avechinchi
Rango7 Nivel 33 (1980 ptos) | Autor novel

I
Alicia paró su coche tan pronto como pudo en el arcén. Suerte había tenido de poder detener el automóvil sin sufrir males mayores. No obstante, se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir y que trastocaba por completo todos sus planes. Por eso no pudo reprimir un «¡mieeeerda!» que escapó en voz alta de sus labios, al tiempo que daba un puñetazo rabioso en el salpicadero.
El imbécil del todo terreno, que la había adelantado de esa forma tan temeraria, había estrellado por accidente un gran guijarro sobre su luna delantera. De repente, había sentido un ruido fulminante, como un disparo, y del centro del impacto, sobre su parabrisas, surgieron al instante mil rayas, como una estrella, que le impedían la visibilidad y la obligaban a detenerse.
A pesar se su afán de cortar lazos con el mundo, y en contra de su impulso inicial, no había prescindido de su teléfono móvil, decisión por la cual, ahora se alegraba hasta extremos inimaginables. Lo encendió y vio, no sin cierta sensación de fastidio, que tenía un montón de mensajes, todos ellos procedentes de un único contacto...

Hace alrededor de 4 años Compartir:

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avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Gracias por tu me gusta. He podido completar el primer capítulo

FATIMA
Rango7 Nivel 34
hace alrededor de 4 años

hermoso escrito.. me gustaría seguir leyendo... te dejo mi gusta para que puedes participar... si puedes pasa por mis historias y regálame un me gusta a cada una...

Jinova
Rango8 Nivel 39
hace alrededor de 4 años

Me encantó . Me encantó :'D :'D:'D
Tienes una forma de escribir simplemente majestuosa
¡continua!
psdt: ¿Me ayudarías?No se como agregarle partes a mi relato para hacerlomas extenso como el tuyo u.u

Jinova
Rango8 Nivel 39
hace alrededor de 4 años

Me encantó . Me encantó :'D :'D:'D
Tienes una forma de escribir simplemente majestuosa
¡continua!
psdt: ¿Me ayudarías?No se como agregarle partes a mi relato para hacerlomas extenso como el tuyo u.u

avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Gracias. Comentarios así me alientan a seguir escribiendo. En cuanto al tema de continuar, has de entrar en tu historia como si la fueras a leer y entonces (creo que necesitas algunos me gusta para que salga), aparece en rojo, en la parte superior derecha el botón de continuar. Dime qué historia es la que quieres seguir y te pondré me gusta. Un favorcito, si no lo has hecho ya, podrías ponerme me gusta en Rojo sangre en el Saint James http://www.sttorybox.com/stories/9376-rojo-sangre-en-el-saint-james, que es con el que estoy participando en el concurso. De momento, estoy ahí, ahí y me gustaría asegurarme la clasificación para continuar el relato.

avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Bueno, se me ha olvidado decirte que no puedes continuar con los relatos del concurso hasta que no hayas pasado de fase, tan solo podrías continuar con el que no concursa.

morocha_67
Rango6 Nivel 29
hace alrededor de 4 años

Es un título lindo. Interesante historia. Si gustas puedes pasar por mi efímera luna roja. Bendiciones.

avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace más de 3 años

Hola @kpogo. Te quiero dar las gracias por seguirme y por la cantidad tan enorme de likes que me has dado.


#2

...Por el momento, prefirió seguir ignorando el contenido de los mismos.
Agradeció al dios de las telecomunicaciones el hecho de poder contar con una buena cobertura y realizó la llamada al número de la asistencia en carretera, procurando dar su situación al empleado que la atendió de la forma más exacta que pudo. Este le contestó que le enviaría una grúa lo antes posible. Sin embargo, dado el lugar tan remoto en que se encontraba, no le podía siquiera aproximar el tiempo que iba a tardar.
Resignada a esperar lo que hiciera falta, Alicia cogió la botella de agua, en la que por suerte aún se encontraba la mayor parte de su contenido, y bajó del coche para resguardarse del ardiente sol veraniego bajo la sombra del único pino de buen tamaño que encontró en las proximidades.
Era media tarde y aunque hacía bastante calor, se había levantado una fresca brisa que arrastraba algunas nubes consigo y que traía por adelantado los aromas del otoño; y eso, que quedaba todavía mucho verano por delante. Ahora, encallada en aquella carretera desierta, a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de comenzar.
Era cierto que las cosas con Ignacio no marchaban bien, sobre todo desde que comenzó a sospechar que había otra; bueno, más que una sospecha, era casi una certeza. Reconocía que su actitud había sido poco inteligente, y demasiado visceral, también. Corroída por los celos, se había dedicado a hacerle la vida imposible, intentando controlar todas sus llamadas, todas sus idas y venidas, sometiéndolo a interminables interrogatorios, en los que tan solo obtenía de él un terco silencio, al que seguía, en la mayor parte de las ocasiones, una violenta discusión.
La de hacía dos días había sido la definitiva. Ignacio se había marchado dando un portazo y no había vuelto a saber de él, salvo por los mensajes telefónicos, todos ellos de ese mismo día, que acaba de ver en su teléfono.
Este era el motivo por el que Alicia, indignada, había decidido, a su vez, poner tierra de por medio, e ir a visitar por sorpresa a su amiga Lola, que tantas veces y con tanta insistencia, la había invitado a la casa que tenía en la sierra, donde solía pasar la mayor parte del verano.
—Si te decides, serás bienvenida —le había dicho en la última ocasión en que se habían visto, a finales de junio.
Y a Alicia, que de repente sentía que había perdido el norte, le pareció una magnífica idea tratar de salvar los restos del naufragio en que se había convertido su vida, en la soledad y el retiro que el refugio de su amiga le ofrecía. No había querido avisar a nadie de su partida. Se encontraba, por tanto, perdida en una carretera de mala muerte y tan solo su compañía de seguros estaba al tanto de lo ocurrido.
Desde luego, no era una situación como para dar saltos de alegría; aun así, prefería seguir manteniéndolo en secreto, si bien tenía que reconocer que le daba mucho gusto imaginar a Ignacio, aunque fuera por una vez, desolado por su ausencia y removiendo cielo y tierra para encontrarla.
Mientras iba pensado todas esas cosas se habían callado las chicharras y había comenzado a anochecer. Llevaba esperando un buen rato. Ya eran a las nueve pasadas. El aire se había tornado un poco más fresco y comenzaba a sentir algo de frío, de modo que volvió al coche en busca de cobijo.
Encendió la radio y tras varios intentos fallidos consiguió sintonizar una emisora en la que sonaba la voz de Serrat entonando una nostálgica y triste canción: «... llueeeeeeve, detrás de los cristaaaaaales, llueve y llueeeeeeve sobre los chopos medio deshojaaaaaados, sobre los pardos tejaaaaaados, sobre los campos llueeeeeve…». Seguía en pleno ataque de melancolía cuando, de pronto, vio aproximarse por el retrovisor a un vehículo grande. «Estoy salvada», pensó con alivio.
En efecto, se trataba de su grúa que estacionó delante de ella. Después, bajó el operario, un hombre de mediana edad, rondando el metro ochenta de estatura. Era tirando a delgado, aunque tenía la barriga algo prominente. Su fisionomía, no obstante, era anodina, sin ningún rasgo remarcable, a excepción de una calva esplendorosa y una descuidada barba entrecana de tres o cuatro días. Vestía el típico mono azul, bastante rozado en cuello y mangas y con algún que otro lamparón atribuible al noble desempeño de su oficio, pero que, con la luz crepuscular, quedaba disimulado.
Le tendió a Alicia su manaza, al tiempo que se presentaba. Ella correspondió al contundente saludo de forma cortés, aunque con cierta indiferencia. A continuación, intercambiaron unas breves palabras, tras las que se él dispuso a cargar el coche.
Todavía tardó unos minutos en terminar con la operación. Después la ayudó a subir a la cabina, y tras dar la vuelta, partieron hacia Fontina, último pueblecito por donde había pasado Alicia unos minutos antes de sufrir el percance y al que no le hacía demasiada gracia volver. Sin embargo, no tenía elección. El siguiente lugar habitable, Valdetoro, se encontraba a unos cincuenta kilómetros y la carretera era pésima. El gruista no había querido siquiera contemplarlo como una opción.
—Aún ha tenido usted suerte —le confió en un alarde de sinceridad al verle el gesto contrariado—. Normalmente no hay grúa en Fontina, de no haber estado allí, hubiera tenido que esperar a que la recogieran desde Valdetoro y no le habría quedado más remedio que pasar la noche en el coche.
Dada las circunstancias, Alicia, con su paciencia ya agotada, se dejó conducir hasta Fontina sin poner más impedimentos. Para cuando llegaron era noche cerrada. El ambiente se había tornado ventoso y desapacible, y presagiaba tormenta.
Paco, que así se llamaba el hombre, descargó el coche a las puertas del taller, que ya se hallaba cerrado, dado lo tardío de la hora. Tras ayudarla a recoger sus cosas, se ofreció a acompañarla al hostal donde él se alojaba, que, además, era el único existente en la pequeña localidad. Tardaron menos de diez minutos en completar a pie el recorrido.
—¡Marííía!, ¡Marííía!, ¡aquí te traigo una nueva clienta! —bramó al entrar en la posada.
La dueña, que estaba repasando con la cocinera los últimos detalles del menú del día siguiente, acudió con prontitud al mostrador. Era una mujer mayor, aunque de edad indefinida, bastante enjuta, de rostro algo apergaminado. Sin embargo, sus ojos eran cálidos y vivarachos y su sonrisa afable. Se desvivió por atender a Alicia.
—¿Ha cenado usted ya? —le dijo solícita tras el mostrador.
Alicia puso a la mujer en antecedentes de lo sucedido y esta, a su vez, le ofreció una cena fría, ya que la cocina hacía bastante rato que estaba recogida.
Cenó sin demasiado apetito, ya que se encontraba algo destemplada por los nervios pasados, pero notó como se le iba entonando el cuerpo mientras comía y, sobre todo, con el vaso de leche con cacao que le sirvió tras los postres.
Ya rendida, subió a su habitación, que la pareció algo pequeña y desaliñada bajo la mortecina luz de la lámpara. A pesar de ello, las sábanas se veían limpias, con aspecto fresco, y la cama la invitaba a echarse en ella, cosa que no dudó en hacer.
Se durmió de puro cansancio conforme se acostó, pero su sueño fue inquieto. Estaba intranquila por todo lo acontecido, y no paraba de dar vueltas en la cama. Se encontraba en ese limbo por el que todos hemos pasado alguna vez, ese duermevela, esa frontera entre el sueño y la vigilia, en la que somos conscientes de que dormimos y por lo tanto no estamos del todo dormidos. La violenta tormenta, que se desencadenó en plena madrugada, se introdujo de forma subrepticia en su sueño, contribuyendo a hacerlo todavía más desasosegado.

Hace alrededor de 4 años

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#3

II
Alicia se despertó temprano, pero se quedó remoloneando durante un buen rato antes de levantarse. Todavía se encontraba muy cansada ya que su sueño había sido poco reparador. Cuando, al fin, consiguió abrir los ojos se encontró en un espacio bastante agradable. La habitación era pequeña pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora, a pesar de su aire sencillo y rústico, y la desagradable impresión percibida la víspera quedó desvanecida por completo.
A eso de las nueve, por fin, se levantó. Pero ni una ducha revitalizadora, ni una cuidadosa labor de restauración a base de sus cosméticos preferidos, pudieron contrarrestar los estragos causados por la mala noche pasada.
Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón, que no pasó en absoluto desapercibido a la perspicaz María, que aunque no era mujer de mundo, tenía ya mucho vivido a sus espaldas.
Comenzó a tomar su café con leche con ganas, pero cuando se estaba comiendo la tostada sintió una repentina náusea que la hizo correr a toda prisa al aseo. Cuando salió, en lugar de retornar a la mesa, se dirigió hacia la salida.
Mientras caminaba hacia ella, todavía con la cara enrojecida y los ojos llorosos por el esfuerzo del vómito, su mirada se cruzó con la de la hostelera y le pareció encontrar en ella un atisbo de desaprobación cuya razón fue incapaz de comprender.
Como se marchó de forma tan precipitada, no pudo oír el comentario que esta le hizo a la cocinera, en voz no demasiado baja, aunque, eso sí, en un tono más que confidencial.
—Una mujer en su estado no debería viajar sola, ¿no le parece? —la cocinera, indiferente, se limitó a encogerse de hombros.
Una vez fuera del establecimiento, se dirigió al taller de coches, haciendo el mismo recorrido de la noche anterior, solo que en sentido inverso.
A pleno sol, pudo apreciar mucho mejor el aspecto tan típico del pueblo, con estrechas calles flanqueadas por casas bajas, de, a lo sumo dos o tres alturas, en cuyas fachadas predominaba el color blanco. Los balcones y portales estaban rebosantes de geranios y petunias multicolores, flores que tan bien se dan en los climas mediterráneos.
El empedrado de la calle dificultaba un poco su paso ya que se le clavaban los tacones entre las juntas del pavimento. A pesar de esa pequeña contrariedad, la experiencia de deambular sin prisa, fuera casi del tiempo, entre el silencio y el agradable frescor matinal, le resultó muy estimulante, sobre todo, teniendo en cuenta la tensión vivida durante las últimas horas.
Llegó más rápido de lo esperado, ya que por la noche, acaso debido al cansancio acumulado, le había parecido que la distancia era mayor. En cuanto entró en el local, la atendió el encargado, un apuesto y rudo muchacho. Sin duda, la presencia de Alicia debió causarle una honda impresión. Además, en su azoramiento, se le notaba la poca costumbre que tenía de tratar con forasteros y menos aún con mujeres, al menos, en lo concerniente a temas profesionales.
Alberto, que así se llamaba el joven, fue todo lo amable que su parquedad de palabras le permitió. A pesar de que aparentaban casi la misma edad, mantuvo las distancias tratándola de usted:
—No, señora, no…, tardará por lo menos una semana y puede que aún se alargue…
No pudo continuar la frase porque Alicia se desplomó de repente y hubiera caído de bruces al suelo si este no hubiera tenido los reflejos a punto para agarrarla al vuelo.
—¡Toni!, ¡Toniiiii!, ¡vete corriendo a avisar al médico! —le gritó al chico que tenía de ayudante.
Mientras, alzó en brazos a Alicia y la acomodó en el único sillón de su desangelado despacho, por llamar de alguna manera a aquel pequeño antro infecto, lleno de trastos inservibles y cubiertos de un polvo más que añejo.
El pobre Alberto no se había visto en otra igual en toda su vida. No sabía que hacerse, le daba suaves palmaditas en la cara al tiempo que le decía en un tono casi suplicante:
—¡Señora!, ¡por favor!, señora…, ¿qué le pasa?, ¡despierte!
Poco a poco, Alicia fue recobrando la conciencia, pero se sentía confundida y sobre todo avergonzada por lo que acababa de sucederle. No sabía ni qué decir.
Enseguida llegó el doctor Marcilla, un hombrecillo extraño, entrado ya en años, de aspecto regordete y socarrón. Llevaba un traje de poliéster bastante corriente y desgastado en exceso, de un color beis claro. Prescindía de la corbata, lo más probable, a causa del excesivo calor propio de la estación estival. Quizá, ese también era el motivo de que llevara la camisa —algo ajada, aunque de un blanco inmaculado y sin una sola arruga—, con el botón del cuello desabrochado. Su atuendo, en conjunto, resultaba bastante anticuado, al igual que sus modales, haciéndole parecer recién salido de una de una película costumbrista de los años sesenta o setenta.
Toni lo había localizado en la pensión, donde tenía por costumbre tomar su desayuno. Por supuesto, María ya lo había puesto al corriente de la accidentada llegada de la forastera la noche anterior y, al parecer, sin ahorrarse ningún detalle.
La sometió a un somero examen y no apreció ningún signo físico alarmante. Tan solo le encontró la tensión algo baja. No obstante, le recomendó que se pasara más adelante por la consulta, para realizarle un reconocimiento más exhaustivo.
—¡Ah...!, por cierto, hágase, también, una prueba de embarazo, tal vez con eso sea más que suficiente —añadió al despedirse, al tiempo que le guiñaba el ojo derecho, en una trasnochada mueca, tal vez tratando de hacerse el simpático, aunque el efecto conseguido fuera justo el contrario.
Las últimas palabras del médico dejaron a Alicia, si cabe, más desconcertada. En ningún momento de su vida había planeado ser madre, en cierta medida, por la oposición que había mostrado siempre Ignacio y que ella había terminado de asumir como propia. Se daba cuenta, si es que era sincera consigo misma, que nunca había pensado de forma seria en el tema. Pero ahora, la cuestión le surgía de golpe, en el momento más inoportuno, cuando su relación con Ignacio hacía aguas por todas partes y estaba intentando darle un nuevo sentido a su vida. «No puede ser verdad lo que me está ocurriendo», se repetía una y otra vez, como si de una letanía se tratase. Se haría ese maldito análisis, que, estaba segura de que saldría negativo, le arreglarían el coche, saldría zumbando de este pueblo perdido a donde he llegado por puro azar y retomaría de nuevo su vida en el punto en el que la había dejado hacía tan solo veinticuatro horas.

Hace alrededor de 4 años

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avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Lo haría si lo encontrara en tu perfil, que está sin ninguna publicación. Lo siento.

AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace alrededor de 4 años

Tienes una gran capacidad para concretar en palabras lo que imaginas, un saludo.

avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Muchas gracias por tu comentario.


#4

III
Tras la terrible discusión que habían mantenido, Ignacio había vagabundeado sin rumbo fijo durante un par de días, hasta que la noche anterior había recalado en casa de Emilio, su jefe además de amigo. Llegó muy bebido, a decir de él mismo, con una buena cogorza, moña, merluza, melopea, tajada, curda, pedal… —se podría decir que conocía todos los sinónimos de borrachera que se encontraban en el diccionario y algunos más—.
Lo habían dejado dormir la mona en el sofá y se había despertado, ya por la mañana, en unas condiciones bastante lamentables. Después de todo, se daba cuenta de que no había sido tan buena idea tratar de olvidar sus penas mediante el consumo desenfrenado de bebidas espirituosas. Abundando más en el tema, no había conseguido su principal propósito, ya que seguía recordando punto por punto todo lo ocurrido, siendo, además, consciente de que él era él único culpable por haberse comportado con Alicia como un auténtico zoquete.
No había sido capaz de aplacar su bien fundada ira y se sentía bastante preocupado porque lo único que de verdad le importaba, se le estaba yendo al garete. Solo sabía que la amaba, que era lo mejor que había tenido en su vida y que estaba dispuesto a todo con tal de que las cosas volvieran a ser como antes.
No entendía cómo podía haberse enterado de su pequeño devaneo, en esos pocos días en los que ella se había ausentado de la ciudad para visitar a su hermana enferma. Su política había sido la del avestruz: cada vez que Alicia sacaba el tema, él escurría el bulto, creyendo que ella lo olvidaría con facilidad; pero esa conducta, lejos de apaciguarla, la enfurecía todavía más y terminaban discutiendo a cara de perro.
Además, no podía ocultarse a sí mismo, que se sentía culpable de forma independiente al hecho de que ella lo hubiera descubierto. No había sido fiel a sí mismo y eso le hacía sentirse incómodo, incluso cuando ella callaba, pareciéndole entonces, que aquello era un mudo reproche por su parte. Se mostraba ausente y lejano porque se sentía avergonzado por su propio comportamiento y, Alicia creía, de forma equivocada, que era porque se habían enfriado sus sentimientos hacia ella. Cada vez, el abismo que los separaba se había ido haciendo más y más grande.
Lo cierto era que todo había sucedido de una forma bastante casual. Él salió a tomar unas cañas al caer la noche, por ver si se encontraba con alguno de sus colegas del barrio, ya que tras su partida, la casa se le venía encima y necesitaba compañía. Aunque, con quien se topó de cara, fue con un pibón que no se cortó en tirarle los tejos de una forma descarada.
Al principio, se hizo el estrecho, pero Ignacio, hombre al fin, acabó seducido por su perseverancia y su indudable atractivo físico. Si Alicia hubiera estado cerca de él en ese momento crucial todo hubiera sido diferente, pero ella se hallaba a muchos kilómetros de distancia, y su solo recuerdo no fue suficiente para que Ignacio pusiera freno a sus instintos libidinosos. Entonces ocurrió lo inevitable.
No se sentía especialmente satisfecho por lo sucedido. Incluso, una vez pasada la euforia del momento no había parado de remorderle la conciencia, no haciendo si no reprocharse su conducta una y otra vez. Pero sí, se los había puesto a Alicia hacía apenas un par de semanas, y bien grandes, por cierto; y esta lo sabía, o cuando menos lo sospechaba. Estaba echando a perder el amor de su vida por culpa de aquella fatídica noche en la que su hombría no estuvo a la altura. Aunque ya había tomado una decisión al respecto, volvería a casa, se lo confesaría todo con valentía y le pediría perdón de forma humilde y sincera. Quizá consiguiera una segunda oportunidad.
Sin embargo, su situación parecía más que complicada e, invadido por completo por el pesimismo, no pudo más que rememorar su doloroso pasado. Resurgieron, entonces, antiguos fantasmas y tuvo miedo de encontrarse, otra vez, al filo del precipicio.
Su adolescencia y primera juventud habían sido bastante problemáticas. Por circunstancias diversas, había tenido que crecer solo, a su aire sin una figura de autoridad que lo guiara por el buen camino.
A pesar de que había conseguido, en último término, sobrevivir a los ambientes marginales y a las malas compañías, había tenido que pagar un alto precio por ello. Aun así, no podía quejarse del todo, ya que sabía de muchos que habiendo pasado por vicisitudes similares habían sucumbido ante ellas, víctimas de la mala vida y anclados en una existencia más que miserable. Así que, su historia, era, en realidad, tan corriente y triste como tantas otras que había tenido la desdicha de conocer de primera mano.
Su padre había sido un taxista borrachín que les pegaba a su madre y a él cada vez que llegaba ebrio a casa, cosa que ocurría con bastante frecuencia. Por suerte, se mató en un accidente de tráfico, antes de conseguir desgraciar de una paliza a ninguno de los dos.
Aunque su situación económica quedó bastante precaria tras la muerte de su progenitor, aun contando con la pequeña indemnización que les correspondió, Ignacio recordaba como dichosa la época en la que habían vivido solos su madre y él.
Por desgracia, aquello tampoco duró mucho, pues su madre, que había nacido sin estrella, falleció de un terrible cáncer que la fue carcomiendo por dentro en cuestión de unos pocos meses, cuando él apenas contaba quince años.
Sin ella, se encontró en total desamparo y tuvo que reinventar su vida con los pocos recursos de que disponía. Así, la calle se convirtió en su maestra. Todo lo que sabía lo aprendió en ella, y después, esta, prestamista siempre usurera, le cobró su tributo en forma de algunos años de correccional.
A pesar de su mala fortuna, fue lo bastante listo como para aprovechar ese tiempo entre barrotes aprendiendo un oficio. De esta forma, se convirtió en un buen carpintero, cosa que le permitió ganarse bien la vida cuando salió en libertad.
Emilio estaba al tanto de sus antecedentes y eso no había supuesto ningún inconveniente para contratarlo en su carpintería, en donde llevaba trabajando ya bastantes años. Si había albergado algún recelo hacia él por su condición de exconvicto, nunca se lo había hecho saber, y pese a esa mácula en su biografía, con el tiempo se habían convertido en más que amigos, casi hermanos, y se tenían confianza plena. De hecho, Emilio le acaba de dar una gran muestra de lealtad al acogerlo en su casa en semejante estado.
Pero retomando la crónica de su pasado, lo cierto era que Ignacio había salido de aquel mal trance con la lección bien aprendida y ya hacía mucho que no había vuelto a tener ningún encontronazo serio con la ley. Hoy en día, era un hombre hecho y derecho, a punto de cumplir los treinta y dos. Junto a Alicia se sentía feliz, quizá por primera vez en toda su vida, y llevaba una existencia plena.
A ese último respecto, se sentía más que satisfecho con sus logros, aunque nunca se había atrevido a contarle a ella nada de su tortuosa vida anterior; por supuesto, tampoco, que su triste infancia, y no otro, era el motivo por el que se negaba en rotundo a tener hijos. No quería que nadie pasara todos los sinsabores que él había tenido que soportar desde que tenía memoria.
Pese a ello, se daba cuenta de lo absurdo de esa idea porque sabía que hubiera sido incapaz de comportarse con una criatura como su padre lo había hecho con él. Es más, casi estaba seguro de que podría llegar a ser un buen padre si es que, a pesar de su vehemente oposición, estaba escrito en su destino que ello le sucediera alguna vez. Pero un miedo solapado e irracional hacía que no quisiera tan solo oír hablar del tema y siempre que Alicia le había insinuado la posibilidad de tener un bebé, había acabado cerrándose en banda.

Hace alrededor de 4 años

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AngelMagat
Rango18 Nivel 85
hace alrededor de 4 años

Es que nada es peor que el alcohol
para intentar olvidar los problemas, siempre es preferible enfrentarlos,
saludos, excelente tu relato.

avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace alrededor de 4 años

Gracias, es una novela corta. Aún faltan bastantes capítulos


#5

IV
Cuando llegó al piso que compartía desde hacía algún tiempo con Alicia le extrañó encontrarlo vacío, y aunque todavía quedaba algo de su ropa en el armario, enseguida se dio cuenta que todos sus efectos personales: cepillo de dientes, cremas, champú…, habían desaparecido. Estaba claro que Alicia se había marchado; no de forma precipitada y dando un portazo como él, sino de una manera mucho más meditada.
Llamó a los padres de ella y a todos los amigos comunes que pudo localizar, pero nadie sabía nada a cerca de su paradero. De repente, ya no sabía que hacer. Su castillo de naipes, sus planes de disculpas, sus deseos de reconciliación, ¡todo se había venido abajo!
Se maldijo una y mil veces por no haber sido capaz de afrontar antes el problema, cuando todavía hubiera sido posible un arreglo. Pero Alicia lo había abandonado, le había pagado con su misma moneda. Demasiado tarde se había dado cuenta, dolía, y mucho. Ahora se encontraba perdido, no sabía qué hacer ni adónde ir y la angustia lo tenía atenazado por completo.
Al cabo de un buen rato, volvió a llamar a su amigo Emilio, aunque esta vez, en busca de consuelo. No estaba en casa y le contestó Carmen, su mujer. Aun así, no pudo reprimirse y se deshogó con ella. Esta, compasiva, lo invitó a comer, pues ya era casi la hora. Ignacio aceptó encantado, ya que si algo detestaba en ese momento era la soledad. Así que, en apenas unos minutos, se plantó en la casa.
Estuvo durante toda la comida con aire cabizbajo, inapetente, comiendo casi por cumplir y aguantando con resignación las crueles burlas de Emilio que parecía no darse cuenta de lo mucho que estaba sufriendo en esos momentos.
—Pero, ¿qué esperabas, casanova, donjuán de pacotilla...? —le espetó, sin ningún miramiento en un momento dado—. A las mujeres no se las puede tratar así. Si no, pregúntale a Carmen.
Menos mal que esta última se mostraba bastante más comprensiva con la situación y procuró no hacer más leña del árbol caído. Por ese día, a su juicio, Ignacio ya había tenido suficiente.
La sobremesa se hizo bastante larga y tediosa, ya que no quería marcharse de la casa de sus amigos bajo ningún concepto. Pero a eso de las siete de la tarde, y a regañadientes, consintió en dejarlos, ya que ellos le habían avisado de que tenían otro compromiso. Se encontraba, todavía, un poco achispado y con los sentimientos medio adormecidos por el alcohol que había vuelto a tomar, aunque de forma bastante más comedida que la víspera.
Cuando entró en su domicilio tenía la remota esperanza de que Alicia hubiera vuelto. Sin embargo, el piso seguía vacío, y no encontró mejor entretenimiento para su estado de ánimo que mirar el televisor hasta bien entrada la noche, a pesar de que la programación era bastante soporífera en pleno agosto.
Luego, como se encontraba pesado, más por el alcohol ingerido que por la comida en sí, que había sido más bien frugal, se acostó sin cenar. Pero se sentía con los nervios a flor de piel y no conseguía conciliar el sueño. No paraba de dar vueltas en la cama. El calor y la preocupación lo pusieron cada vez más alterado e incómodo, de modo que, se levantó y se asomó por el ventanal para tomar el fresco.
Vio a un hombre en el balcón de enfrente que también parecía absorto en sus propios pensamientos y fumaba un pitillo en plena noche. Debido al calor sofocante, ambos vestían solo con ropa interior y estaban desnudos de cintura para arriba. Aunque, Ignacio, parapetado tras la ventana, no se sentía tan expuesto como el desconocido. Aun así, sus miradas se cruzaron en un momento dado, y se sintió muy molesto por lo que consideró una intromisión en su intimidad.
Entonces decidió a salir a dar una vuelta. Cualquier cosa era mejor que quedarse en la cama dando vueltas y rumiando su inquietud. Así que, mientras recapacitaba sobre todo lo acontecido se puso una camiseta y unos chinos, se calzó las deportivas y salió a la calle.
La ciudad estaba del todo desierta en la madrugada de agosto y las calles tenían un aspecto extraño, por lo vacías. Deambuló un buen rato por esas calles solitarias y al cabo de unas dos horas, cuando ya se encontraba agotado, volvió a su casa. Pensó que ahora que estaba tan cansado, dormiría con facilidad, pero aun así, la noche se le hizo larga, muy larga.

Hace alrededor de 4 años

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#6

V
Cuando se despertó a la mañana siguiente era bastante tarde y se encontraba muy confuso, además de tener un fuerte dolor de cabeza. Todo ello se debía, sin duda, a los excesos cometidos durante las últimas jornadas. Por un momento, olvidando los hechos ocurridos los días anteriores, le extrañó que Alicia no se encontrase a su lado y comenzó a llamarla en voz alta.
—¡Alicia!, ¡Alicia!
De repente, le vino todo a la memoria y se derrumbó. En el fondo, se sentía muy abrumado. «Si pudieras verme ahora —se dijo en un susurro apenas inteligible—, volverías conmigo. Sabrías que nadie te querrá como te quiero yo».
Al instante, el timbre del teléfono interrumpió el hilo de sus pensamientos. Agarró decidido el auricular y se aclaró la voz parta contestar.
—¿Dígame? —inquirió de mala gana. No le apetecía, en absoluto, que nadie lo molestase en esos momentos tan delicados.
—¡Hum...!, me gustaría hablar con Alicia Lamata —le replicó una voz femenina y joven, con cierto aire de sensualidad, al otro lado del teléfono.
—¡No está!, ¿quién la llama? —su tono no pudo sonar más seco y áspero, incluso el ladrido de un pastor alemán hubiera resultado más agradable.
—Soy de la compañía de seguros San Onofre —la mujer, muy profesional, no pareció inmutarse lo más mínimo por el tono cortante de su voz—. Es por el siniestro que nos comunicó ayer noche. Hemos telefoneado al número desde el que llamó, pero no contesta. ¿Sabe cómo podemos localizarla?
Varios pensamientos se cruzaron casi al mismo tiempo por su cabeza. En primer lugar, la palabra siniestro le produjo un terrible sobresalto, «¿habría sido algo grave?, ¿acaso estaba herida?», luego pensó que si eso era cierto no podría haber dado aviso ella misma a la compañía del seguro, y, por otra parte, quien se hubiera puesto en contacto con él habría sido, como poco, la guardia civil, de modo que este último extremo lo tranquilizó. Por eso, contestó, ya más calmado y con un atisbo de esperanza, deseando con sinceridad que su tono de voz sonara, en esta ocasión, mucho más cordial:
—No, pero si me dice desde dónde llamó, tal vez pueda ayudarla…
De la breve conversación, al menos sacó en claro el lugar exacto donde Alicia había sufrido el percance y qué había sido exactamente lo sucedido. Se imaginaba que no tendría el móvil conectado y por eso no daban con ella. Él también lo había intentado el día anterior con idéntico resultado. Tan solo había podido dejarle algunos mensajes de voz que ella aún no se había dignado a contestar. Ahora que se encontraba sobrio por completo, casi prefería que no los hubiera oído, por si acaso sus palabras no habían sido todo lo cabales que sería de desear.
Lo cierto, es que una vez que supo que Alicia estaba en apuros, se abrió ante él un nuevo panorama que le hizo a dejar a un lado sus propias tribulaciones y tratar por todos los medios de acudir en su ayuda. Pese a sus buenas intenciones, se encontraba con varios problemas logísticos. En primer lugar, no tenía ni idea de donde estaba situado ese fatídico punto kilométrico que la oficinista había mencionado. Por otro lado, carecía de método de locomoción. Alicia se había llevado el único vehículo de la pareja. «¡No he adelantado mucho después de todo!», dijo para sí.
Se duchó y, a continuación, tomó un desayuno algo copioso para su costumbre, pero hacía muchas horas que no había comido nada sólido y sentía desmayo. El refrigerio le sentó bien y sus tripas, que se habían mantenido bastante disconformes desde que se despertara, por fin se calmaron.
Se marchó antes de que le cundiera el desánimo, porque la casa, sin Alicia, se le venía encima. Pensó que fuera de aquellas cuatro paredes se encontraría más capacitado para tomar una decisión adecuada y encaminar sus pasos en la dirección correcta.
Anduvo un buen rato sin rumbo fijo, hasta que pasó por delante de un kiosco. Entonces, se le ocurrió comprar sobre la marcha el mapa de carreteras que necesitaba. Como pensó que le llevaría cierto tiempo localizar ese odioso lugar en el que suponía que se encontraba ella, decidió entrar en una cafetería que contara con aire acondicionado, ya que en la calle hacía un calor apenas soportable a esa hora de la mañana, bastante cercana ya al mediodía.
Una vez dentro, se instaló en una mesa solitaria, en un rincón del establecimiento; en realidad, en la más alejada de la escasa clientela presente que pudo encontrar. Después, el camarero se acercó a servirle su bebida, que pago al momento. Tan pronto como este se alejó, sacó la nota en la que había apuntado el kilómetro y la vía, y la dejó sobre la mesa junto al mapa. ¡Era como buscar una aguja en un pajar!
Tardó un buen rato en dar con la carretera. Una vez emplazada esta, el punto kilométrico fue relativamente fácil de situar; así y todo, comprobó con desesperación que aquello se hallaba en medio de la nada. Dio un sorbo a su jarra de cerveza, que estaba bien fría, como a él le gustaba, y que le ayudó a reconciliarse un poco con la cruda realidad que lo envolvía y, acto seguido, se propuso delimitar la localidad más cercana a la que suponía que habría ido Alicia tras sufrir su pequeño accidente. Se trataba de un pueblo llamado Valdetoro. Ni que decir tiene que Fontina era una localidad tan pequeña que no reparó en ella.
Decidió llamar a la central de autobuses y a RENFE con el fin de procurarse transporte. Pero, al parecer, el destino estaba en contra suya. Tan solo había un tren diario y hacía bastantes horas que había partido y ningún autobús de línea hacía esa ruta. No le quedaba más remedio que esperar hasta el día siguiente. «Resignación, Ignacio, resignación», dijo para sí, y ya en voz un poco más alta, y para darse ánimos: «¡Adelante, campeón!, que de peores hemos salido».

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avechinchi
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hace alrededor de 4 años

Rua, gracias por tu corazón.


#7

VI
Alicia, agotada, por fin dejó de llorar y se lavó la cara. Se había acostado después de comer y se había dormido enseguida. Pero había tenido un tristísimo sueño en el que se mezclaban de forma estrafalaria sus últimas vivencias y en la que su vida acababa hecha pedazos. Sin apenas transición con el sueño, se despertó llorando. Sin embargo, el mismo llanto actuó como un bálsamo reparador y, poco a poco, se fue calmando, aunque no dejó de pensar en el día tan horrible que había tenido.
Había salido a toda prisa del taller, conmocionada por la insinuación del doctor respecto a su estado. Ni si quiera le había dado las gracias a Alberto por lo amable que había sido con ella. Se había comportado como una niña mimada, con una gran falta de consideración hacia todos. Ella no era así. Solo tenía una disculpa: se encontraba por completo trastornada, atrapada por los últimos sucesos que comenzaban a entretejerse y conformaban poco a poco una tupida red que la estaba apresando. Sí, era como una trampa, una trampa sin sentido que le estaba tendiendo la vida.
Al salir del cuarto de baño miró por la ventana. La tarde era agradable y parecía que el calor sofocante del sol ya comenzaba a decaer un poco. Decidió marcharse a dar una vuelta ya que necesitaba respirar aire fresco. Un buen paseo la ayudaría a recapacitar sobre sí misma y sobre el giro que estaba tomando su vida.
Caminó durante un buen rato, rehuyendo las miradas indiscretas que los pocos transeúntes que se encontraba por la calle le propiciaban, y que atribuyó a su condición de forastera. La hacían sentirse bastante incómoda porque no estaba acostumbrada a que la observasen de ese modo.
Al cabo de un rato torció por una esquina y al poco se encontró andando por una trocha que se internaba en el monte. La vegetación se hacía más espesa conforme avanzaba por el camino, que era agradable y tranquilo.
Decidió, de pronto, que se haría la prueba de embarazo. Un breve escalofrío le recorrió el espinazo. No se sentía en absoluto preparada, pero, al parecer, carecía de alternativa…
Al final, el camino moría de forma repentina en medio de un pequeño promontorio lleno de maleza. Subió hasta allí y vio que de ahí nacía otro sendero, si cabe más estrecho, que bajaba por la ladera contraria. Continuó por él y, al cabo de algunos minutos, llegó a un pequeño llano en donde se hallaba situada, contra la pendiente del monte, una vetusta fuente de piedra.
La vereda seguía y se perdía serpenteante, pero Alicia pensó que ese era un buen lugar para descansar y decidió quedarse allí un rato. Se veía que la humedad y el tiempo habían causado estragos en la rústica estructura. Del murete manaban tres caños, el central estaba situado un poco más alto que los otros dos y encima de él había un letrero oxidado en el que a duras penas podía leerse «Agua potable», y debajo, en una grafía mucho más pequeña y en cursiva « 27 de marzo, 1962», sin duda la fecha en que había sido inaugurada por la autoridad competente. Por encima, ya en la falda de la loma, las ramas de un frondoso sauce llorón descendían a modo de cascada hacia los caños, aunque sin llegar a tocarlos. La fuente estaba flanqueada por sendos poyetes de piedra, también bastante estropeados por el tiempo, que se construirían en su momento para facilitar el descanso a los viajeros, y acaso también, a desorientados excursionistas como ella.
Alicia se refrescó la cara y los brazos y bebió un poco, haciendo un cuenco con las manos. Tenía un sabor diferente al agua embotellada que estaba acostumbrada a beber, con un ligero toque amargo al paladar; aun así la encontró muy refrescante y alivió su sed.
A continuación, se sentó en uno de los poyetes y continuó encadenando sus razonamientos. ¿Qué haría, si realmente estaba esperando un hijo? El momento no podía ser peor, ya que, ahora mismo, no quería saber nada de Ignacio. Era cierto que tenía su propio negocio: la peluquería, que le iba bastante bien, clientela no le faltaba. En ese sentido no tenía problemas, pero… ¿podría cuidar ella sola a un bebé?, ¿de verdad deseaba ser madre soltera?
No tenía respuesta para ninguna de esas preguntas. Cuanto más intentaba pensar, más embrollado lo veía todo, así que decidió parar, porque la cabeza le estallaba de tanto cavilar. Todavía queda tiempo para tomar decisiones, se dijo a modo de un consuelo que en realidad que estaba muy lejos de sentir. En ese momento, todo le pesaba como una gran losa de piedra. La gran montaña que había a su espalda parecía que la tenía encima de sí y que su peso le impedía respirar. Miró a su alrededor y descubrió en esa naturaleza, apenas domesticada por la mano del hombre, toda la armonía que le faltaba a su vida.
Decidió dejar a un lado sus elucubraciones y disfrutar un rato del espléndido paisaje que se le ofrecía a la vista. Sin darse cuenta quedó sumida en un estado contempletativo, con el tiempo suspendido en el abismo de la eternidad. No fue consciente del lapso transcurrido, pero en cierto momento volvió en sí y le pareció que ya era hora de regresar, porque empezaba a sentir hambre y sobre todo porque la luz comenzaba a escasear.
Volvió por una de las sendas que se abrían al promontorio desde donde había divisado la fuente, pero, luego, a pesar de que lo intentó en varias ocasiones y por distintas vías no daba con el camino de vuelta. Tuvo que admitir que se había perdido.
Mientras tanto, había oscurecido por completo y comenzaba a notar algo de frío. Sintió de repente una angustia espantosa y la venció la pena, con una sensación terrible de soledad. Para ser francos, también le entró algo de histeria al pensar que nadie iba a reparar en su ausencia ni salir en su búsqueda.
Ya no quedaba ni un ápice de claridad. De pronto, sus pensamientos cesaron porque vio la luz de una linterna avanzando hacia ella, al paso. Se quedó quieta, aguantando la respiración, expectante y un poco atemorizada por la presencia de un desconocido en un paraje tan solitario. Sin embargo, la luz, y con ella quien la llevaba, que no parecía haberse percatado de su presencia, se le vinieron encima con tanta rapidez que no los pudo esquivar. El hombre, retrocedió al instante, casi tan sobresaltado como ella y alumbrándole a la cara durante un breve instante, dijo con patente alivio:
—¡Ah…!, es usted. Siento haberla asustado —Alicia, deslumbrada, por un instante fue incapaz de ver nada, pero reconoció sin dificultad la voz de Alberto—. Lo siento. ¡Es que nunca hay nadie por aquí…! —añadió insistiendo en su disculpa.
—Entonces, no saben lo que se pierden… — respondió Alicia, ya más serena.
La verdad era que ya se encontraba mucho más aliviada por la presencia protectora de Alberto. Los nervios pasados, sin embargo, le estaban desatando la lengua.
—Es un bonito lugar, pero me he perdido y no consigo dar con el sendero correcto...
Alberto respondió sonriendo con disimulo al observar de soslayo un mohín de vergüenza en el rostro de ella:
—No te preocupes, yo te acompañaré y no te sientas ridícula— sin darse cuenta había pasado al tuteo—. A mí también me ocurrió, de niño…Estuve perdido unas dos horas, hasta que mi padre, que había salido a buscarme muerto de preocupación, por fin dio conmigo —ahora, era ella quien lo miraba entre extrañada y divertida, casi sin dar crédito a sus últimas palabras.
»Era al final del invierno, y, créeme si te digo pasé mucho miedo y frío. Desde entonces, siempre que vengo traigo mi linterna —se traba de una estúpida manía por su parte, porque a esas alturas, hubiera sido capaz de volver al pueblo hasta con los ojos cerrados. Un poco abochornado tras haberle mostrado ese signo de debilidad añadió—: me gusta venir aquí cuando cierro el taller, sobre todo ahora, en verano. Me relaja este sitio.
—Pues tu costumbre ha sido mi salvación —para entonces, Alicia ya se había calmado por completo—. Por cierto…, no te he dado las gracias por lo de esta mañana. Has sido muy atento, y ahora me vuelve a rescatar, así que te debo dos.
Mientras iban conversando, Alberto la había cogido suavemente del brazo y había comenzado a guiarla por el camino de vuelta. Ahora, ya se divisaban, a lo lejos, las primeras casas del pueblo con las luces de los soportales encendidas. Alicia pensó que le debía a Alberto algo más que las gracias y lo invitó a cenar, tratando así, de corresponder a toda la amabilidad que estaba derrochando con ella. Este, al principio fue algo reticente, pero por fin aceptó. Tan solo le impuso una condición, tendría que pagar él. Este gesto tenía más de orgulloso que de galante, pues menudo pitorreo podía llegar a organizarse entre sus amigotes si se enteraban de que se había dejado convidar por una mujer. Ella no comprendió muy bien este empeño de Alberto, puesto que el propósito era agasajarlo a él, pero al final se dejó convencer, sin dar mayor importancia a ese pequeño detalle. Cenaron en la pensión, ya que no había muchos lugares donde elegir.

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#8

VII
La pensión era una antigua casona del pueblo restaurada de manera conveniente a ese fin. Por fuera conservaba el aspecto típico de las otras casas del pueblo, aunque era bastante más grande ya que, en realidad, se trataba de tres inmuebles contiguos cuyas fachadas se hallaban unificadas por una pintura en un tono verde lima, que contrastaba con el blanco predominante de las demás casas.
Si por fuera se habían atrevido a darle un color, digamos interesante, por dentro, la restauración había sido exquisitamente escrupulosa con su aspecto primigenio. Los techos, bastante altos, tenían las vigas oscuras de madera a la vista. El suelo era de barro cocido —aunque de un material bastante más moderno y práctico que el original— y la escalera que daba al piso superior, donde se encontraban las habitaciones, contaba con una barandilla negra de hierro forjado, que hacía resaltar, aún más, el piso de color teja. Todo ello, unido a un mobiliario recio de estilo castellano, a unas lámparas a juego y a unas puertas de madera, en roble oscuro, le daba a todo el conjunto un aire campestre y sencillo. Unos claros visillos de hilo cubriendo las ventanas, terminaban de de dar el toque de época a todo el conjunto. En el interior, las paredes también conservaban el color blanco inicial, lo que contribuía a dar bastante claridad al local, aunque por la noche, como es natural, este detalle no pudiera apreciarse.
En la planta baja, además de la cocina y otras dependencias ocultas a la vista, se encontraban la barra del bar y un pequeño salón con unas cuantas mesas, que lo mismo se usaban para que los parroquianos echaran sus partiditas de cartas o dominó, que como salón de comidas.
La clientela era en su mayoría autóctona, pero de vez en cuando se dejaba caer algún foráneo despistado.
Se sentaron en una mesa situada en uno de los rincones más discretos y apartados del comedor, y fue la propia María quien les atendió, de forma muy diligente y parando de tanto en tanto la oreja, lo que en el fondo divirtió mucho a Alicia.
La conversación fue, en líneas generales, bastante amena, aunque decayera en algunos momentos. Alicia reconoció que su acompañante distaba mucho de ser el patán pueblerino que se había imaginado en un primer momento.
Era un joven guapo y bien plantado, algo más alto que Alicia, aunque su estatura no pasaba del metro setenta y cinco; se veía con cierta corpulencia, pese a ello, se encontraba bastante alejado del prototipo de musculitos asiduo al gimnasio que tanta grima le producía a ella. Su pelo era liso, de un tono castaño oscuro, y lo llevaba muy corto, aunque no rapado. Su tez también era morena y estaba bastante curtida por el sol, todo lo cual contrastaba con sus risueños ojos de un claro azul turquesa que eran el principal foco de su atractivo.
Alicia, olvidando por completo sus preocupaciones, escuchaba embobada todas las explicaciones que le estaba dando a cerca de su vida en el pueblo. No entendía cómo no se había fijado en él por la mañana. Aunque claro está, en esas circunstancias, mareada y con todo dando vueltas a su alrededor, no estaba como para reparar en los encantos de nadie.
Le contó, entre otras muchas cosas, que tenía veinticuatro años y que no siempre había vivido en Fontina, sino que había estudiado en la capital y había retornado para hacerse cargo del taller de coches al jubilarse su padre. También, que llevaba la mecánica en la sangre y era un enamorado de su trabajo. Por desgracia, sus padres habían fallecido jóvenes, su madre cuando aún era niño y su padre hacía apenas un par de años. Se lamentó porque eran los dos peores trances por los que había tenido que pasar en toda su vida. Además era hijo único, motivo por el cual vivía solo en la vieja casa familiar. Estas últimas confidencias la hicieron sentirse algo culpable y desagradecida con la vida, ya que por suerte, los suyos seguían vivos y sanos, y podía contar con ellos para todo. Ya, para terminar, le confesó que Fontina le gustaba, que aquí vivía bien, que tenía sus amigos y que por ahora ni tenía novia ni había pensado en casarse.
Alicia, por su parte, le hizo un pequeño resumen de las peripecias de su frustrado viaje, aunque tuvo buen cuidado, más por picardía femenina que por otra razón de más peso, de no contarle nada referente a Ignacio.
Acabada la cena, ya estaban despidiéndose, cuando Alberto le propuso hacer una excursión al día siguiente, que era sábado, y por tanto no trabajaba. Conocía un lugar pintoresco donde había una fonda regentada por un viejo amigo suyo en la que podrían comer. Alicia aceptó encantada y subió a su habitación con el ánimo mejorado de manera notable por la agradable velada.

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#9

- VIII -
El traqueteo monótono del tren lo había amodorrado, pero la brusca parada en un apeadero, le devolvió de nuevo la conciencia. Miró por la ventanilla y vio un paisaje vasto y desértico, de colores pardos, agostado por el sol del verano. Se dio cuenta de que su pesado compañero de viaje, que tanto le había importunado con su cháchara incansable, ya no estaba, y suspiró aliviado. Ahora podría viajar tranquilo el resto del trayecto.
Pensaba que ya no debía quedar mucho para Valdetoro, tan solo una hora, a lo sumo hora y media. No estaba acostumbrado a viajar en tren y le costaba hacer el cálculo pero, a juzgar por los kilómetros que quedaban, el viaje pronto tocaría a su fin.
Intentó planear una estrategia. Lo primero que haría sería encontrar alojamiento. Eso lo tenía claro pero lo que ya no tenía tan claro era cómo continuar. Parecía una locura intentar encontrar a Alicia de esa manera, presentándose en el lugar en el que se perdía su pista, y casi pretendiendo que apareciese como por arte de magia. No se le ocurría ningún plan que tuviese una mínima garantía de éxito. «¿Será mejor preguntar en los hostales, o, por el contrario comenzar por los talleres de de coches?», pensó agobiado por las circunstancias. Casi le parecía una duda existencial…
En ese tramo, el paisaje cambiaba, se hacía algo más abrupto y comenzaba a verdear. De vez en cuando, pequeños pinares se alzaban en algunas laderas, poniendo el contrapunto al azul del cielo. La silueta de algún chalé se contoneaba desafiante sobre el claroscuro del monte haciendo desistir a Ignacio de la idea, por otra parte absurda, de que esos remotos parajes estaban por completo deshabitados.
Pensó en cómo sería Valdetoro, si se parecería a algún otro pueblo de los que él había conocido. Cerró los ojos, y, sin darse cuenta, volvió a quedarse dormido. Al fin, sobre las 13:30, y sin retraso, según el horario previsto por RENFE, llegó el convoy a su destino.
La primera impresión que se llevó Ignacio de Valdetoro, fue bastante mala. El paisaje era tórrido y desabrido. El pueblo le resultó bastante inhóspito y para remate, la estación quedaba algo retirada del casco urbano; así que no le quedó más remedio que caminar bajo el sol abrasador del mediodía durante un buen rato.
Por fin, vio un bar que le inspiró cierta confianza y pensó que era un lugar tan bueno como otro cualquiera para iniciar sus pesquisas. De allí lo mandaron al Hostal Paqui, el mejor del mundo entero en opinión del camarero que lo atendió.
La habitación donde se instaló no podía ser más penosa. Las paredes estaban llenas de desconchones, ya que hacía siglos que no habían visto una mano de pintura. El baño, a pesar de que saltaba a la vista que lo habían limpiado con escrupulosa meticulosidad, apestaba a lejía revenida y tenía un aire de decrepitud altamente contagioso, para el que Ignacio no estaba vacunado en absoluto. En la cama, sobre las sábanas, ásperas como un papel de lija y con algún que otro remiendo, lucía una raída colcha de hilo blanca, que amarilleaba en algunas zonas y que también se veía carcomida por la polilla en varios puntos. Ya, para colmo, la única ventana, en lugar de dar a la calle, se asomaba a un sombrío patio de luces. ¿Se podía pedir más…? O menos, según se mire.
Ignacio, sin sacar sus exiguas pertenencias de la bolsa, se dio una ducha rápida con ánimo de refrescarse, tras la cual salió en busca de fortuna. Una vez abajo, preguntó al conserje por el taller mecánico más cercano. Este le dijo que en la misma calle, dos manzanas más arriba, había uno. Pensó que tenía que probar, para eso había llegado hasta allí, así que se animó a sí mismo y enfiló hacia el taller.
No le costó demasiado trabajo dar con él, y había tenido suerte, ya que, por tan solo cuestión de minutos, lo había encontrado abierto, aunque en el interior solo quedaba un muchacho terminando de lavar un Volkswagen Golf.
—¿Grúa? —repitió, receloso, la última palabra proferida por Ignacio, obligándole así a reformular la pregunta.
—Te digo, que si conoces algún sitio dónde haya grúa, para transportar coches.
—Nosotros no tenemos grúa —reiteró este, con absoluta indiferencia ante la insistencia de Ignacio.
—¡Sí!, ¡ya sé que aquí no!, pero habrá grúas en algún lugar de Valdetoro, ¿no, chaval? —volvió a preguntar con obstinación, por tercera vez, ya bastante molesto ante la actitud displicente del joven.
Entonces, este le contestó a regañadientes que había dos empresas de grúas en Valdetoro, pero solo se acordaba de una de ellas, Grúas Fernández, y de la dirección no estaba seguro del todo. Le dijo que preguntara más arriba.
Decepcionado, Ignacio pensó que sería mejor ir a comer, pues ya se iba haciendo hora. Se echaría una siestecita hasta las cinco y media o las seis, y ya, con el sol algo más bajo, haría un nuevo intento.
Cuando volvió a salir, descansado por el sueño reparador, comprobó con impotencia que todo estaba cerrado, «¿cómo no he caído en la cuenta de que es sábado?», pensó lleno de frustración. Ahora tendría que esperar hasta el lunes para continuar su búsqueda por los talleres, aunque todavía le quedaba la posibilidad de seguir indagando en hoteles y pensiones. «¡Algo es mejor que nada!», se dijo a sí mismo, tratando de no dejarse abatir por las contrariedades, y dedicó lo que quedaba de tarde a recorrer las calles semivacías, preguntando a los pocos transeúntes con los que se encontraba. La mayoría lo miraban con extrañeza y, sin darle apenas respuesta, se alejaban a toda prisa. Tan solo algunas personas de buen corazón, al verlo tan desalentado, le dieron diversas direcciones. Como es natural, de nada le sirvieron, pues el objeto de sus deseos no se encontraba en esa población.
Después de cenar en un tugurio apestoso una cena bastante sospechosa, volvió a su pensión, aunque a duras penas podía andar, ya que tenía los pies reventados por toda una tarde de infructuosas caminatas.
Se echó en la cama, vestido como estaba, y se quedó dormido al instante. A pesar de su cansancio, su sueño distó mucho de ser tranquilo. Tuvo una horrible pesadilla en la que se perdía en un lugar desconocido, una especie de tortuosos laberinto cuya salida no conseguía encontrar. Al final, cubierto por un sudor frío y, ya de madrugada, se despertó con mal cuerpo y peor talante. Achacó su mal estado a la cena infame de la noche anterior y por más que lo intentó no consiguió conciliar de nuevo el sueño.

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#10

- IX -
Alberto fue puntual. Recogió a Alicia a eso de las diez de la mañana y partieron en su flamante BMW de color azul metalizado. El día había salido espléndido. Se adentraron por una carretera secundaria, estrecha y sinuosa. Al parecer, la conocía bien y conducía con bastante soltura; y a una velocidad quizás excesiva para el estado, tan sensible, en el que se encontraba Alicia. Esta le rogó que aminorara la marcha y él, obediente, cumplió la orden al instante, aunque le preguntó, con cierto tono de ironía acompañado de aires de gallito bravucón:
—¿Tienes miedo?
—No, no es eso… —le contestó Alicia, tratando de buscar de manera rápida una excusa plausible—. Es que últimamente ando con el estómago un poco revuelto…
—Ya… —dijo Alberto, a su vez, con una sonrisita cínica perfilada en su rostro.
Estaban finalizando el ascenso de la montaña y el paisaje era espectacular. Alberto iba señalando como un auténtico maestro de ceremonias todo aquello que resultaba digno de atención: la cadena de picudas montañas que se veía a lo lejos en el horizonte, el embalse que parecía un espejo que duplicaba el paisaje, aunque dándole un tinte algo más sombrío y más adelante la garganta por donde zigzagueaba el río que había estado labrándose su lugar entre las piedras a lo largo de los siglos.
En la cumbre había un mirador fantástico y Alberto decidió parar allí durante un rato para disfrutar de la hermosa vista. Alicia contemplaba todo aquello con los ojos de una niña que llevara años sin ir de excursión, consciente de que había estado demasiado tiempo sin salir de la ciudad, dedicada a la peluquería y entregada, quizá en exceso, a su tormentosa relación con Ignacio.
—Mira, Alicia, ¡allí está Fontina!, ¡verdad que es bonito! —exclamó Alberto, señalando un punto en la lejanía.
Se notaba en el tono de su voz la pasión que sentía por su pueblo. Ella asintió, contagiada por su entusiasmo, pero le dijo que se encontraba algo cansada y volvieron al coche. Durante el resto del viaje ya no hablaron mucho. Tan solo de vez en cuando Alberto recordaba su papel de guía y señalaba a Alicia cualquier accidente geográfico digno de mención. Se dio cuenta de que un velado pesimismo envolvía su semblante y no quiso cansarla demasiado con banales observaciones.
Un poco antes de las dos, llegaron por fin a su destino. Era un pequeño mesón situado en un lugar inverosímil. Se llamaba La Fonda del Diablo, y desde luego, su emplazamiento le hacía plena justicia a ese nombre tan peculiar. Aparcaron el coche en la explanada que había debajo y subieron a pie los escalones esculpidos en plena roca que le daban acceso.
Arriba les recibió Juanito, dueño y además, cocinero, de ese increíble lugar. Al parecer, aunque era bastante mayor que Alberto —Alicia calculó a ojo de buen cubero que andaría por los sesenta años— entre los dos hombres existía una notable amistad.
—No os preocupéis por nada. Aquí está el viejo Juanito que se encargará de todo. ¡Os voy a preparar una comida de chuparse los dedos! —afirmó mostrándoles una campechana sonrisa. A continuación preguntó—: por cierto… ¿cómo se llama la señorita? —su tono era entre curiosos y solícito.
—Alicia, me llamo Alicia Lamata. —dijo, dándole la mano de manera cortés, y sin esperar a que Alberto la presentara.
El hambre les apremiaba y Juanito, que se lo leyó en los ojos, los acomodó con presteza en la mesa que les tenía preparada, justo al lado del magnífico ventanal. Desde allí era posible apreciar toda la grandiosidad del paisaje que los envolvía. Alberto se atrevió a preguntar, no sin cierta timidez, por el menú que les tenía preparado, pero Juanito, algo contrariado, le dijo que tendría que esperar porque se trataba de una sorpresa.
—Tú y yo no hacemos más que perdernos por el monte y comer juntos —dijo entonces Alicia, que se mostraba otra vez de buen humor.
—Sí, eso parece, pero espérate a probar las delicias de Juanito… —enseguida añadió—: no es que la comida de María sea mala ¡no!, pero Juanito tiene un toque supremo para la cocina… además, ¡este lugar es tan especial…!
—Pues en ese caso, comamos y brindemos —dijo alzando la copa de vino—, ¡por Juanito y su toque supremo! —Alicia se manifestaba ahora casi eufórica, y eso que aún no había bebido.
Hablaron de cosas intrascendentes durante toda la comida. Se rieron con algunas anécdotas que se contaron mutuamente. El ambiente estaba muy distendido hasta que a Alberto se le ocurrió decir:
—Si no quieres no me cuentes nada, Alicia, pero ayer…, cuando te desmayaste en mi taller, no pude evitar oír lo que te dijo el doctor Marcilla…
El rostro de Alicia se demudó al instante. Ahora su semblante traslucía ansiedad y preocupación. En un movimiento nervioso, apartó el plato a un lado, dejando de comer y, sin darse cuenta, hizo trizas con las manos una servilleta de papel. Alberto se arrepintió enseguida de haber pronunciado esas malditas palabras. Hubiera deseado poder recogerlas, pero eran como agua derramada, imposible de devolver al recipiente original. El mal ya estaba hecho y Alicia, sin variar su expresión de inquietud, se tomó su tiempo para contestar.
—Supongo que ya no puedo ocultártelo, ¿no…?, ¡está bien! —prosiguió en un tono lastimero— anoche no fui del todo sincera contigo, bueno…, en realidad fui muy poco sincera —a continuación, se aclaró la garganta con suave carraspeo y continuó hablando.
»Lo cierto es que no fui sincera en absoluto. Solo te conté lo que quería que supieras acerca de mí. Pensarás que soy una oportunista y una falsa, y no me extraña…
En ese momento, Alicia, bastante frustrada por el cariz que estaba tomando la conversación, la interrumpió con brusquedad y se hizo un tenso silencio. Continuó, de nuevo, con su discurso, al cabo de unos segundos interminables.
—La verdad…, me siento tan confundida en este momento —y comenzó con un llanto entrecortado de suspiros; pero ahora, que había empezado a desahogarse, ya no parecía dispuesta a callar— ¡ni siquiera me he hecho la prueba todavía!
Estas últimas palabras las había proferido con un aire más compungido aún. Alberto le ofreció un clínex y trató de consolarla lo mejor que pudo, aunque veía, con impotencia, que sus esfuerzos resultaban por completo vanos.
Juanito, que en ese momento se acercaba para servir un exquisito postre de su invención, Lágrimas de chocolate para ser exactos, desconcertado por lo que estaba viendo, interrogó con a Alberto con la mirada. Este, resignado a que le considerara culpable sin necesidad de juicio alguno, se limitó a encogerse de hombros sin demasiada convicción, como diciendo que la cosa no iba por él. Pese a ello, su gesto no logró persuadir del todo a Juanito que no tenía ganas de inmiscuirse en lo que consideraba sus líos de faldas. Se limitó a servir los platos y a desaparecer de forma discreta hacia la cocina.
—¡Qué tonta soy! —terminó exclamando Alicia, al tiempo que se secaba las lágrimas—. ¡Está bien!, te lo contaré todo: tengo novio, bueno…, al menos lo tenía…, ¡hasta hace bien poco! Estoy casi segura de que hay otra mujer. Y ahora estoy sola y posiblemente embarazada. ¿Qué te parece?, ¡bonita historia, eh…! —terminó estas últimas palabras con un cierto tono de resentimiento que no fue muy del agrado de Alberto.
—A mí, ni me parece ni me deja de parecer —respondió él, de forma un tanto lacónica. Ahora mostraba el mismo aire de congoja que Alicia—. Apenas nos conocemos…, pero…, me gustas. No tengo oportunidad de conocer a muchas chicas en Fontina. ¡Tú!…, me encuentro a gusto contigo, pero no quiero que por mi culpa te sientas todavía más presionada —a continuación, sus palabras se tornaron casi en una súplica—. ¡Por favor!, olvida lo que te he dicho. Mencionarlo ha sido una torpeza por mi parte. ¡No tenía ningún derecho a entrometerme! —en verdad que sus disculpas sonaban sinceras.
—Sí, tienes razón, disfrutemos del día. Tú también me caes bien. Brindemos: ¡por nosotros!
Sin embargo, algo se había quebrado ya en al aire. Aunque en apariencia todo volvía a estar en orden, Alberto se percató de que las risitas de Alicia, ahora resultaban algo forzadas y el buen ambiente anterior había desaparecido como por encanto. Acabada la comida, dieron una vuelta por los alrededores de la fonda y a media tarde, después de tomar un café, emprendieron el regreso a Fontina. Esta vez, Alberto condujo su coche con extrema suavidad y moderación, y apenas si se dirigieron la palabra en todo el camino. A eso de las ocho estaban de vuelta en Fontina.
Alberto la dejó en la pensión y se marchó a su casa sin dejar de pensar que era un auténtico metepatas. Su inoportuno comentario había estropeado por completo el día. No encontraba reproches suficientes para mortificarse con ellos. Para una vez que se le ponía un pichoncito a tiro, erraba como un novato, lo que en realidad era. Tenía poca experiencia con las mujeres ya que el personal femenino en edad de merecer escaseaba en el pueblo y pocas veces había podido disfrutar de una situación tan favorable para ligarse a una forastera.
Por su parte, Alicia subió a su habitación y se tumbó en la cama un rato antes de la cena. Se encontraba agotada, el día había sido demasiado intenso. «¡Dios…!», pensó. Se había sentido tan mal durante la conversación con Alberto… ¿Cómo pretendía explicar a nadie aquello que no podía ni explicarse a sí misma? Sentía un vacío en la boca del estómago, una especie de vértigo interior. No podía seguir con esa incertidumbre, era mejor tener una certeza. Prefería afrontar lo que el destino le tuviese deparado antes que proseguir con ese desasosiego que la reconcomía por dentro. Se haría la maldita prueba lo antes posible…

Hace más de 3 años

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#11

Sacó el móvil del bolso y lo observó durante un buen rato, dudando entre encenderlo o dejarlo apagado. Quizás podría llamar a alguna de sus amigas y desahogarse, o a su madre, que, a buen seguro, la apoyaría de forma incondicional. También podría llamar a casa y ver si había vuelto Ignacio… Este último pensamiento fue definitivo para desterrar la idea. No podía hacer eso ya que sería una claudicación en toda regla, y su orgullo seguía muy herido todavía. Así que, mantuvo el teléfono apagado, ni siquiera pensó en la posibilidad de escuchar los mensajes de voz de Ignacio, que a esas alturas todavía no se había atrevido a abrir.
Estaba tan cansada y deprimida que le pidió a María que le subiera la cena a la habitación, pero apenas si la probó. Después se durmió con un sueño tranquilo, propio de quien ya ha tocado fondo y su vida ya no puede sino mejorar, pues caer más abajo es un desafío del todo irracional para las leyes de la física.

- X -
El domingo siguiente no fue un buen día. No lo fue para nadie. Amaneció frío y lluvioso, desapacible y triste.
Alberto, todavía atormentado por el pésimo resultado de la excursión, que con tanta ilusión había preparado para complacer a Alicia el día anterior, se levantó tarde y enfurruñado consigo mismo. Se quemó con el café al tirárselo por encima, distraído como estaba por sus taciturnos pensamientos. Untó con saña la tostada, como si fuera la culpable de todos sus males y, esta, en justa venganza, se le cayó al suelo siguiendo el certero criterio de la ley de Murphy; es decir, por el lado de la mantequilla. Renunció a prepararse otra e intentó comer unas rancias magdalenas que encontró en el fondo de la despensa, pero su aspecto repugnante y mohoso le hizo desistir de probarlas. Así que, dio por terminado su desayuno después de tomar el poco café que le había quedado en la taza tras derramarlo.
Después salió a comprar el periódico, costumbre sacrosanta de todos los domingos. No solo acostumbraba a leerlo con auténtica fruición desde la primera a la última página, sino que cualquier supuesto observador neutral hubiera opinado que trataba de aprendérselo de memoria, tal era la devoción con que solía devorar las páginas. Pero aquel día, apenas si podía concentrarse en los titulares, por lo que lo arrojó, con una furia mal contenida, sobre el suelo del salón.
A continuación, quiso escuchar algo de música, para templar un poco los nervios; pero no encontraba nada que mejorase su estado de ánimo. Por el contrario, todo lo ponía más melancólico y malhumorado.
El día tampoco acompañaba para salir de casa, por lo que al final, cerca de la una de la tarde y en contra de sus sobrios hábitos, en cuanto a la bebida en particular, y a todo lo demás en general, se tomó algún que otro güisqui.
Acabó quedándose dormido en el sofá de puro aburrimiento, aunque hay que decir que los efluvios alcohólicos también aportaron su granito de arena.
Se despertó cuando ya casi era de noche, tomó una cena ligera sin demasiado apetito, vio una película en el DVD, nada más que para matar el tiempo, y muy temprano se fue a dormir; los días laborables se levantaba a las seis y media de la mañana y no era cosa de añadir penalidades físicas a las sicológicas, ya sufridas durante ese fin de semana maldito.
El despertar de Alicia no fue mucho mejor. Ella también se sentía afligida por su frágil situación y por lo mal que se le había dado el día anterior.
Bajó temprano a desayunar y María, muy observadora, se percató al instante de la pesadumbre de Alicia. Se le notaba en la expresión por más que tratara de disimular con una afectada sonrisa.
La posadera trató de ser amable y le preguntó si se encontraba bien. En realidad, por mera cortesía y sin esperar una respuesta concreta. Pero su demanda surtió mucho más efecto del esperado y Alicia se desmoronó de repente, comenzando a llorar de forma queda y con cierto disimulo, pues le daba vergüenza que la vieran así en un lugar público.
Pero al final, tragándose las lágrimas, se sinceró, contándole, más o menos, todas sus andanzas desde la última discusión con Ignacio hasta su llegada a Fontina. El resto de la historia, ya lo conocía de primera mano, por lo que no hizo falta repetírselo de nuevo.
Ella se alegró sinceramente de que por fin Alicia se hubiera desahogado, ya que estaba segura, de que el simple hecho de hablar de sus problemas, si bien no les restaría importancia, sí le haría observarlos bajo una perspectiva bastante menos catastrofista. No era la primera mujer, ni sin duda la última, que se encontraba en una situación semejante. Le insinuó que debía darle otra oportunidad a su novio, ya que, en su modesta opinión, todavía era posible una reconciliación
—Torres más altas han caído —le dijo con convicción y sin ningún tipo de pudor. Y, en seguida añadió—: ¿sabes?, la farmacia está abierta las veinticuatro horas del día, domingos y festivos incluidos, así que, si eso es lo que quieres, tan solo tienes que decírmelo e iré yo misma a traerte la dichosa prueba.
Alicia asintió, dejándose convencer con docilidad, y subió a descansar a su habitación porque se encontraba sumida en un estado de apatía total que le impedía incluso pasar el tiempo leyendo, algo que tanto le gustaba.
Al cabo de una media hora, más o menos, llegó María con el test. Estudiaron atentamente las instrucciones como si fueran madre e hija. La situación no dejaba de resultar un tanto cómica por lo inverosímil, pero decidieron de común acuerdo posponerlo hasta el día siguiente, ya que el prospecto indicaba de forma clara que la prueba era mucho más fiable con la primera orina de la mañana. Al fin y al cabo, ¡qué podía importar un día más de incertidumbre!
La buena mujer la trató con mucho mimo el resto del día y le dijo que si no quería, no hacía falta que bajase al comedor, ya que podían subirle la comida a su cuarto. Alicia declinó la invitación con amabilidad, pensando que tanto aislamiento le haría más mal que bien.
Cuando bajo a comer parecía mucho más tranquila y relajada que por la mañana, aunque, la procesión, a buen seguro, iba por dentro. Comió con buen apetito y después de charlar un rato con María de cosas intrascendentes subió otra vez a su habitación con intención de seguir leyendo La luna en agosto, una novelita de corte romántico, que la tenía del todo enganchada desde que había comenzado a leerla. Pero no le duró en las manos ni dos minutos. Al instante se quedó dormida y el libro se le fue escurriendo hasta caer con suavidad sobre el suelo.

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#12

- XI -
Sin embargo, quien peor lo pasó aquel domingo infame fue Ignacio. Desolado y malhumorado a partes iguales por la infructuosa búsqueda del día anterior, se encontraba como un animal enjaulado en su mugrienta habitación. Ganas le dieron de liarse a patadas con puertas y paredes: tan necesitado estaba de liberar la agria adrenalina que se le había ido acumulando durante todos estos días, en los que su vida se le estaba yendo a pique.
Sí, ahora comprendía que aquello era una especie de castigo divino —en su caso debía de tratarse de una especie de sucedáneo ya que él no era creyente— por su inmadurez, por no haber sabido valorar a tiempo lo afortunado que había sido compartiendo su vida con Alicia, por su falta de consideración hacia ella y por tantas y tantas cosas malas que había hecho a personas inocentes a lo largo de su, todavía, corta vida.
Si aún conservara un ápice de fervor religioso se hubiera puesto a rezar como un niño y le hubiera pedido a Dios que hiciera retroceder el tiempo justo hasta el momento antes en el que él se marchaba de casa, dando aquel portazo digno del mejor de los melodramas.
Por desgracia, Ignacio era un ateo militante, porque nada de lo que había pedido le había sido concedido. Cuando vivía su padre —él, apenas un niño— a menudo le imploraba con vehemencia que no llegara borracho esa noche, arrebujado en su cama, sin apenas sacar la cabeza del embozo, de puro miedo.
Pero en ninguna de esas ocasiones lo escuchó Dios. Bueno, puede que sí, en una o dos como máximo. Pero la mayoría de veces aparecía su padre bebido pasada la media noche, y comenzaban el escándalo, los gritos y los lloros. Su madre suplicándole que dejase al muchacho en paz, pero eso era algo que rara vez ocurría; lo habitual era que, después de la tunda a la madre, le tocara el turno al hijo.
Ignacio, cuando oía a su padre acercarse a la habitación, se solía orinar encima presa del pánico. Lo aguardaba atemorizado, escondido entre las sábanas húmedas y calientes, esperando la vaharada espesa de ese aliento atufado de alcohol rancio que tanto asco le daba. Se sentía impotente, sabiendo lo que le esperaba, deseando ya que durase poco esa espera, pues no hay nada peor que tener la seguridad de lo que te va a suceder cuando eso es malo, más que malo: penoso, traumático, insoportable. Esos momentos de incertidumbre, de no saber si esa noche se libraría o no de la paliza, eran tan angustiosos para él, o más, que la paliza misma. Y en pocas oportunidades se libró de ella.
Al día siguiente, en la escuela, con el cuerpo lleno de moretones fingía que se había caído con la bici —que por cierto, nunca había llegado a tener— o que se había peleado con algún coleguilla. Aunque, en el fondo, todos sabían lo que ocurría, nunca nadie hizo nada por remediarlo.
Cuando su padre murió en aquel accidente, nunca del todo esclarecido, pero que según todos los indicios fue provocado por él mismo, que probablemente condujera ebrio, sí pensó que por fin Dios lo había escuchado, que había accedido a sus ruegos y plegarias, y por un tiempo renació su fe. Pero dicen que la alegría dura poco en la casa del pobre, y ¡qué verdad es! Tan solo había transcurrido unos cuatro años de la muerte de su padre, cuando su madre enfermó.
Se la veía empeorar día a día. Nunca le dijo a Ignacio nada sobre ese mal que parecía estar devorándola por dentro, pero él volvió a pedir con mayor devoción si cabe, que no se la llevase también a ella, que con el canalla de su padre ya había tenido suficiente botín.
Pero, una vez más, le dio la espalda y una fría noche de marzo, cuando a Ignacio le faltaba un mes escaso para cumplir los quince años, su madre se fue para siempre abandonándolo a su suerte. Desde entonces Dios, el concepto mismo de Dios, desapareció de la mente de Ignacio. Juró que nunca más pensaría en él, que jamás pronunciaría su nombre, y así lo había hecho, incluso cuando había estado sumido en el más profundo de los pozos.
Era verdad que no había salido solo de allí, otros le ayudaron a convertirse de nuevo en una persona en lugar de la bestia en que se transformó después de morir su madre. Pero ninguno de ellos había sido Dios. Todos eran personas de carne y hueso, buenas personas con nombres y apellidos. Dios se lo había quitado todo y ni siquiera le había dejado el mísero consuelo de la fe. Él y Dios estaban reñidos para siempre e Ignacio lo ignoraba como este había hecho con él, porque amor con amor se paga, ¿acaso no era eso lo justo?
No obstante, de todo eso hacía ya muchos años. En el momento actual, era el sueño del laberinto el que le había puesto con un humor de perros y dejado con mal sabor de boca.
Aunque había llegado hasta allí para buscar a Alicia, poco podía hacer durante el fin de semana. Así que decidió tomárselo con calma, ¿qué otra cosa podía si no, hacer hasta el lunes?
Pasó el día sin pena ni gloria, andando de allá para acá, buscando un restaurante para comer que tuviera una apariencia de mínima decencia. A continuación, volvió a la pensión a descansar un poco, ya que tenía los pies en carne viva de tanto caminar.
Luego ya, a media tarde, bajó al bar y pidió un café con hielo para entonar el cuerpo y de paso, mitigar un poco el sofocante calor que lo tenía medio asfixiado.
Aburrido como estaba, después de varios días sin haber hablado apenas con nadie, no pudo menos que reparar en una conversación pescada al azar entre dos parroquianos que compartían la barra, a escaso medio metro de él.
—Pues sí, Federico, allí, con el parabrisas hecho una braga estaba la gachí, esperando mi grúa, como quien espera el agua de mayo…
Tras una breve pausa para dar un sorbo a su cerveza, el desconocido continuó hablando.
—Así que, como paraba mucho más cerca de Fontina que de aquí y ya era noche cerrada, allí que la llevé. ¡Ay, la pobre!, estará pasando unos días de retiro espiritual porque…, ¿a ver qué va a hacer una chica de ciudad como ella hasta que le arreglen el coche? Si en un garbeo de diez minutos ya te has visto el pueblo entero…
Sin duda, para un tipo con una vida tan monótona y anodina como la de Paco, lo ocurrido suponía una ocasión única para bacilar delante de su amigo, que hasta el momento ni siquiera había tenido la oportunidad de abrir la boca.
—¡Disculpe! —le interrumpió Ignacio, al que comenzaba a aguijonearle la curiosidad—, ¿dice que recogió a una mujer en la carretera y que la llevó a Fontina?
Continuó sin esperar respuesta, ya que se trataba de una pregunta más bien retórica.
—¿Recuerda qué día fue?
—Miércoles o jueves. Sí, creo que fue el jueves, algo pasadas las nueve de la noche… —contestó Paco, tras hacer memoria sobre lo ocurrido unos días atrás.
—¿Y cómo era? —siguió preguntando, ahora de forma bastante atropellada, porque ya estaba con el corazón a punto de salírsele por la boca. De repente, quería ponerse al corriente de todos los detalles.
—Pues muy guapa, ya lo creo, aunque no tenía buena cara. ¡Parecía muy contrariada! A nadie le gusta quedarse tirado en una carretera así. Era pelirroja, aunque puede que teñida, que yo no entiendo mucho de estas cosas, ¿qué sé yo?, y ¡con un cuerpazo de escándalo…!
—¿Y el coche, no sería por casualidad un Nissan blanco? —prosiguió Ignacio haciendo caso omiso de la insinuación, un tanto procaz, que el hombre había hecho sobre su chica.
A esas alturas ya se encontraba a al borde del infarto, tras tanta ansiedad acumulada, y nada más que veía la posibilidad de encontrar por fin a Alicia. Tantos días buscándola como un poseso y la solución a sus pesquisas estaba acudiendo, como quien dice, sola hasta él.
—Sí, en efecto, no me diga que la conoce —repuso Paco, queriéndose dar cierta importancia.
—Ya lo creo, ¡cómo que es mi novia! Llevo buscándola toda la semana, pensando que estaría aquí, en Valdetoro… —Ignacio estaba ya, por completo, preso de la impaciencia.
—¡A lo mejor es ella la que no quiere dejarse encontrar! —le espetó Paco, resuelto y algo chuleta, sin conciencia de que estaba metiendo el dedo en la llaga, y a buen seguro, sin tener ni idea de con quien se la estaba jugando.
—Bueno…, ¡sí!, tuvimos una pequeña discusión. Ya sabe, cosas de enamorados…, pero nada que no se pueda remediar con un buen achuchón, ¡usted ya me entiende…! —prosiguió Ignacio contemporizando, aunque sin poner demasiado énfasis en tratar de convencer a su interlocutor. Además, qué demonios le importaba a él lo que había pasado.
»Por cierto, ¿cómo puedo llegar hasta Fontina? —añadió, tratando de suavizar por un instante la expresión de su rostro, consciente de que por momentos se estaba volviendo feroz y sabiendo que necesitaba de su colaboración.
—Amigo mío… —comenzó a decir Paco, a la vez que ponía cara de circunstancias—, me temo que lo tiene rematadamente mal. Solo hay un autobús, los sábados. Claro…, que ¿si quiere que yo le lleve personalmente….?, el martes, he de ir a hacer allí una entrega.

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#13

Ignacio no sabía ya si reír o llorar. Siempre había pensado que eso de la histeria era patrimonio exclusivo de las mujeres. Sin embargo, en ese momento, él estaba completamente histérico, requetehistérico, megahistérico, si se permite la expresión. Todos esos días indagando como un loco por Valdetoro y Alicia nunca se había encontrado allí, sino en otro pueblo a bastante distancia. «¡No puedo ser más estúpido!», se repetía sin cesar.
Hasta el martes aún faltaba mucho, pero no le quedaba más remedio que esperar, así que se citó con Paco a las cinco de la tarde en ese mismo lugar. Pagó con gusto las consumiciones de este y de su amigo y salió de nuevo a dar un paseo.
Al contrario que Fontina, que estaba rodeada de hermosos parajes y magníficas montañas, en los alrededores de Valdetoro no había nada digno de contemplación. Solo estaba el pueblo y los desmontes en las zonas de expansión, y luego el páramo. Un páramo desierto y seco, sin apenas una mala hierba que cubriese esa tierra árida y yerma, requemada por el calor del ardiente verano.
Ignacio anduvo durante un buen rato por las calles desiertas de agosto, de un pueblo que para él no presentaba ningún aliciente. Pensó en todos los errores que había cometido a lo largo de su vida, aunque de manera especial, en el último. «Pero siempre es posible una reparación», se dijo a sí mismo, mascullando entre dientes, tratando de animarse. «Estoy a punto de encontrar a Alicia, ojalá que pueda perdonarme y todo vuelva a ser como antes. ¡Que digo como antes!, no, ¡mucho!, ¡muchísimo mejor!», seguía musitando, con la única intención de no dejar paso a la desesperación, que intentaba abrirse camino con la fuerza indestructible de la razón.
La tarde gris plomiza iba perdiendo la luz segundo a segundo hasta que anocheció por completo. A pesar de lo nublado del cielo, desde un claro absolutamente inverosímil en una noche tan desapacible y con el cielo tan cubierto, se asomaba la luna a punto de alcanzar su plenitud. Ignacio se detuvo absorto contemplando su magnífica silueta. «Pronto habrá luna llena», pensó, mientras retrocedía el camino andado con intención de volver a la pensión, buscando una cena sencilla pero comestible, y que no sometiera a su organismo a los horrores pasados la noche anterior. Aunque para ser sinceros, sus trastornos no fueron exclusivamente causados por la cena.

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#14

- XII -
Alicia ya no quiso demorar más la espera y siguiendo al pie de la letra las instrucciones del prospecto, el lunes recién levantada, se hizo el test de embarazo. El minuto de espera se le hizo interminable, pero al fin allí estaba el resultado, que no podía ser otro que positivo. La verdad es que no se sorprendió demasiado porque desde que había tenido el desafortunado encuentro con el doctor Marcilla había ido haciéndose a la idea de lo que parecía inexorable. Aunque, ahora que tenía la prueba en sus manos, se encontraba bastante confusa. No sabía a ciencia cierta si la noticia la hacía feliz o, por el contrario, la disgustaba. Sentía una cierta indiferencia, como si su mente tratara de poner una distancia entre ella misma y su nueva situación. Pasó un buen rato tratando de digerirla, y cuando al fin consiguió recomponerse, se arregló y bajo a desayunar.
María estaba impaciente por conocer la noticia de primera mano, aunque bien que lo había intuido todo desde el primer momento. Cuando Alicia se lo confirmó, la pobre mujer se sintió ante un gran dilema, pues no sabía si felicitarla o darle las condolencias. Al final, optó por lo primero, ya que lo segundo, al margen de ser de bastante mal gusto, no lo había visto hacer a nadie en todos largos años de su dilatada existencia. Así que, sin aspavientos, con la profesionalidad que da el estar acostumbrada a tratar con todo tipo de gente durante muchos años, le dijo que a partir de ese momento debía cuidarse mucho, y mejor aún dejarse cuidar por los demás.
Le sirvió un abundante desayuno, que Alicia, a pesar de que tenía bastante apetito y puso mucha voluntad en ello, no fue capaz de terminar. Después pensó en ir al taller por ver si había alguna novedad respecto a su coche, pero lo pensó mejor porque no le apetecía demasiado enfrentarse cara a cara con Alberto. Además, recordaba que le había dicho que tardaría como mínimo una semana y todavía era lunes, así que ¡a qué preocuparse! Cambió de idea y se dirigió por el sendero que ya conocía y que llevaba a La Fuente del Sauce, que era como la llamaban en el pueblo. A pleno día, estaba segura de que no tendría ningún problema de orientación y encontraría fácilmente el camino de regreso.
La mañana estaba agradable y todavía no apretaba mucho el sol. Además, después del día anterior, tan lluvioso, había refrescado un poco. A pesar de ello, aún sintió la pesadez cansina del sol sobre su cabeza a la vuelta, cuando ya hacía más calor, y lamentó no haber llevado ninguna botella u otro recipiente para recoger agua de la fuente, de modo que llegó a la pensión sedienta y extenuada casi por igual.
María le ofreció un vaso de limonada, y le recomendó que se sentara en el porche a descansar un rato hasta la hora de comer. Alicia no se recuperó del todo del cansancio de la excursión y después de la comida subió a dar una cabezadita, pero estaba tan agotada que se durmió profundamente.
A media tarde, la despertó el timbre del teléfono de su habitación. Era María, para decirle que Alberto estaba esperando abajo y deseaba subir para hablar con ella. Eso contravenía todas las normas de posadera. Era más que probable que a ningún otro hombre se lo hubiera consentido, pero él era su ojito derecho, lo conocía desde niño y entre ellos existía un lejano parentesco, así que lo consideraba un poco como al hijo que nunca tuvo. Además, había sido muy amiga de su madre en vida y esto acrecentaba, más todavía, sus sentimientos maternales hacia el muchacho. Alicia, todavía medio adormilada y sin saber muy bien lo que decía contestó que bien, que subiera…
Alberto había pasado el día muy nervioso. No había parado de pensar en Alicia un solo minuto y sin saber muy bien por qué, se sentía responsable de todo lo que le estaba ocurriendo a ella, al menos, mientras se encontrara bajo los dominios de su territorio.
Confiaba en que ella se hubiera pasado por la mañana por el taller, pero su espera había sido infructuosa y eso lo había puesto, si cabe, más nervioso todavía y, además, de un humor algo sombrío, cosa rara en él, pues era de natural afable y pocas cosas le afectaban a ese extremo. Pensaba, no sin motivo, que estaría enfadada. ¿Quién era él para inmiscuirse en su vida de esa manera? La verdad es que la había abordado sin ningún miramiento y quería disculparse por haber sido tan torpe y grosero el día de la excursión.

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#15

No podía ya más con su zozobra y, ya que ella no había aparecido por el taller, había decidido ir él a la pensión, a buscar su perdón. Lo que nunca hubiera imaginado era que María le permitiese subir a la habitación, esa sí que había sido toda una sorpresa… ¡Pero allí estaba él! Dispuesto a comportarse como un hombre de pelo en pecho, dicho sea en un sentido metafórico, ya que su torso era más bien lampiño.
Tocó con los nudillos en la puerta, intentando sacudirse la timidez. Alicia le abrió al momento, pero inmersa todavía en el sopor del sueño que, de forma tan brusca, le habían interrumpido, no cayó en la cuenta de que su única vestimenta consistía en un picardías, ciertamente muy sexi, pero muy poco apropiado para recibir a un hombre, a menos que intentara seducirlo, claro está. Pero no parecía que ese fuera el caso.
Cuando Alberto la vio con semejante atuendo se le enrojecieron hasta las uñas de los pies y ella, al percatarse, se sintió igualmente avergonzada y sin saber que hacer, si correr como una demente a ponerse más ropa encima, con lo que daría todavía más relevancia al incidente, o, por el contrario, aguantar el tipo y quedarse como estaba. Al fin y al cabo, en cualquier parte del litoral se podía ver muchísima más carne de la que ella enseñaba con esa prenda. Tal vez, dejándose llevar por la inercia del momento, optó por la segunda opción, prefiriendo pasar por fresca antes que por mojigata. Aun así trató de actuar con la mayor naturalidad que le fue posible.
Como únicamente había un asiento en el dormitorio, que además, no parecía nada cómodo, una vez pasada la vergüenza del primer momento Alicia invitó a Alberto a que se sentara en la cama junto a ella. Este, venciendo su inicial pudor aceptó. Así y todo se le veía azorado e incapaz de iniciar una conversación con un mínimo de coherencia, pues encontrarse a Alicia de ese modo le había causado una gran conmoción interna. Por eso tuvo que ser Alicia quien empezara a hablar:
—¿No te lo ha dicho María antes de subir …?, hoy me hecho la prueba, estoy embarazada —estas últimas palabras las dijo con un hilillo de voz apenas audible, como si fuera un pajarillo asustado e indefenso y ya con las lágrimas comenzándole otra vez a brotarle de los ojos.
»¡Oh Dios mío!, y ¿ahora qué haré? —se lamentó con una vocecita que parecía apenas un susurro.
Alberto no soportaba verla en semejante estado de congoja y pesadumbre, así que la abrazó con ánimo de consolarla. Dejó que llorara un rato sobre su hombro, pero como su llanto no amainaba comenzó a besarle los ojos con dulzura, como si quisiera beberse sus lágrimas. Ella le dejó hacer, sin darse cuenta de que se estaba poniendo cada vez más melosa, al tiempo que el manantial de sus lágrimas se iba secando. De los suaves y tímidos besos de consuelo pasaron sin apenas transición, a apasionados besos de tornillo. Ninguno de los dos pensaba, tan solo se besaban con ardor, como si ellos fuesen los únicos seres sobre la tierra y se fuera a acabar el mundo.
Hicieron el amor como dos enamorados que no se hubiesen visto en años, tal era la pasión que derrocharon. Después de un primer asalto, rápido y apasionado, Alberto comenzó a acariciar con morosidad ese cuerpo de diosa que la providencia había puesto a su alcance. No hubo rincón de su piel, recoveco de su anatomía que dejara por explorar: los suaves y firmes senos, la perfecta espalda, las mórbidas nalgas… Con cada caricia de él, ella sentía un nuevo escalofrío de excitación que le recorría la espina dorsal. Él, por su parte, se deleitaba sin prisas por todos los rincones de su cuerpo, ahora tocaba el fértil vientre, con la tentadora oquedad de su ombligo perfecto en su centro. Después fue descendiendo lentamente hacia el monte de Venus. Lamió con deleite sus ingles, y después retrocedió al centro de su sexo que lo atraía con sus aromas de reminiscencias marinas y que saboreo con amorosa suavidad y lentitud, consiguiendo que Alicia tuviera un orgasmo interminable, perdiendo prácticamente la conciencia.
Más tarde, cuando se hubo recuperado de la marea de sensaciones, quiso corresponder la generosidad de Alberto de la misma manera, pero él la hizo rodar y la subió sobre sí y entonces ella con movimientos lentos y cadenciosos cabalgó sobre él, haciéndolo vibrar de puro placer. Alicia también se volvió a excitar muchísimo y después de muchos jadeos y resuellos por ambas partes les llegó un nuevo orgasmo en intensas oleadas que parecía que nacían del mismo centro de sus entrañas y que se expandían, salvajes, por todos y cada uno de los átomos de sus cuerpos. No hubo resquicio alguno al que no llegara el clímax que, los dejó agotados y henchidos de gozo.
Con cara de seráfica felicidad y con sus cuerpos todavía entrelazados se quedaron traspuestos. Cuando despertaron, algo sobresaltados por el tiempo que habían estado adormilados, ya era casi hora de cenar, pero no podían bajar así ya que estaban hechos unos auténticos pingajos. Alicia, como buena anfitriona, dejó que Alberto se duchara primero. Después ella hizo lo propio, se maquilló ligeramente y bajaron al comedor.
María tuvo que mirar a Alicia un par de veces para poder reconocerla. No tenía nada que ver con la chica afligida que había subido a su habitación a mediodía. Luego echó una mirada maliciosa y cómplice a Alberto, al que sin duda consideraba el artífice de semejante cambio, si bien, no dijo nada y les sirvió la cena como si tal cosa.
Por su parte, ellos se encontraban exultantes de felicidad. Se miraban a los ojos, embelesados como dos adolescentes y de repente comenzaban a reír sin ton ni son. Menos mal que el comedor estaba medio vacío. Aun así, María les lanzaba de vez en cuando miraditas con cierto aire recriminatorio que ellos parecían no ver, haciéndose los desentendidos. La cena, que consistió en unas verduras salteadas y una merluza a la romana, lo más probable, congelada, la encontraron exquisita. Cualquier cosa les hubiera sabido a gloria bendita.
Después de cenar, salieron a dar un pequeño paseo por la pequeña localidad. Alicia, ahora, la encontraba encantadora. No le extrañaba que Alberto estuviera tan enamorado de su pueblo, ella casi podía decir que también lo estaba.
Al cabo de un rato, cuando habían hecho un recorrido casi completo por todas las calles, Alberto la acompañó de nuevo a la pensión. Se despidieron en la puerta con un tímido beso en la mejilla, pues ninguno de los dos había asimilado, del todo, lo ocurrido. Alicia le dijo que se pasaría al día siguiente por el taller para ver si había llegado ya la luna de su coche.
Aunque al principio había tenido unas ganas locas de salir corriendo de Fontina, ahora se sentía a gusto en este pueblo tan pequeño como acogedor. Era un paréntesis delicioso que le había tocado en suerte, como en una lotería. Alicia entró en la pensión y se topó de cara con María:
—Oye, ¡qué bien ha sabido consolarte este muchacho!, si hasta pareces otra persona. ¿Dónde dejaste olvidadas la mala cara y las ojeras? ¡Jajaja…!
Pero dijo todo esto con cierto tono de broma, de quien ha vivido mucho y ha visto más y con una sonrisa franca, alegrándose en el fondo de que los dos tortolitos hubieran hecho su nidito de amor entre las paredes de su casa. Alicia, aceptando de buen grado su complicidad, se acercó y le dio un efusivo abrazo y un suave beso en la mejilla. Subió a su habitación, se desmaquilló y se puso un camisón limpio, pues el otro había quedado en un estado deplorable. Se acostó y se durmió al instante.

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#16

- XIII -
A la mañana siguiente a Alicia todavía le duraba el buen humor, pero comenzaba a darse cuenta de que en lugar de esclarecerse las cosas, se estaban complicando todavía más. Alberto le caía bien, le había demostrado que era un buen chico, y además, a qué negarlo, se sentía bastante atraída hacia él. Hacer el amor había sido un estupendo antídoto contra su tristeza, la había puesto a tono y llenado de vitalidad, pero se daba cuenta de que una historia seria entre ellos era algo imposible….
Desde luego no sintió ningún tipo de remordimiento por haber hecho lo que el cuerpo le pedía, ya que Ignacio había sido el primero en abandonarla, y sin darle ningún tipo de explicación. Todo había sido obra del destino y en ningún momento había planeado sobre ella el afán de revancha. Las cosas habían ocurrido así, y punto. No quería calentarse la cabeza con eso.
Pese a todo, Alicia era lo bastante inteligente para darse cuenta de que el camino que acababa de emprender no la llevaba a ninguna parte. Lo ocurrido, sin embargo, la hacía ser un poquitín más compresiva con Ignacio, ¿qué sabía ella de las circunstancias que se habían dado para que Ignacio hiciese lo que hiciese en su momento?, o lo que ella suponía que había hecho, ya que carecía de pruebas fehacientes y hasta ahora, todo eran meras conjeturas suyas.
Pero el problema entre ellos no radicaba solo en los malditos cuernos, sino también en esa increíble manía de no darse por enterado de nada, de no abrirse ni a aun a la persona en la que se suponía que debía tener más confianza y a la que más quería, o al menos eso decía él. O sea, ella. Le hacía cierta gracia pensar, que después de todas las broncas que le había montado, comenzaba a perdonarlo, así, sin más, aunque solo fuera un inicio de perdón. Pero, por mucho que su perdón, al fin resultara completo, había un detalle que no podía pasar por alto. Ignacio la había abandonado y eso le daba un cariz bastante más complicado a todo el asunto.
Aquel día bajó más tarde a desayunar. Cuando María la vio, se dio cuenta de que traía un aire ensimismado, y, no exento de desasosiego, que contrastaba mucho con la despreocupada alegría de la noche anterior. Alicia le contó a su patrona, que se estaba convirtiendo cada vez más, también en su confidente, todos los pensamientos que la abrumaban desde que se había despertado.
Esta le dijo que demostraba mucha sensatez al plantearse todas esas cuestiones tan importantes, pero que dejara de preocuparse tanto. En la vida, todo lo que ha de ser será, dijo en un tono algo machacón que recordaba al de la famosa y cansina canción que Doris Day interpretaba al final de la película El hombre que sabía demasiado, y que dejó a Alicia sin más argumentos para proseguir con la estéril charla.
Tras desayunar de forma pausada, dio un paseo hasta llegar al taller de Alberto. Este, cuando la vio, se puso bastante nervioso y la hizo pasar a ese cuchitril al que él solía llamar despacho.
—Tengo una buena noticia para ti —dijo sin gran entusiasmo. Como si la noticia fuera al mismo tiempo mala para él—. Mañana por la tarde traerán la luna, por lo que tu coche estará listo el jueves a mediodía… ¡Ves!, una semana, tal y como te dije, Alicia.
Tras una breve pausa, prosiguió, aunque, ahora balbuciendo a duras penas las palabras.
—Creo…, creo que deberíamos hablar sobre nosotros…., te invito a cenar esta noche en Casa Domingo, no es un sitio muy fino pero es mucho más discreto que tu pensión, ¿qué me dices?
—Sí, está bien. Yo también necesito hablar, ¿a qué hora?
—Te parece bien a las nueve.
—De acuerdo —contestó Alicia, marchándose al instante del taller.
Alberto también se había hecho muchas preguntas a lo largo de la mañana ¿estaría enamorándose de Alicia? Ello no tenía nada de malo en sí mismo, pero Alicia no pertenecía a Fontina y pronto se marcharía. Por otra parte, también tenía la curiosidad de saber si ella sentía lo mismo, o si por el contrario, seguía colgada todavía de ese gilipollas que acababa de dejarla en la estacada.
En el mejor de los casos, que los dos estuvieran enamorados, ¿qué futuro podía tener su relación? Ella no querría renunciar a su ciudad donde tenía su vida y su negocio y él tampoco querría marcharse de Fontina ni aunque intentaran llevarlo por la fuerza entre diez hombres bien fornidos. Hubiera sido infinitamente mejor para sus intereses haberse enamorado de alguna chica de su pueblo, que, aunque pocas, las había, y alguna bastante atractiva. Todo hubiera sido tan fácil: un tiempo razonable de noviazgo y después una boda que mejorando lo principal, es decir, la permanente sensación de soledad y su perpetua hambre de sexo, mantuviera todo lo demás en su sitio. Pero ya se sabe, el amor no se busca, se encuentra, y a él le había surgido de la manera más difícil y con la persona más equivocada.
Por lo demás, el hecho de que Alicia estuviera esperando un hijo de otro, no hubiese sido un impedimento para él, ya que era una persona generosa y además le gustaban los niños. Por todo ello, le parecía tan importante que hablaran cuanto antes sobre todas esas cuestiones que a él se le antojaban vitales. Necesitaba saber por boca de la propia Alicia si podía albergar alguna esperanza o si por el contrario debía esforzarse en olvidara cuanto antes.
Ese día se fue casa antes de lo habitual y le dijo a Toni que por la tarde no acudiría al taller. Este último no dio crédito a sus oídos, porque era la primera vez desde que trabajaban juntos, que Alberto se ausentaba sin un motivo de vida o muerte y menos todavía, sin dar ningún tipo de explicación. Pero la ansiedad que sentía era insufrible y no le dejaba concentrarse en el trabajo. Por ese motivo decidió marcharse a su casa y ver, si allí, la espera se le hacía más llevadera. Comió lo primero que se le presentó y trató de pasar el tiempo de la mejor forma que pudo hasta la hora de la cita, algo que no le resultó nada fácil.

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#17

- XIV -
Ignacio había pasado el día ilusionado, esperando que llegara la hora convenida con Paco para ir a Fontina en busca de su amada, con la intención de que regresaran juntos al hogar de donde, en su opinión, nunca debieron salir; al menos por separado. Con suma impaciencia, llegó algo antes de lo estipulado. Pidió una jarra de cerveza y se puso a ver el televisor, que se hallaba encendido.
Emitían un espantoso espacio veraniego, de los que ponen para torturar a los pobres indefensos que no han tenido la fortuna de salir de veraneo. Así y todo, como no tenía nada mejor que hacer, se enganchó al programa; se trataba de un concurso de karaoke.
Llevaba un buen rato observando como los participantes destrozaban, sin paliativos, los temas musicales, uno tras otro, cuando se le acercó un muchacho de unos quince años. Este le hizo desviar su atención del aparato.
—¿Eres Ignacio? —le preguntó con cierta indiferencia.
—¡Sííííí! —contestó, algo alarmado, pues su instinto, que casi siempre era certero, le decía que algo no estaba marchando bien del todo.
—Me envía Paco, el de la grúa. Dice que no puede hacer el viaje porque el coche aún no está listo para entregarlo. —«¿Por qué siempre tengo que acertar cuando se trata de malas noticias?», pensó Ignacio.
»También me ha dicho…. —ahora, titubeaba un poco tratando de recordar el mensaje palabra por palabra—, ¡me ha insistido en que es muy importante!, que acudirá el jueves a esta misma hora —terminó, por fin, la misiva. Aunque aún añadió, algo vacilante— ¡Ah…, se me olvidaba! me prometió que…, que me comprarías un helado, ¡ya sabes…!, por haberte traído el recado.
Esto último, sin duda se lo acababa de inventar, pero creyó que bien valía la pena intentarlo… Ignacio pagó su consumición y el helado del chaval de mala gana y salió a toda prisa del local antes de que la locura que comenzaba a sentir, le hiciese cometer alguna tontería.
Se encontraba abatido y, al mismo tiempo, lleno de ira. Como se conocía bien, sabía que tenía que poner tierra de por medio para que ningún transeúnte inocente resultara perjudicado. La última vez que se había sentido así, unos meses antes de conocer a Alicia, dos pobres muchachos que se encontraron en su camino y quisieron buscarle las cosquillas dieron a parar con sus huesos al hospital. Por fortuna, las heridas no fueron graves y los interfectos, que tampoco eran angelitos precisamente, renunciaron a poner la pertinente denuncia.
Ahora, las cosas habían cambiado. Ignacio ya no era un animal y sabía controlar mejor sus instintos y emociones, pero aun así prefería evitar la compañía una humana cuando se encontraba en ese estado. Ya se sabe que la cabra siempre tira al monte.
Ignacio se pasó el resto de la tarde caminando furioso, sin rumbo fijo y volvió a la pensión para cenar y acostarse. Pensaba que el cansancio le podría y no tendría demasiados problemas para conciliar el sueño.

************

Cuando Alicia llegó a Casa Domingo, hacía ya un buen rato que estaba esperando Alberto. Se puso en pie, para recibirla, y, galante, la ayudó a acomodarse en su silla, justo enfrente de la que él ocupaba.
Le preguntó si quería tomar algo de beber antes de pedir la cena y ella le contestó que no. En su estado, le convenía ser sobria con la bebida. Alberto hizo un gesto al camarero y encargó una cena bastante frugal, pues ninguno de los dos tenía mucho apetito. Además, el sitio tenía más de tugurio que de restaurante propiamente dicho. Alberto lo había escogido por ser uno de los locales menos frecuentados del pueblo, allí podrían hablar sin testigos indiscretos.
Cuando el camarero les hubo servido, se hizo un silencio sepulcral, aunque ambos sabían que habían ido allí más a hablar que a comer. Pero ninguno de los dos se atrevía a romper el hielo.
—Y bien… —fue ella la que habló primero—, ¿qué era eso tan importante que querías decirme? —observó, haciéndose un poco la distraída.
—Bueno, Alicia… —prosiguió Alberto dubitativo y poniendo ojos de corderito degollado—. Lo que ocurrió ayer…
—Ayer no ocurrió nada malo, no tienes porqué disculparte. Es más, te estoy sumamente agradecida, fuiste…, ¿cómo te diría…?, como una gran inyección de vitaminas para una paciente muy necesitada.
—Sí, Alicia. Yo también disfruté mucho, pero no se trataba de eso exactamente de lo que yo quería hablar —Alberto parecía cada vez más turbado.
»Creo… —ahora, la inseguridad lo hacía tartamudear—, crecre…, creo que me he enamorado de ti, y eso me, me…, me asusta —al fin, pudo concluir la frase con algo más de aplomo—. Necesito conocer tus sentimientos hacia mí, si piensas volver pronto a tu casa, si…
—No sigas, Alberto —le interrumpió Alicia que por el contrario, hablaba con una gran decisión y seguridad—, yo también he estado pensando mucho toda la mañana.
»Trataré de ser lo más sincera posible, aunque diga alguna cosa que tal vez pueda herirte. Yo a ti te gusto, es verdad, y tú a mí también, de eso no cabe duda. A Ignacio de momento dejémosle estar, él por ahora ni pincha ni corta en esta historia —bebió un sorbo de agua y añadió—: ¡lo de ayer fue fantástico! —al decir esto último no pudo impedir que todo su rostro se iluminara.
»Ya te lo he dicho y te lo repito de nuevo si quieres. Pero, con franqueza, creo que tú y yo, ¡juntos…!, no tenemos futuro. Tú no abandonarías Fontina por nada del mundo, y yo, aunque también me he encariñado con este lugar, necesito recobrar mi vida, volver a mi casa, a mi trabajo…
Hizo una breve pausa, tras la cual, añadió con una gran convicción, y puede que, también, con un punto de crueldad:
—¡Olvídame, Alberto!, yo no te convengo. Fíjate en alguna chica mona de por aquí, en alguien que pueda compartir la vida contigo en este lugar. Yo, aunque quisiera, no podría ser esa mujer…
Alberto puso una cara de tristeza que por un momento casi consiguió conmover a Alicia, pero esta venía preparada para la situación, ya que había sabido prever la reacción de Alberto. De hecho, se había pasado el día pensando en como hablarle con la mayor claridad sin ofenderlo.
—No me odies, Alberto, ¡por favor, no me odies!, ¡te lo suplico! No es culpa mía que este no sea mi lugar.
—Sí, lo comprendo —respondió él con un poso de ternura y resignación en la mirada—, ya me imaginaba que las cosas serían así, pero tenía que intentarlo.
La inseguridad había cedido el paso a aflicción, y a Alberto se le había hecho un nudo en la garganta de manera, que a duras penas le salían las palabras.
—Si no hubiéramos hablado sobre ello, me habría quedado para siempre una duda que me hubiese corroído el resto de mi vida. ¡Ahora ya sé a qué atenerme!
—Alberto… —trató de animarle Alicia. No deseaba asociar su recuerdo al hombre triste y hundido que tenía ahora frente a ella, necesitaba recordarlo alegre y jovial, tal como lo había conocido.
»Tú eres muy atractivo, tienes un negocio propio, las cosas te van bien, en definitiva, eres un buen partido. Sé menos tímido y trata de cultivar más amistades femeninas. Estoy segura de que con el tiempo podrás encontrar a tu media naranja. Hazme caso y no te desanimes. Además, siempre podremos seguir en contacto y ser amigos, ¿no?
De esa manera, se intercambiaron direcciones y números de teléfono, sabedores de que todo eso formaba parte de un ritual de cortesía para evitar un mutuo desaire. Era una manera discreta de darse el adiós definitivo, casi con toda seguridad, apenas unas horas después de haberse colmado de felicidad y de haber compartido juntos el paraíso. Pero ahora llegaba el momento de volver a la tierra y el proceso estaba siendo doloroso y desgarrador para ambos.
Terminaron de cenar y Alberto acompañó a Alicia a la pensión, pero antes de llegar, en la última esquina, aprovechando un recodo oscuro, la atrajo hacia sí y se dieron un beso apasionado, largo e intenso, como si aquella fuera ya la despedida final. Después, como si tal cosa, la dejó en el portal despidiéndola con un amigable y más bien soso beso en la mejilla.
Alicia tuvo que subir las escaleras muy deprisa para evitar, a toda costa, toparse con María, ya que gruesas lágrimas resbalaban a raudales por sus mejillas y no quería ningún testigo de la inmensa pena que en ese momento la afligía.
Alberto lo tuvo más fácil, porque los hombres no lloran, o al menos eso es lo que dicen. Pero no pudo impedir que los ojos se le humedecieran ligeramente. «¡Asco de polen!», se dijo tratando de engañarse a sí mismo sobre el origen de sus molestias oculares.

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#18

- XV -
Ignacio, pese a todos sus esfuerzos, no había podido evitar pasar otra mala noche. Al despertar se encontró de nuevo en el lugar de sus pesadillas: esa habitación inmunda de una no menos inmunda pensión que estaba aprendiendo a odiar con un resentimiento de raíces cada vez más profundas.
Ese rencor era absurdo, y él lo sabía, ya que ni Valdetoro, ni la pensión, ni su propia habitación, tenían culpa alguna de que él fuese un necio y de que se hubiese equivocado de principio a fin al iniciar la búsqueda de Alicia, de cuya desaparición, en todo caso, él era el único culpable.
Aparte de martirizarse con ese tipo de pensamientos, no se le ocurría qué podía hacer para que el tiempo transcurriese con más celeridad. Ya se había recorrido Valdetoro en todas direcciones y sentidos varias veces. En sus alrededores no encontraba nada que lo atrajese. Además, él no se encontraba haciendo turismo. Había emprendido ese viaje con un propósito muy concreto, encontrar a Alicia. Y hasta el momento nada le había salido a derechas.
Pasó por un kiosco y se le ocurrió, además de comprar el periódico, como venía haciendo a diario, algún libro entretenido que lo sacara del tedio de pasarse horas y horas sin saber qué hacer. Compró uno que le recomendó el dependiente, pues en eso de la literatura andaba bastante pez. Nunca había sido un gran lector, al contrario que Alicia, a la que le encantaba leer, sobre todo novelas románticas. Le costaba entender cómo se le podían pasar las horas, metida entre las hojas de un libro, sin hacerle caso a él. Eso lo ponía un poquitín celoso, pero la dejaba a su aire porque sabía por experiencia que si la interrumpía se solía poner de muy mal humor. Era mejor dejarla hasta que se cansara y entonces, cuando abandonaba la lectura, lo solía colmar de mimos y carantoñas y su paciencia era entonces recompensada con creces.
Retornó a la pensión, justo, a la hora de comer, y después subió a la habitación dispuesto a pasar el rato leyendo y dando alguna cabezadita si se terciaba. Pero la cabezadita fue enorme y se despertó pasada la media tarde.
Se refrescó un poco la cara, se peinó y volvió a salir a dar unas cuantas vueltas más por su gran jaula —entiéndase Valdetoro—. Paró en un par de tascas del más puro estilo valdetoreño a tomarse algunas cañas.
Parecía un recluso de permiso, que tan solo atendía a las horas de comer y de dormir. Hubo un tiempo en que llegó a conocer muy bien ese tipo de disciplina, tal vez por eso sabía arreglárselas tan bien con ella.
Volvió a cenar a su pensión, ya que no quería más experimentos con su estómago. Luego se tomó un güisqui, sin duda de garrafón, que le recordó algunos de esos brebajes que se solía tomar en los malos tiempos y subió a su habitación pensando, con cierto alivio, que ya había pasado la mayor parte de su espera. Al principio no tenía demasiado sueño y cogió el libro, pero le volvió a pasar lo mismo que por la tarde. Nada más comenzara a leer, un dulce sopor lo envolvió y se quedó dormido como un niño. Lástima que despertara tan pronto, aún de madrugada, y ya no fuera capaz de volver a conciliar el sueño.


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Alicia se despertó esa mañana sabiendo que era su último día en Fontina. En cierto modo, le dio algo de pena. La pura verdad es que allí no lo había pasado tan mal. Había encontrado muy buena gente y la habían ayudado en momentos bastante difíciles para ella. Pero por otro, lado deseaba retomar las riendas de su vida, que por tan extrañas circunstancias se le había desbocado, como un caballo impetuoso.
Se levantó vigorosa y tempranera y bajo a desayunar antes que María.
—Si quiere, yo la puedo servir —le dijo la cocinera.
—No, esperaré a María. No tengo ninguna prisa. Gracias de todos modos —replicó Alicia con educación.
Al cabo de unos minutos esta hizo su aparición y se sorprendió al ver a Alicia levantada a hora tan temprana.
—Me gustaría que hoy desayunaras conmigo, ¿puede ser? —le inquirió Alicia en un tono bastante zalamero.
—¡Pues claro que sí!, mi niña.
Fue al mostrador, preparó una bandeja, con dos servicios de desayuno y volvió a la mesa. Se sentó junto a Alicia y una vez servidos los cafés empezó la conversación.
—Pues tú dirás.
—Bueno…, ya sabes que me marcharé mañana, tan pronto como tenga listo el coche. Después de todo, ha sido una delicia estar aquí. Solo quería darte las gracias por como me has cuidado estos días, y despedirme tranquilamente, porque mañana, a lo mejor, con el equipaje y las prisas…, quizá no tenga demasiado tiempo.
—Me alegra que te haya gustado Fontina.
La voz de María sonaba cálida y dulce, cualidades que, además, tenían la virtud de traspasar la frontera física de su cuerpo y contagiar a quien las escuchaba. Siempre daba gusto conversar con ella.
—Es un lugar perdido, que no viene en el mapa —añadió la buena mujer, queriendo quitarse importancia. Aún continuó—: es muy raro que aparezcan forasteros por aquí.
En ese momento, con sus dos manos tomó la de Alicia, y siguió hablando.
—Para nosotros también ha sido un placer tenerte aquí, y para Alberto, ¡no digamos…!
—¡Ahí es adónde quería yo llegar! —la interrumpió Alicia resuelta—. Alberto es un buen chico. Me temo que sin querer, todo el bien que me ha hecho a mí se transforme en daño para él. Presiento que va a sufrir cuando me vaya. Me gustaría que le prodigaras esos mimos especiales…, ya sabes…, como has hecho conmigo.
—Por mí no quedará, hija mía… Pero ya sabes que los hombres están mucho más indefensos ante los problemas del corazón porque no se abren a nadie y menos a una pobre vieja como yo —contestó con cierto aire de resignación.
—De todas formas, cuídamelo y mira a ver si le encuentras una buena chica de por aquí, que es lo que él necesita.
—Y tú, ¿qué tienes pensado hacer? —le preguntó curiosa—. Ya sabes…, con lo del niño.
—¡Ah!, no te preocupes, mi hijo nacerá a su debido tiempo, con padre o sin él. Por ahora, no tengo problemas económicos, ya que soy propietaria de mi peluquería. Va viento en popa, y por si esto no fuera suficiente, mi familia me adora y acogerá a mi hijo como al rey de la casa. ¡Va ser el primer nieto! En cuanto a Ignacio… —ahora su semblante se puso algo sombrío dejando que la tristeza asomara por un momento a sus ojos de color ámbar.
»Pues no sé, mis sentimientos ahora mismo son muy confusos —continuó hablando, convirtiendo la conversación prácticamente en un monólogo—, creo que podría perdonarle que me haya sido infiel, pero esa forma que tiene de ver la vida, no queriendo afrontar los problemas, no hablando nunca sobre ellos, me saca de quicio…, y además… —esto último ya lo dijo a modo de colofón—, él nunca ha querido hijos, ya me lo ha dejado muy claro en varias ocasiones y yo no quiero obligarlo a ser padre por la fuerza. Aunque supongo que al menos deberé informarle, o ¿no?
—Sí, creo que será lo más correcto —corroboró María, al tiempo que se levantaban ambas y se fundían en un abrazo.
»Me alegro de que hayas reflexionado tanto y que lo hayas pensado todo con tanta frialdad, pero deja un poquito de espacio también para los imprevistos, porque no se puede vivir siempre a base de cálculos. Ahora me he de marchar —y ya, para dar por zanjada la conversación añadió—: tengo otros clientes que atender. Espero que pases un buen día.
Dicho esto, le dio un sonoro beso en la mejilla y se alejó a todo correr camino de la cocina, no quería que Alicia la viera embargada por la emoción.
Alicia, por su parte, pasó el resto del día recorriendo esos lugares que tanto habían llegado a gustarle, hasta que llegó rendida, a la hora de la comida. Luego, como había tomado por costumbre desde que llegara, subió a su habitación a leer su novela y a descansar un poco.

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#19

-XVI-
Por la tarde, después de la siesta, Alicia se arregló y se fue al taller, a esperar a Alberto a la hora de la salida. Cuando este echó el cierre, le hizo notar su presencia y le pidió que la acompañase por última vez a La Fuente del Sauce.
Tras un primer gesto de sorpresa, Alberto le dedicó una sincera sonrisa de agradecimiento y le pidió unos minutos para darse una ducha rápida con que quitarse la suciedad propia de su trabajo, pero estaba encantado con la idea y deseoso de pasar su última tarde juntos en su rincón preferido. Le agradeció sin palabras a Alicia que hubiera elegido esa forma tan entrañable como original para despedirse de él.
Tuvo que esperarle unos quince minutos hasta que volvió a parecer, impoluto y recién afeitado. Comenzaron a caminar juntos y en cuanto abandonaron la última casa del pueblo se cogieron de la mano y, aunque no pronunciaron una sola palabra, se sentían a gusto el uno con el otro. De no pertenecer a lugares tan diferentes probablemente les hubiera resultado muy fácil acoplarse, pero entre ambos existía una distancia insalvable que no podía medirse solo en kilómetros y que hacía del todo imposible que su relación perdurara. Así que, no les quedaba más remedio que despedirse, con la vana esperanza de que, quizá, algún día sus vidas volvieran a cruzarse.
Cuando llegaron a la fuente se sentaron en uno de los poyetes, los dos muy juntos. Alberto pasó su brazo por encima del hombro de Alicia y esta, se recostó suavemente, con un gesto muy dulce, contra su pecho. Al principio no hablaron mucho, sobraban todas las palabras. Al cabo de un rato de estar allí, quietos en ese abrazo tan íntimo, oyéndose latir mutuamente los corazones, desearon que el tiempo se detuviera en ese instante, que ambos querían recordar el resto de sus vidas. Después, Alberto comenzó a acariciar la cara de Alicia, el pelo, su talle, que a pesar de la incipiente gravidez, todavía conservaba su finura y comenzaron a besarse.
Se besaron con besos agridulces, con sabor de mermelada de naranjas amargas. Eran besos tiernos y de una pasión contenida, pero exentos del ardor imperiosos que solo da el deseo que quiere ser satisfecho de manera inmediata. Eran besos de amantes, que saben, resignados, que ya no pueden esperar nada más el uno del otro y que quieren demostrar que su amor puede ir mucho más allá de una tarde de loca pasión. Con esos besos pretendían, probablemente sin ser conscientes de ello, establecer un vínculo permanente, una complicidad perdurable, eterna. Su relación, aunque muy breve en el tiempo, había sido algo mucho más profundo que una aventura ocasional y querían dejar cada uno su huella indeleble en el otro.
Estuvieron allí hasta que anocheció intercambiando besos, abrazos y susurros llenos de ternezas. Volvieron de nuevo a Fontina sin ningún problema, a pesar de que por primera vez, desde aquel incidente ocurrido en su niñez, Alberto había prescindido de su inseparable linterna.
Cuando regresaron, acompañó a Alicia a la pensión y la dejó en la puerta con una despedida bastante seca.
—En cuanto el coche esté listo, te avisaré —dijo, como si se tratase de un simple encargo más.
—De acuerdo —contestó ella, con la misma aparente frialdad.
¿Qué otra cosa podían hacer? Habían vivido en unas pocas horas lo que muchos no son capaces de vivir durante una vida entera. No tenían nada más que ofrecerse, tal había sido la intensidad de su encuentro. Era una situación que no admitía palabras mediocres, y las otras, las delirantes, las ardientes, las tiernas…, ya se las habían dicho todas.
Alicia cenó sin mucho apetito pues esa extraña despedida, primero tan íntima y sentida y luego tan glacial, la había puesto de un aire bastante melancólico. Subió a su habitación y se acostó. Trato de leer un poco por ver si la vencía el sueño, pero lo cierto es que se pasó la noche en blanco.
Alberto también sintió, en la soledad de su casa de soltero, una terrible nostalgia, anticipatoria del futuro, si se quiere, ya que Alicia todavía se encontraba en Fontina. Pero él se sentía, a todos los efectos, como si ya se hubiera marchado. Tampoco cenó mucho y también se pasó la noche en vela. Era como si en la pequeña distancia física que los separaba quisieran velarse en sus respectivas soledades.

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#20

-XVII-
Ese jueves amaneció como lo que era, un día de agosto de pleno verano. Hacía un bochorno terrible desde primera hora de la mañana. Alicia no tenía demasiada prisa por levantarse, pero al final, el calor la sacó de la cama.
Cuando bajó a desayunar coincidió con María y volvió a despedirse de ella, aunque ya lo hubiera hecho con toda solemnidad el día anterior. Pero esta fue una despedida más espontánea e informal. Se desearon buena suerte y se dieron un fuerte abrazo, aunque ambas eran conscientes de que aún volverían a coincidir antes de que Alicia se marchara de manera definitiva.
Después del desayuno, Alicia se dio un pausado y provechoso paseo por ese pueblecito que ya le tenía robado para siempre el corazón. Apenas había una o dos tiendas de artesanía local ya que no se trataba de un lugar turístico. Pero ella estaba empeñada en llevarse un recuerdo de allí y finalmente eligió una cerámica bastante rústica que le pareció que quedaría muy bien en una de las estanterías de su salón.
Regresó a la hora de la comida y después se puso a la tarea de hacer el equipaje, cosa que no le ocupó demasiado tiempo, ya que no llevaba nada más que lo estrictamente necesario. Luego se echó a descansar hasta que le pasaran el aviso de Alberto.
A eso de las cinco, más o menos, María la llamó para que bajara con el equipaje. Alberto había tenido la deferencia de traerle el coche en persona. Cogió su trolley y bajó al vestíbulo. Allí estaban los dos esperándola.
Se despidió nuevamente de María. Ya ni llevaba la cuenta de las veces que lo había hecho, y, aprovechando el momento de darle un beso en la mejilla le dijo, con disimulo, que no olvidara todo lo que le había comentado a cerca de Alberto. Las dos mujeres se fundieron en un abrazo tan largo que, este, con el semblante demasiado serio para lo habitual en él, interrumpió a propósito con una mal fingida tosecilla.
Cuando por fin las mujeres se separaron, este levantó el trolley en volandas, en lugar de arrastrarlo por el asa, y salió a la calle seguido por Alicia, lo cargó en el maletero del coche y luego ellos también se abrazaron durante bastante rato, hasta que Alberto, con el corazón a punto de estallarle en el pecho, se separó con brusquedad y le abrió la portezuela del coche para que entrara, cerrándola tras ella.
Alicia puso el coche en marcha y diciendo adiós con la mano a ambos se dirigió, sin prisa, hacia la carretera general. Sentía como le manaba cierta humedad de los ojos y pensó tontamente que deberían inventar limpiaparabrisas para estos, y esa ocurrencia tan absurda tuvo la virtud de hacerla reír también. De modo que reía y lloraba al mismo tiempo.
Se secó las lágrimas para que no le entorpecieran la visibilidad y se concentró por completo en la conducción. Una vez en la carretera, ya bastante más tranquila, se encontró sin saber adónde ir. No le apetecía nada volver a casa todavía y…, «¿por qué no?», pensó. Todavía le quedaba el fin de semana y podía ir a casa de Lola que se encontraba tan solo a unas pocas horas allí. Estaría bastante menos tiempo del previsto, pero podían pasarlo muy bien. Además, ahora sí que tenía un montón de novedades para contárselas a su amiga. Si salía el domingo después de la comida del mediodía podía llegar a casa a una hora prudencial, con tiempo suficiente de descansar, y volver el lunes a la peluquería. No lo pensó dos veces y se puso en camino.
Cuando llegó a su destino, el recibimiento de Lola fue espléndido. Nunca hubiera creído que Alicia tomara en serio su invitación, por lo que su visita la había sorprendido por completo. Alicia tampoco pudo avisarla porque sus normas al respecto eran muy claras, en su casa de la sierra, nada de teléfonos.
Conforme la vio aparecer, hizo grandes gestos de alegría y corrió a abrazarla con entusiasmo. Hacía unos tres meses que no se veían.
—¡Ah!, por fin te has decidido, ¡eh!, pillina, ¡qué alegría me has dado!
Alicia asintió con la cabeza, pues se encontraba demasiado emocionada para poder hablar. Lola la ayudó con el escueto equipaje y pasaron al interior de la casa, que no era demasiado grande, de apenas unos sesenta y cinco o setenta metros cuadrados.
Así, al primer golpe de vista, impresionó a Alicia, que nunca antes había estado allí, por su modesta belleza, que le daba un aire sereno y austero. Aun así resultaba bastante acogedora dentro de su sencillez, y en el ambiente se respiraba una candidez encantadora.
La noche estaba muy avanzada y Lola ya había cenado hacía bastante rato, pero sin pensárselo dos veces, preparó a Alicia una cena sencilla aunque suculenta de la que esta dio buena cuenta.
Después le preparó la cama y salieron al porche a charlar, aunque terminaron por volver al interior de la casa al cabo de un rato, ya que afuera caía el relente de la noche y se quedaron muertas de frío apenas sin darse cuenta en unos pocos minutos.
Lola, entonces, preparó un café bien cargado, que ambas tomaron con leche, y que las hizo reaccionar. Mientras se tomaban la bebida caliente comenzaron con su particular puesta al día. La verdad era que hacía cierto tiempo que no se veían y tenían muchas cosas que contarse. Durante unas cuantas horas se dedicaron a conversar sobre todo lo que les había sucedido desde la última vez que se habían visto.
Lola, según dijo en un principio, no tenía gran cosa que contar. Seguía con su tienda de antigüedades, que le iba bastante bien y luego le habló de su último desengaño amoroso, ocurrido hacía ya algún tiempo y que le había hecho cerrar por completo las puertas al amor.
—¡Anda!, ya será para menos… —dijo Alicia en plan de amiga, amiga—, ya verás como cualquier día de estos encuentras al hombre de tus sueños y te vuelves a enamorar. Ese día, ni te acordarás de esta conversación.
Alicia, por su parte, sí que estaba loca de impaciencia por contarle todos los acontecimientos que habían jalonado su vida durante esos últimos días. Lola no salía de su asombro en cuanto aquella hubo comenzado a hablar. Todo eran exclamaciones como ¡ah!, ¡sí!, ¡no me digas!, ¡en serio! Y así, toda una perorata interminable, imposible de pormenorizar.
—¿Y, ahora, qué harás? —preguntó, al fin, a su amiga, con una extraña mezcla de curiosidad e inquietud—, se lo dirás, ¡verdad! —añadió con cierta preocupación reflejada en el rostro.
—Mujer, claro que se lo diré — contestó Alicia con aplomo—, al fin y al cabo el hijo es suyo y aunque hayamos reñido, no se lo puedo ocultar.
—¿Sabes, Alicia?, yo creo que vosotros seguís enamorados, ya verás como continuaréis juntos.
—No me imagino cómo —repuso esta última, llena de escepticismo—, ¿no sé cómo te lo tengo que decir?, ¡se marchó de nuestra casa!
—Sí, pero, ¿acaso se llevó sus cosas?, ¡anda!, ¡dime! Cuando una pareja se separa, lo hace formalmente y repartiéndose las cosas. Ya sabes… los discos para mí, los libros para ti… Que yo sepa, vosotros no habéis llegado a ese punto todavía, así que, no puedes hablar con propiedad de separación, solo de crisis, aunque por lo que veo, ¡esta es de las gordas! —el tono de Lola quería ser conciliador, pero Alicia se mostraba mucho más pesimista al respecto.
—¡Bien!, ya se verá a su debido momento.
De este modo, con las últimas palabras pronunciadas en un tono seco y cortante Alicia puso fin a una conversación que empezaba a incomodarla.
Ya comenzaba a clarear el día cuando se acostaron.
El viernes se levantaron muy tarde, casi a la hora de comer. Lola estaba invitada a una barbacoa en casa de unos vecinos con los que tenía una relación más que cordial y pensó que no les importaría si Alicia la acompañaba. Pasaron un día muy agradable, ya que los vecinos eran gente educada y encantadora.
Tenían un par de niños, uno de tan solo unos meses de edad, y Alicia no pudo evitar imaginarse como sería su hijo, todavía un puntito diminuto creciendo en el interior de su vientre, a la edad de ese pequeño. La invadió un sentimiento de ternura tan grande que tuvo que esforzarse para que a sus ojos no se asomaran unas lagrimitas de emoción. Pero trató de disimular sus sentimientos porque prefería no hablar de su incipiente embarazo, ni quería dar explicaciones a extraños, por muy amigos de su amiga que fuesen.
La sobremesa se prolongó hasta muy entrada la tarde y para cuando volvieron a la casa de Lola ya era prácticamente de noche. Ninguna de las dos quiso cenar, ya que la comida había sido opípara, pero, volvieron a retomar, casi de forma inmediata, la conversación de la noche anterior. Se repitieron las mismas frases, casi palabra por palabra, llegando a las mismas conclusiones que la víspera, aunque, en esta ocasión, se retiraron a descansar a una hora mucho más prudente.

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#21

- XVIII -
Alicia y Lola se conocían desde el instituto, donde habían congeniado desde el momento en que se habían conocido. Aunque muy distintas, tanto en el físico como en su forma de ser, lo cierto era que se complementaban a la perfección.
Alicia era alta y espigada mientras que Lola era algo más baja de estatura y con curvas bastante más exuberantes. Alicia, que era más bien pelirroja, con los ojos de color miel, y con una piel tirando a pecosa, a la que, con el paso del tiempo, había llegado a odiar cordialmente, envidiaba en secreto la tez clara de Lola y sus preciosos ojos azules. Esta, sin embargo, hubiera matado por tener una figura tan esbelta como la de Alicia.
Cuando eran apenas unas adolescentes, solía ser Lola la que ligaba en primer lugar, aunque al final, sin saberse muy bien el porqué, el chico más guay casi siempre acababa en compañía de Alicia. Mira que no habían tenido discusiones cuando ambas habían compartido el interés por un mismo pretendiente. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, la cosa acababa en acuerdo y preferían no pisarse el terreno la una a la otra.
Sus temperamentos también eran muy diferentes, mientras que Lola siempre había sido descaro y viveza, el comportamiento de Alicia era, por lo general, más bien tímido y reflexivo. Sin embargo, con el devenir de los años parecían estar intercambiando los papeles. En los últimos tiempos, era Lola la que se estaba volviendo más prudente y Alicia, por el contrario, más dispuesta a lanzarse a aventuras peligrosas.
Asimismo, sus caminos se habían separado en un cierto momento, ya que después de cursar juntas toda la secundaria Lola quiso ir a la universidad, licenciándose en historia del arte, mientras que Alicia prefirió prepararse para ser peluquera, algo que le tenía sorbido el seso desde que era bien niña.
Ocurrió lo típico en estos casos, que los buenos deseos no se acompañaron de acciones concretas y las llamadas se fueron espaciando en el tiempo hasta que terminaron desapareciendo por completo, quedando su amistad apartada en un rincón del olvido. De esta manera pasaron unos años separadas, sin apenas ningún contacto, incluso habían llegado a perderse la pista del todo.
Un día, la casualidad quiso que Lola entrara en el salón donde Alicia realizaba las prácticas de peluquería. Ambas se llevaron una inmensa alegría por ese reencuentro fortuito, y cayeron en la cuenta de lo mucho que se habían echado de menos durante esos años en los que se habían dejado de lado.
Decidieron entonces que, pasara lo que pasara, su amistad permanecería incólume por encima de todo, y así había sido desde ese momento, aunque todo hay que decirlo, se resintió un poco cuando Alicia comenzó más en serio su relación con Ignacio.
Pero al cabo de un tiempo, una vez pasado ese momento inicial en el que los enamorados se comportan de esa manera tan egoísta en la que se quieren de forma casi exclusiva para su mutuo disfrute, Alicia, fiel a su amistad con Lola, había sabido encontrar tiempo para dedicarle a su amiga.
Ahora, transcurrida casi una década desde que dejaran el instituto, ya eran mujeres adultas: Alicia tenía veintiséis y Lola era casi un año mayor, andando cerca de los veintisiete. Cada una llevaba su vida, aunque solían verse con cierta frecuencia, para no volver a descuidar esa relación que casi habían dejado morir de inanición un tiempo atrás.
Sus vidas, aun y con todas sus diferencias, no dejaban de tener cierto paralelismo. Lola acabó su carrera de historia del arte, pero debido a que no tenía salidas muy prometedoras, fuera de dar clases, bien en secundaria o bien en enseñanza universitaria, aprovechó la ayuda de su acomodada familia para montar por todo lo alto una tienda de antigüedades.
Tuvo muy buena aceptación, sobre todo por un público de cierto nivel adquisitivo. De esta forma, había sido capaz de compaginar pasión con negocio.
En general, salvo la primera época en la que apenas cubría gastos, y en la que sobrevivió, otra vez, con la ayuda inestimable de la familia, había acabado yéndole muy bien, incluso había podido recompensar con el tiempo a los suyos, en especial a sus padres, con ciertos detalles más que generosos por su parte.
Su próximo deseo era abrir una galería de arte. De momento, el proyecto estaba apenas iniciado, pero estaba poniendo toda su ilusión en ello.
A Alicia, en cambio, le había costado algo más abrirse camino. Aunque también había acabado conciliando, al igual que su amiga, la obligación con la devoción. Primero había empezado trabajando por cuenta ajena en un salón, aunque los sueldos en el sector no eran demasiado boyantes.
Su único afán había sido abrir su propia peluquería, pero para eso necesitaba tener ciertos ahorros, y tan justa de dinero como solía ir, no era tarea fácil. Su familia también la ayudó cuanto pudo, pero era gente mucho más modesta que la de Lola. Sin embargo, juntando los pequeños capitales de todos —padres, hermanos y abuelos— a los suyos propios, más un pequeño préstamo que le concedió el banco, eso sí, poniendo como aval la vivienda familiar, al final consiguió su propósito. Su responsabilidad había sido muy grande, ya que si las cosas le hubieran ido mal sus padres podrían haber perdido el piso, que constituía su única posesión material.
Aunque al principio se mataba echando horas, por no querer contratar a nadie más hasta que las cuentas estuvieran claras, le fue, quizá, mejor de lo hubiera pensado en un principio.
Era verdad que los seis u ocho primeros meses apenas le daba para sufragar costes —suerte que todavía vivía con sus padres y no tenía que preocuparse de necesidades más perentorias—, pero al poco, una vez hubo reembolsado la mayor parte de la inversión, empezó a obtener modestos beneficios, a pesar de que no, por ello, dejaba de devolver a sus familiares, poquito a poquito, el dinero que entre todos le habían dejado.
Lo cierto era que público no le había faltado desde el primer momento, ya la situó en un barrio del extrarradio, donde vivían muchas familias, pero había pocos negocios y la acogida fue extraordinaria desde el principio.
Con el tiempo, cuando se ya estabilizó del todo su economía, busco un modesto apartamento en la zona y se mudó, dejando a sus padres desconsolados por su marcha.
Ella trató de convencerles diciéndoles que era ley de vida, que los hijos, llegado el momento tenían que volar solos, y pese a que no parecían convencidos del todo, no les quedó más remedio que aceptar la voluntad de su hija, y fue, al encargar los armarios empotrados para su nuevo hogar en la carpintería de Emilio, cuando conoció a Ignacio y comenzaron la relación. A los pocos meses invitó a Ignacio a trasladarse a vivir con ella. Desde entonces y hasta el momento actual, pese a algún altibajo ocasional la relación había sido sólida.
Claro está, que Ignacio no había sido ni mucho menos su primer novio, pero sí con el que había llegado más lejos y con el que había establecido un proyecto de vida en común y que ahora se hallaba amenazado de muerte.
Sin embargo, en las cuestiones de amoríos Lola parecía haberse llevado la peor parte. Había pasado varios años siendo pareja de un pintor de poca monta. Lo que le faltaba de talento lo suplía con su exagerado ego y su mal carácter. La había tenido amargada, haciéndola incluso sentirse culpable por sus fracasos continuados.
Aunque había llegado a estar muy enamorada de él, al final, lo había abandonado porque sus extravagancias, impropias de un artista de segunda como él, y su temperamento taciturno hacían la convivencia más que difícil.
Por eso, ahora que veía a su amiga ante una situación similar a la que ella había pasado no hacía tanto, volcaba en ella toda su solidaridad y empatía, aunque había sido del todo sincera al decirle que no pensaba que ellos hubieran puesto el punto final a su relación.

Hace más de 3 años

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#22

- XIX -
Más o menos, a la misma hora en que Alicia había partido de Fontina, salía Ignacio, montado en la grúa de Paco hacia allí.
Tenía la cabeza y el corazón revueltos y esas alturas ya no sabía demasiado bien si estaba haciendo lo correcto o estaba dando un nuevo traspié. Sus sentimientos rebullían en su interior como si su cabeza fuera una olla a presión presta a estallara en cualquier momento.
Tras tantos días de espera, su paciencia estaba al borde del agotamiento, y no sabía cómo podría encajar un nuevo fracaso en su, hasta ahora, infructuosa búsqueda. Estaba loco por llegar a Fontina y encontrarse con Alicia.
Todavía no había imaginado en su mente cómo iba a producirse dicho encuentro. De todas formas, creía que el solo hecho de llegar hasta ella, cuando parecía que se la había tragado la tierra, debía constituir una prueba irrefutable de su amor.
El trayecto, por esa carretera infernal y en la grúa, se le estaba haciendo eterno. Ignacio no veía el momento de alcanzar su particular tierra prometida, pero al fin, al filo de las seis y media, llegaron. Paco tuvo la amabilidad de dejar a Ignacio en la pensión y luego se dirigió al taller de Alberto.
Cuando Ignacio entró en el hostal, cargado con su pequeña bolsa de viaje y preguntando en el mostrador por Alicia Lamata, María no necesitó atar muchos cabos para darse cuenta de que tenía ante ella al mismísimo Ignacio Guerrero, culpable de todos los desaguisados que se habían ido sucediendo de forma paulatina a su alrededor en el espacio de tan solo unos pocos días.
Pese a todo, sintió cierta lástima por él, en lugar del resentimiento que cabía esperar. Vio que no era nada más que un muchacho desesperado por encontrar a su novia, de la que resultaba obvio que seguía enamorado, ya que de lo contrario, nunca habría sido capaz de seguirle la pista hasta allí.
Aunque era un joven bastante atractivo, moreno, con el pelo muy corto, alto y de complexión fuerte, se dio cuenta de que sus rasgos tenían grabada esa dureza que solo da el haber tenido una vida amarga. También sus ojos, de un color algo indefinido, aunque tirando a marrones, destilaban tristeza a raudales.
Sintió mucho tener que decirle que Alicia ya se había marchado esa misma tarde y que no le había dicho una palabra de adónde se dirigía. Además, le comentó que cuando Paco hacía un servicio a esas horas acostumbraba a hacer noche allí, para que se fuera haciendo a la idea de que a él, sin medio de locomoción, le tocaría hacer lo propio.
Tuvo que morderse la lengua para no contarle nada acerca del embarazo de Alicia, pero haciendo gala de la discreción que siempre la había caracterizado calló, aunque le quemara la boca, pensando con acierto, que ese era un asunto privado que tendrían que resolver ellos dos.
Ignacio se quedó descompuesto al saber que Alicia se había marchado poco antes de llegar él, y tardo un cierto tiempo en reaccionar. De todas formas, resignado ante una situación sobre la que no podía actuar, le rogó, con una serenidad que ni él mismo se la creía, que le diera la misma habitación que había ocupado ella, con la esperanza de encontrar algún rastro de ese aroma tan añorado.
A María, la petición de Ignacio le pareció razonable, e incluso, por qué no decirlo, casi anticuada de puro romántica, y no puso ningún impedimento sobre la misma. A su pesar, comenzaba a sentir cierta simpatía por él. ¡Qué pena que hubiera tardado tanto en llegar!
Como era todavía muy pronto para pensar en la cena o recluirse en la habitación, Ignacio se dedicó a explorar el lugar en el que se hallaba, el cual encontró infinitamente más interesante y atractivo que Valdetoro. Pensó, que en su obligado retiro, Alicia había corrido mucha mejor suerte que él, pero no se sintió contrariado sino que se alegró de forma sincera por ella.
Paseando sin rumbo fijo fue a parar a La Fuente del Sauce, no llegando a sospechar en ningún momento que ese lugar había sido mudo testigo de todos los pesares y alegrías por los que había pasado su amada mientras había permanecido en Fontina.
Regresó a la pensión al anochecer y tan solo las particulares circunstancias de aquel día evitaron que Alberto, que había terminado muy tarde en el taller y al que, además, todavía le pesaban los recuerdos de lo vivido allí la tarde anterior, no fuera ese día, de visita, a su lugar favorito.
Este echó el cierre y subió directo a su casa. Él y Paco tenían cierta amistad, aunque solo fuera coyuntural y relacionada con el trabajo, pero este último distaba mucho de sospechar que en esos pocos días que llevaban sin verse, Alberto se hubiera enamorado perdidamente de la novia del pasajero que había traído consigo. Por otra parte, era muy poco aficionado a los chascarrillos, de modo que no comentó nada a acerca de su improvisado acompañante. Fue una suerte para todos, porque de haberse enterado de que Ignacio andaba por allí, seguramente hubieran tenido algo más que palabras.
Ignacio y Paco cenaron temprano en la pensión y se fueron pronto a la cama, ya que afuera no había nada que hacer y al día siguiente debían emprender temprano el camino de regreso.
Una vez en la habitación, Ignacio comenzó a husmear cada rincón como si fuera un lobo en celo, buscando el rastro de su hembra perdida. Pero lo cierto es que la habitación estaba inmaculada y en su olor neutro no fue capaz de reconocer ningún vestigio de Alicia. Después, presa de una terrible desazón consiguió dormir algo a duras penas.
A la mañana siguiente se levantó a la hora convenida con Paco, tomaron un frugal desayuno y emprendieron el regreso a Valdetoro que le resultó tan penoso o más que la ida, pues ahora sus esperanzas se habían esfumado por completo.
Cuando hubieron vuelto, Ignacio pensó que no sería capaz de soportar otro día más, con su noche correspondiente en Valdetoro, pero no le quedaba otra. Por pura inercia volvió a coger la misma habitación en la que se había alojado durante toda la semana y se le levantó un poco el ánimo, pensando que por fin, al día siguiente retornaría a su casa.
Volvió a hacer lo mismo que había hecho todos los días que había estado recluido en ese inhóspito pueblo, caminar hasta reventarse los pies y tomar alguna que otra caña en algún antro miserable, tan frecuentes por ahí. Se acostó pronto, pensando en que tendría que madrugar para coger el tren y durmió con cierto alivio, pensando que ese maldito pueblo al que tanto había llegado a aborrecer, quedaría para siempre sepultado en el lugar de los recuerdos desgraciados.

Hace más de 3 años

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#23

- XX-
A primera hora de la mañana, tal como tenía previsto, Ignacio salió en el tren que le llevaría de retorno a hogar. Se preguntó si todavía lo tendría, al fin y al cabo, el piso era de Alicia y él había vivido allí en calidad de consorte. Pero, de momento, no tenía otro sitio a donde ir, y, además, todas sus cosas las seguía teniendo allí.
Alicia también regresaría pronto, porque a ambos se les acababan las vacaciones y el lunes debían volver a sus respectivos trabajos. Le pareció que lo más conveniente sería ir a casa y esperar allí su regreso. Tendrían que hablar sobre ellos, sobre los últimos acontecimientos.
Ahora que se acercaba el momento clave ya no estaba tan seguro, ni mucho menos, de que Alicia fuese a disculparlo con tanta facilidad. Pero debían comportarse como seres civilizados y si ella no lo perdonaba no le quedaría más remedio que aceptarlo. Le pediría unos días para buscarse otro lugar donde vivir y se marcharía de su casa. «¡Bastante daño le he hecho ya!», pensaba contrito.
El viaje de vuelta, todo lo contrario que el de ida, se le había pasado en un suspiro. A la hora de comer ya había llegado el tren a la estación. Pensó en su nevera vacía y se comió un bocadillo allí mismo.
Luego tomó el autobús para volver a casa. Se dio una ducha que lo dejó como nuevo y le hizo olvidar todas las veces que lo había hecho en el deprimente baño de la pensión.
A continuación, se echó a descansar. Luego, como el calor no invitaba para nada salir a la calle, se puso a ver la tele para distraerse. Esta vez, tuvo algo más de suerte que en las anteriores ocasiones, porque, aunque antigua, estaban pasando una buena película de cine negro. Se mantuvo entretenido con ella durante un buen rato.
Después sintió hambre de nuevo, pero la nevera seguía vacía, así que se decidió salir a comprar algo en el súper que había al lado de casa: cosas elementales como pan, leche, huevos, patatas… Se haría una buena tortilla ya que la cocina se le daba bien.
Ya por la noche, una vez hubo cenado volvió a encender el televisor, pero sin prestarle mucha atención, ya que no podía sino darle vueltas y más vueltas a su complicada situación. En un arranque de optimismo, se decidió a cambiar las sábanas, por si Alicia volvía también esa noche.
Luego pensó en la inutilidad de ese gesto, ya que lo más probable era que si ella regresaba, a él le tocara dormir solo en el sofá. Aun así lo hizo. Luego se recostó en el sofá y mientras se iba devanando los sesos con todas esas cuestiones, el agotamiento le hizo quedarse dormido. Al cabo de un tiempo, se medio despertó, pero como no le apetecía irse a la cama sin Alicia, apagó la tele, y también la luz para evitar que le comieran los mosquitos. Volvió a quedarse profundamente dormido en el sofá, exhausto como estaba, con las piernas estiradas, tan largas como eran.

***********

El sábado, Alicia y Lola tampoco madrugaron mucho. Llevaban dos noches sin apenas dormir porque habían tenido mucho que contarse. Ahora ya estaban al corriente de sus vidas respectivas.
Alicia se encontraba muy a gusto en casa de su amiga pero pensó que si se marchaba el domingo llegaría a casa con el tiempo demasiado justo. Apenas podría descansar del viaje antes de volver al trabajo. Por ese motivo cambió sus planes otra vez, y esa misma tarde, nada más comer, y tras una cariñosa despedida de su amiga emprendió el regreso.
El trayecto era algo largo, pero si sus cálculos no le fallaban a eso de las dos de la madrugada podía encontrarse en casa y dormir con placidez en su cama. Todavía le quedaría un día entero para reponer fuerzas antes de abrir el lunes la peluquería. Así que, si más dilación, comenzó el mismo viaje que había iniciado hacía algunos días, pero en sentido inverso. Parecía que hacía años que había salido de su casa. Al cabo de unas tres horas, más o menos, se encontró con el cartel que indicaba el desvío a Fontina. Una oleada de nostalgia la embargó por completo y tuvo que someter con gran esfuerzo a su voluntad para no tomarlo y continuar rumbo a su casa.
Había muchos kilómetros que recorrer y Alicia no estaba acostumbrada a conducir tantas horas seguidas, así que tuvo que hacer varias paradas a lo largo del trayecto. Además tenía que ir picoteando constantemente algo: caramelos, chicles, algún bollo, porque si no, su estómago, que todavía no se había reconciliado del todo con su nuevo estado, protestaba y le entraban nauseas con cierta frecuencia.
Todo ello hizo que su llegada se retrasara más de lo previsto, algo pasadas las tres de la madrugada, Alicia llegó por fin a su apartamento. Su estado de ánimo ya no estaba, ni mucho menos, tan abatido.
Ahora que regresaba a casa comenzaba a olvidar la terrible apatía y desesperanza que había llegado a sentir en determinados momentos no tan lejanos. La negrura, que hasta hacía tan poco parecía cubrir su existencia por completo, dejaba paso a una nueva etapa colmada por una nueva ilusión, la de ser madre.
Comprendía que la vida, tal como la había vivido hasta ahora tocaba a su fin. De repente, se había convertido en una persona adulta, con responsabilidades mucho más trascendentales que la de su propia existencia. Había aceptado de forma insoslayable el reto de traer un hijo al mundo y comprendía que esa decisión iba a producir cambios notables en su vida.
Se dio cuenta, por primera vez en cierto tiempo, de que ya no sentía ninguna animadversión hacia Ignacio. Hasta era capaz de reconocer que con él había sido muy feliz. Era muy posible que todavía lo amase, pero la había abandonado y debía enfrentarse a ello. Sabía que le costaría, lo añoraría mucho, pero las cosas se habían dado así, parecía que era ya algo sin remedio.
Abrió con la llave, sin encender la luz, y fue directa a recostarse en el sofá. Se quería conceder unos minutos antes de enfrentarse al cúmulo de recuerdos que sin duda le traería la alcoba, que a partir de ahora ya no compartirían.
De repente, sucedió lo inesperado. Tropezó con las piernas de Ignacio. Este las hizo retroceder sobresaltado, ya que en ese momento dormía a pierna suelta. Ella también se asustó, pensando que tenía un extraño metido en su casa y quiso gritar pidiendo auxilio, pero su garganta paralizada por el miedo no la obedeció.
Estalló un momento de tremenda confusión, con ruidos de objetos cayendo por doquier y sintió, llena de temor, que alguien se movía con soltura por su salón. Pero al fin, se hizo la luz —Ignacio, a pesar del caos reinante, consiguió encenderla—, y entonces, sus miradas se encontraron en medio del terrible desorden que ellos mismos, en su aturdimiento, habían provocado.
Es difícil precisar lo que sintieron.
—¡Maldito seas!, ¡qué susto me has dado! —le dijo Alicia en un tono bastante menos airado de lo que sus palabras indicaban. Lo cierto es que se alegraba muchísimo de que estuviera allí.
—Perdona, Alicia, no pretendía asustarte —contestó él, con tono suplicante, a fin de hacerse perdonar su torpeza, aunque no cabía en sí de gozo, al ver, también, que Alicia había regresado.
De pronto, ya no existía ningún resquicio de resentimiento entre ambos. Esos pocos días que habían pasado separados les habían bastado para comprender lo mucho que se amaban, que se necesitaban, que no podían estar el uno sin el otro.
Se estuvieron mirando a los ojos durante mucho rato, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de su reencuentro. Después de esa mirada tan tierna, Ignacio, cediendo a un impulso, agarró a Alicia por la cintura y la atrajo hacia sí, en un abrazo lleno de deseo y ternura.
Ella se dejó llevar y se sintió invadida por un sentimiento de serenidad y confianza que anuló todas sus defensas y la hizo olvidar todos los rencores que hasta hacía tan poco anidaban en su corazón. Fue, de nuevo, la primera en hablar.
—Parece que al fin has vuelto.
—Tú también —repuso él. Una sonrisa, apenas disimulada, perfilaba sus finos labios.
—Sí, pero tú te marchaste primero —terció Alicia, insistente.
—Te he buscado sin descanso durante toda esta semana, ¡qué imbécil soy! Me pasé casi todo el tiempo en Valdetoro y para cuando llegué a Fontina te habías vuelto a marchar —continuó, ya con la tensión inicial aflojada, al ver que la situación se iba volviendo cada vez más favorable a sus intereses.
Un sollozo de felicidad se le escapó de forma involuntaria de la garganta y lo fue a ahogar sobre el hombro de ella. Siguió diciendo:
—Creí que me iba a volver loco por no encontrarte. Menos mal que has vuelto, así podré decirte todo lo que querías saber —en ese momento, se dispuso a confesarle todas sus culpas, una por una.
»En realidad mi gran error fue marcharme sin darte ninguna explicación. Bueno…, mi segundo gran error —añadió—, el primero fue olvidar lo mucho que te quiero.
Alicia le miró fijamente a los ojos y le dijo:
—Yo también te quiero, pero han pasado cosas… —en ese momento le dedicó a Alberto un sentimiento de nostalgia, pero era una añoranza ya lejana, como si todo hubiera ocurrido mucho tiempo atrás, en otra vida, quizá. Su único y verdadero amor lo tenía enfrente y bien asido para que no se le volviera a escapar.
»Lo cierto, es que no vuelvo sola…, hay otra persona… —Ignacio, por un momento, puso cara de susto ya que no comprendía lo que Alicia trataba de decirle.
Mientras, ella se acarició el vientre, todavía plano, que no dejaba traslucir el milagro de la vida que escondía.

Hace más de 3 años

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#24

—Sé que tú nunca has querido tener hijos, pero… —ahora, los ojos de Ignacio se iluminaron.
—¡Calla...!, no digas más. ¡Tú no sabes…!, yo…, yo tenía mis razones, pero ahora veo lo absurdas que eran. Es…, es maravilloso, una gran noticia. Me hará muy feliz ser su padre, ¿si es que todavía quieres seguir conmigo…?
Ella se tomó unos segundos para contestar. Cuando al fin lo hizo, su voz era un hilillo apenas audible debido a la emoción del momento, pero aún así sonó firme.
—¿Sabes…?, cuando venía de regreso a casa pensaba que nunca volvería a verte. Creí que me habías abandonado. Pero, ahora que te he vuelto a encontrar…
Tras una breve pausa, prosiguió hablando.
—¡Me parece tan absurdo todo lo que nos ha pasado!, ¡creo que la luna nos ha trastornado! Olvidemos estos días pasados…, ¡han sido una auténtica pesadilla!
—Y ¿qué hay de…?, ¡ya sabes…! —dijo Ignacio titubeante y con cierta preocupación, refiriéndose al origen inicial de sus desavenencias.
—¡Ya te lo he dicho!, ¡olvidémoslo todo!, ¡todo!, ¡vivamos como antes!, ¡tengamos a nuestro hijo…! —repuso ella, sintiéndose también algo culpable por su breve aventura con Alberto.
Se apretó contra él un poco más y continuó susurrándole casi al oído:
—Nos merecemos ser felices, tú también te mereces ser feliz. ¿Crees que no lo sé…? Emilio hace mucho que me lo contó todo…
Alicia ya no pudo reprimir más sus emociones y lloraba de forma queda por todo lo que les había pasado en las últimas semanas, pero sobre todo lloraba por la infancia que le había sido hurtada a Ignacio.
Entonces, sin dejar de pensar en ello habló de nuevo.
—Pobrecito, nunca has tenido una familia como Dios manda, pero ahora ya la tienes, somos, ¡seremos nosotros…!
Mientras decía esta última frase, Alicia cogió la mano de Ignacio y la posó sobre su vientre. Le miraba a los ojos y vio como su mirada se empañaba mientras trataba de contener unas lágrimas de emoción que este, al fin, dejó que fluyeran con libertad. Pero esas lágrimas le sabían muy diferente de tantas otras que había derramado a lo largo de su vida, no eran tristes, no ardían; por el contrario sabían a dulzura, esperanza y felicidad, estados de ánimo con los que había estado muy poco familiarizado hasta hacía tan poco tiempo; se demoró un buen rato en saborearlas ya que representaban un buen presagio para el futuro.
—¡Te amo! —fue capaz de expresar al fin Ignacio, con la voz rota por la emoción.
A continuación, la abrazó con una ternura infinita. En ese momento, sorteando las nubes que cubrían el cielo de la noche apareció por la ventana una luna grande, redonda y roja que los iluminó a los dos con su luz fría y pálida. Era la luna de agosto.

Hace más de 3 años

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avechinchi
Rango7 Nivel 33
hace más de 3 años

@IreChan, te doy las gracias de nuevo y sobre todo porque eres la única que ha llegado al final.

IreChan
Rango9 Nivel 40
hace más de 3 años

Gracias a ti por escribir una historia tan bonita :) No te preocupes, que seguro que más gente ha llegado al final pero no lo ha hecho notar :) Espero seguir leyendo historias tuyas, escribes muy bien! Un saludo!