anamar26
Rango8 Nivel 37 (2723 ptos) | Poeta maldito

Samuel Castaño era una promesa en el entorno de la justicia. Su padre había sido un juez ilustre, querido y admirado por su buen hacer, y se esperaba que el joven Samuel siguiera los pasos de éste. Por eso, el conde Lucio Galáns no había tenido ningún reparo en permitir que Samuel cortejara a su hija, Carmen, y, tras un periodo prudente de noviazgo y compromiso, se celebrara una boda.
Como era costumbre en pleno siglo XIX, la pareja recién casada iniciaría un viaje para saludar y conocer a los parientes que no habían podido asistir a la boda. Pero no irían solos. La hermana de Samuel, Eira les acompañaba. La joven se estaba recuperando de una enfermedad y Carmen había insistido en que le vendría bien hacer el viaje para cambiar de aires. Samuel no estaba convencido pero aceptó para no disgustar a su esposa.
Don Lucio había insistido en que visitaran a un primo del que hacía tiempo no tenía noticias. Desconocía si seguía vivo o no pero sabía que tenía un heredero. Antes de que los recién casados partieran de viaje explicó el motivo por qué se habían roto las relaciones con su primo.
--Hubo un tiempo en que mi primo, Enrique, y yo nos llevábamos muy bien pero, tras la muerte de su esposa se aisló. Al principio manteníamos correspondencia pero dejé de hacerlo cuando mis cartas no eran correspondidas. Me gustaría tener noticias de él y su descendencia. Llegué a conocer a su primogénito. Era mayor que vosotros, así que es de esperar que esté casado y tenga algún hijo. Creo recordar que se llama Bruno. Le envié una invitación a la boda pero ya habéis visto que no se presento. También le envié una carta anunciando vuestra visita. Espero que le haya llegado.
Samuel aseguró a su suegro que visitarían a todos los parientes y traerían noticias de ellos.
El viaje se inició de madrugada y la primera visita que realizaron fue a unos primos que vivían unas millas más al sur y no habían asistido a la boda porque la prima Elisa estaba a punto de dar a luz. Permanecieron con ellos el tiempo suficiente para conocer a la nueva criatura.
Después continuaron el viaje hacia el este. Tras visitar a unos amigos y otros parientes en cuatro pueblos diferentes se encaminaron, finalmente, hacia el castillo de la familia Galáns.
Tardaron varios días en llegar al castillo que estaba cerca de una aldea llamada O Piornedo, en las montañas de los Ancares, en Lugo.
El camino era difícil, tortuoso y resbaladizo por los barrizales que se formaban con la humedad y las hojas de los robles que abundaban en el lugar.
Llegaron una tarde en la que la niebla subía por la ladera de la montaña y amenazaba con cubrir el castillo y la cima de ésta. Hacía frío y la humedad mojaba las ropas.
El castillo tenía la estructura típica de una fortaleza de la Edad Media. De construcción regia, la muralla exterior tenía un grosor de unos tres metros, ampliándose éste en la entrada, que llegaba a los seis metros. Sobre la puerta de acceso, en un arco de medio punto, se podía apreciar el escudo de armas.
A la entrada del castillo se encontraba la capilla que estaba dedicada a la Virgen María, aunque hacía tiempo que no se celebraban oficios en ella y las figuras santas, junto con la cruz que se erigía detrás del altar, estaban cubiertos por telas.
El castillo tenía una planta cuadrada de cuatro torres en los vértices y una torre homenaje de tres plantas. Aquí era donde se encontraban la mayor parte de las habitaciones que se utilizaban como vivienda.

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Autor_GeorgeLittle
Rango10 Nivel 45
hace 7 meses

Muy buena narrativa tienes, eres una escritora con promesa en un futuro seguro en este ramo. Felicidades.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 7 meses

Muchas gracias #Autor_GeorgeLittle


#2

Samuel pidió al cochero que esperara a ser atendido por algún criado. Llamó a la puerta haciendo sonar una campana.
Eira se encogió bajo su capa. Tenía frío y había empezado a tiritar. Carmen la abrazó para darle calor.
Samuel insistió en llamar. Parecer que nadie respondía. Empezó a impacientarse. Los caballos del carruaje también se mostraban nerviosos y el cochero tenía dificultad para calmarlos.
Transcurridos unos minutos, que se les hicieron eternos, oyeron que alguien abría la puerta.
Un hombre de media estatura, cabellos canos y ojos oscuros los miró con curiosidad. Vestía el traje típico de un mayordomo.
─¿Quiénes son y qué desean? ─preguntó mostrando un semblante serio, aunque su mirada se paseaba con curiosidad por todos los recién llegados.
─Soy el señor Samuel Castaño, primo político del conde Bruno Galáns. Mi esposa, doña Carmen es prima segunda del conde. Hemos contraído matrimonio recientemente y nos gustaría visitar a nuestro pariente. ¿No han recibido la carta que anuncia nuestra llegada? La envió el conde Lucio Galáns, mi suegro.
─No, lo siento. El correo no llega con regularidad a este sitio.
─¡Qué contrariedad! ─exclamó Samuel─. ¿Nos permite entrar? Estamos cansados. Mi hermana, la señorita Eira ─la señaló─, no se encuentra bien.
El mayordomo se hizo a un lado y dejó entrar a los viajeros, aunque en su rostro se podía ver el disgusto que le provocaba recibir una visita inesperada.
─¿Podría alguien ayudar al cochero para atender a los caballos y darle cobijo mientras permanezcamos aquí? ─preguntó Samuel.
─Sí, no se preocupe. Enviaré al mozo de los caballos.
─También agradecería que cogiesen nuestro equipaje.
─Así se hará. Por favor, vengan por aquí.
Contrariamente a lo que esperaban, la entrada del castillo ofrecía un aspecto confortable. Los muebles eran modernos y las telas y alfombras eran de calidad y colores elegantes.
El mayordomo los guió hasta salón acogedor. En la chimenea ardían varios leños. Samuel ayudó a su hermana a quitarse la capa y la acercó al fuego para que entrara en calor.
─Iré a avisar al señor de su llegada ─dijo el mayordomo y se retiró.
─¡Qué hombre más extraño! ─exclamó Carmen─. Espero que mi primo tenga un carácter más amable.
Eira se sentó en un sillón. Apoyó la cabeza en una mano. Estaba mareada pero, al menos, empezaba a sentir como su cuerpo entraba en calor.
La puerta del salón se abrió y entró un hombre de gran altura, seguido por el mayordomo.
Los recién llegados le miraron con curiosidad, todavía un poco perplejos por el recibimiento que habían tenido.
El hombre también los contempló pero su mirada se centró en el rostro de Eira. Por primera vez en su vida se sintió atraído y conmovido por una mujer. Hasta ahora ninguna había despertado el interés suficiente como para dedicarles algunas noches de pasión.
─Buenas tardes ─saludó─. Sean bienvenidos a mi hogar. Soy el conde Bruno Galáns.
Se adentró en el salón. Los recién llegados contemplaron con admiración su buen porte. Bruno era alto y musculoso. Su rostro, enmarcado en una cabellera oscura, era muy atractivo, de mirada penetrante y bonita sonrisa. Se movía con decisión y seguridad y parecía llenar la estancia.
─Es un placer, conde. Yo soy Samuel Castaño. Recientemente he contraído nupcias con su prima, Carmen Galáns, hija de su primo segundo el conde Lucio Galáns.
Una joven rubia, de ojos azules y alegre sonrisa ofreció su mano al conde para que se la besara.
─Es un placer, prima. Hace tiempo que mi padre me hablaba de usted y su familia.
─Permítame presentarle también a mi querida hermana, Eira. Hemos decidido que nos acompañara porque se está recuperando de un problema de salud.
Bruno miró a Eira preocupado. Cierto era que la joven presentaba un aspecto pálido pero eso no le restaba belleza. Se acercó a ella y le tomó una mano entre la suyas. Eira le miró a los ojos. El encuentro de sus miradas duró más tiempo de lo que correspondería a un encuentro formal pero ella no podía dejar de mirar aquellos ojos oscuros que la contemplaban con dulzura, y él no podía dejar de admirar la belleza serena de ella. Eira tenía un rostro dulce, de ojos almendrados oscuros y labios rojos y carnosos. Samuel carraspeó, nervioso y Bruno se irguió.
─Mi suegro le ha enviado una carta anunciando nuestra llegada ─comentó Samuel.
─Me temo que no he recibido nada ─repuso Bruno y miró a su mayordomo─. Gerardo, por favor, sirve un tentempié a los invitados y ordena que preparen las habitaciones para que puedan instalarse en ellas.
─Sí, señor.
El mayordomo se apresuró a servir unas copas de licor que acercó a todos. Bruno sonrió y pidió que se sentaran.
─Deben disculpar a mi mayordomo. No estamos acostumbrados a recibir visitas.
─Me gustaría conocer a su padre de usted ─dijo Samuel.
─Lamento tener que decir que mi padre falleció hace tres años.
─¡Oh, pero eso es horrible! ─exclamó Carmen─. Papá se disgustará cuando lo sepa ─añadió mirando a Samuel─. Mi padre apreciaba mucho al suyo ─se dirigió a Bruno.
─Sí. Como le dije antes, mi padre me hablaba de su familia resaltando el afecto que sentía por ustedes.
─¿Por qué dejaron de hablarse? ─preguntó Carmen.
Samuel miró a su esposa con reproche. No le parecía que fuese el momento de tratar un asunto tan delicado. Bruno bajó la mirada, centrándola en el licor de la copa.
─Hay situaciones que son complicadas y nos absorben en el tiempo obligándonos a abandonar otros compromisos ─contestó Bruno.
El conde, Bruno, se levantó de forma tan inesperada que los demás se sobresaltaron. Dejó la copa sobre una mesa.
─Estoy seguro de que querrán descansar y asearse antes de la cena. Por favor, síganme. Los sirvientes todavía estarán preparando las habitaciones, pero no les molestarán.
Abrió la puerta del salón y esperó a que salieran todos. Cuando Eira pasó por su lado la cogió por un codo.
─Permítame que la ayude. Parece débil.
Ella asintió y se dejó llevar. El calor de la mano de él sobre su piel la reconfortaba e intimidaba a la vez.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 8 meses

Muchas gracias #carlos1983


#3

Bruno había destinado dos dormitorios contiguos para los recién llegados. Estaban en el segundo piso de la torre. Eran amplios y confortables. Una criada se apresuraba a recoger los útiles para encender fuego y salir de una de las habitaciones. Bruno la detuvo.
─Luisa, por favor, atiende a las damas en todo lo que te pidan.
─Sí, señor.
La criada pasó por su lado mirándole a los ojos directamente, con una osadía que Eira encontró de muy mal gusto.
─Espero que las habitaciones sean de su agrado. Todavía están frías pero seguro que cuando regresen de la cena estarán lo suficiente caldeadas para sentirse cómodos.
─Están muy bien ─dijo Samuel─. Agradecemos mucho su esfuerzo.
─Es lo menos que puedo hacer por mis invitados. Dejaré que se preparen para la cena. El comedor está a un lado del salón donde estuvimos. Si necesitan algo… hagan sonar la campana y en seguida vendrán a atenderles ─sonrió y se retiró.

#4

Durante la cena, los hombres mantuvieron una animada conversación sobre sus estudios y trabajos. Los viajeros descubrieron que Bruno, además de estudiar derecho, también tenía la carrera de ciencias económicas. Gracias a ello había podido hacerse cargo del negocio familiar en el sector textil.
─Me veo obligado a ausentarme con frecuencia para atender los negocios en la ciudad ─comentó Bruno.
─Yo aspiro a convertirme en juez algún día ─dijo Samuel.
─Seguro que lo consigue. Ha obtenido buenas notas en su carrera, su trabajo como abogado es aplaudido, procede de una familia con buena reputación y tiene amigos que le apoyan.
─Sí, puedo considerarme afortunado. Pero, dígame, ¿por qué vive tan lejos de la ciudad? No es fácil transitar por estos caminos.
─Este fue el hogar de mis antepasados y me siento bien viviendo aquí. No es un inconveniente para mí realizar viajes.
─¿En invierno no se queda aislado? ─preguntó Eira, de pronto.
─Efectivamente, pero no viajo en invierno. Atiendo los negocios el resto del año y, hasta ahora, me va bien ─explicó esbozando una sonrisa cautivadora.
Después de la cena regresaron al mismo salón donde habían estado anteriormente. Bruno sirvió jerez para todos y se sentó en un sillón de respaldo alto, cerca de la chimenea. Samuel se había sentado en un sofá, al lado de su esposa y Eire ocupó otro sillón, frente a Bruno.
─Me gusta pasear ─empezó a decir Samuel─ y me preguntaba si hay algún camino fácil para transitar por aquí.
─Esta montaña es fácil de caminar, salvo en invierno que está completamente nevada. Pero le aconsejo que no se aleje mucho. En esta zona abundan los lobos.
─Ahora que menciona a los lobos. He podido ver que el escudo de armas que hay a la entrada tiene el grabado de unos lobos.
Bruno sonrió tras la copa que iba a llevarse a la boca. Eira, confusa, entrecerró los ojos, no supo interpretar si era una sonrisa complaciente o despectiva.
─Es normal. Como le he dicho, en esta zona hay muchos lobos, y mi familia tuvo que lidiar con ellos en tiempos remotos. El lobo representa la fortaleza, el coraje y la inteligencia. Estoy seguro de que mi prima entiende de lo que hablo ─miró a Carmen y ella asintió.
─Sí, es cierto, aunque en mi familia ya no ostentamos el escudo de armas. En la ciudad están desapareciendo esas costumbres.
─¡Una lástima! Nadie debería olvidarse de sus orígenes, ni siquiera los humildes. En nuestro pasado se puede encontrar la fortaleza para sobrevivir ─comentó Bruno con un tono melancólico.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 8 meses

Me imagino una chimenea al lado de ellos. Tú historia de momento es de las que apetecen estar relajado y disfrutar de las conversaciones.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 8 meses

Aquí no puedo poner más imágenes, en el blog lo hago. Agradezco mucho tus comentarios, #carlos1983

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 7 meses

#CapitanKirk mi blog es: labibliotecadeanalomba.blogspot.com
Gracias por tu interés.


#5

Eira se llevó la mano a la frente. Estaba cansada y le había empezado a doler la cabeza. Bruno se dio cuenta de ello y, dejando la copa sobre una mesa, se inclinó hacia ella.
─¿Se encuentra mal?
─Estoy cansada.
─He sido un egoísta. Por querer disfrutar de su compañía me he olvidado de que han realizado un largo viaje. Disculpen mi egoísmo.
Bruno los acompañó hasta los dormitorios. Se despidió de Eira con un beso en la mano.
─Espero que descanse bien.
─Gracias.
Antes de retirarse, Samuel lo retuvo un rato.
─Me pregunto si podemos curiosear un poco por el castillo, sin importunar su intimidad, desde luego. Este lugar parece guardar tanta historia que me parece fascinante.
─Pueden visitar todas las estancias, excepto el sótano ─dijo Bruno y, ante la cara de perplejidad de Samuel, añadió─. Me refiero a lo que antes se llamaban mazmorras. Ese lugar no se encuentra en buenas condiciones, así que es mejor no visitarlo, por la seguridad de ustedes.
─Desde luego. No le entretengo más. Buenas noches, don Bruno.
─Por favor, solo Bruno. Buenas noches.
Samuel cerró la puerta y miró a su esposa. Ella se acercó a la chimenea y se estremeció.
─Aún hace frío aquí ─se quejó.
─Es normal. La habitación es grande y tardará en calentarse. Pero no está nada mal este lugar.
─¿En verdad te gusta este sitio? Yo no entiendo cómo puede sentirse bien aquí mi primo.
─¿Y por qué no había de sentirse bien? ─empezó a desvestirse─. Está en la cima del mundo ─rió por su ocurrencia─. Aquí puede respirar aire puro, pasear en medio de la naturaleza. No tiene que soportar la polución de la ciudad, ni a los petimetres, que cada vez abundan más. Casi le tengo envidia.
─¡Oh, por favor, no digas despropósitos! Sigo sin entender qué hace aquí solo. Es un hombre muy apuesto. Lo normal sería que viviera en la ciudad y frecuentara los actos sociales para conocer a una joven con la que comprometerse.
─¿Tú crees que sería un buen partido para mi hermana? ─se metió en la cama de un salto.
─¿Hablas en serio? ─preguntó ella, perpleja.
─Deberías ponerte cómoda y acostarte, querida. No querrás levantarte con ojeras mañana, ¿verdad? ─le dijo dando palmadas en la sábana para que se acostara a su lado.
─¿Te molestas mis ojeras, querido esposo? ─preguntó a la vez que se subía a la cama.
─No, de ti no me molesta nada ─sonrió y se besaron.
─¿Has pensado en serio proponer que tu hermana se case con mi primo?
─Ahora no quiero hablar de eso ─la volvió a besar─. Pero no es mala idea. ¿Te has fijado en cómo la miraba él?
─Tu hermana es muy guapa.
─Harían buena pareja.
─¿Mejor que nosotros? ─se rió Carmen porque él le estaba haciendo cosquillas en un costado.
─¡Eso jamás! ─rió él también.

#6

Eira, a pesar de no sentirse totalmente recuperada de la neumonía que padeció, no podía conciliar el sueño. Afuera se escuchaba el viento y el aullido de los lobos. No estaba acostumbrada a escuchar los sonidos tan vivos de la naturaleza y la inquietaban. Se levantó y encendió un quinqué. Se acercó a la ventana. La noche era oscura y no podía ver nada en el exterior. Se puso un chal de lana sobre los hombros y unas zapatillas y salió al pasillo. Sobre una consola, cerca de las escaleras, todavía ardía una vela. Caminó hasta allí. El lujo del castillo que había admirado por la tarde al llegar, ahora, en medio de la noche, le parecía asfixiante. Llegó hasta las escaleras. Su sombra se veía reflejada en la pared de enfrente. Preocupada porque alguien pudiera verla desde abajo, retrocedió. Sabía que se estaba comportando como una niña pero no podía controlar la inquietud angustia que sentía.
Giró sobre sus talones para regresar al dormitorio pero se detuvo de pronto al oír un ruido. Apagó la lámpara y caminó con tiento hasta la barandilla de las escaleras. Se asomó con precaución y miró hacia el lugar de donde procedía el ruido. Vio a Bruno cerrando una puerta. Cuando él se giró, ella retrocedió para evitar que la viera. Chocó con la consola y le cayó el quinqué al suelo. Asustada, dejó escapar una exclamación y echó a correr hasta la habitación, al mismo tiempo oía a Bruno preguntar si había alguien ahí y subir las escaleras corriendo.
Eira cerró la puerta y se apoyó en ella. Intentó calmarse para controlar la respiración. El corazón le golpeaba las sienes. Cerró los ojos y aspiró profundamente. Convencida de que su comportamiento no era correcto, decidió salir nuevamente.
Bruno estaba en el pasillo, en el lugar donde la lámpara había caído. Recogía los trozos. Eira se acercó a él. Bruno se levantó al verla venir.
─Eso debería hacerlo yo –dijo Eira─. Tiene que disculparme. No podía dormir y salí a dar una vuelta pero… –se llevó una mano a la frente─. Va a pensar que soy un tonta y tiene razón –sonrió, nerviosa─. Me asusté y me cayó la lámpara.
─No se preocupe por la lámpara. Luisa limpiará esto mañana. Yo ya he recogido los trozos grandes para evitar que alguien los pise y se corte. ¿Qué la ha asustado? –preguntó dejando los trozos de la lámpara sobre la consola.
─Los ruidos de fuera. Los lobos… El viento. En la ciudad no se escuchan esos ruidos.
Bruno esbozó una cálida sonrisa y se acercó a ella.
─En la ciudad también hay viento, y perros que ladran y aúllan.
─No es lo mismo. No sabría cómo explicárselo. Aquí parece más intenso.
─La entiendo. Pero no debe temer nada. ¿La acompaño a la habitación o desea tomar algo?
─Prefiero regresar a la habitación.
─Si lo desea puedo pedir a Luisa que le prepare una infusión.
─No, gracias.
─No será una molestia.
─Es usted muy amable –sonrió─, pero no me apetece tomar nada. Me acostaré e intentaré dormir. Estoy tan cansada que ya debería estar dormida.
─Lamento que los ruidos la perturbaran.
-¡Soy una tonta! –exclamó y rió.
Llegaron a la habitación. Eira se volvió hacia Bruno y le miró. Tenía que levantar la cabeza pues él era muy alto.
─Gracias por su comprensión.
─No tiene que dármelas. Duermo al final del pasillo. Si necesita algo no dude en llamar al servicio o en acudir a mí. Lo digo en serio.
─Gracias.
─Espero que pueda descansar.
─Sí, estoy segura de que sí descansaré. Buenas noches.
─Buenas noches.
Eira cerró la puerta y oyó los pasos de Bruno alejarse por el pasillo en dirección a su habitación. Se acostó e intentó dormir pero tardó en conseguirlo. No podía dejar de pensar en Bruno, en la buena impresión que le había causado, y maldecía haberse comportado de una forma tan pueril.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 8 meses

Ahí hay algo...la manera de expresarlo hace que te quedes enganchado a la historia.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 8 meses

Gracias por tu comentario #carlos1983


#7

A la mañana siguiente, Eira bajó al comedor. Samuel y Carmen ya habían empezado a desayunar. Bruno no estaba y Eira se sintió un poco decepcionada.
Aunque había conseguido dormir algo, se pasó la mayor parte de la noche pensando en él. Nunca se había sentido atraída por un hombre tanto como por Bruno. Los jóvenes que había conocido en los diferentes eventos sociales le parecían aburridos o demasiado presumidos, y siempre albergó el temor de que, ante su indecisión por establecer relaciones serias con un hombre, su hermano se creyera en la necesidad de buscarle marido, sin importar sus sentimientos.
No pudo evitar sonreír, avergonzada, por pensar en Bruno como su futuro marido. Ni siquiera sabía si él estaba comprometido con otra mujer, o si le había causado tan buen impresión como él a ella.
─¿Te has levantado de buen humor? ─le preguntó Samuel.
Eira le miró perpleja y se sonrojó. Bajó la mirada hacia el café que le había servido Luisa. Mordisqueó un trozo de bizcocho para disimular su azoramiento.
─Sí. Hoy me siento mejor y eso me alegra ─respondió.
─Lo celebramos ─dijo Carmen con entusiasmo.
─¿Dónde está nuestro anfitrión? ─preguntó Eira.
─Parece que Bruno ha madrugado más que nosotros ─respondió Samuel─. Creo que bajó hasta el pueblo a recoger un pedido que le traían desde la ciudad.
─Así es ─asintió Luisa.
─Podemos aprovechar su ausencia para pasear por los alrededores ─sugirió Carmen.
─Yo prefiero quedarme ─dijo Eira─. Hay mucha niebla y no crea que sea bueno que me exponga a tanta humedad.
─Mi hermana tiene razón. Ella aguardará aquí mientras nosotros exploramos estas tierras.
Así lo hicieron. Samuel y Carmen salieron a pasear por el monte y Eira se refugió en la biblioteca. Cogió un libro y se sentó cerca del fuego.
La lectura del libro la sumió en profundas reflexiones. Había cogido un libro clásico de filosofía griega. No se percató de que Bruno había entrado en la estancia hasta que estuvo a su lado. Sobresaltada dejó caer el libro al suelo. Bruno se agachó para recogerlo.
─Me temo que con usted voy a tener que acostumbrarme a recoger cosas ─sonrió divertido.
─¡Lo siento! ─exclamó ella y también sonrió cuando vio la sonrisa de él.
─¡Platón! ─exclamó─. ¿Le gusta la filosofía?
─La verdad es que me gusta la lectura en general y nada en particular.
─Buena respuesta. En esta biblioteca puede encontrar de todo, incluso en diferentes idiomas. Mis antepasados eran amantes de la lectura.
─¿Usted no?
─Sí, me gusta leer.
Dejó el libro sobre una mesa y se sentó frente a ella. Se miraron un rato en silencio. Eira, al contrario de lo que esperaba, no se sintió incómoda. Le agradaba estar con Bruno y admirar su semblante de rasgos masculinos y atractivos que eran suavizados cuando esbozaba una sonrisa.
─Gerardo, mi mayordomo, me ha dicho que su familia salió a pasear por la montaña. Espero que sean precavidos. Aunque los caminos no son difíciles, la humedad los convierte en resbaladizos.
─Sabrán cuidarse. A mi hermano le gusta la naturaleza y está acostumbrado a moverse en ella.
─¿A usted no le gusta?
─La verdad es que estuve muy pocas veces en el campo. En alguna excursión con las monjas del colegio. No creo que eso me convierta en una experta del campo ─rieron.
─¿Le gusta este sitio?
─Lo poco que he visto por las ventanas, sí. Me parece maravilloso.
─Venga conmigo. Le enseñaré algo. Tranquila, no estaremos mucho tiempo fuera ─añadió ante la duda de ella─. Solo tiene que abrigarse bien. Ahora ha salido el sol y ya no hay niebla.
Bruno llamó a Luisa para que trajera la ropa de abrigo de la señorita. No tardaron en poder salir.
─¿Sabe montar a caballo?
─No.
─Lo esperaba. Es una señorita de ciudad. Permítame que la suba en mi caballo.
El caballo de Bruno, era una hembra de pelo negro y envergadura esbelta. Bruno la acarició para tranquilizarla y permitir que Eira se acercara a ella con tranquilidad.
─No tema, no le hará nada.
Eira acercó la mano al cuello del animal y empezó a acariciarlo.
─Es precioso.
─Preciosa. Es hembra. Se llama Luna.
─Bonito nombre. ¡Qué linda eres, Luna! ─sonrió y se acercó más al animal que mostró su agradecimiento a las suaves palabras de ella, acercándose a ella y dejando que la acariciara.
Bruno le pidió al mozo que le ayudara a poner la silla de montar. Después ayudó a Eira a subir al caballo y montó él detrás.
Eira disfrutó con el paseo a caballo y el paisaje. Sentir el cuerpo de Bruno pegado a ella la hacía sentir segura.
Llegaron a unas rocas, cerca de un acantilado. Bruno desmontó y la ayudó a bajar. Se miraron fijamente. Ambos sabían que entre ellos había nacido un nuevo sentimiento. Sus miradas lo decían todo. Sus cuerpos estaban preparados para cobijarlo.
Bruno acarició las mejillas de Eira y la besó en los labios con dulzura. Eira cerró los ojos y le rodeó el cuello con los brazos. El beso se hizo más intenso. Se separaron pero solo para perderse en sus miradas.
─¡Eira! ─la voz de Samuel los sacó de su ensimismamiento.
─Quédate conmigo ─pidió Bruno a Eira.
─Sí ─susurró ella. Sonrieron felices.
Samuel los miró perplejo. Carmen, en cambio, se mostró feliz porque su cuñada encontrar al amor. Cierto era que solo hacía un día que Bruno y Eira se conocían, pero el amor verdadero no sabía de tiempos.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 8 meses

Me gusta el ambiente en el que se basa la historia.


#8

Durante la comida nadie hizo mención a lo sucedido en la montaña. Eira llegó a temer que Bruno se hubiese arrepentido de su arrebato y quisiese olvidar el beso que se habían dado.
Decidieron tomar el café en el salón. Luisa se encargó de servir los cafés, bajo la supervisión del mayordomo. Entonces, Bruno, sirvió unas copas de licor para él y Samuel. Se sentó en su sillón favorito y sonrió a Eira.
─Aunque ya me he tomado la licencia de cortejar a su hermana, estoy dispuesto a acatar las normas de la sociedad y pedirle su permiso para hacerlo, Samuel ─dijo Bruno.
Samuel carraspeó nervioso y miró a su mujer quien asintió con la cabeza para darle ánimos a que aceptase la petición de Bruno.
─Tiene que admitir que todo esto es muy repentino. Además, nosotros solo estamos de paso y pronto regresaremos a nuestro hogar. No sé cómo podrían vivir su relación una vez que entre nosotros se imponga tanta distancia.
─Entiendo que todo es precipitado. La señorita Eira y yo nos acabamos de conocer pero estoy seguro de que el sentimiento que ha surgido entre nosotros es fuerte y la distancia no será un impedimento para mantener nuestra relación.
─Me consta que su familia es respetable y, si mi hermana lo acepta, no tengo inconveniente en aceptar su petición, Bruno ─dijo Samuel.
Eira y Bruno se miraron y se sonrieron. Bruno levantó la copa.
─Brindo por eso.
─Nosotras también deberíamos brindar ─dijo Carmen.
─Sí, por supuesto. Gerardo, por favor, sirve unas copas de jerez a las damas.
─Sí, señor.
Por la tarde los dos hermanos y Carmen salieron a pasear pero, en esta ocasión, fueron hasta el pueblo. Bruno decidió quedarse en casa. Tenía que revisar unos documentos que le habían llegado y no podía demorarlo.
El pueblo les llamó la atención por la hechura de las casas. Eran pallozas que carecían de ventanas, donde vivían juntos las familias y sus animales.
A Eira y su familia le gustó mucho el lugar aunque la gente los observaba con la típica desconfianza de quienes rara vez veían a algún forastero.
Entraron en una taberna que era el lugar de encuentro de los vecinos. Pidieron sidra y no tardaron en ofrecérsela.
─Tú aspecto es radiante, Eira ─comentó Carmen─. Me alegro mucho de que te sientas mejor.
─Sí, la verdad es que me siento llena de vida. ¡Soy dichosa! ─exclamó.
─Tus ojos vuelven a brillar ─sonrió Samuel─. ¿Estás segura de que Bruno es el hombre adecuado para ti? Apenas os conocéis.
─¿Cómo puedes decir eso, Samuel? ─le recriminó Carmen─. Nosotros nos enamoramos nada más vernos. ¿Ya no lo recuerdas?
─Sí, me acuerdo perfectamente de ese momento ─le cogió una mano y la besó.
─Entonces, deja que tu hermana disfrute de este momento. Además, no se han comprometido. Nada la obliga a estar unida a ese hombre si decide cambiar de idea cuando regresemos a la ciudad.
─Eso es cierto ─asintió Samuel mirando a Eira.
─Yo no creo que cambie de opinión ─dijo Eira.
Una mujer mayor se acercó a ellos y la miraron con curiosidad. La mujer les observó en silencio.
─¿Desea algo, buena mujer? ─preguntó Samuel.
─Ustedes no son de aquí. ¿Han venido a conocer este lugar?
─Aunque sí tenemos interés en conocer este lugar, en verdad hemos venido a visitar a un pariente, el conde Bruno Galáns.
La mujer se santiguó para sorpresa de ellos. Los señaló con un dedo y acercándose más a ellos les habló en voz baja pero potente.
─Aléjense de ese lugar. ¡Está maldito!
─Pero ¿qué dice? ─rió Samuel.
─Los muertos no descansan en paz en ese lugar y traen desgracias. Si temen por sus vidas, váyanse antes de que sea tarde.
La mujer volvió a santiguarse, se dio media vuelta y se fue. Los tres se miraron entre sí, perplejos.
─No hagan caso a la vieja ─dijo el tabernero─. En este lugar la gente es muy supersticiosa y más los viejos ─añadió.
Los tres sonrieron pero Eira sintió como un escalofrío recorría su espalda y frunció el ceño, preocupada.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 8 meses

Comienza lo bueno, estaré pendiente a la siguiente caja. Ánimo


#9

El mayordomo, Gerardo, pidió disculpas en nombre de su señor porque no podía estar presente en la cena. Había tenido que salir para llevar unas cartas a otro pueblo más grande donde funcionaba mejor el servicio postal.
─¿Le veremos más tarde, tal vez? ─preguntó Samuel.
─Me temo que hoy no será posible, señor ─respondió Gerardo.
─¡Vaya! Es una lástima. Me gusta conversar con él. Espero que podamos verle mañana.
─Estoy seguro de que sí, señor.
─Gracias.
Eira se mostraba seria e incluso preocupada, todo lo contrario que la jovialidad que había mostrado durante el día.
Al terminar de cenar, cuando entraron en el salón y Samuel ofreció una copa de licor a cada una de las damas, Carmen mostró su preocupación.
─¿Te sientes mal, querida?
─No, no. En serio, estoy bien ─intentó sonreír.
─¿Seguro? ─insistió Carmen─. Desde que aquella señora nos habló en la taberna te has mostrado diferente. Espero que sus palabras no te perturbaran.
─¿Cómo podía hacerlo? ─rió Eira─. Solo son las palabras de una señora mayor que vive en un pueblo alejado de la civilización.
─De todos modos ─empezó a decir Samuel─, me pregunto por qué su mensaje iba dirigido a esta familia, los Galáns.
─¡Por favor, Samuel, no inquietes más a tu hermana! Aunque ella lo niega, estoy segura de que le han afectado.
Carmen había observado que Eira se estremeció tras el comentario de Samuel. Y palideció cuando escucharon el aullido de un lobo que parecía provenir del interior del castillo.
─¡Dios mío! ─exclamó Eira─. ¿Es posible que entrara un lobo en el castillo? ─preguntó preocupada.
─Esperemos que no ─comentó Samuel─. Llamaré al servicio. Espero que Gerardo nos dé alguna explicación.
Tiró del cordón para llamar a los criados y Gerardo no tardó en entrar en el salón. Samuel se acercó a él.
─¿Desean algo los señores? ─miró hacia la chimenea para comprobar que el fuego ardía bien y no era necesario echar más leña.
─Hemos escuchado el aullido de un lobo. Parecía que sonaba en el castillo. ¿Usted no lo escuchó? Es posible que entrara uno de esos animales aquí.
─Yo también lo he escuchado, señor. Pero le aseguro que no ha entrado ningún lobo en el castillo ─sonrió─. A veces, los lobos se acercan tanto al castillo que las paredes hacen eco de sus sonidos, engañando a nuestros sentidos. No deben preocuparse. Les recuerdo que estamos en una montaña donde hay lobos.
─Sí, claro. Es cierto. Nos tranquilizan sus palabras. Muchas gracias ─dijo Samuel y miró a su hermana─. No hay ningún motivo para preocuparse, hermanita.
─Siento ser tan susceptible ─sonrió avergonzada.
─Será mejor que nos retiremos a descansar ─propuso Carmen─. Eira, estás pálida y se te ve cansada.
─Sí, tienes razón. Me vendrá bien acostarme y dormir.
Carmen acompañó a Eira hasta su habitación y se despidió de ella asegurándose de que se encontraba mejor.
Eira se puso el camisón y se acostó. Apagó el candil. La luz de la luna llena se adentraba en la habitación creando sombras antojadizas. Eira cerró los ojos, deseando que Bruno estuviera allí para confortarla.
Empezaba a quedarse dormida cuando se oyó otro aullido. Eira abrió los ojos, sobresaltada y se sentó en la cama. Se levantó y corrió hacia la ventana para mira al exterior. Era posible que viese a algún lobo merodear por los alrededores del castillo. Sin embargo, no vio nada.
Se disponía a regresar a la cama cuando se oyó otro aullido. Esta vez, el ruido parecía subir por las escaleras de la torre del castillo. Eira se acercó a la puerta y se apoyó en ella. Dudaba si debía salir e ir al encuentro de su hermano o permanecer allí, encerrada.
Prestó atención a los sonidos y pudo oír pasos que se acercaban a su puerta. La angustia la superaba, más por permanecer ignorante de lo que podía estar aconteciendo al otro lado, que por el miedo a descubrir que un lobo sí había entrado en el castillo.
Se armó de valor y abrió la puerta. Vio una sombra delante de ella, a poco más de un metro, que se detuvo de golpe. Asustada, gritó e intentó cerrar la puerta, pero la sombra fue más rápido y le impidió hacerlo.
─¡Eira! ¡Eira, tranquilícese! ─exclamó.
Entonces, Eira supo que se trataba de Bruno. Le miró a la cara y distinguió sus rasgos en medio de las sombras.
─¡Oh, Bruno! ─se abrazó a él─. Hay un lobo cerca y me he asustado.
─Tranquila ─la apartó un poco de él para mirarla y sonrió─. Es normal escuchar lobos cerca.
─¡Pero parecía que estaba dentro! ─exclamó angustiada.
─Ningún lobo entra en el castillo. Las puertas están bien cerradas.
─Sí, Gerardo nos lo advirtió pero no he podido asustarme igualmente.
─Ya ha pasado, mi amor. Nada te hará daño ─la abrazó.
Eira lo miró a los ojos que brillaban como estrellas en medio de la penumbra. Se abrazó a él y se besaron con pasión.
─Acuéstate y descansa. Nos vemos mañana ─sugirió él─. Buenas noches.
─Buenas noches, Bruno.
Eira se acostó y Bruno cerró la puerta. Sonrió feliz. La había llamado “mi amor”. No dejaba de repetir estas palabras en su mente, sintiéndose dichosa. Y así se quedó dormida.


#10

Durante el desayuno, Bruno estuvo presente, acompañando a los invitados. Ninguno de ellos hizo mención a lo sucedido la noche anterior. Para Samuel y su esposa, la explicación dada por el mayordomo era suficiente. Para Eira, estar en compañía de Bruno la hacía sentirse segura, pues confiaba en él plenamente.
Después del desayuno salieron a pasear por la montaña. Bruno cogió a Eira de la mano, bajo la atenta mirada de Samuel quien no dijo nada por petición de Carmen.
─Deja disfrutar a tu hermana. Hacía tiempo que no se la veía tan feliz. Además, debes recordar que estuvo muy enferma. A punto estuvo de no superarlo ─se persignó─. Dios le ha dado otra oportunidad y nosotros no somos quién para negarle que sea dichosa.
─Sí, tienes razón ─resopló Samuel─. Pero acaban de conocerse y él se toma muchas libertades.
─¿Cogerse de la mano te parece pecaminoso? ─rió divertida.
─El otro día se besaron con demasiada pasión.
─¡Oh, vamos, Samuel! ─le reprochó y se adelantó a él, riendo.
Bruno y Eira iban delante de ellos. Él le señalaba la vegetación autóctona del lugar: brezo y arándanos. En los montes bajos se podía ver castaños, robles centenarios, nogales.
─Cuando regresemos os daré una prueba del licor de arándanos de la última cosecha. He podido coger unas botellas ayer por la tarde.
─Seguro que está muy rico. ¡Este lugar es tan maravilloso!
─¿En verdad te gusta este lugar? ─Bruno se detuvo.
Eira se puso frente a él. Samuel y Carmen siguieron caminando. Eira miró a Bruno y sonrió.
─Sí, me gusta mucho. Aunque por las noches todavía me asusto con los ruidos que hay.
─Es normal. Eres una señorita de ciudad y el castillo está en medio de la naturaleza salvaje ─rió.
─Lo sé y sé que soy una tonta pero… ─frunció el ceño─. Los ruidos de anoche fueron espeluznantes. Parecía que había un lobo dentro del castillo.
─Como os dije el primer día a ti y a tu familia, las mazmorras han sufrido desperfectos. Hay algunos pasillos largos que, más bien son túneles, y es posible que algún animal pueda adentrarse en ellos. Pero, te aseguro que no hay ningún motivo para temer que entren en las zonas habitables.
─¿Por qué no reparas esas zonas? ─preguntó Eira y siguieron caminando.
─Por simple desidia. La restauración de ese lugar forma parte de una lista de actividades que, por una u otra razón, siempre las vas dejando para otro momento.
─Yo te obligaría a llevarlas a cabo ─rió Eira.
Bruno volvió a detenerse y acercó la mano de ella a sus labios. La besó con dulzura.
─¿Lo harías? ─le preguntó─. ¿Estarías dispuesta a influir en mi vida?
Eira se sonrojó y esquivó la penetrante mirada de él. Aspiró aire para aliviar su pudor y sonrió nerviosa.
─Bueno, yo… Desde luego no soy quién para decirte nada pero…
─¿Pero?
─Me estoy liando ─rió y miró a Bruno esperando que él se riera con ella pero la miraba serio, sin soltarle la mano.
─¿Te gustaría ser mi dueña y señora en este castillo? ─preguntó Bruno.
─Eso suena a proposición de matrimonio ─dijo ella.
─Lo es.
Eira abrió los ojos y parpadeó perpleja. Bruno le acarició una mejilla y sonrió. Volvió a besarle la mano.
─¿Deseas ser mi esposa, Eira Castaño?
─Yo… Yo… Esto es tan precipitado que parece un sueño.
─No lo es ─dijo Bruno. Apoyó la mano de ella en su pecho para que sintiera su corazón─. Tú haces que mi corazón palpite con frenesí. Durante años he vivido prácticamente retirado del mundo. Mis únicas preocupaciones eran el negocio y mantener en pie el castillo. Conocí a otras mujeres, no lo niego pero jamás hallé la dicha que siento ahora, contigo. Estaba convencido de que el cielo me había negado el amor. Sin embargo, desde que llegaste aquí, me sentido feliz y esperanzado. No puedo dejar de pensar en ti ni un solo instante. Sí, sé que nos hemos conocido hace un par de días, poco más, pero me he enamorado de ti y no me imagino vivir sin ti. Si me conocieras bien, sabrías que estoy siendo sincero pues no tengo por costumbre ser una persona tan abierta con respecto a los sentimientos. Si necesitas más tiempo, estoy dispuesto a concedértelo pero me gustaría saber si puedo albergar esperanzas o debo olvidarme de ti, aunque sé que jamás lo conseguiría.
─¡Bruno, yo…! ─Eira le miró seria y Bruno temió que le rechazara. Le soltó la mano─. ¡Yo también te amo! ─rió─. ¡Sé que es una locura pero te amo con todo mi ser!
Se abrazaron. Bruno la levantó en brazos y giró con ella, riendo de felicidad. Se besaron apasionadamente.
Samuel y Carmen regresaron del paseo. Lo habían interrumpido cuando se dieron cuenta de que Bruno y Eira habían quedado bastante alejados de ellos.
─¿Qué sucede aquí? ─preguntó Samuel, contrariado.
─¡Me caso, Samuel! ─respondió Eira entre risas.
─¿Qué? ─Samuel miró a su esposa, confuso.
Carmen corrió a abrazar a Eira. Bruno la había dejado en el suelo para que pudiese hablar con ella y se acercó a Samuel.
─Una vez más me salto todo protocolo ─dijo Bruno a modo de excusa─. Y aun sabiendo que no es lo normal, le pido en este momento la mano de su hermana.
─Ciertamente usted no deja de sorprenderme con sus maneras ─dijo Samuel─. Pero acepto su petición. Mi hermana estuvo a las puertas de la muerte y usted le ha devuelto la vitalidad y la alegría.
Se estrecharon la mano, mirándose con satisfacción.


#11

Los hombres acordaron que Bruno iría a la ciudad un mes después de que Bruno, Carmen y Eira hubiesen regresado a la ciudad. Mientras hacían los preparativos para la boda, Bruno viajaría hacia el norte para atender su negocio y luego se reuniría con su futura familia para celebrar su unión matrimonial con Eira.
Eira estaba muy emocionada. No dejaba de hablar con Carmen sobre los detalles de la boda. Se imaginaba un vestido de fino encaje, botas altas, lencería fina.
─¡Oh, Carmen! ¿En verdad no es un sueño esto que estoy viviendo? Si cierro los ojos temo volver a abrirlos para encontrarme otra realidad.
─Puedes estar segura de que todo esto es real.
─Nunca pensé que llegaría a conocer a alguien como Bruno. Es tan fuerte y tierno a la vez.
─Eira, puedes creerme si te digo que deseo que seas feliz pero, ¿estás segura de querer casarte con Bruno?
─¿A qué vienen tus dudas? Creí que eras feliz con mi felicidad.
─Y lo soy. Por favor, no me malinterpretes. En verdad soy muy feliz con todo lo que estás viviendo y me alegra que te hayas enamorado y seas correspondida pero todo ha sucedido tan rápido que temo que nos estemos dejando llevar por la emoción del momento. Solo te pido que pienses fríamente en tu decisión durante un instante.
─No tengo nada que pensar ─sonrió Eira─, porque ya lo he pensado todo. ¡Le amo, Carmen! Y sé que no sería feliz lejos de él. Este mes que estaremos separados será una tortura para mi corazón.
Carmen sonrió y abrazó a Eira. Después salió del dormitorio para dejar que descansara. Por decisión de Samuel se tenían que levantar temprano para regresar a la ciudad.
Eira se acostó pero no podía dormir. Durante el día habían celebrado el compromiso y apenas había tenido oportunidad de estar a solas con Bruno. Se levantó y se asomó a la ventana. Esa noche aún había luna llena en el cielo. Se senté en el alféizar y apoyó la cabeza en el cristal. Estaba frío pero no le importó. Suplicó a la luna que el encantamiento de su amor durase eternamente.
El movimiento de algo en el patio la sobresaltó. Se levantó y abrió la ventana para asomarse al exterior. Hacía frío y sentía la humedad en su cuerpo. Sabía que debía regresar adentro para no enfriarse pues podía recaer en su enfermedad pero le pudo la curiosidad, así que aguardó un poco más hasta comprobar si volvía a ver algo extraño merodeando por el lugar.
Ante su asombro un lobo de tamaño descomunal se situó debajo de su ventana y la miró fijamente. Eira se echó hacia atrás, asustada. Cerró de inmediato la ventana. El lobo no se iba, ni dejaba de mirar hacia arriba como si supiese que ella estaba allí. Aulló y se fue perdiéndose entre las sombras. Eira se estremeció. Pero lo que más la sorprendió fue lo que vio después. Bruno salía de las caballerizas corriendo y parecía que se dirigía en busca del animal. Eira abrió la ventana otra vez y lo llamó.
─¡Bruno! ¡Bruno! ─quiso pedirle que regresara para que se refugiara en el castillo pero Bruno no la oyó, o no le hizo caso.
Eira, sin temor, se puso las zapatillas y cogió la toquilla y una lámpara y salió de la habitación. Apuró los pasos hasta las escaleras y se disponía a bajar cuando Bruno entró en el castillo y Gerardo y Luisa le salieron al encuentro. Eira se detuvo y retrocedió hasta que la esquina de la pared le ofreció refugio, apagó la lámpara y escuchó atentamente lo que hablaban.
─¡No entiendo cómo ha podido escapar, señor! ─exclamó Gerardo─. Me aseguré de que las cerraduras estaban en perfecto estado y bien cerradas.
─Es muy astuto, Gerardo. Seguro que ha sabido engañarnos de alguna manera para poder escapar esta noche. Confiemos en que no cause un daño que tengamos que lamentar.
─¿Qué tenemos que hacer para traerlo de nuevo al sótano? ─preguntó Luisa.
─Solo podemos esperar ─respondió Bruno─. Estaré pendiente de él pero sería insensato ir tras él.
─Desde luego, señor ─asintió Gerardo─. Podría atacarnos e, incluso, matarnos.
Eira regresó a su habitación y cerró la puerta despacio para que no la escucharan. Se preguntó si la conversación que había mantenido Bruno con sus sirvientes tenía algo que ver con el lobo que había visto en el patio. No podía creer que Bruno tuviese lobos guardados en las mazmorras del castillo y, en caso de ser así, no entendía por qué no se lo había dicho y se preguntaba cuál era el motivo de tener esos animales.
La preocupación no la dejó dormir y por la madrugada, cuando Carmen la fue a buscar, su aspecto había desmejorado. Estaba pálida, cansada y había empezado a toser.
Carmen la miró preocupada y pensó que quizás era mejor no regresar tan pronto a la ciudad pero Eira insistió en no demorar el viaje. A pesar de la incertidumbre por los acontecimientos sucedidos por la noche, deseaba más que nada celebrar su boda con Bruno.
El cochero les esperaba en la entrada del castillo. Bruno se reunió con ellos y se disculpó por no poder acompañarles durante el almuerzo. Se acercó a Eira y le cogió las manos entre las suyas.
─¿Te encuentras bien? Parece que nos has dormido esta noche.
─Es cierto, pero es debido a la emoción ─sonrió.
─Os queda un largo viaje. Si no te encuentras en condiciones de hacerlo puedes quedar aquí.
─Yo sugerí que postergáramos el regreso ─dijo Carmen.
─No ─negó Eira─. No quiero. ¿O es que quieres que acepte para evitar la boda? ─preguntó con malicia fingida.
─Creo que ni mi conciencia, ni mi corazón me permitirían evitar nuestro enlace ─rió y la abrazó para besarla en los labios con ternura─. Nos veremos pronto, mi amor.
─Se me hará larga la espera.
─A mí también pero, una vez que seas mi esposa, nada podrá separarnos.
Volvieron a besarse. Samuel carraspeó y lo miraron de soslayo. Rieron. Bruno se despidió de todos y no entró en el castillo hasta que vio desaparecer el carruaje en el camino.
Sin más demora, Bruno llamó a Gerardo y se apresuraron a ir a las mazmorras. El lugar estaba dividido en varias estancias. Una de ellas estaba cerrada con una puerta de rejas de hierro. Tras ella se accedía a un estrecho y corto pasillo que daba acceso a otra puerta de madera forrada en hierro que tenía varias cerraduras.
Esta puerta daba acceso a una amplia habitación que estaba amueblada como un salón. Además de un sofá y dos sillones que se disponían frente a una gran chimenea de piedra, había una mesa redonda con sillas tapizadas, un mueble librería y un pequeño escritorio. En otras dos habitaciones contiguas había un aseo y un dormitorio.
Bruno entró en el salón y pidió a Gerardo que entrara con él. Un hombre mayor, que estaba sentado frente a la chimenea, siguió leyendo el libro que tenía entre manos sin inmutarse por la irrupción de los dos hombres.
Bruno caminó hasta ponerse frente a él. El hombre levantó la mirada por encima del libro y sonrió.
─Por fin te dignas a visitarme, hijo.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 7 meses

Pensaba que Bruno era el hombre lobo...o sí jeje. Me tiene tú historia intrigado. Enhorabuena.


#12

Enrique Galáns dejó el libro sobre una mesa y se levantó. Era tan alto como su hijo pero más delgado. Tenía los cabellos rubios canosos, y los ojos azules. Se enfrentó a la mirada de Bruno.
─Sé que has tenido visita. Hace tiempo que no se reciben invitados en esta casa.
─No he invitado a nadie. Vinieron ellos para conocernos.
─¿Conocernos? ¿Quiénes eran?
Bruno miró al mayordomo y Enrique se dio la vuelta para mirarle también. Se volvió otra vez hacia su hijo.
─¿Hay algo que no puedes decirme? –le preguntó.
─Sé que has escapado esta noche.
─Hum… Sí. Lo admito –volvió a sentarse─. Podía oír a tus invitados y sentí curiosidad.
─¿Por dónde has escapado?
─Un mago nunca descubre sus secretos –rió.
─¡Tú no eres un mago! Gerardo busca cualquier rotura, tabique falso… ¡Lo que sea por donde pudiera salir! Ahórranos las molestias y dime por dónde has salido –le pidió a su padre.
Enrique se acomodó en el asiento y cruzó las piernas. Bruno le miró impaciente.
─Papá, sabes que lo hago por tu bien. Para el mundo estás muerto y no puedes salir de aquí. Eres un peligro.
─Solo he salido una noche. ¿Qué peligro puede tener que salgar una maldita noche? –preguntó enfadado.
─La última vez que escapaste mataste a una persona. ¿Ya lo has olvidado?
─No es necesario que me lo recuerdes.
El mayordomo, Gerardo, miraba todos los rincones del salón pero no encontraba nada fuera de lo normal. Entonces se dirigió al dormitorio. Bruno fue tras él. Solo había una ventana en la parte más alta de una pared. Bruno se subió a una silla y comprobó que las rejas estaban bien seguras. Siguieron buscando por el baño pero no hallaron nada extraño.
─¿Crees que tendrá una llave maestra? –preguntó Bruno a Gerardo.
─¿Y cómo podría hacerla aquí abajo, señor?
─No lo sé. Pero mi padre siempre fue un hombre ingenioso y habilidoso.
Regresaron al salón. Enrique se había levantado y servía unas copas de licor de arándanos. Ofreció una a cada hombre. Bruno la rechazó.
─¡Tú te lo pierdes! Es un buen licor –dijo Enrique y apuró su copa─. ¿Habéis encontrado el agujero por donde me escapé? –sonrió.
─No. Y te aseguro que me preocupa. No puedes salir de aquí y lo sabes. Eres un peligro, papá. Prometiste que permanecerías oculto aquí a cambio de perdonarte la vida.
─ ¿Serías capaz de quitarme la vida, hijo?
Bruno no respondió. Cogió la copa que había rechazado y bebió el licor. Enrique se sirvió otra copa y se sentó.
─¿Quiénes eran tus invitados?
─La hija de tu primo, el conde Lucio. Venía con su esposo, Samuel Castaño y la hermana de éste, la señorita Eira.
─¡Mi primo Lucio! –exclamó con añoranza─.Un buen hombre. Me llevaba muy bien con él.
─Tengo algo que anunciarte –dijo Bruno y se sentó al lado de su padre─. Voy a casarme con la señorita Eira.
─¿Te has vuelto loco? ¡No puedes casarte y lo sabes, Bruno! Llevas la maldición en la sangre y, antes o después, saldrá a la luz.
─¡Por favor, papá! –se levantó, impaciente─. Tengo treinta y cinco años y llevo casi toda mi vida esperando con temor que me convierta en un ser como tú. Pero eso no ha pasado, ni va a pasar. Me he enamorado y tengo derecho a ser feliz.
─Entiendo que quieras ser feliz, Bruno. Pero no puedes condenar a esa mujer por tu egoísmo. Aunque no lo quieras admitir, terminarás siendo un hombre lobo, como yo. Si metes a esa mujer en tu vida, la harás desgraciada con tus mentiras, tus cambios de humor y, lo que es peor, su vida correrá peligro. ¡Acuérdate de lo que le pasó a tu madre!
─Sí, lo sé. Tú la mataste. Y deberías estar muerto por eso –dijo Bruno, dolido.
─Siempre has querido vengar su muerte.
─Nunca lo hice.
─Sí, lo has hecho encerrándome aquí. ¡Estoy muerto en vida!
─¿Preferirías que te diesen caza los hombres del pueblo? Aquí estás a salvo. No te he encerrado por capricho.
─Déjalo. Siempre terminamos discutiendo por lo mismo. ¡Largaos los dos! –pidió.
─Necesito saber por dónde has salido de este lugar.
─Jamás te lo diré.
─Papá, por favor.
Enrique miró a su hijo, serio. Cogió el libro que estaba leyendo antes y fingió enfrascarse en la lectura. Bruno suspiró, resignado. Hizo una señal a Gerardo y salieron de las mazmorras.
─Hay que vigilarlo más de cerca. Y si vuelve a salir… lo mato –dijo, con pesar.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 7 meses

Muchas gracias. Me alegro de que te guste #carlos1983


#13

Bruno se despidió de los criados insistiendo en que vigilaran a su padre. Los primeros años cuando empezó a convertirse en un hombre lobo solo sucedía durante la fase de luna llena pero, con el paso del tiempo, no importaba tanto la luna como su humor, aunque era más frecuente que sucediera por la primera causa. Enrique heredaba la maldición de sus antepasados. Había sido el padre de un tatarabuelo quien, naciendo como séptimo hijo y siendo bautizado por error con los aceites que se utilizaban para la extremaunción, se había convertido en hombre lobo al dejar de ser niño. La familia lo había mantenido oculto pero cuando el niño se hizo hombre, huyó y regresó casado con la hija de una buena familia. Estaba convencido de que con él se acababa la maldición, sin embargo, comprobó con temor y tristeza, que sus dos hijos varones habían heredado la maldición. Fue este antepasado quien ordenó cambiar las figuras de los osos del escudo de armas por lobos, y escribió un libro para sus herederos donde les transmitía consejos de cómo vivir con la maldición para evitar provocar alguna desgracia irreparable.
Para sorpresa de quienes conocían la maldición, el abuelo de Bruno nunca se transformó en lobo, eso hacía que Bruno albergara la esperanza de poder librarse de ella, aunque su padre le advertía que el abuelo había muerto joven, con 37 años y algunos miembros de la familia habían dado muestras de estar malditos a edades tardías.
Pero Bruno, siempre quiso creer que él podía estar libre de la maldición. Hacía unos días no le había importado tanto estar maldito. Sabía bien lo que tenía qué hacer para no ser una amenaza para la sociedad. Ya vivía al margen de la sociedad. Salía lo mínimo, solo para hacer lo necesario para mantener el negocio y realizar requisitos administrativos o visitar a algún cliente o proveedor. Ahora necesitaba creer que él jamás se convertiría en hombre lobo porque estaba enamorado y quería vivir con su amor una vida normal y feliz.
Las palabras de su padre lo atormentaron durante su viaje, sobre todo cuando se acercaba su reencuentro con Eira y su futura familia.
El día que llegó, Eira lo recibió con un abrazo intenso. Samuel y su esposa le presentaron al padre de ella, el conde Lucio.
─Es un placer conocerte, Bruno. Por favor, permíteme tutearte –le pidió Lucio y Bruno asintió con un sonrisa─. Todavía recuerdo con cariño los días en que tu padre y yo nos encontrábamos y nos enfrascábamos en largas tertulias.
─Sí, mi padre me hablaba de ello.
─Sentí mucho enterarme de su fallecimiento. Pero me alegra que nos hayamos reencontrado y que pronto se celebre otra boda. La señorita Eira es una joven muy hermosa y de buen corazón –añadió.
Eira bajó la mirada, sonrojándose y Bruno la miró divertido. Samuel llamó la atención de todos. En ese momento había entrado en el salón un hombre, de media edad y mirada inteligente.
─Tío, por favor, pase. Permíteme presentarte a mi tío, el doctor Anselmo Castaño. Un erudito en enfermedades extrañas. Tío Anselmo, te presento al Conde Bruno Galáns, el prometido de Eira.
─Es un placer, conde.
─El placer es mío, doctor Castaño.
─Por favor, llámeme Anselmo. Dentro de unas horas seremos parientes.
─Gracias. Puede llamarme Bruno y tutearme.
Carmen los invitó a entrar en el comedor. La sirvienta que se ocupaba de servir la cena le había dicho que la cena ya estaba lista.
─Mi tío es un hombre que provoca reacciones contradictorias –le dijo Eira mientras iban hacia el comedor.
─¿Por qué?
─Como te ha dicho mi hermano investiga enfermedades extrañas. Incluso se puede decir que algunas son de dudosa existencia –sonrió─. ¡Figúrate, si hasta está seguro de que existe el vampirismo y la licantropía!
Bruno se detuvo y la miró perplejo. Eira se rió. Lo cogió por un brazo y tiró de él.
─¡No esperaba impactarte tanto! –dijo─. Si te comenta algo, por favor, trátalo con respeto. Para él es un tema muy serio, aunque sus colegas odian que dedique su tiempo, dinero e inteligencia en esos estudios.
─Jamás se me ocurriría burlarme de él, querida.

#14

Durante la cena escucharon con atención las últimas investigaciones que había realizado el doctor Anselmo Castaño en un país del este de Europa. Insistía en que era posible curar la licantropía, no tanto así el vampirismo, que era una enfermedad que presentaba problemas más complejos.
─¿En verdad se convierten en lobos esos enfermos o solo muestran síntomas que los asemeja a un animal rabioso? ─preguntó Samuel.
─Por muy increíble que parezca los pacientes que padecen ese mal sí pueden sufrir una transformación tan inquietante como espeluznante. Algunos investigadores se empeñan en confundir la rabia con esta enfermedad, pero son completamente diferentes.
─Y dice que ha podido curar a algunos pacientes que padecían esta enfermedad…─comentó Bruno.
─Así es.
─Eso es muy interesante. ¿Cómo lo ha conseguido?
─Con una vacuna que es necesario inocular durante unos años.
─¿Cuál es el porcentaje de éxito?
─Todavía no he terminado mis estudios, pero a grosso modo, puedo aseguro que un 70%. Depende de los años que llevaba enfermo el paciente.
─¡Es horrible pensar que alguien pueda sufrir esa enfermedad! ─exclamó Eira─. No me imagino cómo puede convertirse un ser humano en lobo.
─Es una transformación tan violenta como dolorosa ─explicó el doctor─. Las familias que padecen este mal viven condenadas a permanecer escondidas o a vivir fuera de la ley. Y me refiero a que, como lobos, pueden cometer crímenes atroces.
─¡Dios mío! ─exclamó Carmen─. Espero que no haya nadie con esa enfermedad en esta ciudad.
─Son personas que pueden estar en todas partes y hacer una vida normal. Al principio los síntomas, por estar relacionados con los lobos, se suelen producir durante las noches de luna llena. Aunque todavía no está muy claro el motivo, pues también se desconoce por qué los lobos suelen aullar más. Quizás los altere que haya más luz, o el influjo de la luna. Con el tiempo, la enfermedad se vuelve más agresiva y las personas sufren transformaciones más a menudo. Influye mucho el estado de humor: alteraciones nerviosas, depresión… Los vampiros, al contrario que los hombres-lobo, padecen una enfermedad que muestra síntomas todos los días del año.
─¡Por favor, tío, dejemos de hablar de un tema tan macabro! ─pidió Samuel─. Las mujeres se están incomodando.
─Sí, tienes razón, sobrino. Perdónenme, me dejo llevar por mi entusiasmo ─sonrió.
Al terminar la cena regresaron al salón donde Samuel sirvió jerez para todos. Bruno se acercó al doctor Anselmo.
─Me gustaría invitarle a mi hogar para seguir hablando de sus investigaciones.
─Sería un placer, pero tenía pensado viajar a Inglaterra en breve.
─Le aseguro que conozco un caso de los que usted hable. Aunque, por supuesto, nadie mejor que usted para juzgarlo.
─Cuénteme…
Bruno miró a los demás, que estaban centrados en sus conversaciones, pero consideró que no era el momento adecuado para hablar sobre su padre.
─Será mejor dejarlo para otra ocasión.
─Está despertando mi curiosidad.
─Le aseguro que debería aceptar mi invitación.
El doctor Anselmo frunció el ceño. Intuyó que Bruno conocía una historia demasiado interesante como para dejarla pasar por alto.
─Ahora va a casarse y querrá disfrutar de unos días con su esposa en absoluta intimidad. Aprovecharé para ir a Inglaterra y cuando regrese aceptaré su invitación.
─Está bien. Se lo agradezco ─asintió Bruno.
Tras la velada, Eira se acercó a Bruno y se abrazó a él. Se miraron a los ojos, sonrientes, y se besaron.
─No sabía que te interesaran tanto las enfermedades extrañas.
─Hay muchas cosas que desconocemos el uno del otro, pero las iremos descubriendo juntos.
─¿Y si descubro algo que no me gusta? ─preguntó fingiendo preocupación.
─Estarás en desventaja conmigo porque yo sé que jamás encontraré nada malo en ti.
Se rieron y se besaron. Samuel carraspeó para pedir que se comportaran con un poco más de mesura.

#15

Con la ayuda de Carmen y una sirvienta, Eira se vistió el traje de novia. Le ataron el corsé, aunque no fue necesario apretarlo mucho para realzar su cintura de avispa. Se ató las ligas de las medias blancas, los cordones de las botas, también blancas. Se perfumó con un perfume de azahar. Vistió las enaguas y el vestido de encaje y bordados. Finalmente le pusieron el velo. Estaba preciosa y así se lo dijo Carmen.
La boda fue sencilla. Por falta de tiempo no habían podido invitar más que solo a un número pequeño de amigos y familiares. Pero fue muy bonita y romántica.
Durante la ceremonia, Bruno y Eira se dedicaron miradas cómplices llenas de amor. Comieron y bailaron hasta cansarse. Hablaron con todos los invitados y se retiraron al llegar el anochecer.
Bruno cerró la puerta tras de sí y se acercó a la chimenea para echar otro leño. Eira se sentó ante el tocador y empezó a deshacer el peinado. Él se quitó la levita, los puños y el cuello de la camisa y desató el cordón para dejar al descubierto el pecho. Se acercó a Eira y la ayudó a desenredar el cabello. La besó en el cuello y se miraron a través del espejo. La cogió de una mano y la guió hasta la cama. Entre besos y caricias la desnudó lentamente. Ella se dejó llevar por él, hasta que la pasión la obligó a abrazarse a él con la misma intensidad que demostraba él. Se amaron con pasión toda la noche.
Se fueron de madruga. El doctor Anselmo aseguró que, a su regreso de Inglaterra, iría al castillo de Bruno y Eira para hacerles una visita.
Samuel abrazó a su hermana con ternura y le deseó la mayor de las felicidades. Carmen hizo lo mismo.
─Escríbeme, por favor ─le pidió.
─¡Pues claro que lo haré! ─dijo Eira.
─Bruno, cuida bien de mi hermana ─le dijo Samuel.
─Lo haré.
Bruno ató su caballo al carruaje. Ayudó a Eira a subir y subió tras ella. Eira miró a su familia y se despidió de ellos. Miró su casa para recordar esa imagen.
─No estés triste, mi amor. Vendremos a visitarlos de vez en cuando ─dijo Bruno.
─Es la primera vez que me distancio de mi hermano.
─Lo sé. Pero ahora me tienes a mí y cuidaré de ti ─Bruno la besó en las manos.
Nada más llegar al castillo, entrada la noche, Gerardo salió al encuentro de Bruno, apresurado y nervioso. Eira lo miró temerosa.
─Don Bruno. Doña Eira. Sean bienvenidos. Permítanme transmitirles las felicitaciones del servicio.
─Gracias, Gerardo.
─Gracias ─sonrió Eira, aunque estaba confusa pues el mayordomo tenía una expresión de preocupación que no concordaba con sus palabras.
─¿Todo bien, Gerardo? ─preguntó Bruno.
─Me temo que ha surgido un problema, señor. Es de vital importancia que le ponga al corriente sin demora.
─Está bien. Que Luisa acompañe a la señora al dormitorio y la ayude en todo lo que sea menester. Y que el mozo se ocupe del equipaje ─se volvió hacia Eira─. Querida, no dudes en pedir lo que necesites. Voy a mi despacho. Intenta descansar. Nos vemos más tarde ─le cogió una mano y la besó.
Gerardo no tardó en venir acompañado por la criada, Luisa, quien acompañó a Eira hasta el dormitorio de Bruno, que ahora sería el suyo también.
Bruno y Gerardo entraron en el despacho para asegurarse de no ser oídos por Eira.
─Señor, su padre ha huido otra vez. No entendemos cómo lo consigue.
─¿Cuándo se fue?
─Hace dos noches.
─¿Hay constancia de que haya sucedido alguna desgracia?
─De momento, no.
─Saldremos en su búsqueda. Prepara las armas y los caballos.
─Sí, señor.
Bruno subió al dormitorio para cambiar las ropas, mientras Gerardo se disponía a seguir sus indicaciones. Eira se había puesto el camisón y le miró preocupada.
─¿No vas a acostarte?
─Debo salir. Parece que este año ha aumentado el número de lobos y la gente del pueblo está nerviosa. Espero poder apaciguar sus ánimos antes de que decidan hacer batidas sin sentido por el monte.
─Pero es de noche. No creo que sea prudente salir al monte a estas horas, Bruno.
─No te preocupes, mi amor ─la abrazó─. Voy con Gerardo y estaremos bien.
─Pero… ─las palabras de Eira fueron silenciadas por un beso de Bruno.
─Volveré pronto ─le dijo y salió de la habitación.
Eira se acercó a la ventana. Unos minutos más tarde vio salir del castillo a Bruno y a Gerardo montados en sus caballos. Se preguntó qué estaba pasando. Ella no sabía nada de las costumbres de la gente que vivía en los pueblos, pero no era tan tonta como para no darse cuenta de que tenía que pasar algo muy grave para que Bruno decidiera irse en medio de la noche, y armado. La explicación que le había dado no la convencía. Ya le había dicho que en esa zona proliferaban los lobos pero no suponían un gran peligro. No entendía por qué quería disuadir al pueblo de que no se protegiera de los lobos. Se acostó pero sabía que no podría dormir hasta que él regresase.
Cansada de dar vueltas en la cama y preocupada porque el tiempo pasaba y Bruno no regresaba, Eira se levantó, se abrigó, cogió un candil, y bajó al salón pero se detuvo en el vestíbulo al comprobar que una puerta, que siempre estaba cerrada, ahora estaba abierta. Sabía que era la puerta que conducía a las mazmorras. Una noche había visto salir de ese lugar a Bruno.
Se acercó a la puerta y escuchó atentamente si oía algo extraño o la voz de su marido, pero no oyó nada. Confiando en que Bruno estuviese en las mazmorras, se adentró en el lugar.


#16

A Eira le sorprendió que la mazmorra, al contrario de lo que le había dicho Bruno, no presentaba ningún desperfecto. Llegó hasta una puerta que estaba entreabierta y se asomó. Con asombro comprobó que la estancia disponía de todo lo necesario para que una persona pudiese sentirse cómoda, aunque el fuego de la chimenea estaba apagado.
Sobre una mesa había un libro abierto. Lo cogió. Era de teatro, “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca. Dejó el libro y curioseó las otras habitaciones. Todo indicaba que allí vivía alguien.
Eira se preguntó si era una especie de refugio para Bruno o si tenía a alguien oculto allí, en ese caso, ¿dónde podía estar esa persona y quién era?
Se disponía a salir cuando oyó ruido procedente de la chimenea. Parecía que rascaban en las paredes. Quiso salir de la habitación pero la curiosidad que sentía la hizo quedar quieta, esperando para saber qué estaba sucediendo en el conducto de la chimenea. Un poco más tarde vio aparecer unos pies desnudos con abundante vello y uñas largas. Abrió la boca, sorprendida y asustada y salió de la habitación. Echó a correr por el pasillo hasta llegar a las escaleras. Subió lo más rápido que pudo y salió al vestíbulo para cerrar la puerta. Se apoyó en ella e intentó calmar la respiración.
En ese momento entraron en el castillo Bruno y Gerardo. Ambos la miraron confusos. Eira se arregló la falda y caminó hacia Bruno, intentando sonreír.
─¿Sucede algo? ─le preguntó él.
─Te estaba buscando ─le dijo─. Me desperté y al comprobar que todavía no habías regresado, me preocupé.
Bruno entregó el arma a Gerardo y se acercó a Eira. La abrazó y la besó en los labios.
─Ya estoy aquí. ¿Por qué no subes a descansar? Dentro de un rato me reúno contigo.
─Bruno…, yo…
Bruno enarcó una ceja, expectante pero Eira no se atrevió a decirle lo que había visto en la mazmorra. De hecho, intentaba convencerse de que había sufrido algún tipo de alucinación.
─Está bien ─dijo y se dirigió a la habitación.
Bruno y Gerardo bajaron a las mazmorras. Estaban casi seguros de que Enrique, el padre de Bruno, había regresado al castillo todavía conservando la forma de lobo.
Gerardo entregó el arma a Bruno y entraron en la estancia acomodada como salón. Para sorpresa de los dos, Enrique estaba sentado delante de la chimenea encendida, leyendo un libro.
─Aunque hemos dejado esta puerta abierta, antes estaba bien cerrada, igual que todas las demás, señor.
Bruno se acercó a su padre, quien lo miró con complacencia. Se sentó a su lado y dejó escapar un suspiro.
─En verdad no sé qué hacer contigo, papá ─dijo y dejó el arma sobre una mesa.
─¿Por qué lo dices? ¿Qué he hecho yo ahora?
─Sabemos que te has escapado. Aunque seguimos sin saber por dónde huyes.
─Yo creo que tenéis imaginaciones ─sonrió divertido.
Bruno le miró a los ojos y luego observó el libro que estaba leyendo, o fingía leer. Estudió sus rasgos. Entonces vio algo que le sorprendió. Se levantó y se acercó a la chimenea. Con disimulo, tocó las paredes de la misma y observó que no desprendían el calor que debería si hubiese estado encendida todo el día y la noche. Echó un leño al fuego y miró a su padre. Tenía manchas de hollín en el cuello y en la cabeza.
─Pediré que te bajen más leña. Aquí hace frío ─dijo Bruno.
─Te lo agradezco.
─Me he casado ─anunció.
─Has cometido la mayor de las imprudencias.
─Papá, tengo algo importante que decirte ─Bruno se volvió a sentar al lado de Enrique─. Un tío de Eira es un médico científico experto en licantropía, entre otras cosas. Y asegura que encontró una cura para esta enfermedad.
Enrique dejó el libro sobre una mesa y se quedó pensativo un rato. Miró a su hijo con pesar y el dijo:
─No es una enfermedad, Bruno. Es una maldición.
─Le he pedido que viniera al castillo para hablarle sobre nuestra… maldición. Si existe una posibilidad de cura, deberíamos tenerla en cuenta.
─Yo no creo en milagros, hijo. Pero tú eres dueño de hacer lo que te parezca bien para aliviar el peso de la maldición. ¿Tú esposa ya lo sabe?
─Todavía no.
─Cuanto antes hables con ella, mejor. Así sabrás si quiere pasar el resto de su vida contigo, o aún está a tiempo de huir de tu lado.
Bruno se levantó. Apoyó una mano en el hombro de su padre y éste le dio una palmada y, junto con Gerardo, salieron de la habitación, después de coger el arma. Cerraron la puerta. Bruno apuró el paso y cuando llegaron al vestíbulo se detuvo y miró a su sirviente.
─Creo que ya sé por dónde huye. He visto que tenía manchas de hollín en el cuello y la cabeza. Seguramente no le dimos tiempo de acicalarse. Estoy seguro de que sube y baja por la chimenea. He comprobado que las piedras estaban frías, cuando deberían estar calientes, si el fuego durase todo el día y la noche. Tenemos que encargar unas rejas para cerrar la boca de la chimenea y evitar que pueda salir.
─Tan pronto amanezca bajaré al pueblo para hablar con el herrero.
─Dile que debe hacerlo con urgencia. Le pagaré lo que sea.
─Sí, señor.

#17

Bruno entró en su dormitorio. Eira estaba acostada y parecía dormir. La contempló admirando su belleza serena.
Ella abrió los ojos y le sonrió. Se incorporó y se sentó en la cama. Él se sentó a su lado. Le acarició una mejilla y esbozó una tímida sonrisa.
─Tenemos que hablar ─le dijo.
Eira asintió. Sabía que había algo oculto a lo que debían enfrentarse, aunque temía que eso pudiera repercutir de una manera negativa en su matrimonio.
─He pedido a tu tío, el doctor Anselmo Castaño, que nos hiciera una visita cuando regrese de Inglaterra.
─Recuerdo que parecías muy interesado en sus investigaciones.
─Lo estoy y tengo una buena razón para ello.
─¿Quieres hablar de ello?
─Para mí es un tema difícil de tratar pero creo que tienes derecho a saberlo. Te pido perdón por no haberlo hecho antes pero… temía que si lo hiciese, me rechazarías.
─¿Cómo crees eso, mi amor? ─se abrazó a él─. No hay nada en este mundo que pudiese apartarme de ti.
─Vístete y baja a desayunar. Luego, hablaremos con calma, en el salón. Te espero allí.
Le dio un beso en los labios y salió de la habitación. Eira suspiró. Ella también tenía que decirle lo que había visto en las mazmorras. No quería que hubiese secreto entre ellos.

Bruno estaba agachado ante la chimenea, removiendo el fuego. Se levantó al oír entrar a Eira y le ofreció asiento. Se sentó frente a ella.
─Como te dije antes, hay algo que debo confesar y tiene que ver con un secreto que guarda celosamente mi familia desde hace varias generaciones ─hizo una pausa. Eira le escuchaba atentamente─. Te pido que me escuches con atención hasta el final, pues lo que voy a decir es difícil de aceptar y entender ─ella asintió─. Hace mucho tiempo, un antepasado mío, fue atacado por una bestia. En un principio creyeron que se trataba del ataque de un lobo. Y era un lobo, pero no uno corriente. Se trataba de un hombre lobo.
Eira abrió los ojos, sorprendida pero no dijo nada. Recordó la imagen que había visto en la chimenea de las mazmorras.
─Eso lo convirtió en uno de ellos y la maldición pasó de generación en generación. Mi padre también la sufrió y mi madre fue víctima de ello. Un día que mi padre sufrió la terrible transformación, mi madre quiso persuadirlo de que no saliera del castillo para evitar que pudiera herir a alguien del pueblo. Mi padre en ese estado tenía un comportamiento totalmente irracional, así que, en vez de dejarse convencer, atacó a mi madre, quien resultó herida de gravedad. Pocos días después fallecía ─guardó silencio.
En su rostro se veía el dolor que le provocaban los recuerdos. Eira se levantó para abrazarle.
─No puedo imaginarme a un ser humano convirtiéndose en un animal. Es algo que se escapa a mi capacidad de comprensión. Pero entiendo tu dolor. Yo también perdí a mi madre cuando solo era una niña pero no fue en circunstancias tan trágicas ─se abrazaron─. ¿Tú también has sufrido ese tipo de transformación?
─No. Hubo un pariente que nunca se transformó pero mi padre siempre dijo que fue porque murió joven. No hay edad para empezar a mostrar los síntomas, aunque suele producirse a partir de los cuarenta, si no se producen antes.
─¡Dios mío! Entonces, temes que te pueda suceder algún día.
─Sí. Por eso confío en las investigaciones de tu tío. Es la única esperanza que me queda.
─Estoy segura de que él puede ayudarte. Dime, Bruno ─le miró a los ojos─. ¿Quién vive en las mazmorras? He estado allí y me pareció ver a alguien.
Bruno se levantó y caminó hasta la ventana. Aspiró aire como si ello le ayudase a coger fuerzas y se enfrentó a Eira.
─Es mi padre.
─¿No está muerto?
─No. Está encerrado en las mazmorras porque la maldición, o enfermedad, está descontrolada y supone un gran peligro para los demás.
─Creo que le vi bajando por la chimenea.
Bruno miró sorprendido a Eira. Y, por primera vez en su vida, sintió temor. Se acercó a ella.
─Prométeme que no bajarás nunca a ese sitio ─le exigió.
─Yo pensé que tú estabas ahí y por eso fui.
─Por favor, es importante que permanezcas alejada de él. No controla sus instintos y puede hacerte daño.
─No volveré a ese sito ─dijo Eira y se abrazó a él para tranquilizarlo.
─Gracias.
─¿Nadie conoce su existencia?
─No, a excepción de los criados. Pero son leales.
─Estoy deseando que llegue mi tío. Si hay alguien que puede ayudarnos es él.
─Sí, yo también quiero creerlo.
Se besaron. Además de sentirse liberados por haber confesado sus secretos, sabían que estaban más unidos que nunca.

#18

Enrique se paseaba nervioso por el salón. El ruido procedente de la chimenea hacía eco en la estancia y se le hacía insoportable, aunque no tanto como saber que su salida secreta estaba siendo sellada por algún tipo de enrejado.
Se sentía desolado. Era consciente de que no podía controlar su maldición, como así había podido hacer en su juventud, pero tampoco se consideraba tan peligroso como temía su hijo, por lo que no creía necesario que lo mantuviese encerrado todo el día. Después de todo, ya era viejo y le faltaban las fuerzas, incluso cuando se convertía en un lobo.
Pensar en que no tenía ninguna vía de escape le provocaba un nerviosismo extremo que podía convertirlo en el salvaje animal en cualquier momento.
Luisa bajó a atenderlo, como hacía todas las mañanas y llamó a la puerta antes de entrar. Era su obligación esperar oír a don Enrique responder antes de abrir la puerta para evitar cualquier incidente.
Enrique respondió aunque de una manera tan brusca que la sirvienta dudó si debía entrar o irse. Finalmente, abrió la puerta y le saludó.
─¡Buenos días, don Enrique!
─¡No tienen nada de buenos, Luisa! ¿A qué se debe ese ruido informal al que me están sometiendo? Sé que estoy viviendo en las mazmorras, lugar donde se encarcelaba y torturaba a los presos, pero de eso ya hace varios siglos. O así lo creía hasta hoy.
─Don Enrique ─sonrió─, solo están reparando una de las murallas ─dejó el desayuno en una mesa.
─Ese ruido no procede de una muralla ─murmuró él.
Se sentó y dejó que ella hiciera sus labores. Avivó el fuego con la esperanza de que el humo molestase a quienes estuviesen cerrando la chimenea y se viesen obligados a alejarse. Sonrió con malicia cuando oyó unas toses.
─¿Dónde está mi hijo? ─preguntó a la sirvienta que salía del dormitorio con la ropa sucia en una cesta.
─¿No va a desayunar?
─No tengo hambre.
─Debería comer algo, don Enrique.
─Está bien. Tomaré café. Te he preguntado dónde está mi hijo.
─Salió a pasear con su esposa.
─¡Ah, bien! Están recién casados. Es normal que quieran tontear. Cuando regrese dile que quiero hablar con él.
─Así lo haré, señor. ¿Necesita algo más?
─No… ¡Sí! Dime, Luisa. ¿Qué te parece la mujer de mi hijo?
─Apenas la conozco, señor.
─Pero te habrá causado alguna impresión.
─Es una mujer muy bonita y parece buena.
─Ya. Y me atrevería a decir que no te gusta.
─¡Señor! ─fingió molestarse.
─Sé que estás enamorada de mi hijo. Las criadas soléis cometer la estupidez de enamoraros de vuestros jefes, sin importaros sufrir por saber que jamás seréis correspondidas. Supongo que os gustan los dramas. Bueno, puedes irte. Y recuerda que quiero hablar con mi hijo.
La criada asintió y salió de la habitación. Se apoyó en ella un rato pensando en lo que le había dicho don Enrique. Desde luego que estaba enamorada de Bruno y odiaba a su mujercita con ese aspecto tan angelical que tenía. Sabía que nunca podría optar a convertirse en la esposa de un conde pero podía recuperar sus favores en la cama si él no se hubiese casado. Cierto que solo se había acostado con Bruno una vez. Él había bebido más de la cuenta y estaba demasiado afligido. Se dejó llevar por ella y terminaron haciendo el amor en el salón, junto a la chimenea. Después él se arrepintió pero ella siempre albergó la esperanza de repetir esa experiencia e, incluso, convertirse en su amante. Ahora sus esperanzas se echaban a perder. Cuanto más pensaba en Eira, más la odiaba y deseaba perderla de vista. Y, quizás, su deseo se viese cumplido. Se le había ocurrido una idea que iluminó su rostro.

#19

Eira y Bruno pasearon por el pueblo. Bruno presentó a su esposa a todos los vecinos con quienes se encontraban. Algunos se atrevieron a invitarlos a sus casas para hacerles algún agasajo y aceptaron. Incluso se quedaron a comer en casa de uno de los vecinos más respetables del pequeño pueblo. Todos se quedaron maravillados con la dulzura y amabilidad de la condesa.
Después del paseo, regresaron al castillo. Gerardo anunció que las obras en la muralla habían terminado.
─Perfecto ─sonrió Bruno.
Gerardo entregó una nota a Bruno que la leyó con interés, bajo la atenta mirada de Eira.
─Mi padre desea verme ─dijo.
Gerardo miró sorprendido a la pareja y Bruno sonrió.
─Sí, Gerardo. La señora conoce la existencia de mi padre y todo lo que rodea a la maldición de mi familia.
─Yo no creo en maldiciones ─dijo ella y apoyó una mano en un brazo de Bruno.
─Yo tampoco, pero llevo tanto tiempo oyendo hablar sobre ello que, a veces, incluso me lo creo.
─¿Puedo ir contigo a ver a tu padre? Me gustaría conocerlo ─dijo Eira.
Bruno la miró extrañado primero, y luego asintió complacido por el interés que mostraba ella, lejos de estar asustada como hubiera esperado.
Bajaron a las mazmorras, acompañados por Gerardo. Bruno comprobó que su padre se encontraba bien y abrió la puerta.
Enrique, que estaba leyendo, sentado delante de la chimenea, miró a su hijo y sonrió agradecido de que, por fin, viniera a verlo. Se levantó al ver a Eira y se acercó a ellos, dejando el libro sobre la mesa.
─¡Vaya! Ahora entiendo que te enamoraras, hijo. Es una auténtica belleza.
─Eira, te presento a mi padre, Enrique. Padre, ella es Eira.
─Es un placer ─Enrique aceptó la mano que ella le ofreció y la besó.
─El placer es mío, don Enrique. Su hijo me habló de usted y tenía interés en conocerle. Lamento que no nos conociéramos antes y que no pudiera venir a nuestra boda, aunque entiendo las circunstancias que lo impidieron.
─Y, a pesar de saber todo, sigue al lado de mi hijo.
─Jamás lo abandonaré.
─Eres un hombre afortunado, Bruno. Por favor, entrad y tomad algo. Brindemos por vuestro enlace.
Gerardo cerró la puerta y se quedó en el pasillo. Enrique sirvió unas copas de licor para los tres.
─Me han dicho que querías hablar conmigo, papá ─dijo Bruno.
─Así es. Me gustaría hacerte una petición ─se sentaron─. Necesito salir de estas paredes aunque solo sea unos minutos. Llevo demasiado tiempo encerrado y mi salud empieza a resentirse.
Bruno bajó la mirada, pensativo. Eira se atrevió a hablar, dejando la copa sobre una mesa.
─Creo que tu padre tiene razón, Bruno. Por muy grave que sea su mal, no es justo que permanezca todo el día entre estas paredes.
─Mi padre no puede controlar la enfermedad. Sería peligroso dejarle libre… y tú lo sabes ─miró a su padre.
─No te pido que me dejes solo. Gerardo puede vigilarme. Llévame atado, si es necesario, pero quiero ver la luz del día.
─Lo pensaré ─dijo Bruno.
─¡Ya es algo! ─exclamó con sarcasmo.
─Papá, sabes bien que tenerte aquí, en las mazmorras, no es fácil para mí.
─Sí, lo sé. Lo siento.
─¿Has cenado?
─Sí. Luisa me atiende bien. De eso no tengo queja ─respondió y Bruno le miró dolido─. Lo siento. Lo siento, otra vez. No quiero ser sarcástico, ni desagradecido pero estar en estas paredes me está afectando mucho.
─Papá, ya te he comentado que el tío de Eira, el doctor Anselmo Castaño, puede ayudarnos.
─Y yo ya te he dicho lo que opino sobre eso.
─Me gustaría que cuando venga, hables con él. Solo te pido eso, por favor.
─Ya veremos.
─Por favor, hazlo por mí. ¿Te imaginas que pueda curarte? Dejarías de vivir aquí y podrías disfrutar de nuestra compañía para siempre.
Enrique se levantó para dar por terminada la conversación..
─Tenéis que perdonarme pero necesito descansar.
Bruno y Eira se levantaron.
─Sí, por supuesto ─dijo ella.
─Espero verla de nuevo, Eira.
─Sí, yo también espero que volvamos a vernos –sonrió.
─Que descanses bien, papá.
─Hasta mañana.

#20

Unos días más tarde, Bruno tuvo que ausentarse por motivos de trabajo. Tenía que viajar hasta la capital y estaría fuera algunos días. Conocedor de que Eira frecuentaba las mazmorras para hablar con Enrique, le pidió con insistencia que no fuera nunca sola. Ella le prometió que así lo haría.
Una mañana, Luisa bajó al pueblo y se reunió con una mujer anciana a la que llamaban “meiga” por ser conocedora de las propiedades de las hierbas. Le hizo saber que, desde hacía un tiempo, se sentía cansada y le faltaban energías para hacer las tareas cotidianas. La señora le entregó unas plantas que la ayudarían a estar más activa. Luisa le pagó con unas monedas y regresó al castillo.
Al llegar la noche, cuando llevó la cena al padre de Bruno, mezcló la infusión que había preparado con las hierbas en el vino. Mientras él cenaba, Luisa entró en el dormitorio con la excusa de que tenía que guardar unas ropas que había olvidado por la mañana. Segura de que él no la vería, dejó una copia de la llave de la puerta en el suelo, cerca del armario.
─Este vino tiene un sabor raro.
Luisa se sobresaltó al oír la voz de Enrique. Se aseguró de que la llave quedaba medio oculta y regresó al salón.
─Es el vino de siempre, señor.
─Pues debe de estar picado. Advierte a Bruno de ello para que compre otro.
─Sí, señor. Así lo haré. Vendré más tarde a recoger los platos. Si me dispensa.
Enrique asintió con la cabeza, y Luisa salió de allí.
Media hora más tarde, regresó para recoger el servicio de la cena y se despidió de Enrique hasta el día siguiente. Antes de salir de la mazmorra, le observó durante un rato. Parecía que el nerviosismo se apoderaba de él. Intentaba concentrarse en la lectura pero no lo conseguía. Sonrió satisfecha. Si todo salía bien, esa noche se haría realidad su sueño.
Enrique dejó el libro sobre la mesa y atizó el fuego. Desde el día que se había escapado del lugar que consideraba su cárcel, no había vuelto a convertirse en lobo. Tenía que admitir que dialogar con Eira le hacía sentirse más tranquilo y eso, quizás, le ayudaba a controlar su maldición.
Sin embargo, esta noche, se sentía extraño. Cuando se iba a convertir en lobo una fuerza, agresividad y seguridad extremas se apoderaban de su cuerpo y mente, nada que ver con el nerviosismo que lo invadía y no conseguía controlar.
Empezó a pasear por la habitación para distraerse pero no lo conseguía. Los nervios aumentaron y con ello su malestar y rabia. Se desnudó, seguro de que iba a convertirse en lobo. Entró en el dormitorio para cerrar la puerta y quedarse allí. Entonces vio un reflejo en el suelo. Se acercó y cogió una llave. Supo que era la llave de la puerta. Sonrió mostrando unos incisivos que empezaban a crecer.

#21

Convertirse en lobo no era una transformación fácil. El cuerpo sufría dolores intensos en los músculos y huesos. Cada poro de la piel sentía cómo ésta se estiraba con el cambio físico. Las mandíbulas crecían hasta coger la forma de un hocico. Los ojos cambiaban la tonalidad a un amarillo brillante. Cuando no conseguía salir de las mazmorras, se hartaba de golpearse contra la puerta y las paredes provocándose daño en el cuerpo. Las pocas veces que sí había salido, disfrutaba de la libertad corriendo por la montaña y buscando a algún animal que cazar, aun sin tener hambre.
Antes de terminar la transformación, pudo acercarse a la puerta y abrirla con la llave. El último proceso lo realizó en el pasillo y salí al exterior de las mazmorras convertido en lobo, aullando con fiereza.
Eira, que estaba en su habitación, oyó el aullido y se estremeció. Se apresuró a asomarse a la ventana y vio un gran lobo en el patio.
─¡No puede ser él! ─exclamó.
Poco después, Luisa llamaba a su puerta y Eira la abrió. La sirvienta lloraba desconsolada.
─¡Ay, señora, qué desgracia! ¡El señor me va a matar por lo que hice! ¡Tiene que ayudarme!
─Pero ¿qué ha pasado? ¿Qué sucede, Luisa? ─preguntó Eira haciendo entrar a la sirvienta en la habitación y llevándola hasta una silla para que se sentara e intentara tranquilizarse.
─Señora, necesito que me ayude ─sollozó.
─Si no me dices qué ha pasado no podre ayudarte ─le dijo, preocupada─. Intenta calmarte y habla.
─Señora. Se trata del señor Enrique. ¡Se ha escapado!
─Pero ¿cómo es posible? Bruno hizo que cerraran la única salida que tenía. ¿Cómo pudo salir?
─La culpa ha sido mía ─ocultó el rostro en el mandil.
─No entiendo. ¿Por qué dices que tú tienes la culpa?
─Esta noche, cuando le llevé la cena, aproveché para guardar unas ropas de don Enrique, que había dejado olvidadas en el cuarto de la plancha. Allí es donde se guardan las llaves de las mazmorras y las copias. Cuando oí el aullido, me encontraba en la cocina, ayudando a la cocinera a limpiar. Me pareció extraño que un lobo estuviera cerca, y tuve un presentimiento. Me acerqué al cuarto para asegurarme de que mi llave estaba allí. Recordaba haberla guardado después de regresar de las mazmorras, aunque pensé que podía haber caído delante de la puerta y el señor Enrique, con su destreza, bien pudo hacerse con ella de alguna forma. Comprobé que mi llave estaba colgada en s sitio, junto con las otras. Pero faltaba una copia. Las llaves están numeradas. El único que lleva una llave consigo siempre, además del señor Bruno, es Gerardo. Entonces pensé en cómo había podido desaparecer y creo que fue al coger la ropa, que era bastante. Al levantar la pila, ésta chocaría con las llaves haciendo caer una de ellas sobre el montón de ropa. Es posible que quedara en el armario del señor Enrique o ¡no sé! ¡No sé, señora, cómo ha podido pasar! Pero el señor Enrique ha huido y es un peligro. Tiene que ayudarme a hacer que regrese.
─¿Cómo puedo hacer eso? Don Enrique es muy peligroso cuando adquiere esa forma tan monstruosa. Hablaremos con Gerardo.
─Señora, si Gerardo se entera, me despiden ─dijo Luisa, con gravedad, poniéndose en pie.
Eira la miró preocupada. Miró hacia la ventana y oyeron un aullido.
─¿Cómo puedo hacer que regrese? ─preguntó Eira.
─Con usted está tranquilo. La conoce. Tal vez, si escucha su voz le haga caso y regrese a las mazmorras.
─Ahora es una bestia irracional. No creo que me obedezca.
─Podemos intentarlo. Si no lo conseguimos, hablaremos con Gerardo ─dijo Luisa y la miró suplicante.
Eira asintió, aunque no estaba segura de querer hacerlo. La sirvienta le acercó una capa y la guió hasta el exterior del castillo.
Antes de salir, Eira se detuvo, titubeante pero Luisa la animó a salir y le susurró, cerca del oído.
─Está cerca, lo presiento. Llámelo y pídale que regrese a la mazmorra. Yo esperaré cerca y cerraré la puerta con llave.
─Pero si la llave que has perdido está dentro, saldrá de nuevo.
─Con la forma de lobo no puede manejar una llave. Cuando adquiera la apariencia humana, me aseguraré de recuperar la llave.
Eira quiso regresar al castillo pero Luisa fue más rápida. Entró en el vestíbulo y cerró la puerta por dentro. Eira llamó para que la dejase entrar pero no le hizo caso. Se volvió bruscamente cuando escuchó un gruñido. Asustada, buscó un lugar donde ocultarse.
Se alejó de la puerta principal y vio un voladizo que sobresalía de uno de los muros. Echó a correr hacia allí. Había una puerta. Quiso abrirla pero la madera estaba hinchada. La empujó y entró en el interior. Comprobó que era un lugar donde se guardaba leña. Arrimó la puerta y miró por la abertura hacia el exterior. La luna llena le permitía ver con claridad la forma de los árboles. Durante un rato intentó escuchar algo que resultara alarmante pero los ruidos que se oían eran los normales de cualquier bosque en la noche.
Estaba decidida a regresar a casa cuando oyó los ruidos de unos cascos. Estaba segura que tenía que tratarse de Bruno. Temió por él. Salió de la caseta para ir hacia el camino y esperarle. Quería advertirle de que su padre estaba libre.
El caballo se acercó y Eira confirmó que era Bruno. En ese momento un gran lobo salió del bosque, corriendo, dispuesto a abalanzarse sobre ella.
─¡Bruno! ─gritó Eira, asustada.
Bruno se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y guió al caballo hacia el lobo para detenerlo. El animal relinchó y se levantó asustado sobre dos patas. El lobo saltó sobre Bruno y lo tiró al suelo. Eira gritó.
─¡Enrique, por favor, no! ¡Es su hijo!
El lobo y Bruno rodaron por el suelo. Bruno quiso zafarse de él pero la fiera era más fuerte y lo mordió en un hombro. Bruno profirió un grito e intentó cogerlo por el cuello para estrangularlo.
Luisa, que estaba viendo todo lo que sucedía en el exterior, desde una ventana, al advertir que Bruno estaba en peligro, no dudó en llamar a Gerardo para que le ayudara.
Gerardo, en medio de la confusión, cogió una escopeta y salió corriendo del castillo. Eira lo vio venir y se acercó a él.
─¡Por favor, haz algo! ¡Enrique va a matar a Bruno! ─sollozó.
Gerardo apuntó con la escopeta al lobo. Bruno lo tenía cogido por el cuello. Por un momento temió que le fallaran las fuerzas pero sintió que éstas aumentaban. Consiguió que el lobo perdiera el conocimiento a tiempo de impedir que Gerardo disparara.
─¡No dispares! ─consiguió decir.
Bruno echó a un lado al lobo e intentó levantarse pero sintió un fuerte mareo y cayó. Gerardo y Eira corrieron a ayudarle.
─Está perdiendo mucha sangre, señor ─dijo Gerardo.
─¿Cómo ha pasado esto? ¿Por qué está Eira expuesta a este peligro? ─preguntó.
─Lo desconozco, señor. Hasta donde yo sé, todo estaba bajo control. No entiendo qué ha podido pasar.
Bruno se levantó y Eira se abrazó a él.
─Gerardo no tiene la culpa, mi amor. Ha sido un terrible accidente. Te lo explicaré más tarde.
─Pide ayuda al mozo y llevad a mi padre a las mazmorras ─ordenó Bruno.

#22

Luisa estaba en el vestíbulo y miró horrorizada a Bruno pues tenía las ropas ensangrentadas.
─¡Oh, Dios mío! ¡Yo no quería que pasara esto! ─exclamó.
─¿Qué quieres decir? ─preguntó Eira, mirándola con extrañeza. Intentaba poner en orden los recuerdos sobre todo lo que le había dicho Luisa pero, la preocupación por su esposo, no le permitía concentrarse.
Luisa no respondió. Corrió a ayudar a Bruno para llevarlo hasta uno de los salones.
─Trae todo lo necesario para hacerle la cura ─pidió Eira.
Luisa salió del salón corriendo. Bruno cogió una mano de Eira y la besó. Ella se arrodilló ante él y tomando la mano de él entre las suyas la llevó a su rostro.
─Mi amor, temí tanto por ti.
─¿Por qué estabas fuera?
─Luisa me advirtió de la huida de tu padre y me pidió que le ayudara a regresarlo a las mazmorras.
─¿Y cómo podrías hacer eso, Eira? Mi padre no razona cuando se convierte en lobo. Pero ¿qué demonios tiene en la cabeza esa mujer? ─preguntó, enfadado─. No entiendo cómo pudo pedirte semejante temeridad.
Gerardo entró en el salón y poco después regresaba Luisa. Curaron la herida de Bruno, pero acordaron que era mejor hacer venir a un médico, pues era una mordedura profunda, con desgarro de tejidos y necesitaba ser tratada por un experto.
Bruno cayó en una especie de sopor. Las fiebres se adueñaron de él y perdió más sangre. Los cuidados del médico del pueblo más cercano no parecían suficientes para ayudarlo. La herida no cicatrizaba y Bruno se veía cada vez más débil.
Eira permanecía a su lado día y noche, ayudándolo, rezando por él y mostrándole su cariño. Gerardo no comentaba nada para no alarmar a la señora pero estaba seguro de que, en algunos momentos, el señor adquiría una ligera transformación. El mordisco que le había dado su padre había despertado la maldición en Bruno.
En su desesperación, pidió a Gerardo que viajara hasta el pueblo grande para enviar un telegrama a su hermano. Era urgente que se pusiera en contacto con su tío, el doctor Anselmo para que adelantara su regreso de Inglaterra, si es que seguía estando en ese país.
Enrique se mostraba muy preocupado por todo lo acontecido. Suplicaba a Gerardo que le permitiera visitar a su hijo pero éste, temeroso de que pudiera descontrolarse, desoía sus súplicas.
Habían hablado entre ellos de lo sucedido la noche en que Enrique atacó a Bruno y habían llegado a la conclusión de que Luisa había preparado todo con la intención de hacer daño a Eira. De momento, debido a la delicada situación que estaban atravesando, decidieron guardar silencio pero, una vez que Bruno estuviese recuperado, no dudarían en hablar con él para que despidiera a la criada.

Bruno no mejoraba. Tan delicada era su salud que, Gerardo se atrevió a decirle a Eira que debían solicitar los servicios de un sacerdote.
─¡No! ─negó ella, desesperada─. No ─susurró acercándose a su esposo─. Tiene que recuperarse. Lo va a hacer. Él es fuerte. Y no puede dejarme sola.
─Señora, no le bajan las fiebres. La herida tiene muy mal aspecto. Incluso el médico habla de… amputación. No hacemos mal alguno pidiendo a un sacerdote que venga a verlo. Si se recupera, lo celebraremos pero, si no sucede… Es mejor que se vaya en paz con Dios, ¿no cree?
─¡No! ─sollozó─. Bruno, mi amor, no puedes dejarme. Tienes que luchar, mi amor ─lo besó en los labios.

#23

Eira esperaba que el sacerdote saliera de la habitación. Gerardo estaba con ella. El momento era muy triste, aunque sabían que no tenía que ser el final de Bruno, aunque había empeorado. Su pulso era débil y la respiración entrecortada. El médico ya no sabía qué hacer para ayudarle.
Por la tarde, después de comer algo por insistencia de Gerardo, Eira regresó junto a su esposo y se tumbó a su lado.
─No puedo aceptar que me dejes, mi amor. Pero si vas a hacerlo, quiero que sepas que siempre serás el único amor de mi vida.

Enrique insistió en ver a su hijo. Gerardo se negó a dejarlo salir de las mazmorras. No confiaba en él. Pero el mismo día que llegó el sacerdote, por la tarde, permitió que don Enrique visitara a su hijo. Lo acompañó hasta la habitación. Llevaba consigo una pistola escondida en un bolsillo de su chaqueta, por si tenía que hacer uso de ella.
Enrique, al ver el estado en el que se encontraba su hijo, se desmoronó. Cayó de rodilla delante de la cama y empezó a llorar.
─¡Lo siento! ¡Lo siento mucho, Bruno!
Gerardo lo ayudó a levantarse y lo llevó de nuevo a las mazmorras. Permaneció con él un rato, hasta que lo vio más tranquilo.

Por la noche, llegó al castillo el doctor Anselmo Castaño. No venía solo. Lo acompañaba Samuel.
Eira salió a recibirlos mostrando una de sus mejores sonrisas, que no consiguió ocultar sus lágrimas. Samuel la abrazó y la miró, preocupado.
─¿Qué sucede, hermana? El mensaje del telegrama que nos hiciste llegar me preocupó tanto que decidí acompañar a nuestro tío y venir a verte.
─¡Bruno se muere! ─exclamó Eira y se echó a llorar.
─Pero ¿qué ha sucedido? Por favor, tranquilízate y explícate ─le pidió Samuel.
─Si hay alguien que puede ayudarlo eres tú, tío ─se acercó al doctor─. ¡Por favor, tío, no puedes dejar que muera!
─Intentaré ayudarlo en lo que pueda pero tu hermano tiene razón, Eira. Primero debemos saber a qué nos enfrentamos.
Entraron en el salón. Gerardo les sirvió unas copas y Eira les explicó la maldición que acompañaba a la familia desde hacía varias generaciones y la razón por la que Bruno se debatía entre la vida y la muerte.
Samuel no daba crédito a lo que escuchaba, sin embargo, el doctor Anselmo asentía con comprensión.
─Iré a verlo ahora mismo ─dijo el doctor─. Entres mis cosas del equipaje hay una maletín pequeño, negro. Quisiera que me lo acercaran, por favor ─le pidió a Gerardo.
Mientras Gerardo iba en busca del maletín, Eira acompañaba a su tío y a su hermano hasta la habitación de Bruno.
El doctor se acercó a la cabecera de la cama y examinó la herida de Bruno. Frunció el ceño. Abrió los ojos de Bruno pero vio que sus pupilas no respondían a la luz.
No encontró fácilmente el pulso y el cuerpo estaba bastante frío. Miró a Eira, preocupado, y luego se acercó a ella.
─Intentaré hacer todo lo posible para ayudarlo pero está muy mal.
Gerardo entró en la habitación y le entregó el maletín. El doctor miró para todos y dijo.
─Agradeceré que me dejéis trabajar. Solo necesito la ayuda de Gerardo.
Eira quiso protestar pero su tío la miró con decisión y Samuel la cogió por los hombros para llevársela. Regresaron al salón.
El doctor Anselmo sacó unas botellas pequeñas de su maletín y un par de jeringuillas. Llenó una de ellas con el líquido de dos botellas y la otra con el de una botella diferente. Miró a Gerardo y le pidió que se acercara a la cama.
─Voy a inyectarle esta sustancia ─en su mano derecha tenía la segunda jeringa─. Le ayudará a recuperarse de la herida.
─¿Y la otra jeringuilla para qué es? ─preguntó Gerardo.
─Para que luche contra su enfermedad: la licantropía.
─Don Bruno nunca ha mostrado síntomas de esa enfermedad ─dijo Gerardo.
─Pero el mal está en su sangre, se lo aseguro. Y ahora que le ha mordido un hombre lobo, más.
─¿Cree que se salvará?
─No puedo asegurarlo. El mordisco, aunque presenta un mal aspecto, no es su problema. Está luchando con la enfermedad y, de momento, parece que vence el hombre. Por eso se está muriendo. Bruno prefiere morir a convertirse en lobo.
─¡Eso es terrible!
El doctor Anselmo inyectó el líquido de la jeringa en un brazo de Bruno. Esperó unos minutos e inyectó la segunda jeringa.
─Ahora debemos dejar que descanse. Mañana le pondré otra inyección.
─¿Cuántas cree que necesitará?
─No puedo inyectarle más de tres dosis. Es un medicamento demasiado fuerte y, en su estado, no aguantaría más. Me gustaría conocer al padre de Bruno.
─Sí, por supuesto. Le acompañaré a las mazmorras ─asintió Gerardo.

#24

Samuel se sirvió una copa de licor y ofreció otra a su hermana, que rechazó. Él apuró la copa y la dejó sobre una mesa. Miró a su hermana fijamente. Ella se había acercado a la ventana y miraba la exterior. Aunque la habitación estaba caldeada sintió el frío que hacía fuera.
─Tenemos que hablar, Eira.
Eira se volvió hacia su hermano. No le gustó la expresión de gravedad que tenía él. Se sentó junto a la chimenea.
─Eira, no sé si nuestro tío conseguirá salvar a tu esposo pero, tenga o no éxito, considero que es mejor que vengas a vivir con nosotros a la ciudad.
─¿Me estás pidiendo que abandone a Bruno? ─preguntó ella sin dar crédito a lo que escuchaba.
─Es lo mejor para ti, Eira. Es evidente que tu esposo no es un hombre… normal. Y no me refiero solo a su enfermedad, sino a lo que ha hecho con su padre. ¡Lo tiene encerrado en las mazmorras!
─Ya expliqué por qué lo hizo. Se vio obligado a ello porque don Enrique está enfermo y no puede controlar sus impulsos violentos.
─Eso es lo que más me asusta. No puedes vivir aquí, rodeada de… salvajes ─dijo. Ella le miró perpleja─. Lamento hablar con tanta crudeza pero es la verdad. Tienes que admitirlo, Eira.
─¡No! No puedo ─se levantó─. Samuel, si nuestro tío salva a Bruno, no tendremos que preocuparnos de que se convierta en un lobo.
─¡Por Dios! No puedo hablar de esto sin que me parezca una aberración. No es normal hablar sobre un hombre que se convierte en lobo. Eira, soy tu hermano y tengo derechos sobre ti. Mi obligación es protegerte y lo haré. Sé que ahora no lo entiendes pero lo harás en el futuro.
─Tus derechos se han terminado en el momento en que mi mano fue entregada a mi esposo, Samuel.
─Tu esposo no está bien. Es un… monstruo. Cualquier tribunal me daría la razón a mí.
Eira cerró los ojos para aguantar las lágrimas. Negó con la cabeza porque no estaba dispuesta a seguir discutiendo.
─Ahora lo único que importa es que Bruno se recupere ─dijo.
Samuel asintió, quiso disculparse por su actitud pero se arrepintió y guardó silencio. No quería que ella pensara que podía cambiar de opinión.

Gerardo guió al doctor Anselmo hasta las mazmorras. Se aseguró de que don Enrique estaba tranquilo, antes de abrir la puerta. Entró en la habitación e hizo pasar al doctor.
Enrique, que estaba sentado en un sillón, delante de la chimenea, pensativo, se levantó.
─¿Cómo está mi hijo? ─preguntó.
─Está luchando por su vida. Es un hombre fuerte ─respondió el doctor.
─Don Enrique, permítame presentarle al doctor Anselmo Castaño, el tío de la señora Eira.
─Sí, me han hablado de usted. Yo soy el padre de Bruno, Enrique, como le habrán dicho.
─Sí, así es. Es un placer conocerlo.
─Por favor, tomen asiento ─pidió Enrique─. Creo que sé lo que le ha traído hasta aquí.
─Si se refiere a mi visita al castillo, le aseguro que desconocía el problema que perturba a su familia desde hace tiempo ─dejó el maletín sobre una silla─. Aunque ahora entiendo por qué su hijo insistió en que viniera.
─Él me dijo que usted podía ayudarlo ─dijo Enrique y sirvió unas copas de licor.
─Lo estoy intentando, aunque no dependerá tanto de mí, como de Dios. El estado de don Bruno es muy delicado.
─Lo sé. Y no sabe cuánto lamento que esté pasando por esto, por mi culpa.
Enrique se sentó. Gerardo examinó su aspecto. En tan solo unos días había envejecido bastante. Su espalda estaba encorvada y su mirada triste y perdida.
─De nada sirve lamentarse ahora ─dijo el doctor─. Lo mejor que puede hacer es someterse al tratamiento que administro para intentar curar su mal.
Enrique miró perplejo al doctor, luego se rió.
─No se puede luchar con una maldición ─dijo.
─Su mal no es una maldición, don Enrique. He tratado muchos casos como el suyo y le aseguro que se puede curar. Cierto es que las personas que llevan sufriendo transformaciones durante años, lo tienen más difícil o no se curan pero, por intentarlo, no perdemos nada. Después de lo que le ha hecho a su esposa y a su hijo, ¿no le gustaría ser un hombre normal al que no deban tener encerrado por temor a sus ataques?
Enrique tardó en responder y, antes de hacerlo, miró a Gerardo.
─Llevo muchos años encerrado aquí y ya me he acostumbrado. Mi mal no solo transforma mi cuerpo, sino también mi mente. Aunque me curase y evitase que me transformara en un lobo nuevamente, mi mente ya no sería la misma.
─Sé que las personas que padecen licantropía, así como las que viven sometidas al vampirismo, terminan mostrando signos de conducta execrables, incluso ya curados. Pero incluso eso se puede corregir. Somos seres inteligentes, don Enrique. Podemos moldear nuestra actitud y controlar nuestros pensamientos. ¿Me permite que intente curarlo?
Enrique miró dubitativo a Gerardo, quien se atrevió a hablar.
─Viva o muera, don Bruno querría que usted hiciese todo lo posible por curarse. Hágalo por él, don Enrique.
─Está bien. Me someteré a su tratamiento.
El doctor Anselmo sonrió satisfecho. Cogió su maletín y preparó una jeringuilla con el compuesto de dos botellas. Luego pinchó a don Enrique en el brazo derecho.
─¿Sentiré algo?
─Cansancio, algo de fiebre, dolor muscular, de cabeza. Pero nada que se pueda comparar a lo que sufre cuando se transforma en lobo.
─¿Cuántas inyecciones me pondrá?
─Cinco. Si no son suficientes, dejaremos pasar unos días y le pondré otras cinco.
─¿Y después de eso se sabrá la verdad?
─Sí. Entonces sabremos si se ha curado o no.
─Está bien. La espera se me hará larga.
─Eso es un buen indicio. El que espera es porque aún conserva el deseo de encontrar algo y no ha perdido la esperanza ─sonrió.

#25

Unos días más tarde, Bruno empezó a dar síntomas de mejoría. La herida presentaba mejor aspecto, ya no tenía fiebre y estaba consciente. Este hecho ayudó a que Samuel regresara a la ciudad sin llevarse con él a Eira.
Además, la dejaba al cuidado de su tío, el doctor Anselmo, y eso lo tranquilizaba.
Enrique pudo visitar una tarde a su hijo, Bruno. Gerardo se encargó de acompañarlo y vigilarlo.
Bruno ya se levantaba de la cama y se recostaba en un sillón, junto a la chimenea o cerca de la ventana para disfrutar del sol matinal.
─Papá, me alegro de verte ─le dijo al verlo entrar en la habitación.
─Más me alegro yo de verte a ti ─Enrique se acercó a su hijo y lo abrazó─. Lamento mucho lo que te hice, hijo.
─Olvídalo, por favor.
─No puedo. Casi mueres por mi culpa ─Enrique se arrodilló ante su hijo.
─¡Por favor, papá! ─se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla─. Levántate. Tú no has tenido la culpa. Gerardo me ha contado todo. Él hizo confesar a Luisa la verdad. Había echado algo en el vino que te sirvió para provocar que te convirtieras en lobo y dejó la llave de la puerta en el dormitorio para que la vieras y pudieras salir. Quería hacer daño a Eira.
─Esa mujer está enamorada de ti y es un peligro para tu esposa ─dijo Enrique, levantándose.
─Ya no lo será. La he despedido y la obligué a irse bien lejos para que no vuelva a molestarnos.
─¿Y si no cumple?
─Lo hará. Podría estar en la cárcel ahora mismo y no la he denunciado. Sabes que, fuera de aquí, nadie la creería si hablase de nuestra enfermedad, así que las autoridades solo considerarían que una criada ha intentado atentar contra su señora.
─En el fondo me da pena. Si se mantuviese en su puesto, con dignidad, sin tontear con sueños imposibles, podría seguir trabajando aquí. La tratábamos bien y le dábamos un buen sueldo.
─Yo tuve parte de culpa, papá. Una noche…
─Lo sé, lo sé ─asintió Enrique─. Los hombres somos débiles y ella supo aprovecharse de eso. Pero dejemos de hablar de ella. Ya forma parte del pasado. Hablemos de nosotros y del doctor Anselmo. No sé si sabrás que me he sometido al tratamiento que puede curarnos.
─Sí, me lo ha dicho y me alegro mucho.
─En breve sabremos si es eficaz conmigo.
─Ojalá lo sea, papá ─dijo y cerró los ojos.
Enrique se dio cuenta de que su hijo necesitaba descanso y se despidió. Gerardo lo acompañó a las mazmorras.

Transcurridos unos días, el doctor Anselmo pudo hacer la prueba definitiva para comprobar si padre e hijo se habían curado de la enfermedad que arrastraban durante generaciones: la licantropía.
Primero hizo las pruebas a Enrique. El doctor y Gerardo bajaron a las mazmorras. Por petición del primero, Gerardo llevaba un arma consigo.
Saludaron al paciente y le pidieron que se tumbara en la cama. Así lo hizo y se subió la manga de la camisa para que el doctor pudiera ponerle las inyecciones.
─Primero voy a inyectarle una solución que excitará su cerebro. Si la licantropía se ha curado, no deberá temer nada. Sentirá euforia, palpitaciones y sudoración. Pero le pasará cuando le inyecte la segunda solución, que lo tranquilizará. Si no se ha curado… le pondré otra inyección que lo dormirá hasta que se le pasen los efectos de la enfermedad. ¿Lo ha comprendido?
─Sí, perfectamente. Durante estos días me he sentido bien. No he manifestado la enfermedad.
─Esperemos que se haya curado, aunque no debemos confiarnos.
El doctor preparó las inyecciones extrayendo líquido de varias botellas que llevaba en su maletín. Se acercó a Enrique y le puso la primera inyección. Gerardo sujetaba el arma, oculta en un bolsillo de su chaqueta. Estaba tenso y rezaba en voz baja para que el padre de Bruno se hubiese curado.
Esperaron pacientemente unos minutos. El doctor controlaba el tiempo mirando su reloj de bolsillo.
Enrique sufrió una leve convulsión y su frente se llenó de sudor. El doctor le comprobó el pulso. Se aceleró en poco tiempo pero nada que fuese alarmante. En ningún momento mostró indicios de cambios físicos que indicasen que se iba a convertir en lobo.
Pasada un tiempo prudente, el doctor le inyectó la segunda inyección y esperó a que el paciente se tranquilizara. Miró a Gerardo, sonriendo.
─Puedo asegurar que está totalmente curado.
─¿En serio? ─Gerardo se mostró dubitativo─. Ha padecido esa maldición durante tantos años que es difícil creer que en solo unos días se ha podido curar. Parece demasiado fácil.
─No es un camino fácil, se lo aseguro ─dijo el doctor─. Su cuerpo ha estado luchando durante estos días más que nunca, aunque no diera síntomas evidentes de ello. Y llegar hasta este punto me ha llevado muchos años de investigación. Don Enrique se ha curado y podrá hacer una vida normal.
─¡Dios lo bendiga, doctor! ─exclamó Enrique abriendo los ojos─. Jamás pensé que volvería a ser un hombre normal. Solo espero que mi hijo tenga la misma suerte que yo o mi felicidad no será completa.
─Así lo espero yo también ─dijo el doctor.
Enrique pudo salir de las mazmorras sin custodia, sintiéndose un hombre libre y sano como no se sentía desde hacía muchos años.

Los tres hombres entraron en la habitación donde aún descansaba Bruno. Eira le hacía compañía. Ella, sorprendida, se levantó al ver entrar a su suegro con su tío y el mayordomo.
─¡No me digan que…! ─la emoción entrecortó su voz.
─Sí, así es, mi querida sobrina. Don Enrique está curado ─respondió el doctor.
─¡Oh, tío! ─Eira se abrazó a él y luego a su suegro para felicitarlo─. Me alegro mucho, don Enrique. ¡Esto es un milagro! ─exclamó y rió, feliz.
─Muchas gracias, Eira. Me siento muy bien.
Bruno se levantó y, todavía débil, se acercó a su padre y lo abrazó, emocionado. Permanecieron así un rato largo.
─Me alegro mucho, papá.
─Gracias, hijo. Ahora espero que tú también te cures.
─Seguro que sí.
─Don Bruno, le agradecería que se tumbara en la cama para proceder al tratamiento sin más demora ─pidió el doctor─. A los demás, les agradecería que se retirasen. Es suficiente que se quede conmigo el señor Gerardo.
Así lo hicieron. Enrique y Eira salieron al pasillo, cogidos del brazo.
El doctor preparó las inyecciones y pinchó la primera en el brazo de Bruno. Le comentó los síntomas que iba a sentir y esperaron pacientemente a que la medicina hiciera su efecto.
Contrariamente a los que esperaba el doctor, el pulso de Bruno no se alteró. Tampoco sufrió convulsiones, euforia, ni sudoración. Parecía relajado. Decidió inyectarle mayor cantidad y esperar a que se manifestaran los síntomas. Sin embargo, pasados varios minutos, Bruno seguía tranquilo.
─Es realmente curioso ─susurró el doctor─. Cogió su libreta de apuntes, que siempre llevaba consigo en el bolsillo de la chaqueta y buscó alguna información que le indicase lo que podía estar pasando.
Gerardo le miraba nervioso. Bruno, en cambio, se mostraba relajado. El doctor cerró la libreta de golpe y miró preocupado al paciente.
─Es usted un caso especial, don Bruno ─le dijo.
─¿Qué sucede? ─preguntó Bruno.
─No da muestras de padecer la enfermedad. Sin embargo, durante su convalecencia sí mostró los síntomas. Eso me hace pensar que se ha curado por sí mismo. Aunque tampoco se puede descartar que esté totalmente curado. Es posible que el mal se haya aletargado y muestre los síntomas más adelante.
─Entonces, ¿debo temer a convertirme en lobo en algún momento de mi vida? ─preguntó Bruno, preocupado.
─Me temo que sí.
─Eso es desesperanzador.
─Lo siento. Pero estaré pendiente de usted ─dijo el doctor─. No permitiré que viva esclavo a esa maldición, como le sucedió a su padre.
─Lo que me preocupa es que pueda hacer daño a Eira.
─Tendrán que vigilarlo pero tampoco debe obsesionarse.
─Está bien. Me gustaría decírselo a mi familia ─Bruno se levantó de la cama. Sintió un leve mareo y Gerardo le ayudó a ir hasta el sillón─. Por favor, avisa a Eira y a mi padre que vengan.
─Sí, señor.
Bruno contó a su esposa y a su padre lo que le había dicho el doctor Anselmo. Ambos le miraron tristes y preocupados.
─No deben sentirse mal ─dijo el doctor─. Don Bruno solo manifestó los síntomas de la licantropía porque fue mordido por su padre cuando éste era un lobo, pero él nunca llegó a convertirse en lobo, así que eso es un buen indicio de que no padece la enfermedad. Solo debemos ser precavidos.

El doctor Anselmo permaneció en el castillo unos días más, tras los cuales, se despidió de todos y regresó a la ciudad, con la promesa de que estaría en permanente contacto con ellos y les visitaría a menudo.
Bruno se recuperó totalmente y, junto con su padre y su esposa, intentaron vivir con absoluta normalidad, disfrutando de la nueva oportunidad que les brindaba la vida de ser felices.
Algunas veces, cuando la luna llena iluminaba el castillo, a Bruno le gustaba pasear por los alrededores, para sentir los olores y escuchar los sonidos de la naturaleza. Eran sensaciones que percibía con mayor intensidad desde que había estado enfermo. Cuando regresaba a casa y entraba en la alcoba, contemplaba como dormía su esposa. Percibía su olor y escuchaba la respiración plácida y profunda que penetraban en su cerebro embriagadoramente.
FIN (Cód. Reg.: 1901089559139 C.C.)