skollxander
Rango3 Nivel 12 (128 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Llevó el puro a los labios. Aspiró por unos pocos segundos y echó el humo bajo un soplo muy lento.
Estaba reflexivo durante la ‘tarde de los amigos’, esos ratos libres en el puticlub entre contactos que no solo eran para usar y tirar. Eran solo los viernes, siempre y cuando hubiera alguna reunión pesada de tantas horas. Con tanta presión de perder todo el poder, uno buscaba aliviarse. Pero Sergéi no podía lograrlo al carcomerse la cabeza, a tal punto de dejar en segundo plano a sus compañeros reírse entre putas y alcohol.

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#2

— Viernes, quince de julio de dos mil once…— dejó el puro a un lado, dejando que el fuego de sus adentros lo consumiera sin darle calada alguna. — Hoy fue la reunión con el Bastardo, un soldado serbio que empezó en esto como matón de colombianos hasta que traicionó a su jefe. — miró el gran reloj.

Enfrente de la entrada, arriba de la puerta y casi rozando el techo, un gigantesco reloj blanco daba la hora de las ‘nueve y media’, parado siempre en ese momento concreto. Pareciera que el puticlub no tuviera necesidad de su servicio sino adorno. A Sergéi lo ponía nervioso que, cada viernes, no empeñaran ni un mínimo esfuerzo en repararlo.

Poco después sacudió la cabeza bruscamente y gruñó por debajo; estaba entreteniéndose con tonterías.

Hace alrededor de 1 año

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#3

— Este jefe murió en un tiroteo hace diez años... Su mano derecha, Pascual, sobrevivió. Es el que ahora le declara la guerra y viene el Bastardo a contármelo. No paró de golpear los dedos contra mi mesa y me miraba exasperado. No está tan joven como las fotos, demasiadas arrugas y lorzas. — suspiró, perdiendo la mirada en el gran reloj. — Va a haber sangre, de eso no puedo dudar. No… No puedo. Apoyar un bando u otro sin saber lo que me espera es malo, hasta ahora no me había involucrado en nada así. Tendré que ver a Pascual. Si a lo mejor…

— Che coglione! — gritó alguien.

— ¿Eh? — Sergéi se desprendió de su burbuja, arqueando una ceja.

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#4

En su acomodado sillón negro, revisó la gigantesca sala aprovechando el grito. El inmenso espacio se distribuía por grandes pasarelas donde putas y strippers alardeaban en bailes de su figura esbelta o encorvada y llevarse lo que, consideraban poco, cincuenta o cien dólares por unos pocos movimientos y acariciar a hombres desesperados, calenturientos. En su caso, gracias a ser conocido con los otros del dueño, estaba en mitad del salón.

Allí tenían no solo su barra personal de alcohol, sino a las mujeres de cara a cara tocándolos y tentándolos cuales arpías para llevarlos a sitios más personales, divertirse un rato sin que tuvieran que pagar; así era la generosidad del dueño. Los sillones estaban apegados enfrente de allí, pero no era coherente. Aun así, buscaban complacerlos y ganarse sus favores. De alguna forma esto a Sergéi, sin encajarle, le hacía pensar que después de todo era alguien, sentado cómodamente en un sillón de lujo y tomando de cuanta bebida, brujas de pechos al aire y sustancias no tan ‘sanas’ quisiera.

Observó a una pelirroja. Parecía estar cerca de los treinta, con una melena pelirroja despampanante que le llegaba a los omóplatos. Su rostro, pecoso, tenía unos rasgos toscos que curiosamente daban lugar a una belleza particular pese a su nariz protuberante y labios pequeños. Tomó del brazo al hombre que gritó, Óscar. Por cómo sonreía él, mirando sus grandes pechos, alzó la voz por cualquier cosa menos enfado. Se dejó tomar y arrastrar entre dulces carcajadas hasta un pasillo al fondo de donde ellos estaban. Sergéi reaccionó con unos pocos pestañeos y siguió embobándose para reflexionar. El puro estaba a punto de consumirse y lo apagó en un movimiento inconsciente dentro del cenicero, dejándolo allí mismo. Llevó su mano ahora libre a la barbilla.

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#5

— Soy su líder. El jefe que lo demuestra con el Cristo crucificado del brazo derecho. Tengo que demostrar ser apto de ese tatuaje o podrían cortarme el mismo brazo... Prácticamente soy quien decide el que gana o no. Al fin y al cabo soy la cara a la hora de distribuir la mercancía, las pistolas, escopetas, todo. Todas esas armas para que uno gane sobre el otro. Sí. Es cierto. — con los dientes mordisqueó su labio inferior, metiéndolo hacia dentro para intentar arrancar pellejo mientras pensaba. — Si les doy las más baratas pasándolas por las caras, no solo gano de más. También les podría explotar el arma en la mano en cuanto disparen y dejarles vulnerables. Las pistolas que nos llegaron de China tienen un armazón muy frágil y la presión al disparar es demasiado grande. Llegan a algo parecido a explotar. Son baratas y ayudan a deshacernos de la basura pretenciosa. Sí… La basura pretenciosa. — forzó el ceño, pensativo; paró de mordisquearse el labio. — cuando Óscar esté libre, le pediré al siciliano ese que conoce que hable con Pascual. Ese tipo conoce todo lo que esté en el boca a boca.

Durante todo ese tiempo estuvo apartando a las chicas, motivo del porqué lo miraban con asco y desagrado; si bien algunas no estaban allí por vocación, buscaban algo de empatía solo con que las trataran como algo más que trozos de carne. A Sergéi le importaba poco esto. Al levantarse del sillón sentía estar lejos de allí, ser inexistente en un espacio que en teoría era personal entre personas a las que no veía como trapos de usar y tirar. Se fijaba en sus sonrisas de lado a lado, los suaves movimientos que tenían con la muñeca mientras movían los cigarrillos, lo sonrojados que estaban con las chicas que metían las manos dentro de sus camisas medio abiertas.

Hace alrededor de 1 año

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#6

— ¿Viste la final entre México y EE.UU? Ya sabes, la Copa de Oro del mes pasado. — dijo uno de los que estaba sentado, Mark.

— Seh. ¿No te jodió que México ganara? Dios santo. EE.UU es el mejor en esto y vienen los putos panchos a ganarnos.

— Soy uno de esos ‘panchos’, eh. — hubo un énfasis hostil al decirlo, pero no hizo más; prefirió tomar de su copa.

— Calma. Estamos en la tarde de los amigos, psss, psss. Tenemos a unas muy agradables señoritas por aquí. — les interrumpió Jimmy, quien movió la mano suavemente para señalar a las mujeres que respondieron con una suave carcajada.

Sergéi contempló la escena con repugnancia. Cuando veía esos intentos de ‘amistad’ sentía vacío; lejos de estar allí, incapaz de poder integrarse. A veces odiaba cuando era consciente de que solo estaba ahí para que lo adularan con tres o cuatro palabras sin sentido y después de ellas iba siempre un favor, un intento de enchufe, negocios de armas con menor coste, hacer otro hilo de narcotráfico en su territorio con un beneficio muy bajo, pero ellos pensaban que al ser tan callado y retraído lo ‘tragaría’.

Entendía lo poco relevante que era como para que, al levantarse y dar vueltas mirando a las esquinas o a las otras pasarelas, recibiendo miradas hostiles por parte de otros clientes, ni los otros que eran amigos se empeñaran en decirle algo. Un ‘siéntate’, lo mínimo. Únicamente suspiró fijándose en los mocasines desgastados que llevaba y alzó la cabeza para empezar a caminar hacia el pasillo donde fue Óscar.

— Le pediré lo de su amigo ese y me iré. No puedo más en esta mierda de sitio de mala muerte. Estoy cansado de todo esto.. Sentirme fuera de todo. — dijo en voz muy baja; el susurro se lo llevó el aire con la música muy alta.

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#7

Dio un paso dentro del estrecho pasillo. El espacio que había era de dos asientos grandes, o así lo ilustraba en su cabeza al observar sillones al lado de cada puerta. Entre tantos reconoció al instante a la persona que siempre iba a su lado, tampoco siendo excepción durante la reunión de ese viernes o su compañía en el puticlub.

La melena era rubia, alborotada y limitada por debajo de las orejas. Era de una tez entre pálida y normal, dándole color a un rostro con rasgos europeos de nariz romana, unos labios suaves y rojizos al natural. Lo que llamaba más la atención de su cara eran varias cosas; la expresión, siempre seria y vacía; los ojos, negros que daban un toque escalofriante y cicatrices, una profunda que surcaba tanto el labio inferior como superior y luego varias a lo largo de su cuello que parecían ser grandes, pero en realidad se trataban de cortes pequeños repetidos. Uno no podía ver más por el traje de chaqueta que llevaba puesto.

Era lo más parecido que tenía a un ‘amigo’. Lo conoció cuando era un niño nada más, lo vio crecer y fue la persona por la que hace un año arriesgó todo. Sin embargo, no existía algo recíproco; ‘él’ no hablaba. Era su mejor matón al no tener aspiraciones, estar vacío, tener una conducta de persona con problemas mentales, distinto del chico pequeño que al menos mostraba ápices de ser tímido, o al menos costarle abrirle. De alguna forma veía que eran parecidos, solo que evolucionaron de manera distinta.

— … — se acercó hasta estar cerca de ‘él’.

Llevó las manos a los bolsillos y olvidó por un momento lo que iba a hacer. En algunas ocasiones verlo despertaba una extraña ilusión dentro de ‘él’, a la espera de que en cualquier día diría algo y comenzaría a abrirse como los viejos días.

— Tardó tiempo en que abriera, lo pasó muy mal después de todo. Pero ahora… — seguía esperando a que ‘él’ se percatara de que estaba ahí.

Su expresión vacía y la actitud reconocida entre sus contactos, la de un matón psicótico con una fuerza anormal, cuya anécdota más recordada fue la de desmembrar vivo a un irlandés y esperarlo a que muriera desangrado mientras lo miraba, demostraba su fama de extraño enfermo que sabía hacer bien su trabajo. Aunque luego era difícil intentar hablarle, sacarle palabras. Lo único que hacía era mirar a todas partes y morderse las uñas. Las tenía carcomidas y llenas de sangre al sacar la carne del dedo con contacto al aire, mostrando pequeños fragmentos verdosos putrefactos por las esquinas.

— Horse.

Hace alrededor de 1 año

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