I_am_Nobody
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Aquel sonido repitiéndose una y otra vez lo despertó. El sol tardó en aparecer más de lo que imaginaron todos en aquella ciudad pero eso no fue un impedimento para salir de casa o para detener el curso efímero de sus vidas. Eran las 10 de la mañana y no muchas personas se encontraban alrededor de aquel café que está, generalmente, vacío.

Su amigo lo había citado allí para hablar sobre la gran hazaña que ambos realizarían al día siguiente.

-¿Tienes miedo? –Preguntó y él no supo qué contestar.

Su amigo se llamaba Juan. Era un hombre alto, fornido, con cabello muy corto y cierta altivez que, si para unos parecía precaria y fingida, para otros resultaba irritante.

Juan volvió a realizar la pregunta y en ese instante él salió de aquel ensimismamiento que lo hacía sumergirse en la escena que aún no había llegado, como si la estuviese experimentando en ese instante y al mismo tiempo no. Finalmente, dejó de observar el pequeño vaso de café, miró a Juan, y dijo:

-No… -Y aquel silencio se hizo tangible para Juan el cual, al notarlo, no dudó en proseguir.

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-Todo lo fascinante se encuentra más allá del miedo. Y, mientras más temes, más le das poder. Sí, es muy fácil decirlo para mí ya que lo he vencido hace mucho tiempo. Pero es la realidad. Yo… -Y allí comenzó Juan una historia larguísima en donde los “yo” pregonaban un orgullo notable y aquella altivez irritante que muchos no soportaban.

-No diría que es miedo… -Dijo él- puede ser ansiedad, o nerviosismo. En realidad no lo sé. Quiero hacerlo. Sueño con hacerlo. Pero algo me detiene y durante mucho tiempo no he sabido vencerlo.

-Ya verás que mañana –prosiguió Juan con su altivez irrisoria- será diferente.

Pero no fue así. Aquellas palabras no dejaron huella alguna porque, después de aquel discurso, cuando Juan se fue, no tenía mucho por hacer; sólo pensar en lo que ocurriría.

Desde muy pequeño tuvo el deseo de hacer paracaidismo y a pesar de que no pudo hacerlo nunca, la oportunidad que su amigo Juan le brindaba era fantástica, perfecta, pero algo le retenía. Era algún freno incontrolable que nunca tuvo cuando era niño, cuando gritaba: “¡Yo quiero hacer eso!”, en su casa, al ver a un paracaidista en una película de acción. Un peso inimaginable se cernía en su corazón que oprimía, afligía sus emociones y también debilitaba su voluntad.

Juan se fue, él se levantó y se dirigió a la parada de autobuses que estaba a solo unos minutos de aquel café. Regresaría a su casa para los preparativos del gran día, de la gran hazaña, aunque el simple movimiento del pie, aunque el simple caminar se sintiera como una tarea imposible, como si él estuviese controlado por otra persona inmóvil.

Al regresar, notó el silencio de su casa más grande que de costumbre. Vivía solo desde hacía mucho tiempo. Sus relaciones familiares no eran las mejores y en cierto momento de su vida decidió vivir solo. Pensó que tendría alguna mujer pronto pero su aspecto físico junto a su cobardía nunca ayudó. Esto, aunado a la timidez para hablar, una mezcla insostenible de desgracias, lo había postrado en aquella triste y silenciosa morada.

La ansiedad del día siguiente le había quitado el apetito. Fue a su habitación y preparó las ropas que llevaría al día siguiente. Tardó más de lo usual en esta tarea. Buscó el reloj que siempre lo despertaba y lo programó para el día siguiente. Se echó en la cama y sólo pudo dormir cuando la tarde se acercaba, alrededor de las 5, hasta el día responsable de sus cavilaciones.

Al día siguiente Juan lo esperaba frente al café que ambos conocían, allí Juan lo llevaría en su auto hacia un edificio lejano en el cual se encontraba el helicóptero, los paracaídas, y un instructor amigo de Juan que se encargaría de pilotear aquella máquina fantástica.

-¡Buenos días! ¿Cómo estás? –Preguntó Juan.

Lacónico, como siempre, él respondió:

-Estoy bien.

Ambos se montaron en el carro y se dirigieron al lugar. Juan estuvo hablando durante todo el camino sobre las grandes hazañas que había realizado en su vida pero él no lo escuchaba. Una gran carga en su garganta le impedía hablar, la voluntad de sus movimientos había desaparecido, y los latidos del corazón aceleraron su ritmo como nunca antes. No era un problema grave, pero el mismo mal que él sufría desde hace muchos años, aquí se presentaba de un modo intangible y más perverso. Quería hablar, quería hacer algo, pero este consabido monstruo que detenía sus movimientos no conocía los “quería”. Y así, hasta que llegaron al edificio, él estuvo aplastado por esta criatura pérfida que lo mantuvo en silencio durante todo el viaje.
Las hélices del helicóptero eran enormes y el ruido era tan grande que no permitía a ninguno de ellos hablar con total claridad.

-¿Estás bien? –Preguntó Juan

Él asintió aunque esa respuesta no hubiese sido la más sincera.
Cuando estaban a una altura considerable y se hubieron acercado a aquella barrera llena de nubes, la altivez de Juan creció y dijo lo que él no quería oír:

-Aquí está bien. Ponte tu paracaídas.

Y él lo hizo, Juan le dio ciertas recomendaciones, le dijo que no estaría solo y él también saltaría, pero la ayuda de Juan no tuvo respuesta. Él miró hacia abajo, hacia aquella altura tan grande, y sintió algo mucho peor que el terror, algo que vencía todos sus miedos, una criatura enorme que se cernía en su ser y no lo dejaría moverse, obstaculizando y borrando cada vestigio de lo que alguna vez fue. Juan dijo: “¡Salta!”. Pero otra cosa ocurrió.

Él abrió los ojos otra vez aunque ya los tenía abiertos y ya no se encontraba en el helicóptero. Oyó ese sonido repitiéndose una y otra vez que todos los días lo despertaba. Volteó a su izquierda y apagó el despertador, miró hacia la pared y allí estaba toda la ropa que había organizado para este gran día, cuando tuvo aquella cita con Juan; miró a su derecha y vio su celular con un mensaje de Juan.

“¿En dónde estás? Estoy en el café y el instructor nos espera en el edificio con el helicóptero listo”.

Él miró el reloj con cierta indiferencia. Si bien es cierto que aquello sólo fue un sueño, aquel monstruo que lo inmovilizaba, cada día, se hacía más real, era incontrolable. Y después de tantos años, nada podría hacer para detenerlo, para pasar aquella frontera invisible.

No respondió el mensaje, cerró sus ojos y volvió a dormir. Aquel día no salió de casa.

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