Miguel_Ruiz
Rango10 Nivel 46 (4652 ptos) | Fichaje editorial
#1

La luz del sol descendía por la pared del dormitorio de José y se posaba con suavidad en su mejilla. La tibieza de la mañana lo despertó antes que el reloj. Caminó a la cocina, preparó café y tostadas. Fue hasta su escritorio y encendió la computadora. Abrió el correo y comenzó a marcar la basura que llegaba a diario a su bandeja, para borrar. En otra pestaña abrió Twitter y en otra el portal de la revista donde trabaja. De los correos interesantes, uno era de un colega del cual no sabía nada hacía tiempo. Trabajaron juntos muchos años, su amigo acabó abandonando la revista, José aún permanecía en ella. Investigaron políticos corruptos, intrigas y demás casos extraños. Desarrollaron cierta fama como pareja investigadora, hasta que su compañero logró un puesto en “La Fuente”, revista número uno del país.

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#2

Le pasaba “un notición”, según sus propias palabras:
“Un hombre, don Anselmo, que vive en un pueblo en medio del campo, es un curandero real, con poderes mágicos y todo. ¡Es real!, tienes que verlo, hombre. El pueblo es San Antonio, a cien kilómetros de la capital del departamento de Santo Tomás de Aquino. Ve tú, esta vez la primicia es para ti. No te arrepentirás y, quién sabe, tal vez logres un ascenso en tu carrera.”
Una parte de él descartaba semejante idea, por otro lado sentía curiosidad. Le daba vueltas en la cabeza al asunto mirando la red social, cuando un tuit casi lo hace derramar el café. Rodriguez, el del correo, había sido despedido de “La Fuente” por exponer una noticia falsa como real. Aseguraba que sus informantes eran fidedignos, su investigación seria, que no había faltado a la verdad en ningún párrafo de lo redactado. Aún así, la prensa en general lo crucificaba sin derecho a réplica. Ningún programa serio le daría espacio para explicarse, y aparecer en los programas superficiales sólo empeoraría las cosas. Su fama era demasiada y todos, público y compañeros, se sentían defraudados.
José se preguntaba ¿por qué le daría crédito a semejante noticia enviada por un lunático que se suicidó como profesional?
Cerró la tapa del portátil, lo guardó junto con su cuaderno de notas, el móvil y salió de casa, rumbo al trabajo.

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#3

En el ómnibus, todos hablaban de eso, la radio ridiculizaba su fama, echaba por tierra reportajes con los que había conseguido premios. Su vida completa estaba en el tapete y puesta en duda. Algunos periodistas mencionaban la relación laboral con José.
Al llegar al trabajo, sus compañeros le miraban de costado, como si él fuera cómplice de aquella locura. En cada pantalla había una foto o nota diferente que hablaba del tema. Aquello era psicótico. José Betancourt siguió por el pasillo hasta el fondo, directo a la oficina de su jefe, siguiendo las instrucciones de la recepcionista.
—Buen día, José —saludó la secretaria—, el jefe te espera en su oficina.
El recién llegado respondió con un gesto que quería decir “la que me espera” y golpeó tres veces a la puerta.
—Adelante, pase. —Se escuchó del interior.
—Buenos días, jefe. ¿Cómo está hoy? —Dijo, José, cerrando la puerta tras de sí.
—Siéntate, por favor. ¿Has recibido un correo de Rodríguez? Tengo uno en mi bandeja de entrada con “un notición” y me dice que te envió una copia, que quiere que seas tú el que cubra el asunto.
Por un momento no supo si contestar que sí, o cambiar de tema. ¿Qué sentido tenía?
—Sí, antes de venir lo leí. ¿Usted qué piensa?
—¡Que es un notición! Si no fuera porque viene de la persona que acaba de perder su credibilidad ante el mundo. De todas formas quiero que vayas. Si lo que dice de este Anselmo es verdad, será la noticia del año. Sales de inmediato. He alquilado un auto para ti, si todo va bien, al mediodía tendrías que estar llegando a San Antonio.
»Hace tiempo que quiero un artículo con esta temática. La competencia tiene varios reporteros investigando lo paranormal y cosas así, y su revista está teniendo más ventas que la nuestra. No te preocupes, que antes de publicar, veremos si es real o no. No tengo intención de perderte, eres mi mejor empleado.
—Jefe, ¿puedo decir que no?
—Puedes, pero no voy a aceptarlo. Así que toma lo que necesites y lárgate, que estoy ansioso por saber más de esto. Es una locura y por eso me encanta. ¡Ventas, ventas! —decía, mientras empujaba a José por la puerta, cerrándola tras de sí.
“¡En qué lío me metió este tipo!” Pensaba mientras tomaba las llaves del coche que colgaban del dedo de la secretaria, acompañadas de un gesto compasivo en sus ojos.

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#4

Pasó por su casa, improvisó una maleta, sacó un par de botellas de agua de la heladera y partió.
La luneta trasera estaba cubierta de polvo. El Fiat alquilado cruzaba el campo por el camino vecinal que lo conduciría a su destino. Entornando los ojos para protegerse del resplandor, José Betancourt, asió el volante con ambas manos. Unos metros más adelante, divisó una arboleda. Se presentaba como un oasis donde reponer un poco de líquido y revisar el GPS que había dejado de dar indicaciones kilómetros atrás. Al llegar, bajo el árbol más frondoso, un paisano descansaba junto a su caballo. El animal llamó la atención de José, ya que en el centro del pecho llevaba una marca natural en forma de pájaro con las alas desplegadas. La cola de aquella supuesta ave descendía hasta perderse en el vientre del equino. Abrió la puerta del coche, se paró en el camino aún con un pie dentro del vehículo y preguntó al hombre:
—Buenos días, —dijo, mientras bebía agua de su botella—, ¿éste camino lleva a San Antonio?
—Buen día —contestó el hombre—. Sí, señor, lleva a San Antonio. Haga diez kilómetros más, se va a encontrar una encrucijada, tome a la derecha y haga otros tres kilómetros. Allí se dará de frente con el pueblo. Le manda saludos al comisario de mi parte, por favor.
—Muchas gracias, señor. Creía que venía perdido. Se los daré cuando lo vea.
Volvió a meterse en el auto y arrancó raudo, dejando una estela de polvo tras de sí. Al rato se dio cuenta que no le había preguntado el nombre para poder dar al comisario los saludos. Miró por el espejo retrovisor y el paisano ya no estaba allí. Se preguntó si todo aquello valdría la pena, sobre todo después de lo ocurrido con su amigo. Estaba muy cerca como para echarse atrás, además al editor le pareció que podría llamar la atención de un público potencial, así que valía el viaje.
Según lo indicado, apareció el cruce de caminos. Dobló a la derecha y el pueblo apareció de la nada. El campo era llano, la vista se perdía en el horizonte de aquel día claro, sin embargo, allí donde el camino tiembla por el calor, apareció el pueblo ante su vista. “¿Cómo no lo había visto antes?” —pensó—, y la curiosidad fue disipada por las ganas de bañarse y descansar.

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#5

Un cartel de madera pintado a mano con letras blancas rezaba: “Bienvenidos a San Antonio. Población: 215 habitantes.”
Como todo pueblo chico, crecía alrededor de la plaza. La iglesia, seccional, pensión y pulpería la rodeaban. Las edificaciones eran de estilo colonial, debía tener unos ciento cincuenta años, tal vez más. Se notaba que los habitantes cuidaban las fachadas y el entorno. Todo estaba como el primer día, suspendido en el tiempo. Decidió detener el auto frente al único lugar dónde podía quedarse. Luego del ansiado baño, comenzaría la indagatoria. Abrió la puerta de la pensión y el movimiento hizo sonar las campanillas que llevaba pegadas detrás. El dueño lo había visto estacionar y le dio los buenos días antes de que cerrara la puerta tras de sí.
—¿En qué puedo servirlo, señor? —preguntó el posadero—.
—Buenos días. Preciso una habitación. Dígame, ¿hay internet en este lugar?
El dueño esbozó una sonrisa tierna, como la que se le da a un niño que hace una pregunta tonta.
—Cada habitación tiene su propio router con velocidad 3G —replicó con un aire de grandeza y solemnidad—. Seré curioso, ¿qué lo trae por acá? Señor…
—Betancourt, José Betancourt. Soy periodista y vengo a cubrir una historia. Tal vez usted pueda ayudarme. ¿Conoce a un tal Don Anselmo?
Ramírez —ese era el apellido del dueño del lugar—, al escuchar el nombre del buscado tiró la cabeza hacia atrás, llevando la mano a la frente.
—¡Pero claro, hombre! ¿Quién no conoce a Don Anselmo? Luego de que se asiente, si gusta, le indico cómo llegar a su casa. Vive en las afueras del pueblo, pero no queda lejos.
—Eso sería fantástico, gracias. Lo que más necesito es refrescarme y descansar. Ni bien esté en condiciones, le aviso.
—Su habitación es la número seis. Al final del pasillo, última puerta a la derecha. El baño es la puerta de enfrente a su dormitorio. Aquí lo espero, Betancourt.
—Llámeme José, señor…
—Ramírez. Sea usted bienvenido —y con un gesto le indicó al recién llegado el camino hacia el pasillo.

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#6

La habitación era sencilla: una cama simple, la mesa de noche, la cómoda con un espejo encima y una silla completaban el mobiliario que lucía las mejores galas de los viejos maestros ebanistas, cosa que hacía juego con el resto del lugar. La ventana era grande, de dos hojas y casi cuatro tres de alto, coronada por hermoso vitral. Dejó la maleta a los pies de la cama, tomó el bolso de mano con los implementos para ducharse y cruzó el pasillo.
Al entrar al baño y ver la bañera de loza blanca, saltó de alegría. Una hora estuvo sumergido en aquella belleza. Ese ritual no era sólo de aseo personal: lo aprovechaba para poner en orden sus ideas y proyectar el resto del día. Ya en su habitación, deshizo la maleta y dispuso el ordenador y sus apuntes en el escritorio improvisado que armó colocando la mesa de noche debajo de la ventana. Su vista era amplia y no tenía obstrucciones. La parte de atrás de la pensión daba a un bosquecillo nativo. Conectó el cargador del teléfono, abrió el ordenador y se dio cuenta que no había pedido a Ramírez la calve del wifi. “¡Mierda!” —Pensó—. “¿Cómo sería la contraseña?” Intentó “posadasanantonio”; “posadaramirez”; nada. “Debo ser más atento, despierto” —se dijo— y salió al pasillo. Se acercó a la recepción y no encontró al dueño, por lo que decidió ir a la pulpería, el punto de reunión fijo para el poblado de sábado a lunes.

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#7

El lugar era un edificio de casco colonial. Se entraba por la punta y tenía la barra a la derecha, que ocupaba todo el largo del salón y las mesas a la izquierda, una por cada ventana. Reinaba ese clásico olor a café mezclado con alcohol barato. Dos paisanos acodados en el mostrador, empinaban sus grapas después de haber terminado de almorzar. Un hombre vestido de negro ocupaba la mesa más cercana a la puerta. Todos voltearon a ver al recién llegado. No hacía falta que hiciera nada para llamar la atención: él no era uno de los 215 habitantes.
Con un repasador colgado al hombro y una lapicera en la oreja derecha, Don Saturnino, el dueño, le dio los buenos días.
—¿En qué puedo servirlo, señor? —Dijo el cantinero—.
Antes de que pudiera pronunciar palabra, entró una mujer, muy agitada.
—¡Don Saturnino, por favor, es la hija pequeña, está muy mal. Tengo que llevarla a lo de don Anselmo, y Julián está en el campo, no vuelve hasta la noche. ¡Se me muere la hija!
Al ver la reacción frenética y la desesperación de aquella madre, y habiendo escuchado que pedía por el hombre que él buscaba, José vio la oportunidad y sin titubear respondió:
—Señora, yo puedo llevarlas en el auto, si me dice adónde vamos.
—¿Lo haría usted, forastero? ¡Bah, qué diablos! ¡Vamos!, le explico en el camino.
Y así, junto al hombre de negro que luego se presentó como el párroco de la ciudad, salieron en busca de la niña enferma y rumbearon para lo de don Anselmo.

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#8

Al llegar al rancho, el viejo estaba sentado en un sillón con la cabeza gacha y algo entre sus manos. Ante los gritos de la madre, que no se calmaba, se limitó a mover el brazo en señal de silencio.
—Los estaba esperando —dijo el curandero—, ya tengo pronta la medicina para su hija.
—Pero, ¿cómo es que? —La mujer tenía los ojos muy abiertos y la expresión de asombro sustituyó a la agitada desesperación.
—¡Silencio, madre! —Interrumpió el anciano—. Acerca a tu hija y acuéstala aquí.
La niña se veía pálida, sudorosa, no dejaba de mover la cabeza de un lado a otro. El hombre comenzó a recitar un cántico entre dientes, con un ritmo monótono. Sus movimientos eran medidos y precisos. Untaba la pomada que estaba preparando cuando llegó la comitiva, detrás de las orejas y en las sienes de la joven, sin dejar de cantar. Al cabo de unos minutos, ésta comenzó a ruborizarse, el sudor desapareció, su piel se tornó lozana. Parecía otra persona, no la que había llegado.
José miró al párroco con ojos inquisidores. Este se limitó a persignarse y comenzar un padre nuestro entre dientes con los ojos cerrados.
Don Anselmo entregó el tarro de pomada a la madre y le dio unas indicaciones para los días siguientes. Sin decir más las despidió.
El cura ayudó a la madre llevando a la hija del brazo hacia el auto y Betancourt le preguntó al dueño de casa si podía pasar luego para hacerle una entrevista. Este asintió y los visitantes salieron en calma.

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#9

Subieron al auto, el padre adelante y las dos mujeres detrás. Por el espejo, José miraba a la chica aún con sorpresa por la rápida recuperación. Ella iba con la cabeza gacha, sin mirar adelante nunca. De vez en cuando la madre le decía algo al oído y provocaba que se apretara en el asiento.
El párroco quebró el silencio y dijo:
—Muchas gracias, señor. Dios lo puso en el camino en el momento justo. ¿Qué hubiera sido de la pobre niña si no fuera por usted? No me presenté, me llamo Francisco —y estiró su mano derecha para saludar a José.
—Faltaba más, Francisco —contestó mientras estrechaba la mano del cura—, en una situación extrema, cualquiera haría lo mismo si estuviera en mi lugar. Me llamo José, mucho gusto.
Durante buena parte del camino el cura habló sin parar, gesticulando con vigor. De vez en cuando, José veía por el retrovisor a la muchacha cambiar de gesto al compás de la conversación, y a la mujer mirar con ojos de profunda admiración al religioso.
Al llegar a destino, bajó la madre primero, ayudó a su hija a salir del auto, Francisco se despidió agradecido a José una vez más. Este último arrancó hacia lo del curandero y echó una última mirada al espejo para ver cómo el cura ayudaba a la madre de la chica a entrar en su casa poniendo la mano en la cintura, con mucha amabilidad.

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#10

Al llegar a su destino, golpeó las manos para anunciarse y el dueño de casa gritó desde el interior de la vivienda:
—¡Pase, hombre, adelante!
—Buenas tardes, don Anselmo. Mi nombre es José —dijo mientras descolgaba el bolso y sacaba la libreta de apuntes—, soy reportero y me gustaría hacerle unas preguntas acerca de su trabajo, si no es molestia.
El anciano levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.
—¿Tan rápido se olvida de una cara, José? —Dijo con una sonrisa pícara en el rostro.
—¿Nos conocemos, señor? —contestó el forastero—, no me acuerdo de usted.
—¿Le dio los saludos al comisario?
—¡Pero claro! Discúlpeme la distracción. Es que venía encandilado y con ganas de un buen baño —le contestó, mirando hacia abajo mientras secaba el sudor de su cuello con un pañuelo—, además, sin el caballo es otra persona —bromeó—, ¿puedo hacerle unas preguntas?
—Está bien, pero no sé qué puede haber de interesante en mi vida, señor —comentó el anciano, pasando por alto el chiste—, pasemos a la cocina y lo convido con una grapita, —dijo, tomando una botella del armario y dos vasos.
—Me han dicho que es muy bueno en lo que hace —comenzó a decir, José—, y por lo que vi hace un rato, parece que es verdad —levantó el vaso hasta sus ojos y luego bebió un buen sorbo de aquel líquido transparente; estaba fuerte.
—No crea todo lo que andan diciendo por ahí, especialmente lejos del poblado. Mire, la gente gusta de inventar historias raras, necesita creer en milagros. Pero yo sólo sé algo de hierbas y condiciones humanas, conozco a la gente. Mi padre me enseñó, y a él, mi abuelo, y a él su padre y así hasta que se pierde la memoria. Dígame, ¿qué le han contado?
—Bueno, es un poco incómodo repetirlo. Digamos que me han dicho que usted es casi un mago, que tiene poderes.
—¿Y usted cree eso?
—A decir verdad… Es lo que vine a averiguar. Lo de la niña no puedo explicarlo con nada que conozca. ¿Qué le pasa y qué fue lo que hizo para curarla?
—¡Ah! Esa niña está sana, mi amigo. Lo que tiene no es un sufrimiento, pero sí le genera un gran nerviosismo. Verá, la niña va a catequesis desde que aprendió a leer y escribir. Siempre a cargo del padre Francisco. Hace unos años, comenzó a comportarse de una manera extraña. Cambió. Era una niña alegre, vivaz; se volvió hosca, reservada, casi muda, mire. Cuando me la trajeron por primera vez, lo noté enseguida. Lo insinué a su madre, pero ella se persignó con rapidez, como si lo que le dije fuera expresado por el mismo demonio, ¿me entiende?
José, que ya había apurado la bebida mientras avanzaba la historia de Anselmo, abría grande los ojos al tiempo que dejaba el vaso vacío sobre la mesa.
—Entiendo.
—¿Hay alguna otra cosa que quisiera saber, José? —El viejo servía el vaso otra vez y miraba con frialdad al forastero—. Mire, yo no hago milagros, ya le dije, sólo conozco bien a la gente con la que vivo, ¿me entiende?
—Con claridad, Anselmo. No es mi intención faltarle el respeto, en absoluto. Es que el dato que me pasaron decía que usted… ¿cómo decirlo? Era especial.
—Bueno, le agradezco el cumplido y lamento decepcionarlo.
—Para nada. Me gustaría hablar un poco más con usted en otro momento. ¿Puedo invitarlo a comer, mañana, y a devolverle las copas? Me estoy quedando en lo de Ramírez, podemos comer allí o en la pulpería. ¿Al mediodía le parece bien?
—Como no, mi amigo, será un gusto para mí. Lo veo en lo de Ramírez entonces. Hasta mañana.
José guardó sus apuntes, apenas había garabateado dos o tres líneas que alcanzaban para graficar ese encuentro. Tomó el bolso y antes de salir, volteó para saludar con un gesto de la cabeza al viejo.
Llegó hasta el coche aún con las frases resonando en la mente. Sentía que había más en aquel personaje y estaba dispuesto a ganar su confianza.

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#11

Ya en la posada, fue directo a su dormitorio a escribir la primera impresión y a revisar su correo. Frenó de golpe en el pasillo, retrocedió hasta el mostrador y pidió a Ramírez la clave para entrar a internet.
—¿Pero no me diga que no vio el papelito con la contraseña? Todas las habitaciones tienen uno en el cajón de la mesita de noche. Cualquier problema, me avisa. Antes de que se vaya, ¿tiene para anotar? Le paso la dirección de don Anselmo y le explico cómo llegar.
—Muchas gracias, pero ya lo conocí. Estuve dos veces en su casa en este rato. Cuando salí, fui a la pulpería, allí apareció una señora que tenía la hija muy enferma y necesitaba llevarla hasta lo de Anselmo. Como estaba con el auto me ofrecí. Ya está mejor. El viejo es bueno en lo que hace, casi mágico, diría yo.
El posadero miró hacia arriba y se acarició la barba en forma de candado que usaba.
—¿Una niña, dijo? Qué curioso.
—No sabría decirle el nombre de ninguna de las dos, ya que no lo mencionaron. Pero fuimos acompañados por Francisco, el párroco.
—El padre cura… Siempre tan dispuesto y servicial —dijo con una mueca acompañada de un ademán exagerado—. Si se le ofrece algo, marque el 777 desde el teléfono de la habitación. Buenas noches, Betancourt.
—¡Ah!, Ramírez —dijo dándose vuelta en su camino—, invité a don Anselmo mañana para almorzar, ¿supongo que no hay inconveniente?
—Ninguno. A las 12:30 servimos el almuerzo en el comedor.
—Excelente, entonces. Nada más, hasta mañana y gracias.
—Que pase usted una buena noche, Betancourt.

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#12

Ya en su habitación, se acomodó en el improvisado escritorio y encendió la computadora. Abrió el cajón y allí estaba la tarjeta con la calve del wi-fi, que estaba seguro no haber visto antes allí.
Ingresó al correo y mientras cargaba, se dispuso a escribir sus primeras impresiones. Todo había ocurrido muy rápido. Repasando en la mente los acontecimientos, se le ocurrieron varias preguntas para hacer al día siguiente al misterioso curandero. Había notado lo arisco que podía ser cuando se lo interrogaba mucho, pero estaba seguro de poder ganarse su confianza con tacto y paciencia. Le intrigaba cómo sabía que iban a llegar, tendría percepción extrasensorial o conocimiento de causa como él decía. En ese momento tenía sentimientos encontrados acerca del hombre y sus poderes.
Había en la bandeja de entrada tenía un correo de Rodríguez. Eso lo sacó de su cavilación y fue directo a abrirlo. Le decía:
“Hola. Supongo que ya debes estar en San Antonio. Al jefe no se le escaparía una historia así. También supongo que has leído las noticias y que debes pensar que soy un idiota por haber publicado. Quiero que sepas que todo lo que escribí es real, no inventé una sola línea. Claro que es algo increíble, pero eso no me hace un mentiroso. Tal vez me apresuré. Quería la exclusiva, ya me conocés. Creo que no te vendría mal leer mi nota. La revista la editó, si te interesa conocer la versión original puedo enviártela por aquí. También me imagino que no las has leído aún ya que debes haber estado buscando a don Anselmo y haciendo preguntas en el pueblo. Habla con Ramírez, tiene mucho más para decir de lo que aparenta. ¿Sabías que no es oriundo de allí sino de la capital? Has que te cuente la historia de cómo terminó regentando una posada en un pueblo de doscientos quince habitantes. ¿Qué cómo sé eso? Mi historia, la que me costó la carrera, comenzó en San Antonio y luego me llevó a dos pueblos vecinos, a unos kilómetros de allí. Al parecer la zona siempre ha dado “Anselmos”. Bueno, José, de nada por las pistas. Espero no guardes rencor hacia mí, después de todo, tú eres una de las personas que me conoce más. Y sí, sé que ahora estás haciendo el esfuerzo más grande que puedas hacer para desvincular tu nombre del mío. Por eso te pasé este dato, esta historia. Tú siempre fuiste el que pensaba y yo el que se llevaba por la emoción y la corazonada. Si todo esto que viví y que ahora tú investigas es verdad (como yo creo que lo es), si por otro lado enloquecí y me dejé engañar por unos charlatanes, sólo tú podrás echar luz sobre este misterio, compañero de horas.
Te subestimé desde que nos conocimos y mírate ahora: conservas tu posición, creas fama con cada trabajo nuevo, el jefe te nombró capitán estrella del equipo… Y yo aquí, desempleado, escribiéndote este correo con indicaciones para que hagas tu trabajo… Lo siento, amigo. No des corte a mis locuras, de corazón, no quiero que termines como yo.
Por favor, desenmascara a ese charlatán y tal vez puedas hacerlo con los otros que te mencioné.
Si necesitas algo, solo pídelo, ¿de acuerdo?
Te mando un abrazo”.

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#13

¿Qué significaba aquello? ¿Le hablaba en serio? ¿Por qué le decía esto ahora y no en el correo anterior? Tenía la extraña sensación de que lo estaba dirigiendo o, peor aún, usando. De todas maneras, él tenía un trabajo que hacer, cumplía las órdenes de su jefe y no de un amigo que pagaba las consecuencias de su impulsividad. En el fondo nunca quiso ser como Rodríguez, aunque pareciera dejarse arrastrar por ese magnetismo entusiasta.
“Así que conocías el lugar y a Ramírez, ¿qué otra cosa me estás ocultando?” —pensaba mientras tomaba el celular para escribir a su jefe el reporte inicial—. ¿Qué le iba a decir al jefe? No quería defraudarlo, pero tampoco arriesgarse a decir que el viejo tenía poderes. Afirmar eso ahora era imprudente. Le diría que pintaba bien la cosa, que quería indagar más a fondo. Sí, eso haría. Un jefe entusiasmado siempre es más cooperativo. Además, el pueblo tenía algo que le gustaba, que lo hacía sentir como en casa.
Se acercó a la ventana, la abrió y encendió un cigarrillo. La noche clara y fresca raptó su atención. Por un segundo se olvidó de todo, solo se concentró en el silencio que permitía oír el sonido que producía el tabaco al quemarse cuando pitaba.

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#14

A la mañana siguiente, durante el desayuno, aprovechó para entrevistar a Ramírez —sin que este lo supiera—, de manera informal, como a un amigo que encontrara luego de años.
—Ramírez —comenzó—, ¿hace mucho que tiene esta posada?
—Mire, Betancourt, hará unos tres años, no más.
—¿Y qué se le dio por establecer este negocio, en este pueblo tan pequeño y alejado? Porque, le confieso, usted no parece lugareño, más bien se me hace capitalino.
—Tiene buen ojo. Nací en la capital y viví allí hasta que mi esposa, que en paz descanse, enfermó. Entonces probamos de todo para tratar de ganarle al cáncer, ¿sabe? Cuando la medicina tradicional no mostraba horizontes favorables, comenzamos la búsqueda con la alternativa. Luego del reiki, gemoterapia, regresiones, bioneurocodificación, y cuanta cosa hallamos, nos recomendaron un anciano, que vivía aquí, al que usted conoció el día de ayer.
»Este pueblo hace una gran fiesta el día del santo que le da nombre. Hace tres años, en esa fecha, vinimos por primera vez con Catalina. Aún podía moverse bien. Estaba calva por completo y algunas de esas alternativas la habían ayudado a recuperar un poco el ánimo y algo de energía vital. De todas formas, el tumor no se estancó en su crecimiento y amenazaba con expandirse. Con ese diagnóstico llegamos a la casa de don Anselmo.
—Me imagino que fue duro hacer aquel viaje, albergar esperanza en la magia del hombre, para al fin de cuentas, terminar de la peor manera. ¿Cómo lo tomó usted?
—Yo no dije que “la magia”, como usted la llama, no haya resultado. Mi esposa, luego de tres sesiones con Anselmo comenzó a sentirse de maravilla. Su piel cambió, retornó la lozanía juvenil, el ánimo se estabilizó, los dolores cesaron, pudo dormir la noche entera sin malestar. Fue tal la sorpresa que volvimos a la capital para pedir una nueva ecografía. ¿Se imagina nuestra alegría al ver la pantalla del ecógrafo? ¡El tumor había desaparecido y no quedaba rastro alguno de su presencia!
»Los médicos no daban crédito, pero no se aventuraban a decir por qué había ocurrido ese fenómeno. Se limitaron a recomendar que disfrutara de su vida y que no se estresara.
»Fue allí cuando lo decidimos: nos mudaríamos a este pueblo y terminaríamos nuestros días en él. Sabíamos que esta casona estaba en venta y también que no había ningún lugar en el pueblo para quedarse en las fiestas de santo. Tomamos nuestros ahorros y los usamos como seña para este establecimiento y pusimos a la venta el apartamento en el centro. Gracias a Dios se vendió muy rápido, algo que Catalina tomó como una señal, y en menos de dos meses nos instalamos aquí.
—Realmente es una historia increíble, además de darme pautas para mi investigación. Le confieso que este lugar es hermoso y se siente como un hogar.
—Así lo quiso mi amada, que Dios la tenga en la Gloria.
—Disculpe el atrevimiento, Ramírez, pero ¿qué le pasó a su esposa?
—Ayer me dijo que don Anselmo venía a almorzar acá hoy, ¿verdad? —comentó el posadero mientras levantaba la taza vacía de José—. A él le gustan los ravioles que preparo, una vieja receta de familia. Si le parece bien a usted ese menú, ya pongo manos a la obra.
—Me parece genial. Le agradezco mucho, por su disposición y por contar su historia, imagino que no es fácil.
Ramírez no escuchó esa última parte porque ya estaba en la cocina haciendo ruido con los trastes y encendiendo la radio que siempre pasaba, “en todas las horas pares” a “el mago”.

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#15

José decidió dar un paseo por el pueblo y conversar con algún vecino más acerca de los prodigios del curandero. No salía de su cabeza la historia de su anfitrión, ¿qué le habría pasado a Catalina como para no contar su final?, ¿sería sólo nostalgia o habría algo más? Tal vez, si la oportunidad se presentaba, le preguntaría directamente al sanador, aunque esto le generaba sus dudas, ya que el hombre era reacio a discutir temas ajenos… y propios también. Debía ganarse su confianza. Si la sutileza no funcionó, probaría con la franqueza directa, sin anestesia.
Mientras cavilaba de esa manera, llegó a una esquina y se topó con la madre de la niña del día anterior.
—¡Pero qué casualidad!, ¿cómo está usted, señora y cómo está su hija hoy?
—¡Caramba! Buenos días señor. Bien, gracias por preguntar. Y gracias también por lo que hizo, que no pude expresar mi gratitud, con los nervios de ayer. Fue usted muy gentil.
—José, señora, llámeme José. Para mí no fue nada, faltaba más. Mientras esté en el pueblo, si puedo serle de utilidad, no dude en preguntar. Tenga, esta es mi tarjeta y allí está el número de celular.
—Es usted muy amable, José. Espero no necesitar de sus servicios tan pronto —contestó la mujer sin mirar la tarjeta personal mientras la guardaba en su bolso.
—¿Le dan seguido esos episodios a su hija?
José no perdía oportunidad de hacer preguntas, estaba en su naturaleza, él lo llamaba “deformación profesional”.
—¿Eh? ¡No, nunca! Lo de ayer fue una excepción —contestó la madre, visiblemente molesta—, ella no es enferma, ¿sabe? A veces se pone nerviosa de más, pero nunca había llegado a lo de ayer, ¿me entiende?
—Por supuesto. No quise molestarla. Soy reportero y estoy en el pueblo para investigar la historia de Anselmo. Sería para mí muy útil su testimonio. ¿Podemos concretar una cita para más tarde o mañana? Me estoy quedando en lo de Ramírez, así que podemos tomar un té allí o si lo prefiere en la pulpería.
—Estoy en medio de los mandados diarios. Voy al almacén y luego tengo cosas para hacer. De todas formas no sé qué pueda decirle que le sea de utilidad. Lo llamaré cuando tenga unos minutos libres, si le parece bien.
—Puede ayudarme más de lo que supone, señora. Si lo hiciera le estaría muy agradecido. Que tenga usted un buen día y dele mis saludos a su hija.
Con un cortés ademán, José continuó su andar sin rumbo mascullando los hechos que hasta ahora había vivido. Había conocido a Anselmo antes de saber que era él, su caballo realmente era rápido dado la velocidad con la que el anciano había llegado a su casa y los estaba esperando —esa era una pregunta para el hombre durante el almuerzo—, una madre devota de la iglesia —y también del párroco de turno— llevó a su hija con un visible ¿ataque de ansiedad?, ¿pico de estrés?, ¿consecuencias de la presión que tiene que soportar?, ¿víctima de alguna enfermedad extraña? Un alivio o cura repentina con la aplicación de una pomada casera mezclada con alguna hierba autóctona hecha en casa por el curandero… Otra cura milagrosa de un cáncer casi terminal —también preguntar sobre el caso de la esposa de Ramírez—, un colega que sabe más de lo que dice y que impulsa a investigar sobre una línea particular…
“Debo ordenar todo esto antes de pasar el informe al jefe”, pensaba cuando, al llegar a un banco de la plaza sonó su celular.

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#16

—Hola, ¿quién habla?
—Hola, José, soy yo. ¿Qué hay de nuevo en el caso? ¿Tenemos “un notición” o un fraude más?
—¡Jefe! Si le digo que estaba pensando en usted, ¿creería que es una coincidencia mágica?
—Muy gracioso. Dime algo, por favor. Leí lo poco que me enviaste y quiero saber más.
—Bueno, aún no puedo darle una palabra concreta. Hoy almuerzo con don Anselmo para profundizar en el tema. En nuestro primer encuentro siento que lo presioné demasiado. Sabe cómo son los hombres de campo, ¿verdad? Aunque comprobé que las mujeres también son reticentes a las preguntas.
»Este pueblo es muy pequeño y que un forastero camine por ahí haciendo preguntas incómodas, no es tomado de una forma ligera, ¿sabe? Debo ganar la confianza de esta gente de a poco.
—Entiendo. De todas maneras no demores demasiado. El próximo número sale en cinco días y necesitamos dos para edición e impresión. ¡Descubre el misterio lo antes posible! Y, por favor, que sea uno bueno. Sé que no vas a defraudarme. Después de todo, tú no eres Rodríguez.
—Jefe, ¿y qué pasaría si Anselmo sólo fuera un hombre común que receta yuyos a sus paisanos y que tira del cuerito en los empachos? Ya sabe, una “doña María” sin ninguna magia.
—Tú lo descubrirías. Pero sería mucho mejor para la revista, para mí y para el futuro de tu trabajo, que el viejo sea un mago o por lo menos un santo hacedor de milagros, ¿sabes?
»Mantenme informado. Quiero conocer los detalles lo antes posible. Adiós.
“Genial” —pensó José—. Guardó el celular en su bolsillo derecho y extrajo los cigarrillos del izquierdo. “Tranquilo, José, sin presiones, descubre al viejo mágico y si no es mágico mejor ni regreses… por el bien de la revista y de tu trabajo, ¿sabes? ¡Excelente! ¿Qué se le dio a este hombre ahora con el tema místico y mágico?”

Continuará.

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