Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18863 ptos) | Premio de la crítica
#1
    Partes:
  • #2

Me gustaba mirarla de lejos, resguardado tras las negras cortinas de mi húmeda habitación... Era inquietante la emoción de imaginar a mis venas muertas latir, hasta podía percibir el pálpito de mi yerto corazón.

Hace 8 meses Compartir:

0

3
#2

Pronto, mis lagrimales secos se humectaban en un escozor que sólo pujaba queriendo verter el agua que ya no tenía, que hace miles de años se había secado. Pero, me gustaba... Me aferraba a esa ventana mientras la luz del Sol me quemaba la pálida piel, y no me importaba... Dejaba que el claro de luz me achicharrara cada poro, cada vello, cada vena azulada... Era el único dolor que me quedaba por experimentar, y me excitaba tanto; ese ardor se extendía por todo mi brazo, por mi pecho, cuello y rostro... Iba carcomiéndome hasta penetrar al hueso, desgarrando lentamente el músculo tenso y llevándose consigo el sobrante de mi belleza. Era terco al no despegarme de la ventana, al amarrar mi mano congelada a la cortina, al clavar mis ojos vacíos a su cálida presencia; a ésa que me cautivaba aún después de estar muerto. Me volvía el paladar un pozo de deseo, la lengua me bailaba por probarla y mis dientes rechinaban al apretar las mandíbulas con esas ganas hambrientas de arrancar de tajo un trozo de su terso cuello. La veía pasearse tan libre, tan segura de no ser vigilada, tan serena y amable con la vida... No imaginaba que alguien, desde el ático de su propia casa, la veía... Ignoraba que compartía su espacio con un ser de ultratumba que no daba la cara a la luz del día porque temía ser devorado por las llamas del infierno—aunque, en el fondo, ya vivía en él—. Pero, ahora tenía una razón para defenderse de la aniquilación perpetua... Ella, esa mujer divina, esa doncella perfecta... Esa preciosa prueba de vida que se le paseaba frente al vacío de sus cuencas, que bailoteaba ante su hambre de sangre caliente, que respiraba el aire que sus pulmones ya no podían siquiera concebir. ¿Y qué hacía ahí, mirándola y no devorándola? Dejarla vivir, porque entre más vivía, más ganas tenía de no morir.