SOMFANMEX
Rango3 Nivel 10 (76 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

Ahí estaba de nuevo; aquella espectral criatura de ojos negros, que merodea por la oscuridad. Se aparece ante mí todas las noches, siempre que enciendo una pequeña llama en la oscuridad. Me sigue a la velocidad de un caballo y con su misma resistencia. No creo que duerma o coma, no creo que sea un animal ni un fantasma. La verdad, no se ni que debo creer.
Tal vez solo estoy loco.

Durante el día, solo consigo verle la sombra mientras avanzó en mi carreta de mulas. Me ha seguido desde que emprendí mi ruta comercial con los pueblos norteños, y no creo que sea porque le agrado. Posiblemente solo sea producto de mi imaginación, pero tal vez, solo tal vez, sea por causa de este amuleto. El extraño tótem de la tribu Wampi; esa casta casi extinta de nómadas que viven cerca del Pico Nevado. Fue un intercambio justo con unos pieles rojas, a cambio algo de cecina y mi propia vida.
Mi padre siempre me lo decía: "Un trato del que salgas vivo, siempre es un trato justo".

Lo justo es justo; una alucinación inofensiva por seguir vivo, es un buen negocio. Aún si incluye a un acosador peludo de ojos negros...

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#2

Después de unas sangrantes negociaciones en un pequeño asentamiento de mestizo; donde mi mejor negocio fue la venta de unas mantas y tres botellas de whisky. Decidí saltarme la posada y dormir en mi carreta; más que otra cosa, me preocupaba por mis mercancías.
Los mestizos trigueños era refugiados de guerras sureñas, y lo mejor que saben hacer esos bastardos, era robar a los hombres honestos como yo: "Los ladrones solo deben comprar una bala".
Esa fue la sabiduría que mi padre me legó, antes de regalarme mi primer revolver. Ahora tengo mis años ganados, y sé que el mejor amigo de un comerciante viajero como yo, es una buena escopeta de dos cañones.
La tenía cargada y lista para recibir a cualquier ladrón.

Por fin había conciliado el sueño, cuando un crudo maullido; lo escuche tan cerca de mí, que pensé que esa maldita cosa me arrancaría el oído. Me alteré y saqué mi escopeta para matarlo; si es que acaso eso era posible. Sin embargo, me encontré tan solo acompañado por mis cosas.
Él muy desgraciado solo había pasado solo a joderme la noche, evitando que volviera a pegar el ojo después de eso; era un comportamiento nuevo por su parte.

La curiosidad me sacó del calor de mi manta y salí a la intemperie armado con la escopeta, como mínimo le sacaría un susto al desgraciado. Di un giro completo buscándole, pero no lo encontré, sin embargo, en mi infructuosa búsqueda, la broma de mi acosador me sacó una ganancia inesperada.
Una joven y hermosa mujer, se paseaba cerca de mi carreta completamente desnuda en la fría noche; su trasero era firme y respingón. Guardé la escopeta y me acerqué a ella para ver si querría negociar conmigo por algunas prendas, sin embargo, apenas me acerqué a ella, un nauseabundo tufo me penetró las fosas nasales; era una vomitiva mezcla de sangre, semen y otras pestes que eran propias de la putrefacción.
La mujer se percató de mi presencia segundos después de que la saludara y me frenara su peste, ella se dio la vuelta para mostrarme su frente desnudo, y un horror de pesadilla se reveló. La luna y las estrellas apenas iluminaban la fría oscuridad de los extensos prados del oeste, pero fue suficiente para que mis ojos fueran malditos. Aquella desgraciada alma caminaba muerta sin saberlo, pues debajo de sus joviales pechos y abdomen, un hueco se mostraba en donde debería estar su vientre; le habían arrancado todas sus entrañas de mujer, y la habían forzado a caminar en un estado muy alejado de lo vivo.
Quise gritar en ese mismo segundo, pero el miedo me había cerrado la garganta y de mi boca solo salió un sollozante gemido. Había visto cosas crueles en mi travesía por las tierras baldías y salvajes del oeste, actos deplorables en cada maldito pueblo que visitaba y, horrores que los hombres honestos no debían conocer. Sin embargo, aquello que presenciaban mis ojos, lo sobrepasaba todo, lo inhumano se descubrió ante mí, y un terror me carcomió la mente y el alma. Quise llorar por ella, pero mis ojos habían quedado secos por el polvo que levantaba el frío viento del norte. Quise correr despavorido, pero los músculos de mi cuerpo no me respondieron. Quise ayudarla, pero ya era demasiado tarde para hacer cualquier cosa. Aquello no estaba vivo, y todo lo que pudiera morar dentro de esa carne muerta y podrida, no podía ser natural ni humano.

Aquel cadáver se acercó a mí, y yo no pude moverme. No podía dejar de mirarle aquel hueco en su cuerpo mientras se acercaba; lo tenía expuesto y a su alrededor, se notaban las marcas de dientes humanas. También se notaba la necrosis y la pus de un cuerpo muerto, volviendo más imposible aún que aquello siguiera de pie y moviéndose hacia mí.
Yo seguía sin poder moverme, y la miasma seguía llenándome las fosas nasales y ahogándome los pulmones con la fetidez de lo podrido, mientras la horrorosa muerte me abrazaba y con gentil voz de mujer me susurraba a mi oído, uno de los nombres más malditos de estas tierras: "Wendigo"

El asco se me borró de inmediato al oír esa palabra, y un escalofrió me subió por toda la espina hasta apuñalarme el cerebro. Aquel nombre era maldito; tan maldito como lo es el infierno o el mismo Dios en estas tierras. El hedónico ángel de los tabúes de los hombres, venía hacia mí, advirtiendo a los desgraciados de su llegada, con uno de sus engendros putrefactos y mal paridos de su propia locura.
La mujer, o lo que fuera que fuera aquella aberración, me soltó después de cantar el nombre de la maldad, siguió su camino bajo el frío viento del norte y las últimas estrellas del cielo nocturno.

Salí disparado a mi carreta y tomé mi escopeta cargada, apunté su cañón en todas direcciones en la oscuridad de la noche, pero no vi nada; por toda la maldita suerte del mundo, no vi nada. Al menos hasta que él se me apareció de nuevo, y sus ojos negros me mostraron el camino que me había preparado. Sin dudar, desperté a mis mulas y las hice tirar de la carreta a toda prisa; debíamos abandonar este lugar maldito o nosotros seríamos parte de la carnicería del horror que se avecinaba.
Las mulas rebuznaron y relincharon mientras las azotaba para hacerlas avanzar; no me importó, las azotaría hasta matarlas si fuera necesario, tan solo para alejarme unos metros de este infernal lugar. Mi padre solía decir: "Los buenos negocios son fugases, y solo los imbéciles los desaprovechan"
Soy un cobarde, pero no un imbésil.

Debí haberme quedado, advertir a la gente del terror inhumano que cabalgaba hacia ellos; ni los mestizos merecían el horror del Wendigo. Debí hacer algo, pero no lo hice. Acepté el único negocio beneficioso para mí en ese momento, y compré mi vida a cambio de la culpa que me atormentaría. Después de todo, que es el insomnio contra el último sueño. Que es la culpa contra los horrores innombrables que serían conjurados esa noche.
Me negué a pronunciarlo mientras escapaba en la oscuridad, y no paré la carrera hasta que, el primer rayo de luz de sol golpeó mi rostro.

Paré a las mulas antes de matarlas de cansancio. Estaba sudando frío mientras el corazón estaba a punto de reventar en mi pecho. Volví estúpidamente mi rostro hacia el asentamiento que abandoné. De él, ya no se veía ni rastro. Ahora solo era un recuerdo de pesadilla para mí; un insomnio que tardaría en superar. Quise rezar, pero a quién le rezaría. Quise regresar, pero el miedo me arrastraba tan lejos de ese maldito nombre, que no puede ni sostener la mirada tras de mí.
Seguí avanzando a paso lento pero constante, mientras la culpa me ahogaba y me torturaba como era lo justo.

Llegada la noche, paré mi avance y encendí una hoguera para ahuyentar la oscuridad. La extraña criatura de ojos negros se presentó de nuevo. Sus motivaciones aún eran inciertas para mí, pero al salvar mi vida, no podía cuestionarle nada más.
Él se acercó a mí; más cerca de lo que acostumbraba. Se detuvo estando frente a frente conmigo, y su mirada se quedo clavada fijamente en mí. Su expresión felina era inmutable, pero sabía que algo se traía entre garras; nada es gratis en esta tierra maldita, nada.
Ahora solo me quedaba esperar el cobro por sus servicios.

Mientras compartíamos miradas, alcancé a comprender algo sobre su naturaleza, era algo muy simple de hecho: "Tus ojos te delatan, comerciante de vida"
La criatura maúllo; no sé si fue por felicidad o enojo. Pero se notaba que había acertado en mi conjetura y él me lo hizo saber.

Maldito golpe de suerte eh tenido, pues ahora me quedan ocho vidas antes de que, se me exija la deuda a pagar. Ocho vidas deben ser suficientes para llegar a lo más lejano del norte, y por fin poder escapar de esta tierra maldita.
Miré a mi compañero de ojos negros, y le ofrecí la mano para cerrar el trato; el maldito me mordió.
Y tras haber pactado con el comerciante de vida, recordé la sabiduría de mi padre, antes de ser llevado a la horca: "Jamás vuelvas la mirada a esta tierra maldita, detrás de ti, solo hay muerte y locura"

El norte queda aún muy lejos, y la salvación todavía más: "Abandonó esta tierra maldita por quien quiera o lo que se haga llamar Dios, abandono esta pesadilla de ángeles sádicos y demonios que moran en las carnes de los hombres. Malditos los que cabalgan en esta tierra, desgraciados los que levantan morada en ella, y benditos los que aún tengan la lucidez para tratar de escapar"

Hace alrededor de 1 año

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