skollxander
Rango3 Nivel 12 (128 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Ríos frescos de carmesí intenso emergen de sus bocas, recorriendo en un suave cauce toda la mandíbula y derramarse sobre los cuerpos de ambos, apuñalados en el estómago y corazón tantas veces como las manos de su hijo buscan hallar solaz a su rabia, la que susurraba a su oído para hacerlo vulnerable y penetrar, invocar la furia con la que mece el arma.

La suelta una vez satisfecho, solo para en pocos segundos dejarla caer y darse cuenta de lo que hizo. Quizá el vómito surgió por las miradas vacías, o lo rápido que habían aparecido las hormigas para escalar las manos rugosas y agrietadas de sus padres, adentrándose en los espacios anchos entre uña y carne como cobijo. Tapaba la boca y sin importar qué, hilos de ácido gástrico escaparon entre los minúsculos espacios de sus dedos, manchando el pantalón con los restos de patata y maíz de aquella mañana. La última en la que era normal.

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#2

La hermana se acerca por detrás para meter los brazos dentro de sus costados, rodeando su torso y agachándose para abrazarlo. Su prioridad ante todo era tratar de callar sus llantos con fuertes seseos cercanos a su oído, a la vez de presionar más y más forzando la calidez entre ambos.

—No están. Nunca lo van a estar más.— la voz femenina causó un escalofrío a lo largo del cuerpo del muchacho, pero uno agradable.

El hermano no buscaba de la hermana solo su voz. También ansiaba rozar su carne con los senos, pasear los dedos por su melena y saborear cada parte de su cuerpo, tomar del dulce manjar femenino considerado tabú en la época; él mismo lo descubrió en noches donde estaban los dos solos, como niños juguetones que querían jugar a la manzana prohibida. Ya no eran dedos sino el deseo de penetrar y aferrar los dedos contra la espalda, complementarse uno a otro como si no fueran de la misma sangre; no obstante, el hombree encorvado, hediondo, de dientes putrefactos y la mujer larga de estado frágil eran obstáculos. Claro que era trabajo del hombre apartarlos del camino, así pensaban.

Una vez todo hecho se alejarían hasta donde la gente los considerara desconocidos y los árboles nuevos vecinos en el bosque, en la vieja cabaña del abuelo que falleció hace años del efímero sudor inglés. Allí vivieron juntos y no tardaron en acomodarse a la vida nueva incluso como jóvenes en sus 20, ignorantes del anglicanismo y devotos a la vida sexual más desenfrenada e incesante, explorando y divirtiéndose al descubrir un mundo nuevo. Fuera de él, el hermano salía al pueblo más cercano para trabajar en los gremios artesanales; la hermana, por otra parte, realizaba las labores de la casa y se sentía la mujer más satisfecha.

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#3

No importaba cuantos tabúes rompiera, el libre albedrío a escondidas de la sociedad la hacía libre y agarrada de la mano a su feminidad, a las labores que tenía impuestas como mujer que nunca rompería. En unos pocos meses como casados del corazón pasaría al deber de una madre cuando gestaba una vida en su interior. El mayor pecado y un cruce contra la propia naturaleza, mas ambos lo vieron a sus ojos como una bendición de Dios; dio el visto bueno a la libertad de ambos.

El embarazo fue más maldición que bendición, trayendo el legado de una madre frágil a la hija al enfermarla, dejar su color vivo en uno pálido y unas piernas que quedaban trémulas al ir de una habitación a la salida de la cabaña. No quedó más que dejarla en la silla y que el hermano tuviera que hacer tanto de la mujer como el hombre; la hermana, de enferma.

El hermano tenía que trabajar más y más, apenas dormía y la falta de descanso, verse forzado a limpiarla tras hacer sus necesidades, lavarla y aguantar sus quejas inacabables acerca de lo mal que estaba, cambiaba su perspectiva. Pasó de la amante idónea al parásito que cargaba en sus espaldas. Comenzaba a acumular ojeras, cada vez debía trabajar más horas en el campo para justificar su sueldo y soltaba más miradas despreciables que sonrisas cálidas.

El odio crecía desde el interior y pasaron a espinas aferradas a un corazón que bombeaba a gran intensidad cuando en la habitación lo vio. Contempló las cartas y notas con una preciosa caligrafía de la hermana. Débil, dedicaba sus ratos a escribir historias que no importaba cuantas veces leyera, era espléndido. Allí estalló en rabia.

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#4

Después de horas extras en la noche, entró en la cabaña arrastrando el saco con dinero y comida. Se volvió tan desordenado que poco importaba saborear las manzanas con sabor a hierro.

— John...

— ¿Qué? — preguntó en un tono frío.

Se paró enfrente de la mesa, comenzando a hurgar dentro del saco.

— Saludaba.. ¿Qué traes?

— Comida.

La hermana giró el sillón con mucha dificultad entre quejidos. Cuando lo logró, lo miró a los ojos. Por cómo brillaban sus pupilas y estaba su expresión, mostraba una fuerte preocupación.

— John...

— Vas a gastarme el nombre.

— Quería hablar de ayer...

— Para qué.

— ¿Que para qué? Madre y Padre ya no pueden pararte. Podrías ser...

— Porque no.— desencajó la mandíbula y enseñó un rostro furioso al forzar las cejas, lo alzó para hacer énfasis en lo que decía.— ¡Ojalá no te hubiera contado! Má' y Pá' no estarán, pero en dos años el mundo dio muchas vueltas.

— ¡Vivimos encerrados en esta basura de casucha! ¡¿Qué cambiar?! ¡¿Qué mundo?!

— He de traer dinero a casa. Tú sabes que esto es cosa de hombres.

— Lo sé muy bien. No lo repitas.

— Entonces, ¿para qué hablar de esto?

— ¡Porque quiero ayudarte! ¡Quiero ver al hombre que quería ser la cabeza de la prensa! ¡El que escribía magníficos poemas, el único que sabía escribir en la familia!

— Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada, te traigo lo que te gusta. Yo tendré mis problemas, pero quiero estar bien contigo. Quiero que estés cómoda.

— Tampoco me entiendes... ¡Quiero que dejes todo eso y empieces a escribir!

— ¿Qué te falta para pelear cuando llego a casa y quiero descansar?

— Quiero pies para recorrer el camino a casa y no puedo. Quiero pulmones sanos para respirar el aire fresco y toso sangre... Ya no me queda mucho y soy un peso para ti... ¿Por qué no puedo motivarte? ¡Dime!

Hubo un silencio.

— ¡Dime! — alzó la voz la hermana.

Paró de ordenar lo que había en el saco. Harto, con el corazón al borde de estallar, se acercó en pasos ruidosos y largos hacia ella. Por cómo caminaba y la miraba, solo causó que la hermana abriera los ojos exageradamente y se echara hacia atrás en el sillón, aferrando las manos en los reposaderos.

— ¿Quieres que te diga la verdad? Oh, sí. Eres una maldita tullida que escribe mil veces mejor que yo. Limpio tu basura y me quemo la espalda, y tú haces maravillas con las manos. ¡Lo que yo no tengo es inspiración! — gesticuló y gritó, desprendiendo saliva de los dientes que, antes blancos, ahora eran amarillentos.— ¡Pá' tenía razón, yo no tengo talento!

— ¿John...?

— ¡Intentas hacerme creer que me ayudas, pero no es verdad! ¡Solo quieres reírte de mí en esa silla! ¡Una loca sin piernas, una mujer, es mejor que yo, quiere humillarme! — las manos pararon de moverse para quedarse quietas, temblando por un momento.

Al momento agarraron el cuello de su hermana, apretando cuanto pudiese mientras desencajaba la mandíbula. Tenía la mirada perdida, sin fijarse en el rostro enrojecido lleno de sudor.

— A-ah... A-aah...

Sonó un crujido. Desprendió las manos y soltó un suspiro mientras la observaba. Esta vez no lloraba o temblaba, solo estaba en silencio.

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#5

Por un momento miró a la barriga tan crecida, la misma con la que su madre poco después dio a luz a su hermana.

— Tú eres prueba de esto.

Del bolsillo, sacó el afilado cuchillo que utilizaba en defensa propia contra ladrones y forasteros que habían en el bosque. Tomó media hora entre vómitos y lágrimas -no tardó en romperse-, tomando con cuidado al pedazo de carne nacido de una abominación. Le sorprendió que no naciera deforme o monstruo como hablaban las lenguas de los pueblos, pero eso no cambió que debía deshacerse de él; tenía vida. Al fin y al cabo le quedaba poco para nacer de forma natural.

Por vomitar lo que comió hace casi 14 horas, era incapaz de llegar a rebanarle el cuello o acabar con él rápidamente. Su decisión fue dejarlo abandonado en el río ''cercano'' -a kilómetros-, de la cabaña. No tardaría en morir devorado por otros animales, eso pensó. Lo único que quedó, hecho en nada, fue abandonarlo a gran prisa.

Allí quedó tirado entre sollozos incesantes y ruidosos con el cuerpo embarrado en sangre y placenta, cegado por la fuerte luz de la luna llena.

A parte de sus sollozos, el río seguía el flujo con su dulce cantar del agua chocar contra piedras estancadas. Uno de los tonos causaba discordia, aunque formaba un extraño equilibrio de sonidos en un bosque ausente de voces o sonidos más allá de los del bosque.

Hace alrededor de 1 año

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