia alrededor de mi niño tan puro.

-Tiene razón, aliste lo que use para vestirse. La espero en la iglesia- un rayó cayó- me adelantaré, el clima puede empeorar.

carlos1983
Rango8 Nivel 39
hace alrededor de 1 mes

La Iglesia y su "voluntad..."


#5

En dos segundos la vida de Sipila acaba de dar un vuelco. Pero lejos de verse derrotada, lo vio como un oportunidad, pues ahora tendría la posibilidad de expandir sus bromas por todo la iglesia. Y, por supuesto, haría miserable al Padre, la ganadora de todo ese juego era ella y solo ella.

Por ahora debía despedirse de su padre. Su madre, sin decirle nada, empezó a sacar su ropa del armario, en realidad solo tenía tres mudas de día y una de noche. Así que su antecesora envolvió su ropa y la metió en una pequeña maleta de color café desgastado, la cual tenía una de las amarraderas sueltas.

-No te preocupes por la escuela, tener una educación con el mismo Padre es un privilegio- le informó su madre. No le dio importancia, total, la escuela a la que iban era de tan bajo nivel, que daba lo mismo ir. Se escabulló de su madre y se dirigió a donde su padre el cual se encontraba reclinado en la silla, moviendo sus ojos, como si estuviera inquieto por los hechos producidos por el Padre Fermín.

-¿Viste en qué me metió tu señora esposa y madre mía?- se arrodilló- ¿Ahora qué haré?- el padre solo cerró los ojos, para luego abrirlos y moverlos de un lado a otro- cómo desearía que pudieras hablar, moverte. ¡Ser algo más que un vegetal!- suspiró- pero ¿sabes? creo que voy a divertirme allá, y le haré la vida imposible a ese señor. Porque finalmente no tengo nada mejor que hacer- le dió un corto abrazo a su papá y se fue a la puerta, donde su madre ya estaba allí esperándola, con una cara de ¿felicidad?

-Por fin, por fin, por fin ¡Dios escuchó mis plegarias! - Sipila rodó los ojos ante el comentario de su madre.

-Realmente odio la iglesia- susurró Sipila mientras se encontraba enfrente de la gran infraestructura que se imponía y resaltaba en todo el pueblo. Su madre le dio la mochila con sus pertenencias, le dio un casto abrazo con “es lo mejor para ti, te visitaré cada mes, te quiero” y se fue.

Podría escaparse, claro que podría. Pero no estaba para ir a quién sabe dónde a quién sabe qué. Si alguna vez pensaba en escapar de ese lugar, lo haría con un plan detallado. Además, la diversión estaba detrás de esa puerta. Tal vez podría saborear un poco de la riqueza del padre.

-El señor la estaba esperando, siga- salió un hombre, que tal vez media un metro con cincuenta centímetros, usando una túnica café.

-¡Oh! Me halaga que haya apartado su tiempo por mi- fingió sorpresa, mientras sonreía.

Pero para el pequeño hombre, no hubo ningún sarcasmo o mentira en su frase. Así que correspondió la sonrisa, pensando que había llegado otro enviado del señor a acompañarlo en la dura travesía de su vida en la iglesia.

Ambos entraron a la iglesia. Subieron por unas escaleras de madera y caminaron unos cuantos centímetros hasta llegar a una oficina. Allí adentro estaba el Padre, con una leve reverencia el pequeño hombre los dejo a ambos en la oficina.

-¿Qué puedo hacer por usted padre?- Preguntó sipila sonriendo.

- Esa es mi frase niña, soy yo el que te ayudará a corregir tu camino- le extendió una hoja- Aquí encontrarás tu horario que incluye oficios, rezos y comidas dentro de la Iglesia de Lunes a Domingo, todo está controlado- Sonrió mientras agitaba la hoja para que ella la tomara. Sipila, con resignación levantó su mano y tomó sutilmente la hoja- A parte de eso, mi querido asistente te llevará a tu cama. Compartes habitación con mi hermosa querubina, Laila, ella es alguien que también perdió el camino, por otras circunstancias, pero ha logrado superarlo. Ojalá aprendas de ella- cerró los ojos- ahora largo.

Sipila nuevamente salió de la oficina, allí estaba el pequeño hombre a su espera. Asintió, y lo siguió en cuanto este empezó a caminar. Pronto, salieron de la parte visible de lo que cualquier persona consideraba la iglesia, y ahora se dirigían a una parte trasera muy grande.

-Acá es dónde habitamos todo. Solo un pasillo conecta a la iglesia, por lo cual la salida solo será atravesando el pasillo, la iglesia y así llegar a la puerta principal. Te explicaré cómo está distribuido. Detrás de esta puerta, a mano izquierda se encuentra, primero la cocina; segundo el comedor; tercero la capilla. Al lado izquierdo de la capilla hay dos puertas, la primera dirige a la biblioteca y la segunda a la zona de confesión.

-A mano derecha, después de esta puerta se encuentra: Primero, el cuarto de chicas, son tres, al frente de los cuartos de las niñas están los cuartos de los niños. Y al frente de estos últimos están los baños y las duchas. Después de la zona de los dormitorios se encuentra el taller de la enseñanzas. Dentro, hay otras dos puertas, la primera, es la oficina del padre, y la segunda es el cuarto de aseo.

-Finalmente, si sigues derecho se encuentra el patio. Es muy amplio, en la parte izquierda se encuentra la zona de herramientas para el trabajo. al fondo del patio se encuentra la enfermería, y en la esquina derecha se encuentra dos zonas. La primera es la zona de castigo y la segunda, es la zona de basuras.

-En un par de días conocerás el lugar tan bien, que no te perderás-sonrió- sígueme, te llevaré a tu habitación y luego al taller de enseñanza. Allí ya están tus compañeros.

Lo único que Sipila podía pensar, es que al ser un lugar tan grande, podría gozar de muchas aventuras. Tal vez, el cambio no era tan trágico.

#6

Caminaron un par de minutos más, hasta entrar al último dormitorio. Al frente del de ella había uno de hombres, tal como le había dicho el pequeño monje. Cuando entró, encontró un uniforme arriba de una de las camas. En total habían dos; eso la alegró, saber que solo tenía que compartir un cuarto con una persona le hacía más fácil sus labores de socializar con quien sabe qué tipo de borregos-niños.

-Este es tu uniforme, por favor, organiza tus pertenencias y vístete. Te estaré esperando fuera del área de cuartos para llevarte al taller de enseñanza- salió de la habitación.

Suspiró. Claramente, ese uniforme era el más horrible que había visto. Era una camiseta de color café oscuro, con unos pantalones largos de color café claro. Tenía como accesorio un collar con una cruz al final, no habían zapatos (asumió entonces que debían andar allí descalzos) y, al parecer, la mujer tenía una especie de gorro color café que tapaba su cabello, el cual iba hasta los hombres. Se preguntó por un momento si el padre tenía alguna clase de obsesión con ese color.

Finalmente se puso el atuendo y salió al encuentro del pequeño monje quien al verla sonrió a modo de aprobación. El uniforme le quedaba bien.
Lo siguió unos cuantos pasos, hasta entrar por la siguiente puerta al lado derecho. el “Talle de la enseñanza” se encontraba allí. El monje tocó dos veces, de manera casi inaudible, para luego abrir la puerta. Todos los jóvenes, que allí estaban, pararon de hacer sus actividades referente a un escrito para Dios.

Se pusieron de pie para recibir al pequeño monje.

Todos observaron a la nueva inquilina. Sípila, al sentirse tan observada, dio una mirada de odio a cada uno de los presentes, sentando una barrera desde el principio.

-Todos, escuchen- inició el monje-, hoy el señor nos ha traído una joven extraviada, al igual que ustedes espera de nosotros que hagamos de ustedes seres de bien. Por favor, recibanla con todo el amor que es humana y espiritualmente posible dar-sonrío, mientras se dirigía a Sípila- Por favor, toma asiento al lado de Lucy, quien es tu compañera de cuarto. Hoy la lección es la carta a Dios, como es tu primera vez, tienes que escribirle sobre todas las cosas que te comprometes a cambiar para ser mejor. En una hora recogeré el trabajo- se dirigió a la puerta- el Padre Fermín iniciará su misa, como saben debo estar ahí para ayudarle en lo que desee, cuando acabe vendré por sus trabajos ¿de acuerdo?

-¡Si! - expresaron todo.

Sípila rodó los ojos mientras se sentaba al lado de la nombrada.

Hace alrededor de 1 mes

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#7

-¡Bienvenida, soy Lucy! - fue la primera en saludar, aunque no tuvo respuesta- al principio te puede parecer difícil el lugar, pero con el pasar de las semanas te darás cuenta que es lo mejor y ¡cambiarás un montón!

Lo que le contaba Lucy hubiese sido usualmente fácil de ignorar para ella, pero la sonrisa que le daba mientras le explicaba eso era altamente escalofriante...como estuviera diciendo algo de memoria, o, tal vez, como si ella misma estuviese tratando de convencerse de sus palabras.

Eso la perturbó.

Miró a su alrededor, y más o menos la mayoría de los jóvenes tenía esa misma sonrisa. Respiró hondo, trato simplemente de ignorar ese hecho. Se concentró en la hoja que tenía al frente ¿escribir que podía cambiar? Bueno, eso era sencillo.

NADA

Después de escribir esa pequeña palabra en mayúscula, volteo la hoja y dejó el lápiz de lado. Bueno, tenía una hora para dormir así que mejor la aprovechaba.

Pasada una hora el monje entró con el padre Fermín. Todos los niños inmediatamente se levantaron y no suscitaron ningún sonido- Me alegra ver su comportamiento tan ejemplar- sonrió el padre- hoy tuvimos un día maravilloso en la iglesia. Pero lo es más porque Dios nos ha mandado de nuevo un borrego perdido, y todos ustedes ayudarán a que se enderece- miró detalladamente a Sípila-. Sí, tu traje es excelente, sabía que era tu talla ¿te has acomodado bien?

- ¿Fingir ser bueno es parte de los gajes de su oficio?- preguntó Sípila con fingida curiosidad. Todos voltearon a verla sorprendida. Bueno, tampoco era para tanto pensó Sípila; al parecer el drama iba a ser constante en el lugar.

-No, no, así soy- se le borró la sonrisa- es mi costumbre que todos estén bien educados- volvió a sonreír- pero tendrás este día de acople, así que lo dejaré pasar. Pero creeme, desde mañana desearás seguir cada una de las normas ¿Verdad, niños?- todos asintieron- Pueden ir a sus habitaciones, como siempre, en dos horas será la cena espero que ninguno llegue tarde, ya saben como me incomoda la impuntualidad ¿verdad, niños?- volvieron a asentir por segunda vez.

Por un momento Sípila llegó a tener la sensación de estar rodeada de muñecos o marionetas...Además, la mayoría eran adolescentes, casi de su edad, ¿por qué los llamaba niños? Todo eso le causó un poco de escalofríos los cuales disimuló muy bien al seguir bajo la mirada atenta del padre. De ninguna manera le daría alguna satisfacción de sumisión.

Todos los jóvenes empezaron a salir en una fila perfecta del taller de enseñanza. Ella fue la última en salir, mientras los demás salían pudo ver como el padre se metía en por una puerta que estaba dentro del taller, lo cual le pareció extraño. Suena lógico que tuviese una gran oficina, propia de alguien tan ostentoso como él.

Dejó de perderse en sus pensamientos y se dirigió a su habitación. Ya todos se habían resguardado en la propia, cuando entró a la de ella se dio cuenta que su compañera de cuarto era nada más y nada menos que Lucy. Era ella quien más la había perturbado.

Sí, sus noches iba a ser duras si tenía que dormir en la misma habitación que ella.

-¡Seremos compañeras! Hace harto que estoy sola, te gustara estar acá…- mantuvo su sonrisa- tiene sus ventajas estar en la lejanía- mencionó eso último en un susurró, apenas audible para Sípila- ¿Cómo fue que quedaste por fuera del camino del señor? ¿Qué hiciste? Si me dices será más fácil que te ayude- lo dijo con tal convencimiento, que Sípila por un momento creyó que Lucy de verdad quería ayudarla, pero luego, las expresiones en su cara plasmaban una desesperación irracional.

-Solo ser yo…, ¿podrías quitar esa cara? me causas escalofríos y eso que me agradan las cosas bizarras- le comentó directamente Sípila; pronto, el rostro de Lucy paso a uno sin emociones, totalmente serio.

-¿Mejor?

-Tu obediencia me perturba aún más- se recostó en la cama al tiempo que miraba al techo y trataba de pensar en cómo fastidiarle la vida al padre. Sin embargo, el bicho de la curiosidad le picó un poco, tratando de insinuar que sería bueno para cualquier futuro plan que ella supiera la historia de su compañera. Después de todo, podría proporcionarle información valiosa. Se levantó de la cama- ¿Cuál es tu historia Lucy?- se acercó un poco para demostrarle que realmente estaba interesada en saber.

-Es muy larga, podría aburrirte.

-Bueno, no es que tenga muchas tareas por desarrollar en lo que queda de la tarde- suspiró- así que aprovecha ahora que tengo la voluntad de saber de ti, puede que después ni la palabra nos volvamos a dirigir.

Lucy miró confundida.

-Solo soy una huérfana- informó con la mirada perdida.

-¿Así de larga es tu historia?- bufó Sípila molesta por haber siquiera mostrado un poco de interés en su compañera.

Decidió recostarse en su cama.

Hace alrededor de 1 mes

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#8

Mañana iniciaría su plan “hacerle-la-vida-imposible-al-padre”. Sonrío ante todas las travesuras que se le ocurrían, mientras lentamente iba conciliando el sueño. Fue tan profundo su sueño, que no fue consciente que en medio de la noche Lucy se levantó de su cama y salió de la habitación.

No volvió sino hasta dos horas.

Sus mirada era más vacía y sus movimientos parecían automáticos. De algún modo, su cuerpo la llevó a la cama y a tratar de conciliar el sueño, más no fue porque quisiera hacerlo, sino que su cuerpo lo exigía. Las pesadillas eran tan reales, que detestaba dormir. Pero no podía evitarlo, la naturalidad de esa acción no era algo a lo que ella pudiese enfrentarse.

Observó un segundo dormir a Sípila, ella se veía tan agusto entre sus sueños. Quiso ser ella por un segundo, pero se reprendió a si misma, no podía envidiar al projimo, no debía o sería castigada. Su vida era perfecta así que debía apreciarla tal cual como era, sin malos pensamientos.

Finalmente, entró al mundo de las pesadillas.

Así, sin más penas y nada de gloria, la mañana llegó para todos los inquilinos de la iglesia. Uno a uno se fueron levantando, mientras se aseaban y se dirigían a desayunar. Hoy le tocaba realizar el desayuno a tres jóvenes, quienes amaban esa labor porque se les permitía estar un poco libres allí. Pronto, todos estuvieron en el comedor.

Sípila estaba enojada por el hecho de haber tenido que madrugar. Miro a Lucy, quien parecía perdida en sus pensamientos. De nuevo esa sensación de incomodidad la abatía, prefería odiar a Lucy por ser una muchacha que se la pasa sonriendo, a empezar a tener esa lástima y deseos de ayuda que se apoderaba poco a poco de ella. El desayuno estuvo servido y todos empezaron a comer, lo curioso-para Sípila- era que la comida era muy poca. No había forma de que alguien se llenara así, y no tenía el mejor sabor tampoco.

Observó a Lucy, quien ya había acabado su ración. Se permitió determinarla un poco mejor, dándose cuenta que pese que aparentaban tener la misma edad, ella era mucho más flaca que lo normal. Miró su plato de comida, bueno, tenía sentido si ella comía de esta forma todo el tiempo, al igual que todos los demás en esa sala, parecían puro hueso. Suspiro, total ni la comida sabía rica. Sonrío cuando una idea surcó su mente, si ellos no comían bien, seguro que el padre si lo hacía. De modo que si ella quería un plato decente debía ir a los aposentos del padre y tomar su comida. Un intercambio realmente justo.

Tomó su plato y se lo ofreció a Lucy quien la miró confundida por la acción tan empática y repentina de Sípila. Despertó entonces de su letargo mental que había tenido desde la noche, le dio una sonrisa tímida mientras tomaba el plato y empezaba a comer. No se había dado cuenta hace mucho tiempo, pero parecía que su estómago pedía más comida de la que estaba acostumbrado.

Sípila sonrió- Oye, Lucy, ¿Quieres hacerme un favor?- necesitaba a alguien que le ayudara a tomar la comida. Miró un segundo un muro de la cocina, el cual relataba que tenían una hora de desayuno. Considerando el tiempo que llevaba allí, aún tenía cuarenta minutos para obtener comida decente.

Lucy asintió con lentitud ante la solicitud de Sípila.

Hace alrededor de 1 mes

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#9

-¿Has estado alguna vez en la oficina del padre?

-¿Cuál de las dos?

-¿En cuál se la pasa?

-Bueno, en horarios de la iglesia para los fieles, está en la principal al igual que su dormitorio. Es la que queda más allá del pasillo, la otra, es la del taller de enseñanza, el resto de tiempo se la pasa ahí. Estoy segura- le sonríe, mientras seguía en su trance, alimentándose.

-Entiendo, es decir, a esta hora el debería estar desayunando en la oficina de la iglesia.

-No, tiene un ritual muy reservado con las comidas principales. Lo hace en el taller para tener paz en ese momento. Igual él no desayuna a esta hora, es la misa de la mañana, la más importante.

-Oh…Mira que útil eres- susurra Sípila- ¿Has terminado Lucy?

La joven asiente con emoción, su estómago se regocijaba y por ende todo su corazón. Doble comida, jamás hubiera creído que eso era posible, siente que se salta un poco las leyes, pero este fue ofrecido por voluntad de Sípila, así que está convencida en que no había sido un mal actuar.

-Sígueme- le ordena Sípila, automáticamente la siguia, era su agradecimiento.

Como el lugar era un fuerte, no hay escapatoria, entonces nadie vigila. Pero no, esa no era la principal razón de la sumisión de los otros, no era una resignación al no poder escapar, era más, según ella, por un medio latente que los volvía entes autómatas. En conclusión, la única no “educada” era ella, pero era claro que su voluntad no era tan débil como los demás. Primero se desesperaban ellos con ella que ella con ellos.

Sonrío. Ya estaban en el taller de enseñanzas.

-¿Por qué vinimos acá?

-Mi querida Lucy, tú has comido, pero yo no.

-¡Pero tú…!

-Shh- pone su dedo índice en los labios. Da unos cuantos pasos hasta que llego a la puerta de la oficina del padre, la abre con facilidad. Esta confianza, al principio pensó que el padre era un descuidado, pero al ver que no tiene una mísera llave su oficina, devela algo más tétrico en el fondo. No hay manera que eso sea un descuido.

Con una simple mirada, nada pasa por fuera de lo normal. De hecho, logra figurar una pequeña nevera debajo del gran escritorio. Sin miedo, y contabilizando bien su tiempo, se acerca hasta este. Lucy se encuentra aterrada en el marco de la puerta, jamás se atrevería a entrar allí sin la autorización del padre, pero desde el momento que decidió seguir a Sípila ya sería considerada como cómplice. Sabe que sería castigada en una cuestión de horas, su parálisis se debía a ese temor.

Sípila sonrío. Ha encontrado comida, y no cualquiera, había un par de emparedados que se veían deliciosos, junto con una botella de un jugo de naranja – El desayuno perfecto- sin reparo saca todo ello- Es hora de volver a las habitaciones, ¿verdad?- Lucy asiente automáticamente.

Entran a la habitación de manera rápida, mientras Sípila se echa en la cama y empezaba a comer el emparedado. Sin meditárselo mucho avienta el otro hacía la cama de Lucy- come- le ordena.

-No puedo comerme el desayuno del padre, me mataría- expresa horrorizada.

-Eso no va a pasar, si te matara, ya no sería padre ¿verdad?- entrecierra los ojos- o ¿finge serlo?- quiere mucha información de ese lugar- Como sea, igual si nos atrapan ya eres mi cómplice, así que da igual si lo comes o no, pero para tu estómago sería lo mejor, así que anda y come. Si tanto te preocupa, diré que me comí los dos.

Lucy piensa sus palabras. Bueno, desde que acompañó a Sípila al taller ya estaba condenada. Empieza a comer, por segunda vez en el día su estómago parecía estar tan alegre que no pudo evitar contagiarse de ese sentimiento, es como si el calor volviera a pasar por su cuerpo y poco a poco su consciencia fuera despertando. Tenía claro algo, en esta ocasión no sufriría el castigo por sí sola, acompañada sería más pasajero.

Cada quien tenía tareas asignadas durante el día. En ese horario Lucy debía barrer las hojas del patio para luego hacer sus deberes del taller de enseñanza. Por otra parte, Sípila no tenía aún nada establecido desde que su llegada fue imprevista. De nuevo, y a sabiendas de esto, el monje se acerco al cuarto de las menores. Tenía bien claro que no debía dejar a nadie sin trabajo, porque cuando eso pasa, la mente empieza a reflexionar y eso es problemático para su amado Padre.

Toca la puerta. Las muchachas quedan quietas, hace mucho que habían acabado el emparedado, pero el jugo de naranja a penas iba por la mitad, así que lo esconde sutilmente debajo de la cama.