Miguel_Ruiz
Rango10 Nivel 46 (4652 ptos) | Fichaje editorial
#1

Sentado junto a la ventana del consultorio, con los apuntes dispersos sobre la mesa, el psiquiatra Joaquín Esperanto trata de poner orden al nuevo capítulo de su próximo libro. Este tema en particular le resulta trabajoso.
Ciertas personas representan un reto enorme; muchos dejan la terapia y terminan con su vida. Descubrir dónde está el detonante antes que sea demasiado tarde, es el reto más grande al que se enfrenta en este punto de su carrera. «Prevenir el suicidio», escribió, y enseguida acudieron a su memoria varios pacientes.
Uno de ellos era capitán del ejército (retirado), José Rovoledo.
Llegó a consulta con un grave problema de conciencia. Venía de una familia militar, su destino se había sellado desde que anunciaron que nacería varón. Asistió al liceo militar, pasó a la armada y luego comenzó a escalar los grados del ejército. Llegó la dictadura militar y, gracias a su desempeño previo en la represión de la guerrilla, lo ascendieron una vez más.

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LauraDadaCuentista
Rango6 Nivel 28
hace más de 1 año

Relato redondo y sobrecogedor. Me encanta tu forma de narrar. Enhorabuena!

Miguel_Ruiz
Rango10 Nivel 46
hace más de 1 año

Muchas gracias @Lauradadacuentista, @HernanACalvo por sus palabras. Me alegro que, dentro de la dureza del relato, encuentren agrado en el cómo. En esta también hay una parte real con toques de ficción. Otra cara de una época oscura.


#2

Su compromiso, entrega y gran nacionalismo, lo hacían el candidato perfecto para la brigada de interrogación de subversivos. Con esa asignación estuvo más que feliz. Tenía varios oficiales a su cargo. Los reclusos clave eran su prioridad. Nadie mejor que él para sacar información.
Había descrito herramientas de tortura escalofriantes y su eficacia ante distintos escenarios. Decía que muchos subversivos sabían a lo que se enfrentaban y se consideraban duros, capaces de resistir lo que sea con tal de no delatar a sus camaradas. Esos eran su especialidad.
Por aquellos años, había logrado cumplir el sueño de la esposa y la casa propia. Los continuos ascensos le suministraron una importante cantidad de dinero que supieron aprovechar. Sólo faltaba el hijo para que todo fuera perfecto. Unos meses más adelante, su mujer le dio la noticia tan ansiada: esperaba un varón. La siguiente generación en la carrera militar de la familia estaba asegurada.
La panza de su mujer crecía saludable y en paz. Al irse a trabajar besaba a su esposa y a su hijo que crecía en el vientre: ese era su ritual.
Aquel día, el trabajo le deparaba la prueba definitiva.
Le entregaron un sujeto recién ingresado, con información vital sobre lo que quedaba de la revuelta. Venía resistiendo el tratamiento y por eso llegó a sus manos.
Preparen todo —dijo a sus oficiales—, voy para ahí.
“Mi especialidad”, pensaba mientras caminaba hacia el cuarto de interrogación.
Al entrar se estremeció: desnuda, encadenada, con los pies dentro de un balde con agua y electrodos colocados en los pezones de unos pechos llenos, estaba una mujer, embarazada más o menos del mismo tiempo que su esposa, con la cara tapada por el cabello revuelto y pegado por la mezcla de sudor y sangre. No hacía falta mojar los electrodos ya que el calostro que manaba de sus senos lo hacía.
Titubeó, se le aflojaron las rodillas. Miró a sus subordinados que permanecían en las sombras y estos agacharon la cabeza. Ninguno quería continuar con la tarea, lo esperaban a él, especialista en la materia, para lidiar con aquello.
—¡Déjenme solo! —gritó—, yo me encargo de esto. Pusilánimes, mojigatos.
Al quedar a solas con la mujer le dijo, en un momento de debilidad, que gritara, que lo hiciera como si de eso dependiera su vida.
—Ya no tengo vida —le contestó la detenida con voz entrecortada—, ustedes me la arrebataron. Mi bebé está muerto, ya no lo siento, no quiero seguir, son unos hijos de puta, les dije una y otra vez que no sé nada, que no tengo nada que ver con los tupamaros, que soy una maestra común y corriente, sin embargo me siguieron pegando. Cobardes, hijos de puta. Tres hombres contra una mujer embarazada y maniatada. Matame de una vez, hijo de puta, matame si eso te hace feliz. Un libro, todo por un libro que me regalaron para mi cumpleaños…

—¡Entonces reconocés que tenías material prohibido! ¡Habla de una vez! Subversiva —gritó, transformando la compasión en odio.

Cumplió con su trabajo. Eso le abrió una herida que no iba a cerrar.

Hace más de 1 año

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#3

Esa noche, al llegar a su casa, abrazó a su mujer con fuerza y al besar el vientre lleno de nueva vida, estalló en llanto. Matilde, su esposa, jamás lo había visto llorar y se preocupó. José se limitó a decir que estaba muy emocionado por la llegada de su hijo, que no se preocupara. Aún así las imágenes de aquella otra mujer se proyectaban en sus pensamientos al cerrar los ojos.

El tiempo transcurrió y la herida, lejos de cerrar, se profundizó. Sentía que su humanidad se escurría, junto con la sangre de los detenidos, por aquel desagüe cuadrado con una rejilla de metal en forma de flor.


Su hijo nació sano y fuerte. Allí comenzó otro debate interno. ¿Debía hacer que su hijo siga sus pasos? ¿Era correcto obligarlo a realizar semejante tarea? Tenía claro que amenazas como aquella no se daban todo el tiempo, que el momento histórico era aquel y nada más. Pero y si…
Sabía también que los remanentes de aquel modo de pensar no se desvanecerían, que cierta parte del régimen prevalecería por debajo de la apariencia. Que siempre serían necesarios soldados fieles como él.
Optó por jubilarse en lo alto de su carrera. Podría ir a más; aunque no lo reconociera abiertamente, tenía miedo de lo que se encontraría.
Las pesadillas habían aumentado, los ataques de ansiedad dieron paso a la paranoia. La gente lo observaba en la calle sólo para saludar a un vecino, y él lo sentía con el peso de un juicio sobre su existencia.
Fue cuando su mujer le pidió que visitara al doctor Esperanto.

Allí comenzó el dilema del psiquiatra. ¿Cómo consolar, dar fuerzas, ayudar a una persona que torturó y asesinó a otras nada más que por el hecho de encontrarse opuestos a una ideología dominante?
Le contó que muchas de las personas que cayeron en sus manos, luego se supo que no eran parte de la guerrilla, que eran maestros, estudiantes, madres, padres, que creían en un cambio, en una sociedad más justa, que su crimen más osado fue tener libros de Marx en su biblioteca, hablar de libertad, reunirse con cuatro o cinco amigos a charlar sobre la situación de su país.
Ellos tenían la orden de suprimir cualquier reunión de más de tres personas. Los cumpleaños infantiles eran vigilados por las fuerzas conjuntas para desbaratar posibles brotes revolucionarios. En situaciones así fueron secuestradas personas que estaban en el lugar equivocado en el momento justo. ¿Cómo los convencerían de su no filiación a los movimientos subversivos? Siempre alguno de esos rojitos podría conocer a otros y estos a otros y así alguno podría ser el que ellos buscaban. Siempre sospechó lo que luego se le revelaría como verdad: todos los altos cargos eran viejos conocidos, los demás simples marionetas en el juego de poder.
Los malditos estaban impartiendo órdenes desde la comodidad de su escritorio, con calefacción, secretaria, mientras tomaban whisky escocés de primera y ellos, los subordinados, ponían la maquinaria en funcionamiento, se ensuciaban las manos y tomaban whisky nacional mientras soñaban con el aroma de las tierras altas.

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#4

Los tiempos fueron cambiando; los años pasando factura al cuerpo cansado y a la mente atormentada.
Su paranoia escaló al punto que ya no pudo salir de su casa. Obligó a su hijo a utilizar el apellido materno y a no decir a nadie quién era su padre y mucho menos a qué se había dedicado casi toda su vida. Cuando el niño traía algún compañero del colegio, él no salía de su dormitorio para no ser visto; de hecho, sólo salía de allí en la madrugada, como un intruso en su propia casa. Ese era el grado de martirio que le imponía su consciencia.
El niño creció en una aparente libertad de pensamiento. Más por omisión que por acción. No se hablaba de esos temas en ningún momento y las noticias eran absorbidas por un viejo televisor dentro del dormitorio a un volumen tal que le permitiera saber lo que ocurría fuera del recinto. Papá era un señor jubilado, un militar retirado y eso ya era mucho detalle.
La sorpresa fue enorme cuando Daniel, ya adolescente, anunció que comenzaría a trabajar en una O.N.G. especializada en derechos humanos. Madre apoyó tácita y sumisa la decisión del joven. Padre ni siquiera opinó al respecto. Tragó con dificultad y se retiró a su «bunker». Enfrentar a su hijo implicaba desvelar un pasado que aún lo atormentaba.

Daniel continuó su trabajo y sumó estudios, posgrados y demás. Llegó a insinuar que su padre le ayudara con algún contacto dentro de los batallones para reunir información sobre detenidos en dictadura. La respuesta fue tajante: estoy jubilado y no quiero hablar de eso. Además, esos subversivos se merecían lo que les pasó por levantarse en armas contra su patria. Esa última afirmación derivó en un altercado familiar que Matilde tuvo que mediar —como siempre, ella ponía los paños fríos en todas las situaciones tensas, cualquiera fueran— para evitar algo más grave. Entonces, José se internaba en el bunker y Daniel se iba al boliche de la esquina a reunirse con sus amigos. Cuanta más resistencia ponía su padre, más se dedicaba Daniel a su trabajo.
Al final, éste comenzó a dar frutos. Encontraron documentos que comprometían a los altos mandos por encubrimiento y crímenes de lesa humanidad. Los vientos cambiaron. Hasta cierto punto fueron favorables, aún así, los verdaderos responsables, los que impartían las órdenes, no iban a caer, sin embargo, los que ejecutaban dichas órdenes, estaban desamparados.

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#5

En consulta, José se mostraba preocupado por el trabajo de su hijo. Reconocía la terquedad que corría por sus venas, temía que se acercara a la verdad y no sabía cómo enfrentar eso.
Daniel y su equipo accedieron a una lista de prácticas de interrogación que pasaban a la tortura. Algunas denuncias anónimas brindaron datos precisos, detalles desgarradores. La organización en la que trabajaba elevó varias denuncias penales contra los altos mandos y toda la pirámide operativa.
En el joven idealista crecía una indignación que explotaba en llanto en la soledad de la noche. Esa misma compañera de penas que oía las confesiones de su propio padre, entre rezos y sollozos. Esa misma presencia oscura que cubría la desesperación de Matilde, que canalizaba la tensión de la rutina apretando los dientes y los puños a solas en la cocina antes de ir al dormitorio y caer rendida por el cansancio.

Una tarde, en la consulta, mientras el doctor Esperanto conversaba con José, su secretaria lo interrumpió para decirle que la policía estaba allí y querían hablar ahora con su paciente. Ingresaron al consultorio sin esperar autorización y arrestaron al capitán bajo cargos de violación de los derechos humanos, tortura, desaparición forzada y asesinato durante la dictadura militar.
Junto con él, cayeron varios oficiales relacionados a dichas actividades, también algunos altos mandos que no llegaron a calentar una silla. En cambio José y sus oficiales…


A solas en su casa, Daniel trabajaba más intensamente que nunca. Los documentos que habían llegado esa mañana a su correo (en simultáneo al correo de varios compañeros de la O.N.G.) contenían una lista de nombres de los implicados en las peores torturas durante el régimen militar. Anexaba una explicación alegando que la policía ya sabía de los nombres que aparecían allí y, con este envío, la fuente quería asegurarse de que no se escapara ninguno por acomodos con conocidos dentro de las fuerzas.
José permanecía recluido con prisión preventiva, a esperas del juicio. Su hijo creía, gracias a la intervención de Matilde, que su padre estaba internado para realizarse una cura del sueño que lo ayudaría con su estado mental. No había podido visitarlo. Y nada había salido aún en la prensa para evitar las fugas de los involucrados.
Daniel anotaba el nombre del oficial, el cargo, la sección y las tareas que desempeñaba. No demoró mucho en cruzarse con el nombre de su padre y, mientras rellenaba las columnas, su vida se desmoronaba. Su propio padre… un asesino hijo de puta. Uno de los más odiados por él y por su grupo ahora tenía rostro y lo había criado…
Sin pensar mucho, salió hacia el consultorio del psiquiatra que atendía a su padre.
Quien lo veía tenía la impresión de estar frente a un borracho o un drogadicto. El joven se bamboleaba de aquí para allá, con la vista perdida. Terminó por extraviarse en su camino, y en su pensamiento. Su mente estaba en blanco, no podía, aunque se esforzara, hilar ideas, reflexionar sobre lo que sabía; la emoción era enorme.

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#6

En su oficina, Joaquín, repasaba en la agenda los pacientes de esa jornada. Levantó la cabeza, rememorando la incursión de la policía en su consultorio, la expresión en los ojos de José mientras salía esposado de allí. Le había dejado una sensación extraña, no lograba reconocer qué sentimiento se escondía detrás. Al mismo tiempo se le venía a la cabeza la imagen de Matilde y Daniel. Repasaba cómo habían evolucionado dentro del núcleo familiar desde la primera consulta del capitán. Si bien los había visto sólo una vez, durante una sesión de grupo, los comentarios de José le daban una idea de cómo llevaban la situación. Ambos, a su manera, le preocupaban. Ella mostraba un despliegue de autocontrol y entereza que requería una enorme cantidad de energía emocional para funcionar. Y el joven, con su vocación, con su tarea, ¿cómo reaccionaría cuando supiera que su padre estaba del lado de los que él repudiaba y perseguía?
¿Cuánto bien hicieron ellos al ocultar ciertos hechos para evitar dolor, vergüenza?
Con todo esto en mente, bajó la mirada hacia la calle. Desde su ventana contemplaba la esquina, el quiosco donde compraba el diario cada mañana… ¡El diario! Buscó en el cajón la edición de ese día, en primera plana con letras grandes rezaba:


¡Al fin justicia!
Capitán en jefe del escuadrón de interrogación, fue arrestado.
Se le acusó de tortura, asesinato y desaparición forzosa de detenidos en dictadura.
Luego de ser juzgado e instalado en la cárcel central, el veterano integrante del ejército, fue hallado colgando del techo. Se ahorcó con su propia camisa.
Familiares de detenidos desaparecidos lamentan la cobardía del hombre y celebran que la justicia se haya pronunciado a favor de los que ya no tienen voz.

Dejó caer el periódico de sus manos al tiempo que las lágrimas llenaban sus párpados. Al volver la vista al quiosco, vio a un joven muy parecido a Daniel que sostenía en sus manos la misma edición que acababa de leer él. Una mirada más atenta corroboró la identidad del hijo de José. Se paró de golpe, con torpeza por la desesperación, se dirigió a la ventana para gritar al chico, pero no podía con el cerrojo que abría la hoja de la ventana. Sus esfuerzos fueron en vano.
El joven estaba absorto en la lectura, pálido, con la vista fija en las palabras. No se dio cuenta de que había bajado el cordón ni del camión que venía apresurado para cruzar antes de que la luz amarilla cambiara a roja. El accidente fue inevitable y el chico murió en el lugar.

Días más tarde, en el mismo escritorio, Joaquín Esperanto, retoma su libro. La hoja en blanco lo aterroriza, los recuerdos lo abruman.
Un sonido chirriante lo sobresaltó. Su secretaria le anunció que tiene un nuevo paciente. Le dice que lo haga pasar. Se acomoda en el escritorio y poniendo su sonrisa profesional, espera que entre la nueva historia, el nuevo reto.
La puerta se abre y deja ver la figura disminuida de Matilde que le da los buenos días.

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Sarym
Rango16 Nivel 75
hace más de 1 año

¡Wow, querido @Miguel_Ruiz! que honor y que placer volver a leerte y con un escrito tan redondo y magistral. Me subiste a una montaña rusa de emociones. Tu formas narrativas, descriptivas me dejan maravillada, cariño. Te aplaudo de pié. Gracias por compartir tan maravilloso relato; se le extrañaba mucho, admiradísimo amigo. Saludos y nos leemos. ;*

Miguel_Ruiz
Rango10 Nivel 46
hace más de 1 año

¡Muchas gracias, querida @Sarym!
Es muy agradable leer tus comentarios. Te mando un beso grande y sí, nos leemos.