carlos1983
Rango9 Nivel 40 (3110 ptos) | Escritor autopublicado
#1

Nos situamos en la Sierra de Arasna, un conjunto de montañas compuesta, por una espesa vegetación de encinas, alcornoques, higueras y castaños.
En aquel maravilloso lugar, dominado por la naturaleza, la vida se reproduce días tras días, los ríos surcan las laderas formando lugares indescriptibles, recorriendo los rincones más ocultos de aquel denso bosque.

En una de sus laderas, en un recóndito lugar, se encuentra situado una aldea abandonada, llamada Kesten. Bajando por sus calles, empedradas y angostas, se ve como las malas hierbas van cubriendo las casas caídas y derrumbadas, debido al paso del tiempo, vemos las escalinatas prácticamente cubiertas por espesos matorrales, levantando las piedras con sus raíces, desmontando totalmente el camino.

Llegando al pie de la montaña nos encontramos un hermoso barranco, en una de sus orillas, varias casas, habiendo una en particular, solamente una, donde una brisa suave, hacía mover la veleta de un gallo, hecha de hierro forjado, en esa noche tan fría de invierno, era la única casa, que desprendía calor a través de su chimenea...

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Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 11 meses

Que introduccion tan buena. Ya quiero saber de que trata la historia.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

Muchas gracias Don_Diego, gracias una de tantas veces por leerme

Braiansss
Rango6 Nivel 26
hace 10 meses

Magnífica introducción 👏


#2

Allí vivía un hombre de avanzada edad llamado Orb, solitario, aislado de toda civilización, con dos bolsas de ojeras alterando el color de su piel arrugada, con una mirada triste y profunda, con una larga barba canosa y muy desaliñada, y unos pelos tan mal cuidados, que se notaba su dejadez, dejando que el paso del tiempo le pasara factura.
Llevaba puesto una camiseta interior de tirantes blanca, tenía echado por lo alto una gran manta que llegaba hasta el suelo, sus débiles piernas la cubrían un pantalón de pana gris recubiertos de mugre y mantenía calzado unas botas de campo repletas de barro.
El viejo Orb, permanecía sentado en su silla de nea, frente al fuego de aquella hoguera, mientras un gran abrigo de piel de visón, un jersey oscuro y una camisa de cuadros rojizos, se mantenían tendidos sobre un alambre que cruzaba de una pared a la otra de la contigua cocina, esperando a secarse cerca de la chimenea.
A sus pies y enroscada, su fiel amiga Mátia, un labrador de catorce años de color marrón chocolate, con ojos negros y tiernos, agradeciendo con la mirada a su amo el calor que desprendía aquello, era lo que necesitaba para aguantar un invierno más a su lado.

El viejo Orb se levantó, con sus manos temblorosas, cogió el bastón que estaba apoyado en su silla y se acercó a la chimenea, haciendo que la vieja Mátia, levantara su cabeza que permanecía entre sus patas delanteras, siempre atenta a cada movimiento que hacía su querido amo.

Al lado de la chimenea tenía una pequeña leñera, el viejo Orb, tocó varios leños hasta encontrar el fuelle que allí reposaba, lo recogió y comenzó a avivar el fuego.
Esos movimientos continuos hacían bailar a las sombras en los maderos del tejado mientras Mátia, buscaba una caricia con la cabeza, rozándose con su hocico a su pierna derecha, Orb sabía lo que quería y le regaló ese cariño que por ella sentía, Mátia volvió a enroscarse al ser agasajada, aceptando aquellas llamaradas que hacían que el hogar se mantuviera candente.

El viejo Orb volvió a dejar el fuelle exactamente donde estaba, agarró de nuevo su bastón y regresó a su asiento, acababan de terminar de cenar y solo la crepitación perturbaba el silencio de aquella fría noche.

El bastón de aquel hombre, podría ser el objeto con más valor sentimental que había en esa casa, cuando tenía trece años, su padre, que trabajaba en una carpintería, se lo regaló con toda la ilusión del mundo. Solía decirle que tenía un amigo que procedía de Sudamérica y comercializaba con el corcho, el papel y otros materiales. Aquel tipo presumía que su madera era la más fuerte del mundo, que era irrompible y duradero, llamándola quebracho.
Un día, le vendió un gran tronco a su padre y a la mañana siguiente, ya se puso manos a la obra para crearle aquel bastón, que se encargó el propio Orb de cuidarlo como si fuera otra parte de su cuerpo hasta estos días...

Bien entrada la noche, a casi cero grados de temperatura, con el silencio fúnebre de la aldea y la oscuridad penetrante seguida de una densa neblina que ocultaba cada rincón de aquel inmenso bosque, Orb quedó dormido profundamente sobre la silla de nea, con la cabeza echada sobre sus hombros, mientras Mátia, permanecía enroscada a sus pies frente a los maderos hechos cenizas.

La oscuridad, poco a poco empezaba apoderarse de la chimenea y esa luz que desprendía, solo el fuerte viento que comenzaba a levantarse hizo temblar los cimientos de aquella vieja casa aislada. Los tablones del tejado y del desván, comenzaron a crujir sin reparo, la robusta puerta de entrada a la casa parecía que iba a abrirse en cualquier momento, el viento frio apareció de la nada para perturbar el sueño del viejo Orb, que comenzó a entrarle escalofríos, tapándose aún más con la manta que lo tapaba. La vieja Mátia fue la primera en cerciorarse de lo que ocurría, miró a su amo y con dificultad se puso en pie, una de las patas traseras la tenía lastimada, no obstante, no fue motivo para olisquear lo que acontecía, acercándose con su leve cojera a la puerta principal que comunicaba con la cocina y la chimenea donde reposaban.

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 11 meses

ándale, alguna variante del mago de Oz?

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

No, no creo que no vaya jeje me he basado en mi imaginación a ver si gusta @Don_Diego, gracias nuevamente

fcaoz
Rango4 Nivel 19
hace 11 meses

Tiene algún matiz, pero no tiene nada que ver. Es lógico que a veces asociemos algunas similitudes Diego. Tomamos estímulos de otras lecturas, vivencias, etc. para darle cimientos a otra experiencia posterior. En educación le llamamos "Andamiaje". Sigo leyendo Carlos. :)

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

No sabes lo que significan para mí tus palabras. Muchas Gracias


#3

La vieja Mátia miraba a la puerta robusta, parecía que querían entrar del exterior con aquellos golpes continuos, luego giró la cabeza para volver a mirar a su amo, pero no despertaba, mantenía sus ronquidos como si nada pasara, estaba un poco asustada y soltó un leve ladrido, ahora si, fue suficiente para despertar al viejo Orb, parecía que se comunicaban mentalmente, tantos años juntos...Que cada uno sabía lo que quería el otro, se entendían a la perfección.

En la penumbra, llamó su amo a Mátia mientras el viento seguía azotando los tablones de la casa, consiguió impulsarse con su bastón y se acercó a su fiel compañera, muy despacio, al paso que le permitían sus frágiles piernas, ella, por el contrario, permanecía inmóvil en frente del portón.

Este temporal era muy frecuente en esta aldea marginada, por eso Orb, mantenía un semblante tranquilo aparentemente, agarró a Mátia del collar e intentó hacerle ver que no ocurría nada, que el miedo no podía apoderarse de ella, así que intentó alejarla de la puerta mientras mantenía sus ojos fijos y amenazantes a esos dichosos estruendos que se escuchaban, siendo en vano su esfuerzo para separarla de allí.
El labrador sacó fuerza de flaqueza, empezando a ladrar con todas sus ganas y más intensamente, a la vez que intentaba su dueño arrastrarla, alejándola de la entrada como podía, pero no lo logró, quedando libre de toda sujeción.
Aquellos aullidos comenzaron a hacer apto de presencia atraídos por aquella ventisca. Mátia, seguía con su ímpetu de espantar a lo que se acercara mientras a Orb, se le notaba los primeros signos de nerviosismo, pero no fueron motivos para acercarse a la puerta principal, aunque siguieran esos golpes terroríficos.
Ella permanecía a un metro sin parar de ladrar todo lo que podía, él, dejó el bastón apoyado en una mecedora que se tambaleaba lentamente, tocando una y otra vez la mesa redonda donde estaba posicionada, escuchándose un leve chirrido cada vez que se chocaban.
El viejo Orb se animó a abrir la puerta, pensaba que así, su querida compañera no vería nada allí fuera y podría tranquilizarse, intentó sacar un madero que cruzaba horizontalmente el portón atravesado por un gancho, puso todo su empeño, solía atrancarse al hincharse la madera así que debería insistir en su esfuerzo, los aullidos no cesaban, parecía que eran cada vez más lobos los que rondaban alrededor de la casa, Orb quiso pensar que la fuerte ventisca acercaba aquellos sonidos y de repente, se escuchó varios golpes a la vez procedentes del desván, ahora Mátia dejó de ladrar, Orb paralizó sus temblorosas manos, poniendo todo sus sentidos en aquellos ruidos que provenían de lo alto de la casa, notaba como si se cayeran los objetos allí postrados.
Los aullidos que se escuchaban parecían que se habían colado en el interior del desván mezclándose con los llantos de Mátia, ahora sí que el viejo Orb comenzaba a agobiarse, volvió a agarrar el cerrojo acompañado de patadas para que al fin se abriera, una y otra vez, una y otra vez forzaba el portón hasta que lo consiguió, dando un fuerte portazo contra la pared de piedra que mantenía el umbral, el golpe del viento frio le dio en todo su rostro, llegando los escalofríos a su arrugada piel, Mátia retrocedió varios pasos y su amo comenzó a gritar angustiado al firmamento.

-¡Basta yaaaa!- plantando cara a esa noche de tinieblas.

Sin más demora, tocó varias veces la puerta que se abrió, buscando con sus manos arrugadas, tocar un armero que tenía justo al lado, sacando su escopeta sin dudarlo, pero nuevamente el fuerte viento le hizo dar varios pasos hacia atrás, aquellos aullidos constantes se le metían en la cabeza pareciendo que le iban a estallar los tímpanos, Mátia se escondió debajo de la mecedora tirando el bastón sin quererlo, pero Orb fue valiente a las represalias, sabía que poco podría hacer y como pudo, consiguió sacar la cabeza al exterior, levantando su escopeta, apuntando al cielo oscuro y gris, disparando a quemarropa acompañado de un grito de guerra, intentando espantar la manada que les acechaba.
Los aullidos cesaron al escuchar aquel disparo, el silencio volvió a la abandonada aldea, dejando la respiración convulsiva del viejo Orb a la intemperie. Inmediatamente después, intentó volver a cerrar aquel portón pesado, que se mantenía dando fuertes golpes contra la pared y su espalda, pero al final pudo con la ventisca y consiguió cerrarla echando el duro cerrojo lo más rápido posible.
Soltó un suspiro de alivio, se agachó con una mano en el pecho queriendo echar todo el aire de su cuerpo, Mátia mantenía la mirada fija en su amo, viendo como el viejo Orb parecía mareado y con sus temblorosas manos, buscaba el apoya mano de la mecedora hasta palparla y sentarse en ella, los ruidos en el desván no paraban, pero se sintió impotente en ese momento, buscó su bastón por el suelo, sujetaba la escopeta apoyándola en su barriga, dejó que la noche hiciera lo que quisiera con él y su fiel amiga Mátia, que permanecía escondida debajo de aquella mecedora, a los pies de su amo.

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 11 meses

Bien descrito. Ahora esperar lo que sigue.

PBIEDMA
Rango8 Nivel 38
hace 11 meses

Eres un extraordinario narrador, de lo mejor que me he encontrado en esta comunidad @carlos1983 Saludos

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

Puff, no sabes lo que significa eso para mí, tus palabras me animan a seguir mejorando. Muchísimas gracias de verdad.@PBIEDMA

PBIEDMA
Rango8 Nivel 38
hace 11 meses

Te invito a que leas "la ilusión", en el mezclo la narrativa con mis sentimientos más puros y sigue narrando igual de bien, llegarás lejos @carlos1983

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

Lo leere y me hace mucha ilusión desprenderme de mí imaginación y que lectores como usted, me valoren de ésta manera, por que en sus escritos se nota su saber lingüístico.


#4

A la mañana siguiente, la aldea despertaba en calma, como si todo lo acontecido de madrugada hubiera sido un mal sueño. Los primeros rayos de Sol hicieron su aparición por el desván, entrando por el tragaluz y la ventana, que permanecía abierta por culpa del fuerte viento.
El amanecer llegó a aquel maravilloso lugar, los ruiseñores daban su concierto al alba, las copas de los árboles bailaban al ritmo de una pequeña brisa, lo de la noche anterior quedó atrás.
El barranco llevaba su agua pura y cristalina como de costumbre, reflejando al Sol que se asomaba por el horizonte, dando luz al monte, iluminando aquella tierra olvidada.

Mátia se mantenía delante de la ventana del desván plantada, apoyada sobre sus dos patas traseras, vigilando esa entrada a la casa, no se sabe si consiguió coger el sueño aquella noche, pero sus ojos no palpitaban, sus orejas de punta captaban cualquier ruido por muy chico que fuera, estaba inmóvil y alerta a cualquier amenaza.

El viejo Orb despertó en la mecedora con la escopeta encima de él, hizo un leve movimiento con las piernas, haciendo que se cayera al suelo y produciendo un zumbido que hizo reaccionar a Mátia, acudiendo a su encuentro. Atravesó una cortinilla que hacía de puerta en el desván, para comenzar a bajar lentamente y cojeando por una escalera bastante empinada.
Orb empezó a llamarla varias veces por su nombre mientras recogía el arma del suelo, también buscaba su bastón que seguía al lado de la mecedora y con su ayuda, consiguió ponerse en pie.

Ya escuchaba los leves pasos de su amiga bajando por las escaleras del desván, su peculiar cojera hacía que la reconociera al instante, el viejo Orb se tranquilizó al oírla y más, cuando sentía su cola tocando su pierna lo más rápido que podía, manifestando su alegría por estar juntos una mañana más.
El viejo Orb como todos los días, al salir al umbral de su guarida, permanecía varios segundos quietos, para sentir el aire fresco que esta vez, no le golpeaba duramente sobre su rostro, esta vez se sentía como una de tantas veces, en libertad.

Como todas las auroras, apoyó su mano derecha envejecida sobre la fachada de la casa, con la escopeta colgada a su espalda y su mano izquierda portando su inseparable bastón.
Caminaba al ritmo de Mátia, que siempre permanecía delante de él, era su estandarte, aunque el viejo Orb se supiera de memoria los pasos que había del portón de su casa, hasta llegar a la verja que le hacía entrar a su huerto, se sabía de memoria los pasos que había hasta llegar al naranjo que allí tenía plantado, exactamente se sabía, todos los pasos que debería de dar para rodear el muro que bordeaba su huerto y por supuesto, sabía todos los pasos que tenía que dar para llegar al barranco.

Hacia el barranco se dirigía, siempre apoyado al muro, como todas las mañanas, para ver que podían desayunar.
En esas aguas, de un metro de altura, tenía preparado varias nasas hechas de juncos, los pescados quedaban allí atrapados al introducirle un cebo apetitoso, una practica que recuerda con añoranza, ya que se lo había enseñado su padre y siempre le daba buenos resultados.
También tenía colgadas en una rama varias garrafas vacías, unidas por las boquillas con una cuerda que casi rozaban el agua, y justo en la orilla, a un metro del muro que delimitaba su huerto, había una piedra prácticamente plana con manchas de sangre seca y variados utensilios para el despiece.

Ni recuerda el pobre hombre, cuando fue la última vez que alguien pisó la aldea y por eso estaba tranquilo en dejar todas esas cosas allí en medio, ya no se sentía con fuerzas para estar constantemente transportando de un lado a otro los víveres que cosechaba.

La vieja Mátia, se puso a beber en aquellas aguas transparentes, mientras Orb se arrodillaba en la tierra húmeda, delante de la piedra casi plana, tocando cada utensilio para asegurarse de que todo estaba en su sitio, luego se acercó a la rama que cargaba con las garrafas y comenzó a desliar una de ellas con su peculiar tembleque.
Se posicionó para enjuagarla y llenarla de agua, soltando la rama de nuevo y volviendo a su posición inicial. Cuando terminó esa labor, tiró de una cuerda que permanecía enterrada y enganchada, bajo una piedra, comenzando a salir a la superficie una de las nasas que tenía preparadas en el fondo, con los pescados atrapados y dando coletazos sin parar. Comprobó que había dentro esturiones y se animó a cogerlos uno a uno, cortándolos y colocándolos, donde más recibieran el calor, para que pudieran secarse más rápidamente, la pesca como siempre, había sido fructífera.

El viejo Orb era un experto en métodos de caza, todo enseñado con paciencia por su querido padre, que razón tenía cuando le advertía, que aprendiera todas las maneras de supervivencia porque algún día podría serle útil.
La vieja Mátia por el contrario, aprendió a saber donde pisar con sus patas, a raíz de caer en una de sus trampas para cazar zorros, perdices y conejos. La pata trasera fue una de las perjudicadas por desgracia. Llegó a aprender tanto el viejo labrador, que ladraba siempre cuando algo iba mal o no estaba como debía de estar y eso fue lo que sucedió. El lazo, como lo llamaba Orb, no estaba como lo dejó.
Consistía en poner dos palos verticales clavados en la tierra, poniendo un lazo corredizo en ambos extremos, bien abiertos, para cuando pasaran los animales por aquello, quedaran atrapados, solía ponerle tope para que no murieran y así mantenía la carne fresca y con mejor sabor.
Mátia no paraba de ladrar mirando fijamente donde estaba situada la trampa, alertando a su dueño, Orb, le pedía que se calmase pero no se calmaba, hasta que su vieja amiga, le hizo que se levantara cuando terminó de recoger el pescado.

Mátia no se separaba del lugar y Orb se acercaba a ella, sacudiendo la tierra con el bastón, hasta que le dio levemente a una de sus patas traseras. Justo después, arrastró uno de sus pies comprobando que la trampa no estaba, se agachó y tocó la tierra con sus manos buscando los palos y nada...

-¿Quieres hacerte daño otra vez bonita?, ¿NO APRENDISTE?- alzó su voz gruesa de enfado mientras Mátia seguía insistiendo con sus ladridos.

Orb siguió arrastrándose por la orilla del barranco, hasta que halló uno de los palos que sujetaba el lazo, encontrándose desperdigado, se sentó en la tierra y empezó a olerlo una y otra vez, muy detenidamente, lo que aspiró no le resultaba familiar y él sabía perfectamente captar lo que por allí cazaba, sin gustarle absolutamente nada aquel olor tan fuerte, era mugriento y desagradable, pensaba que sería un animal enfermo o algo así, pensaba que sería bastante grande para desmontar su trampa sin dejar apenas rastro, pensó que quizás la ventisca de anoche arrasó con lo que tenía montado en aquella orilla, pensó muchas cosas, pero no quiso darle más importancia, levantándose de nuevo y volviendo a su tono reconciliador, llamando a su querida amiga Mátia, ella se acercó a él con el hocico cabizbajo, hasta que sintió las caricias de su amo, aunque él, lo que estaba haciendo, era asegurarse de que no estaba herida, quedándose tranquilo al percibir que permanecía sana, aunque su confusión por lo ocurrido continuaba...

Haltrotaku1
Rango5 Nivel 23
hace 11 meses

@carlos1983 Mientras avanzo mi lectura cada vez pienso mas en que una historia con mucha psicología, algo susurra desde el exterior y no es el viento...

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

Me alegra que sientas eso. Algo pretendo eso está claro jeje muchísimas gracias por leerme @Haltrotaku1

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 10 meses

Tus descrpciones son muy buenas mi amigo. 😁 seguire leyendo.


#5

-Vayamos a desayunar preciosa, mañana pondré otra trampa en el mismo sitio- le ordenó Orb a Mátia con voz cansada, a la vez que la agarraba del collar para hacerle ver, que todo iba bien.

Su viejo labrador volvió a marcar el paso del barranco a la casa, siempre por delante de su dueño, olisqueando como de costumbre. El viejo Orb, seguía sus andares pegado al muro de piedra que rodeaba a su huerto, con su tiento tentando el camino, esta vez, regresaba con algo más de peso, con los esturiones preparados en una red, atado a su cintura por una cuerda, la escopeta la llevaba en su hombro derecho, sujeta por una cinta y la garrafa llena de agua la agarraba con su mano izquierda, rozándola con la pared de piedra.

Hizo una parada en la verja que le adentraba al huerto, soltó allí mismo la garrafa y se deslió la red para dejar los pescados encima de esta. Abrió el pequeño cerrojo produciendo un sonido agudo y desagradable por culpa de la oxidación y como siempre, la vieja Mátia fue la primera en entrar en aquella cosecha.
El anciano tenía allí sembrado, tomates, patatas, pimientos, lechuga...Tenía cultivado todo lo necesario, esos alimentos naturales que cultivaba, eran los motivos por el cual, el viejo Orb envejecía enfrentándose a los años, aunque tuviera sus achaques.
En una de las esquinas de su huerto, la que se encontraba más pegada al barranco, tenía plantado un gran naranjo, a saber cuantos años llevaba allí. Permanecía sobre su tronco, una escalera de madera antigua, la utilizaba para intentar coger las naranjas más altas del árbol.
Orb pensó, que por culpa de la ventisca de la otra noche, habrían caído muchísimas naranjas a la tierra sembrada, supuso que las mejores, las que ni con su bastón llegaba alcanzarlas, así que se decidió a recogerlas.
Tenía una cesta de mimbre preparada para la recolección, sabía donde se encontraba... La cogió dejando la escopeta antes en el grueso tronco y de nuevo arrastrándose por el suelo, comenzó a llenarla de grandes naranjas y dulces, como a él le gustaban.
La vieja Mátia por el contrario, las recogía con la boca, aunque dejaba la marca de sus colmillos en ellas, parecía que tenía ganas de juego ya que acercaba su hocico a las manos de su amo sin recibir su deseo.

Después de un rato, el viejo Orb llenó la cesta de jugosas naranjas, las dejó allí mismo diciéndose que ya vendría a recogerlas para llevárselas, antes tendría que portar con la garrafa, el pescado y no podría con todo, así que agarró su escopeta echándosela al hombro y se decidió volver para su casa y encender la chimenea para empezar la mañana con su primer bocado de pescado fresco.

La monotonía marcaban los días para el viejo Orb, ya era así cuando vivían algunos aldeanos y a él no le importaba morir de aquella manera tan solitaria.
Siempre le gustó el campo, el padre le enseñó todo lo que debía saber para cuidarlo y recibir sus beneficios.

Aquella aldea, ahora abandonada, era su paraíso, un rincón recóndito del mundo rodeado de agua y árboles sin que nadie lo molestara. Las personas del lugar fue emigrando hacia las ciudades en busca de un futuro mejor, los ancianos morían sin que sus hijos, ni nietos vinieran a mantener sus tierras, dejándolo todo a cargo del tiempo.

Antes, solía extrañarse el viejo Orb que no viniera ni siquiera el lechero, ni el panadero, nadie...Pero ya no le importaba. Con ellos el padre solía hacer trueques y él mantuvo esa tradición, pero ya ni eso.
Solía darle tomate y lechuga al lechero a cambio de leche y azúcar, al panadero le daba pescado y naranjas a cambio de pan y sal. Otras veces les ofrecía carne, pero eso era según fuese la caza.

El viejo Orb se sentía olvidado y marginado, pero siempre fue una persona solitaria e introvertida, así que le quitó importancia al no recibir visitas.
A veces añoraba tener un hijo y enseñarle todo lo que aprendió con su padre, pero siempre a su familia la trataron como si fuesen de otra especie, pocas mujeres pudo ver en su larga vida o muy pocas se atrevían a bajar al barranco donde ellos vivían.

De joven, solo recuerda a Dionisia, solía bajar a sus aguas a lavar, Orb permanecía horas y horas detrás del muro de su huerto escuchándola como cantaba, todavía percibía su olor a fresa que penetraba por sus sentidos, nunca se atrevió a decirle ni una palabra y menos, cuando llegaban sus padres espantándola y diciéndole que allí no podía regresar, que era peligroso, que solían bajar "muchos lobos solitarios en busca de carnaza", el viejo Orb sabía perfectamente que se referían a él...

Aquel día fue uno más de tantos para el anciano y su vieja amiga Mátia.

Bien entrada la noche, al viejo Orb le costó coger el sueño escuchando de nuevo a esos lobos, les daba pánico encontrárselos en la penumbra con sus ojos brillantes y pendientes de algún error suyo o de su viejo labrador, pensaba que cada vez serían más los que bajarían al barranco a beber, aprovechando la oscuridad y la inexistencia de humanos acechándolos, pensaba que vendrían a acampar a sus anchas y esperando un descuido para darles caza.

Aquella noche, volvían a escucharse los aullidos, como si hubieran entrado en el desván, Orb se tapaba hasta su arrugada frente con aquellas mantas gordas que pesaban un quintal.
La vieja Mátia, cogió la costumbre de desaparecer, solía dormir entre sus piernas regocijada, pero nada más escuchar aquellos llantos en el silencio de la madrugada, se dirigía al desván. El viejo Orb lo sabía al escuchar los tablones de la buhardilla crujir, no ladraba y seguramente quedaría inmóvil al no repetirse aquellos chirridos, algo que le extrañaba bastante al anciano, ella siempre permanecía con su amo, levantándole el sueño y su inquietud.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 11 meses

Muchas gracias, @PBIEDMA, intento en cada momento, lo mejor que puedo, que el lector se sienta parte de la historia, que sienta lo mismo que el personaje y que yo mismo al escribirlo. Paso muchas horas y tardes enteras perfeccionando mis ideas y mí escritura, quiero intentar conseguir mi sueño de tener algún libro propio y esta aplicación, me está ayudando a mejorar mí borrador ya escrito desde hace tiempo. Tengo mucha ilusion ahoramismo, así que todas las críticas y valoraciones, las aceptaré con mucho gusto para mejorar mí rendimiento.

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 10 meses

Oh amigo que grande tu sueño yo tambien deseo lo mismo. Mas aun ando demasiado lejos de ello y, bueno ya me desvie del tema. Como sea tu historia va muy bien en cuanto a narrativa. Leere una caja mas y dejare para otro dia lo demas, es una promesa 😉

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 10 meses

Muchas gracias Don_Diego, insistiendo y luchando se conseguirá verás...Ánimo amigo


#6

Iba desapareciendo la Luna, dejando como cada amanecer, que el ruiseñor diera sus buenos días al Sol.

El viejo Orb, después de aquella noche de insomnio, se levantó como siempre, con su escopeta en la espalda y su bastón marcando el paso. La vieja Mátia apareció, volviendo a bajar del desván como la otra mañana, al cerciorarse que su amo se había despertado.

Lo primero que hizo el anciano, fue recoger su abrigo de visón, su jersey oscuro y su camisa de cuadros rojizos, que permanecían tendidas en el alambre, cerca de la chimenea ahora apagada. Ya estaban secas y se las puso, aunque mantenía sus mismos pantalones grises y sus botas llenas de barro, eran lo más cómodo que tenía.

El viejo Orb y su fiel amiga Mátia, siguiendo sus pautas cotidianas, se dirigieron de nuevo al río, como siempre pegados a la fachada de la casa y después al muro que rodeaba el huerto, como siempre con sus dificultades al andar, como cada día...El labrador siendo su guía, hasta llegar al barranco.

El solitario anciano, esta vez, iba dispuesto a montar de nuevo la trampa de el lazo, que seguramente se destruyó por la ventisca de la otra noche o por lo menos eso quiso pensar.
Hoy tocaba carne, parecía que la vieja Mátia lo intuía, ya que rodeaba a su dueño constantemente, soltando algún ladrido, sabiendo perfectamente Orb que eran de alegría.

Al viejo Orb, le encantaba esa reacción de su querida perrita, le recordaba al día que se la encontró, llena de piojos y desnutrida, escuchó sus pequeños ladridos entre unos matorrales, alguien la tuvo que abandonar allí, seguramente algunos de esas últimos aldeanos que abandonaron Kesten. Lo recuerda tanto, porque así la recibió, con ese mismo entusiasmo, al cogerle entre sus brazos.

Al fin, con sus pasos lentos y torpes, llegaron a la orilla del barranco.

Orb, buscaba una rama resistente, palpó unas pocas que sobresalían del huerto, por encima del muro procedentes del naranjo, la partió en dos trozos, luego arrastrando sus manos por la orilla, examinó el terreno para comprobar con su tacto donde sería el sitio idóneo, al encontrarlo, las clavó por separado en la tierra, ató una cuerda a cada extremo haciendo un nudo corredizo, poniéndole un tope. Acto seguido, Mátia empezó a ladrar, el viejo Orb supuso que todavía no había desayunado y que ya la llamaban las tripas, pero no cesaba en su empeño de hacerse escuchar. Orb le advirtió que no fuera impaciente a la vez que se levantaba del suelo, tenía una buena trampa al otro lado del barranco y supuso que querría que fuera hasta aquel lugar.
El anciano tendría que cruzar el río sobre unas piedras preparadas a conciencia, era lo que le daba más miedo, pero que al final pasaba sin dificultad, gracias a tantos años de experiencia.

Pero algo no iba bien, Mátia seguía ladrando desconsolada y su amo ya dudaba que fuera por echarse algo al hocico, además, el viejo Orb ya estaba dispuesto a cruzar, tenía su bastón apoyado en la primera piedra, listo para pasar al otro lado, pero su fiel amiga no le seguía, se había quedado rezagada.
Por sus ladridos, intuía el anciano que se había quedado entre las nasas, donde quedaban atrapados los peces, ahora no escuchaba el coleteo por intentar escapar y decidió acercarse para comprobar que le ocurría a Mátia.

A medida que se acercaba a su viejo labrador, con movimientos del tiento más rápido sobre la tierra, Orb se extrañaba que no la escuchara beber como de costumbre, con esa ansia característica, al meter su larga lengua en esas aguas, iba intranquilo, no era un comportamiento normal en ella.
Ya llegaba el anciano a su posición y prefirió hacer el último metro de rodilla, estirando el bastón hasta tocar a Mátia levemente, le transmitía tranquilidad aquel contacto luego cogió la cuerda enterrada y tiró de ella para traerse la red.
Introdujo su mano arrugada y temblorosa mojándose el brazo entero, tocando cada pieza, una a una, pero ninguna sentía que estuviera viva, siguió tocando cada pescado muy confuso, algo pasaba, no era normal aquello, metiendo ahora el otro brazo y parte de su desaliñada barba, nada, todos los peces estaban muertos, no se lo podía creer.

El viejo Orb, siempre colocaba una piedra pesada en la red para que se mantuvieran las nasas en el fondo, estaba muy sorprendido y un poco asustado, siempre lo ponía de la misma forma, los peces siempre se mantenían dentro del agua, a contracorriente, pero dentro del agua para que no muriesen. Inmediatamente, Orb recogió entre sus manos una lamprea, acercándosela a la nariz, empezó a olfatear esa pieza intensamente hasta que lo lanzó rápidamente al río, no pudo soportarlo, desprendía un hedor horrible, le seguía pareciendo todo muy raro, es verdad que el olor del lugar no era el habitual.

El viejo Orb no sabía lo que allí pasaba, se sentía ignorante de lo que ocurría, dejó las nasas que se hundieran y dio varios pasos de rodilla acercándose a las aguas, volvió a acercar su nariz, dejando que su olfato le diera una respuesta, pero aquel mugriento olor le hizo echarse para atrás.
Comenzó a pensar si estaría contaminada, no quiso tentar a su suerte y prefirió levantarse y alejarse de aquel lugar mientras Mátia, se acercó al desnivel del barranco sin parar de ladrar despavorida.

El viejo Orb, lanzó los peces que sacó de las nasas moribundos, sobre el muro del huerto, encorajinado y gritando de rabia, era uno de sus sustentos para vivir, Mátia no quería ni acercarse a su amo, le estaba dando miedo, no estaba acostumbrada a verle así.

Orb, manteniendo su furia, recogió de nuevo su bastón, estaba nervioso aunque procuraba tranquilizarse para que su vieja amiga no se asustase, ahora había parado sus ladridos mientras su amo la llamaba calmándola. Ella permanecía cerca del desnivel del barranco, donde bajaba con más fuerza sus aguas, al otro lado del árbol que sujetaba las garrafas, él, buscaba la posición de Mátia para darle una caricia, ella lloriqueaba esperando que su amo se calmara, Orb, con el pensamiento perdido buscando una explicación a lo acontecido, se enganchó en la cuerda enterrada que sujetaba las redes, no se cercioró con su bastón, cayendo violentamente al suelo y dándose un fuerte golpe en la cabeza con la piedra plana que tenía para el despiece de los peces, esparciendo todos los utensilios por la orilla, un cuchillo cayó al agua hasta el fondo.
El viejo Orb quiso reincorporarse agarrando la rama que portaba las garrafas, pero le entró un fuerte e intenso dolor de cabeza, dejando que su cuerpo se desplomara inconsciente, en la orilla del barranco...

PlumSons_74
Rango6 Nivel 29
hace 11 meses

Eres un máquina,sigue escribiendo...... Ctna.... jajaja

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 10 meses

Pero!!!! Que bueno se puso. Quiero leer mas pero lo dejare para despues sin falta.

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 10 meses

Jeje me alegro que te vaya gustando. Un saludo Don_Diego


#7

La vieja Mátia intentaba reanimar al viejo Orb, no paraba de lamer con su lengua, la densa barba desaseada. Esperaba que se despertase desesperadamente, daba vueltas alrededor de él buscando la forma de que volviera en sí. Ladraba y ladraba angustiada, mordió un par de veces el filo del pantalón gris y sucio que traía puesto el anciano, pero nada.
Cansada de su insistencia y no escuchar su gruesa voz llamándola, se rindió, se puso a lloriquear para ella misma y se tumbó al lado suya estirando la pata trasera que tenía enferma, buscando la mejor posición, parecía que quería darle todo el calor de su cuerpo marrón a su viejo amo, no se separó de él.

Pasaron varias horas y todo seguía igual. Mátia, alzó las orejas al escuchar un compacto, un sordo y lábil chapoteo, en lo alto de la cascada del barranco. El viejo Orb seguía inconsciente y en la misma postura de la caída.
Al viejo labrador le entró la curiosidad, elevó la cabeza y miró a donde se producía aquella salpicadura extraña, ahora, miró de nuevo a su dueño que seguía sin reaccionar y con dificultad, se puso a cuatro patas. Volvió a girar su hocico, prestando toda su atención a aquellos ruidos misteriosos para ella, que permanecía entre unas zarzamoras al otro lado del barranco.

Ella, era muy defensora de su territorio y más, estando su amo fuera de combate, su instinto era protegerlo a toda consta y decidió acercarse, pero siempre manteniéndose cerca de su dueño. No quería cruzar el río sin que él se lo mandase, así que, rodeó simplemente el árbol donde permanecían amarradas las garrafas, estando a un metro de la cascada, con sus patas delanteras sintiendo las frías aguas, desde allí se sentía segura y comenzó a ladrar y a ladrar a aquello que se movía en la otra orilla, entre las zarzas.
Estuvo un tiempo ladrando hasta comprobar desde la distancia, de una orilla a la otra, que aquel chapoteo se mantenía en su sitio sin causarle más problemas a la vieja Mátia, así que dejó esa insistencia.

El viejo labrador se mantenía con la lengua afuera, estaba sedienta, hizo el amago de beber, pero ese olor mugriento, que cada vez era más irrespirable e intenso, le hizo retroceder, soltando un leve gimoteo, volviendo al lugar donde estaba tumbado su amo y tendiéndose junto a él.

No pasó tanto rato cuando la vieja Mátia, volvió a alarmarse, pero esta vez, no miraba para aquel chapoteo que continuaba entre las zarzamoras enredado, esta vez miraba hacia la parte de arriba, a las casas de la aldea.
Escuchó algo que bajaba para el barranco, el viejo Orb seguía en su sueño producido por aquel tropezón, gran golpe fue el que se dio en la cabeza.
Mátia, sintió que algo se acercaba cada vez más, pero aún no llegaba a visualizarlo, estaba atenta y precavida, comenzó a gruñir y se colocó delante de su amo. Parecían pasos, pero no les sonaba a la de un ser humano y el olor desagradable del lugar, no ayudaba a su magnifico olfato.
La casa derrumbada, en frente de la del viejo Orb, tapaba lo que sea que fuera aquello que descendía al barranco, Mátia, permanecía quieta y en posición agresiva, enseñando sus viejos colmillos llenos de sarro, hasta que se le terminó la duda, apareció sin esperarlo, un hermoso caballo negro, con una franja blanca que se trazaba entre sus dos ojos marrones y una silla de montar bien puesta sobre su lomo, venía solo y quizás desorientado. El labrador dejó su cabreo y se mantuvo en silencio por un momento, observando que aquel animal era mucho más grande que ella, manteniendo todos sus sentidos en el equino.

Ese caballo llegó sin complejos y al trote, sin darle miedo de la perra que se situó desafiante delante de él, ni el humano que persistía en el suelo de aquella orilla, vendría muy sedienta porque fue directa al agua del barranco, pasando al lado de ellos. Mátia, soltó varios ladridos, quitándose del paso del caballo al rebasarla rozándola prácticamente, no tenía nada que hacer con ese animal, el triple de grande que ella.

El caballo llegó a la orilla, cerca de las nasas que tenía colocadas el viejo Orb y comenzó a beber sin descanso. Mátia se acercó, con su peculiar cojera, a oler sus grandes patas traseras, mientras el caballo negro no paraba de mover su larga cola para espantar a las moscas. Estaba muerto de sed...

El viejo labrador, atenta al nuevo inclino, dio un giro rápido sobre ella misma, cuando escuchó la voz malherida de su amo, -¿Qué me ha pasado?- preguntó en voz baja y temblorosa, sin buscar una respuesta.
El anciano al fin, despertó, recibiendo el cariño de su fiel amiga, ahora entusiasmada. Tenía apoyado las manos en la gravilla y una de ellas, se la llevó a la herida que tenía en la cabeza, con la otra mano intentaba apartar a Mátia que le ladraba de alegría, lo lamía constantemente sin dejarle reincorporarse.

El viejo Orb, soltó una leve carcajada al notar su reacción, a la vez que buscaba su bastón desperdigado, trasteaba y trasteaba y no lo encontraba, Mátia, sabiendo lo que quería, recogió con su boca el tiento y se lo acercó a su mano arrugada...
-¡Buena chica..., buena chiiica….!- regalándole una caricia, hasta que paró de halagarla, el admirable oído del viejo Orb, le hizo escuchar unas hierbas, que no se movían producto del viento, era como si algo o alguien estuviera hurgando para encontrar algo.

-¿Que es ese ruido Mátia?- preguntó mientras se impulsaba con el bastón y la piedra plana para ponerse en pie. El susto lo tenía aún en su cuerpo, por el gran trompazo que se dio, se tocó la brecha de nuevo estando siempre pendiente de aquel ruido que no cesaba. Pensó, que sus presas no solían estar presentes cuando bajaba al barranco, sabía que solían espantarse, pero esas hierbas insistían en moverse y no por la brisa.
Pensó, que podría ser un conejo que habría caído en una de sus trampas, pero no le cuadraba, porque su fiel compañera ladraría sin tapujos. Estaba muy confuso, a la vez que escupía el olor fúnebre que envolvía al barranco.

Le tranquilizaba que Mátia no ladrase, así que decidió caminar hacia ese ruido, sabía que ella iba delante como siempre al escuchar su lengua, que permanecía fuera de su hocico.
Comenzó a trastear el suelo con el tiento, esquivó la trampa del lazo que tenía preparado, pasó por al lado del camino de piedra que había, para cruzar al otro lado del río, sabía que en pocos metros, los matorrales y una vieja canoa, que solo montó cuando vivía su padre, años y años atrás, cortaban aquel camino y solo dejaba al agua que siguiera su curso.

No se lo podía creer el viejo Orb, se sintió eufórico cuando tocó con su bastón las patas traseras, cuando palpó la cola y puso sus manos sobre el lomo de aquel enorme caballo. El equino, "estaba acostumbrado al hombre", se dijo el anciano, aceptaba sus caricias sin miedo, intentó agarrar sus riendas que las mantenía puestas en su sitio, pero el caballo no cesaba en su empeño de comer esas malas hierbas y de probar nuevamente, aquellas aguas...

belle89
Rango2 Nivel 9
hace 11 meses

Super emocionante... no puedo parar d leer, metiéndome cada vez mas en la historia... no suelo leer, pero una vez que algo me atrapa, no puedo dejar d seguirla... eres espectacular, sigue así!!!

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 10 meses

Muchas gracias por leerme y dedicarme tú tiempo. Son un privilegio tus palabras. @belle89


#8

-¿HAY ALGUIEN?..., ¡TENGO SU CABALLO!...-

El viejo Orb, gritó al cielo de la abandonada aldea Kesten buscando una respuesta y solo escuchó el eco de su propia voz, entre esas montañas.

Estaba tan extrañado, que pensó que se le habría escapado a alguien que pasaría desorientado por aquel lugar recóndito y escarpado, pero también le confundía esa posibilidad, han pasado ya muchos años desde la última vez que un forastero cazador, hiciera presencia en busca de algún ciervo despistado.

Orb, le daba palmadas en el lomo al caballo negro que se había encontrado para tranquilizarlo, mientras escuchaba unos leves llantos de su vieja amiga Mátia, que presenciaba como había perdido protagonismo con su amo.

El viejo Orb, comprobaba su montura y sus riendas sin salir de su asombro, no sabía como podría haber llegado hasta el barranco, sin que nadie lo guiara. A lo mejor tuvo algún accidente su jinete y estaría por ahí rendido a merced del bosque, pero el viejo Orb, no estaba para buscarlo, la duda continuaba en su mente.

El viejo labrador, permanecía detrás de Orb con la lengua afuera, aceptando poco a poco a su nueva compañía, comprobó de antemano que no era peligroso ni para ella, ni para su dueño y comenzó a tranquilizarse a medida que olisqueaba al equino, él caballo negro, aceptaba el caluroso recibimiento.

El anciano soñaba despierto en ese momento, siempre tuvo la ilusión de tener su propio caballo.
El que tenían de niño, nunca le dejó su padre que lo montara, decía que era peligroso para él y solo servía para transportar mercancía. Pero ahora el viejo Orb soñaba despierto, soñaba que le podría hacer la vida más sencilla, aunque le quedara poco en este mundo. Pensaba mil cosas que podría hacer con ese caballo, desde ayudarle a cargar suministros sin dar tantos rodeos con su bastón, de la casa al barranco y viceversa, hasta cruzar el río rápidamente sin tener miedo a tropezar con alguna piedra, esas ideas le entusiasmaban.

Estaba tan metido en su nuevo mundo que se le presentaba, que ni olía el barranco maloliente e insoportable que alteraba cada vez más el ambiente, ni escuchó esa lengua sedienta de su querida amiga Mátia, que su instinto la llamó para que bebiera de esas aguas, tampoco le puso atención, a aquellos chapoteos que persistían continuamente entre las zarzamoras atestadas de ramas espinosas, que permanecían en lo alto de la cascada del barranco.


#9

Las montañas iban escondiendo poco a poco al Sol, la aldea estaba silenciosa como nunca, era un silencio sepulcral y misterioso, el entorno se encontraba diferente a otros atardeceres.

Ya no se escuchaban los primeros grillos grillar por los rincones al llegar la noche, no se escuchaban los sapos con sus croares característicos salir del barranco y volver a zambullirse para nadar entre renacuajos.
Los búhos autóctonos permanecían escondidos a saber donde, con miedo a ulular y ser cazados, ni los valientes lobos se atrevieron aullar a sus anchas en esa madrugada...El agua del barranco ya no corría de la misma forma, tenía hasta otro sonido, como más espeso al bajar por la cascada, algo estaba cambiando en la aldea de Kesten...

Aquel día el viejo Orb, se mantuvo entusiasmado, muy feliz por la presencia inesperada de su nuevo inclino.
Las primeras cosas que decidió fue meter al caballo negro en su huerto, sabía, que por sus pisadas diarias, había crecido demasiado hierbajos y que el equino le serviría para limpiar esa parte de la parcela y así podría sembrar de nuevo aquel terreno.

Luego rebuscó en la trasera de la casa, entre todos los leños que allí permanecían amotinados, los palos más fuertes y resistentes, palpándolo con sus arrugadas manos y su peculiar tembleque, quería clavar en la tierra un poste para amarrar a su caballo.

Las riendas que portaba el equino no le convencían al anciano, las notaba frágiles, así que decidió subir al desván a por cuerdas, quería sujetarlo bien para que no escapara, se dirigió para su casa como siempre, con su bastón, pegado al muro del huerto y rozando la fachada de su casa del barranco.

Estando en el desván se dio cuenta de algo, por el frescor que entraba en la buhardilla, notó en sus carnes que la ventana permanecía abierta, también tocó varios candiles y una plancha antigua, que permanecían desperdigadas por el suelo, que crujía a cada paso que daba, al principio le extrañó pero luego le cuadró todo y el por qué, de que su fiel compañera Mátia, subía estas últimas noches aquí arriba, la ventisca violenta de hace un par de días fue la culpable y su viejo labrador, en alerta como siempre, se quedaría aquí firme para que nada entrase a perturbarlos, ya la estaba imaginando...

Aquel día, no se sabría cuantas veces abrazó el anciano a su querida Mátia, siempre pegada a su amo, el viejo Orb estaba muy orgulloso de ella, Mátia le respondía con lametones constantes a su gran barba desaliñada, la cola parecía que iba a salirse de su órbita al recibir tanto cariño de su amo.

Aquel día, fue uno de los mejores y más maravillosos días que disfrutó el viejo Orb, hasta se le olvidó los pescados muertos que se encontró entre sus redes a primera hora de la mañana.
Muy entusiasmado, pensaba algunas palabras que le decía su padre..."los caballos son para los ricos, hijo mío...", -pero ya no era así- pensaba el anciano una y otra vez, su sueño de niño se estaba cumpliendo, a una tardía edad pero se estaba cumpliendo, para él era lo más importante en ese preciso instante. Siempre soñó con llevar las riendas de un equino y por fin el sueño se le cumplió...

Aquella noche se quedó dormido rápido y profundo, se desveló varias veces al sentir la presión de todo el peso de Mátia entre sus delicadas piernas, al pie de la cama, pero luego no le importaba hacer el esfuerzo por ella.
Aquella noche no subió al desván la vieja Mátia, la ventana estaba cerrada y él se sintió tranquilo al tenerla a su lado en plena oscuridad, "ella también necesitaba descansar, a saber cuantas horas estaría allí arriba, la pobre, con los ojos de par en par vigilando a que nada ni nadie entrara por aquella apertura provocada por el viento, se merece soñar profundamente", pensaba en sus desvelos el viejo Orb y quedando nuevamente dormido con ese pensamiento...

Aquel día fue perfecto para ambos...

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 10 meses

sigo en la lectura, queda pendiente lo demas. :)

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 10 meses

Muchas gracias Don_Diego. Un saludo


#10

A la mañana siguiente, Orb despertó sobre su cama escuchando esa lluvia leve que caía sobre el tejado, bostezó a la vez que estiraba sus brazos tocando el cabecero de madera.

Se quedó un instante pensativo...pensaba si podría montar al caballo, era ahora mismo su gran obsesión y su gran ilusión, pensaba en sí conseguiría que fuera tan obediente como su vieja amiga Mátia, la verdad que era dócil y suponía que podría domarlo sin mucha dificultad, por lo menos iba a poner todo su empeño.

Con esa fuerza que le aportaba aquellos pensamientos, se animó a levantarse, no pensaba ni en desayunar, ni en ir a ver si los pescados esta vez, estaban vivos dentro de las nasas, no le puso ni atención a aquel olor sucio que iba llenando el ambiente de la casa, llevaba varios días sin lavarse y se lo achacaba a su dejadez.

Mátia, por el contrario, permanecía con todo su peso entre las piernas del viejo Orb, al pie de la cama, tanto que no le dejaba echar a un lado las gruesas mantas. Tras varios intentos, consiguió desplazar suavemente a su querida y fiel acompañante que seguía con su sueño profundo, sacando y dejando este, al descubierto sus piernas. Cogió su tiento que estaba apoyado sobre la mesita de noche y se puso en pie.

Lentamente salió de su estancia, atravesó la salita adornada por muebles viejos deteriorados por la carcoma, en sus esquineras, las telas de araña acampaban a sus anchas con las estanterías llenas de polvo, sobre ellas, también permanecían unas fotos arrugadas en la que salían él y Mátia en blanco y negro, muy mal enfocada, que casi ni se veía el viejo labrador, hecha por las primeras cámaras instantáneas de polaroid, con un espejo inversor "para girar la imagen a derechas", era la primera y la única cámara que tuvo su padre y en el desván permanecería perdida entre los trastos que allí guardaba.

También reposaban en lo alto de aquellos estantes grasientos, jarrones de barro hechos a mano con trigales secos, a saber desde cuando estaba aquello allí puesto, nunca pasaba la mano por lo alto de los muebles, quería mantener lo que un día decoró con cariño su entrañable padre, quería seguir sintiendo la misma esencia de siempre...

La salita para Orb era como su santuario. Algunas veces encendía el candil y se ponía de rodillas para rezarle y pedirle que quería encontrarse con él pronto, a su madre ni la mencionaba ya que murió al nacer, en aquella misma casa del barranco, a veces presentía como si lo vigilasen...

Por fin salió de su lecho, no sin antes coger como siempre su escopeta del armero, estaba ansioso por encontrarse de nuevo con su caballo que permanecería en el huerto amarrado.
Salió del umbral como siempre, pegado a la fachada y con su vara perenne sujetada por su mano izquierda, la llovizna que caía le hizo recordar donde colocó por última vez el paraguas, aunque prefirió aguantar sin nada lo cubriera, "no era para tanto se decía".

No quiso darle importancia a que Mátia no estuviera guiándolo como siempre delante de él, comprendía que estaría muy cansada después de llevar varias noches trasnochando y pendiente de aquella ventana de la buhardilla que quedó abierta de par en par, por culpa de la maldita ventisca de la otra noche.

Ahora el anciano, tenía otro entretenimiento que cuidar y adiestrar.

Con su paso lento llegó a la verja del huerto, se extrañó un poco al no escuchar al caballo comer hierbajos, o relinchar por su presencia o simplemente dar un trote en falso al notar que llegaba, que raro le parecía...Igual que aquel olor desagradable e irrespirable, ahora si que puso todos sus sentidos, no había ni una pequeña brisa que se llevara aquel repugnante hedor, que cada vez era más intenso, -¿de donde procedería aquello?- rondaba una y otra vez por su cabeza a la vez que movió el cerrojo para adentrarse en su parcela, no escuchaba nada, ni una simple naranja al caer sobre su sembrado, ni aquel ruiseñor que le daba los buenos días cada mañana, nada, solo el chispeo rompía la monotonía, él siguió hacia su destino, continuó por un caminito que había formado por sus continuas pisadas diarias entre la cosecha, ahora embarrizado por la llovizna, con el bastón marcando por donde pisaba como siempre, palpando los pequeños charcos sobre la tierra

Tocó un patatal con la punta del tiento, se agachó y se cercioró de que ya estaban listas para recolectar, notó sus hojas mojadas y volvió a reincorporarse con su dificultad frecuente prosiguiendo por aquel estrecho camino.
Ahora le dio por silbar, confuso por no sentir al equino, intentando de alguna manera despertarlo o que hiciera cualquier ruido, mientras el viejo Orb, más se acercaba al poste donde lo aseguró.

El anciano comenzó a ponerse nervioso, tanto, que al notar que ni con sus silbidos le servía para sentirlo, golpeó con el bastón bruscamente sobre el muro que delimitaba el huerto, salpicándose, pero nada, ni con esas, ahora si que se le pasaba por la mente que se habría escapado, que se habría soltado de las cuerdas y habría saltado el muro hacia el barranco, pero no fue así para su desgracia, la punta de su tiento al fin, llegaron a tocar las patas traseras que se mantenían rígidas y tiesas, sintió que sus herraduras se mantenían en el aire, que no reaccionaban al tocarle con su bastón, no se lo podía creer, la angustia se apoderó de su cuerpo soltando a un lado su apoyo, agachándose y comprobando con sus propias manos sobre su lomo húmedo, lo que menos se podía imaginar, ahora colocó su cabeza sobre su cuerpo mojándose la cara completamente, pegó su oreja a esa piel dura sin notar su respiración, el caballo había muerto, al viejo Orb le entró escalofríos a la vez que un fuerte pinchazo en su corazón, le entró un dolor inmenso a medida que le tocaba con su mano derecha esos ojos enormes, la gran boca y nada, su sueño se esfumaba para siempre...

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 10 meses

Orales! que triste el morir del pobre cabillittitititto :( Ei, ya escribí una nueva historia espero puedas darle una leidita.


#11

Dejó de llover en aquella mañana oscura, al mismo tiempo que Orb conseguía cerrarle los ojos al caballo para siempre, estaba muy apenado y confuso, no sabía lo que ocurría en el barranco, pensaba en que le habían echado una maldición o algo así, porque no era normal.

El anciano tenía su rostro bastante deteriorado, era el espejo de como puede cambiarse de un día para el otro el semblante según su estado de ánimo, todo influye.

Permaneció varios minutos de rodillas frente al equino sin saber que hacer, a saber todo lo que le pasaba por su mente, pero el olor tan insoportable le hizo taparse la nariz con un brazo y con la otra mano agarró el bastón y se puso en pie, cabizbajo, pensando en las diferentes posibilidades de aquel fallecimiento inesperado, recordó que lo mismo ocurrió con los peces que se encontró muerto entre sus nasas, no entendía nada.

Sacudiendo su tiento contra el tronco del naranjo para quitarle el barro, el viejo Orb recordaba el momento en el que se encontró al caballo, mantenía su rostro con cara de muy pocos amigos, se acordaba de los ruidos que producía el equino al comer los hierbajos en la orilla del río, los golpes de su bastón eran cada vez más fuertes y continuos contra el árbol a medida que buscaba soluciones en su cabeza, esos movimientos constantes hacían salpicarle de fango una y otra vez sobre su cuerpo.

Ahora rondaba por su mente la probabilidad de que el agua estuviera contaminada, porque también lo escuchó beber y que le pasaría como a esos pescados en sus redes.

El día estaba gris y silencioso, en ese momento estaba convencido de que el olor tan intenso y mugriento procedía de las aguas del barranco y cuando creyó dar con la solución, se acordó de su querida Mátia, no estaba allí con él como de costumbre, no recuerda ni un solo día que su viejo labrador no estuviera a su lado y le hizo reaccionar, poniéndose en marcha para salir de su huerto con su peculiar cojera, aceleró el paso como pudo, le dio igual atravesar las lechugas que tenía allí plantadas, le dio igual pisar el fango que se había formado, ya estaba embarrado por los cuatros costados, en ese segundo su única preocupación era escuchar un ladrido de su fiel compañera, le salieron varios gallos en su voz ronca al pronunciar su nombre, gritaba y gritaba ¡Mátia!, ¡Mátia!, hasta llegar a la verja, comenzó a llover más intensamente, su anciana perra no acudía a su reclamo, le iba aumentando al viejo Orb el agobio, la ansiedad brotaba por todo su cuerpo justo al salir de su huerto.

Apoyado con su mano al muro que rodeaba su cosecha y luego a la fachada de su casa, como todos los días, iba dando golpes sin ton ni son hasta llegar al portón principal, se adentró rápidamente en su refugio sin recordar que tenía la mecedora y la mesa redonda al entrar, el agua que llevaba encima por la lluvia le hizo resbalarse, soltando un grito de desconsuelo y dolor, Mátia seguía sin venir al llamarla.
Al anciano se le aparecieron varias lagrimas entre el barro que permanecía en su cara, intuía lo peor, siguió arrastrándose por el suelo dirigiéndose a la puerta que le metería en la salita, no paraba de pronunciar su nombre aunque ya no le salía el habla de su cuerpo y ella no venía... No regresaba a la posición de Orb con sus ladridos característicos, ni escuchaba sus pasos con esa cojera tan peculiar que tenía, no sentía sus lamidos de consuelo al caerse, ni notaba su cola darle en sus frágiles piernas, nada, no la sentía.

El anciano supuso lo que pasó y no se arrastró más, se rindió a la realidad, se mantuvo boca abajo en el suelo, entre la puerta que le adentraba en la salita y la chimenea que tenía un poco a su derecha, cruzó sus brazos y reposó su cabeza tapando su rostro, empezó a llorar con todo su dolor como cuando le hacen daño a un niño pequeño, no tenía consuelo, Mátia no estaba allí, Mátia también bebería de esa agua del barranco que se había convertido en veneno y no pudo impedírselo, no pudo ayudarla con todas las veces que le había ayudado ella a él.

Ella era sus pies, ella era su guía, era uno de los motivos por los que el viejo Orb seguía luchando por su vida solitaria en aquella aldea abandonada y siniestra, con ella se fue una gran parte del corazón del anciano, se fue todo lo que tenía.

Pasó un buen rato hasta que consiguió calmarse el viejo Orb, entre el barro y la desolación, permanecía con la cara demacrada, parecía fuera de sí al entrar a su habitación casi a oscuras, al no tener ventanas aquella situación se mantenía en la penumbra.

El anciano se colgó el bastón en el antebrazo y adelantó las manos hasta llegar a los pies de la cama, palpó con los dedos las mantas gruesas hasta que comprobó su cruel presentimiento, tocó el cuerpo sin vida de su fiel amiga Mátia.
Seguidamente se puso de rodillas en el suelo y recogió en el pie de la cama a su viejo labrador entre sus brazos, le puso la cabeza en su cabeza, le puso la cabeza en su lomo buscando la última esperanza, aunque sea un leve latido, pero nada, no podía hacer nada ya, su querida Mátia había muerto mientras soñaba, entres sus piernas.

El viejo Orb se puso de nuevo a llorar con rabia e impotencia a la vez que se reincorporaba cargando con Mátia, se echó en la cama con ella, abrazándola con todas sus fuerzas, temblaba todo su cuerpo por tanto llanto, quería morirse en ese instante, ya no tenía nada por lo que luchar.

Si ayer fue uno de sus mejores día, hoy era el peor, ni la muerte de su padre le supuso tanto dolor.

Estuvo casi todo el día así, abrazado en la cama al cuerpo fúnebre de Mátia, pensando en la opción de beber del agua que tenía en la garrafa, que llenó la otra mañana o la del barranco y así volver a encontrarse con ella, estaba seguro de que acabaría como los peces de sus nasas, como aquel caballo y como ella, es lo que deseaba en ese momento, no quería vivir.

Pero a pesar de todo y de tantos años de suplicio, le daba miedo morir y esa posibilidad quería planteársela un poco más tarde. Ahora se decidió hacerle un entierro digno a su querida amiga fallecida.
Recogió algo de fuerzas, volvió a colgarse su bastón en el antebrazo y la recogió de nuevo posándola sobre su pecho.
Llegó rozándose por las paredes a la puerta principal, con dificultad, cargando con ella, la puso sobre la mesa donde estaba la mecedora y subió por las empinadas escaleras que lo llevaban al desván con mucho desánimo, iba a por una pala que guardaba entre tantos trastos.
Estando arriba, se le pasó por su mente tirarse por la ventana, la misma que las otras noches vigilaba Mátia al estar abierta por la fuerte ventisca, pero volvió a razonar y lo primero era lo primero, su entierro digno a tan fiel animal.

Le costó llegar al naranjo aguantando la lluvia fría que caía, no cesaba, allí fue donde decidió darle su último adiós a Mátia, le costó bastante porque le faltaba la respiración con ese olor repugnante que envolvía a la zona del barranco, además de su dificultad al andar, más el peso muerto de su querida compañera y la pala que portaba, pero al fin allí estaba bajo su árbol.

Se puso a cavar y cavar mientras la lluvia comenzaba a darle una tregua, la noche ya amenazaba en Kesten.

Terminado aquel hoyo, lloró y gritó desconsolado a la vez que colocaba suavemente el cuerpo sin vida de su vieja perra Mátia en aquel agujero, no dijo ni una sola palabra, su rostro reflejaba un dolor inmenso, a su barba le crecieron aún más canas por tal sufrimiento, sus ojeras prácticamente tapaban sus ojos, era una escena trágica e inmerecida para ese hombre.

Sin fuerzas, consiguió ocultar en la tierra a su viejo labrador, buscó unos palos de madera y formó una cruz, varias naranjas cayeron sobre la tumba de Mátia y él las puso de la forma más adecuada que le pareció, la tierra estaba muy húmeda y prácticamente las hundió en el fango como haciendo dos ojos, no paraba de sollozar el pobre anciano.

Después de un rato deliberando se levantó, dejó la pala desperdigada alrededor del naranjo y con su siempre tiento fue hacia el caballo que también yacía muerto al otro lado de su cosecha, con él lo tenía más claro lo que debía de hacer.

Pasaron varios minutos cuando regresó con cerillas, rodeó el cuerpo del equino con leños y le prendió fuego, formando un incendio inmenso, a saber desde donde se podría ver aquel humo en aquella noche nefasta para él.

Sin más, el viejo Orb volvió a su habitación y se tapó todo su cuerpo con las mantas gruesas, el silencio se había apoderado del entorno y ahora tocaba la almohada pensando a su vez en lo que haría con ella y no era para dormir precisamente, ya no tenía ganas de vivir el anciano.


#12

La vida es un constante vaivén de emociones, es muy difícil mantener una regularidad...
Un día puedes estar en lo más alto creyéndose uno capaz de todo y al otro día estar en lo más bajo, desconfiando de tus posibilidades, sin recordar que ayer, la felicidad desbordaba por todos tus sentidos.

Cuando uno se encuentra mal, casi siempre, nos centramos más en quejarnos en vez de luchar, preferimos esperar a que baje un ángel del cielo y nos saque de esta maldita agonía.
Algo que no suele suceder, no solemos valorar que un nuevo día comenzará contigo vivo, que un nuevo día te dará otra oportunidad para que rías e intentes enfrentarte a tus miedos, incluso te da la oportunidad de que sigas buscando tus sueños.

Eso le ocurría al longevo Orb, llevaba tres días estando somnoliento sin salir de su habitación, sin salir de su cama, tapado hasta la cabeza con esas mantas gruesas, en plena penumbra constante al estar exento de ventanas su dormitorio.
A ratos lloraba sin consuelo, no tenía hambre, ni se levantaba para ir al baño, no se sentía con fuerzas para vivir.
La escupidera que mantenía debajo de la cama ya rebosaba, el olor mugriento del barranco se mezclaba con el olor intenso y descuidado que desprendía por todos los poros de su piel el viejo Orb, dejó su cuerpo a manos del destino.

Entre llanto y llanto, recapacitaba de vez en cuando dentro de su trance, tantos años luchando en el campo y ¿para qué? se preguntaba en ese momento tan trágico para él.
Siempre le solía decir su padre que era un siervo de la naturaleza, que gracias a sus frutos podría mantenerse vivo, que le debemos todo, le debemos cuidarlo con dedicación, que era nuestro sustento para existir.
Su padre le solía decir desde bien pequeño, que todos los aldeanos que huían buscando un mundo mejor, se equivocaban, que iban directo a una caja de madera y que después serían muy bien enterrados para pasar al olvido infinito. Le contaba, que la curiosidad de experimentar nuevos lugares no traería nada bueno, si no desgracias y que esos aldeanos ignorantes no se percataban que todo lo que necesitaban lo tenían delante, que para ser verdaderamente feliz y correspondidos en esta vida, valía simplemente con regar una planta y que te diera sus agradecimientos con sus flores, eran unos necios, solía repetirle al viejo Orb.

Todas esas ideas de su padre, las tenía bien inculcadas en su cabeza el anciano, no le dejaba ni hablar con el lechero ni con el panadero por aquel entonces, ni con el que le trajo esa madera tan dura para formar su inseparable bastón. Siempre lo mantuvo oculto como si fuera escoria, pero el viejo Orb le obedecía y le hacía caso a todo, dándole la razón en todo momento y hasta llegar al punto de odiar a cualquier ser humano, eran los renegados de Dios.

Pero esos tres días recluidos llenos de angustias y dolor, tras la muerte del caballo y su querida perrita Mátia, le hicieron razonar un poco, pensaba que había podido perder todo el tiempo del mundo, que se había perdido el poder conocer otros paisajes insólitos, que se había perdido el poder conocer a una mujer buena y poder tener descendencia con ella.
En ese momento pensaba, que todos esos seres humanos, estuvieran donde estuvieran, serían ahora mismo más felices que él, que la naturaleza no era tan increíble como se lo pintó su padre, que también era cruel, que a pesar que la cuidara constantemente con sus manos, para recibir sus beneficios y aunque sea verdad que dependía gran parte de su vida en ella, también había lobos que le acechaban constantemente, esperando un error suyo para atacarle, que los peces murieron sin ningún motivo alguno en el barranco, cuando siempre había dejado sus aguas correr, quizás la naturaleza que lo rodeaba no necesita de su presencia, quizás la fuerte ventisca de la otra noche era un aviso, intentando obligarle para que escapara de ese lugar recóndito...Ya estaba convencido de que las montañas, los arboles, las aguas, los animales...No estaban allí expuestos para que pusiera trampas y nasas a su antojo, ahora estaba convencido de que todo lo que le contaba su padre era mentira, ahora si que se sentía solo...

Pero esos tres días encerrado bajo sus mantas, no solo pensaba en pensamientos impuros, también dio varias cabezadas quedando profundamente dormido...

"Sintió un susurro cálido que le hizo despertar...
Se sintió como si estuviera en un gran nido hecho de ramas, en lo alto de la copa del árbol más grande del lugar, lo comprobó al notar la brisa suave que le golpeaba su rostro, imaginándose esa situación.
Al principio sintió como vértigo...Pero se adaptó, se sentía en medio de un bosque inmenso, escuchaba el crotorar de una cigüeña que volaba a su alrededor.

Una de las veces, fascinado dentro de su realidad, se le cayó el bastón, al intentar volver a cogerlo volcó de aquel gran nido dándose cuenta al perder el equilibrio, que podía volar como aquellos pájaros, que comenzaban a alzar sus alas e iban en bandadas alrededor de él. Alargaba sus manos intentando cogerlo pero no lo sentía cerca, sin ver, como muchísimas mariposas de colores agarraban de nuevo su tiento, como queriendo devolvérselo.
No se daba cuenta que cada vez volaba más alto y unas nubes esponjosas lo esperaban en el firmamento, escuchando a su vez, una voz femenina que entendía, que tendría un recién nacido entre sus brazos, ya que no paraba de llorar, esa voz podría ser la de su madre, nunca la conoció al morir en el parto, según le dijo su padre...Sonreía el anciano con dulzura bajo su espesa barba, hasta que esas voces se esfumaban muy poco a poco de sus oídos, no entendía lo que le decían pero Orb intentaba gritar con todas sus fuerzas, sin salirle ni una pizca de voz, los intentos de llamarla se apagaron.

Inmediatamente después, apareció una voz ronca y con un tono de cabreo, era su padre, esa si que la reconoció al instante, parecía que lo llamaba a que fuera a donde él estaba posicionado, pero al llegar, esa nube con su voz también se esfumó.

Orb estaba asombrado, lo estaba viviendo intensamente mientras seguía su vuelo por el cielo, planeando con los brazos sin el bastón, ahí no lo necesitaba. De repente, debajo de él, escuchó unos ladridos tiernos, sintió una alegría increíble al volver a escuchar a su querida amiga Mátia, creía que quería acercarse a su amo, sentía que iba a poder tocarla, por lo cercano de sus ladridos, pero no, volvió a marcharse por donde vino, dejando una inquietud extrema al viejo Orb, a ella si que quería tenerla de nuevo, con ella si que se quería ir, era la única que entendía su estado.

Se sintió triste y apagado, pero no tuvo tiempo para añoranzas ya que empezó a sentir la lluvia caer encima de él, intentaba taparse con las manos a la vez que se mantenía suspendido en el aire, pero más agua caía, parecía un rio enfurecido al creerse que se ahogaba. Esas gotas se convirtieron en peces que chocaban intensamente en el rostro de Orb, ahora se volvieron a convertir en sangre al sentir ese liquido espeso en sus labios, escuchó como si un caballo estuviera bebiendo de su cuello alocadamente mientras comenzaron a escucharse crueles risas y aullidos feroces..."

El viejo Orb despertó del sueño muy alterado, con un sudor intenso y frío que recubrían toda su piel envejecida, se sintió muy angustiado y con fatiga, cogiendo rápidamente la escupidera que mantenía debajo de la cama, derramándose todo por la habitación, formándose un carril de orina en el suelo que se dirigía a la puerta del dormitorio, el viejo Orb, muy compungido, dolido y decidido, con las lagrimas perennes en sus ojos, cogió la almohada e intentó ahogarse a la vez que soltaba un grito ensordecedor, pero no fue capaz, la muerte tendría que esperar...

PBIEDMA
Rango8 Nivel 38
hace 10 meses

Es muy cierto lo que dices, cuando te encuentras mal, tu mente es la peor de eres tus enemigas, @carlos1983 .

PBIEDMA
Rango8 Nivel 38
hace 10 meses

perdón, se me escapó un "eres"

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 10 meses

Perdonado de sobra. Gracias por comentar @PBIEDMA. La mente es un mundo incierto que creo que aún, no sabemos casi nada. Un fuerte saludo.


#13

El viejo Orb, debatía en la penumbra de la habitación de que es lo que haría con su vida.
Su respiración fuerte era lo único que despertaba al silencio, el olor mugriento de la estancia ya era insostenible, pero a él ya le daba igual todo.
Era un hedor horrendo, la ropa le olía a humo de cuando quemó al caballo, el sudor seco en su piel, la orina que marcó un camino para salir de la habitación, las heces...Su cuarto desprendía el olor de su vida, de su alma y de su dolor. Quizás, beber un sorbo de aquella agua que llenó la otra mañana en el barranco, tendría la solución a sus problemas si verdaderamente estaba contaminada.

Se mantenía boca arriba en la cama, rezando muy dentro de su ser, pidiendo a algún Dios que lo viera en ese estado y se lo llevara consigo al cielo o a las tinieblas, no le importaba a donde ir, pero quería marcharse de este mundo.

Comenzó a estornudar varias veces, forzando un vomito de nuevo, allí pensaba que estaba soltando lo que le quedaba de vida, pero algo le cortó esa estampida en el estomago radicalmente, escuchó unas voces lejanas pensando que era su locura, esa locura que le avisaba de que era el comienzo de su muerte.

Quedó en silencio completamente, no recordaba la última vez que vio a alguien bajar al barranco, así que seguía con la idea que eran imaginaciones suyas.
Pero no la tenía todas consigo, después de esas voces, siguieron varios pasos, reincorporándose inmediatamente, apoyándose con los codos sobre la cama, muy extrañado, atento a esos ruidos del exterior.

Le recordaba los pasos que daba su padre cuando regresaba de cazar, que según sus andares más rápidos o más lentos, por las callejuelas empedradas de Kesten, el viejo Orb sabía perfectamente si habría apresado alguna pieza o no y si tendrían buena cena aquella noche.

Ahora sí, se escuchaban más cerca de la casa, ahora sí confió más en su cualidad auditiva y se alertó un poco.
En pleno silencio, se ladeó encima de la cama hacia la mesita de noche donde permanecía apoyado su inseparable bastón, luego recorrió su mano por el sucio suelo buscando la escopeta, tocando esos desperdicios suyos, ensuciándose la mano hasta encontrarla al fin.

Como si fuera a cámara lenta, el viejo Orb persistía con su escopeta, atento a aquellas voces que no se marchaban...
Además sintió como abrían la verja con la que entrarían a su huerto, enfureciéndose y entrándole ese odio que le inculcó tanto su padre por todo ser humano, aunque seguía contradiciéndose por momentos, ya que incluso le rondaba por la cabeza, la posibilidad de que vinieran a rescatarlo de su soledad, pero no se fiaba de nadie.

-¡Sargento, creo que aquí fue donde se produjo el humo de la otra noche...
-¿Como lo sabes?.
-Mira esos restos de huesos y la mancha negra que lo rodea...
-Sí, tienes razón...Además, ahí hay una cruz y la cosecha se nota que esta bien cuidada...

El anciano escuchaba aquellas voces muy angustiado, le entró un pudor clamoroso, tenía mucho miedo porque vinieran a hacerle daño, no sabía que harían aquí. Por otro lado pensaba la posibilidad de darse a ver y que le metieran un tiro en la cabeza para acabar con su agonía, pero le daba miedo a morir, se rebatía constantemente sin saber de verdad que es lo que quería, así que la única decisión que determinó fue la de ir lentamente, a paso muy lento, casi de puntillas, hacia la puerta principal.

Con una mano agarraba el tiento rozando el mobiliario de la casa, muy despacio, procurando acercarse sin hacer ningún movimiento en falso, sabía de sobra donde tenía colocado las cosas pero no se fiaba de su nerviosismo y su tembleque peculiar.
Con el otro brazo posaba la escopeta, apuntando al frente, preparado con el dedo para pulsar el gatillo en caso de que entrasen sin esperárselo.

Llegó al portón principal y tocó el cerrojo como si fuera muy frágil, asegurándose de que estaba cerrado, pegó la oreja al dicho tablón de madera que lo separaba del exterior, casi no escuchaba nada, el viejo Orb creía, que estaban registrando la casa derrumbada que había justo en frente de la suya, creyó que era su oportunidad para estar mejor oculto, porque podría ser su hogar, la siguiente visita de aquellos tipos misteriosos.

#14

El viejo Orb no sabía que hacer si esas voces volvían, no se fiaba y menos al escuchar la palabra Sargento un par de veces.
Por su cabeza rondaba, la posibilidad de que a las afueras de la frontera de su recóndita aldea, estuvieran en guerra, no se extrañaba en absoluto que aquello ocurriera, ya que veía al ser humano tan absurdo como para matarse a sí mismo.

Separó la oreja de su portón de entrada y recordó la pequeña ventana que tenía en el cuarto de baño, por allí saldría a una corrala, pero no se convenció demasiado, recapacitó pensando que podrían rodearle por el huerto y quedarse sin escapatoria.
Al lado del armero, sabía que estaba la escalera que le subiría hacia el desván, pensaba que allí también estaría acorralado, pero debía de decidirse y más, cuando esas voces se acercaban de nuevo a su cobijo.

Al escuchar a esos hombres, ahora sí que no dudó ni un solo instante el anciano, las prisas y el temblor se apoderaron de su cuerpo, tocando lo más sigiloso que podía con el bastón el primer escalón para ascender a la bohardilla, poco a poco, paso a paso, paso a paso y muy lento, escalón a escalón buscaba con la punta de su tiento rozar la cortinilla que le adentraría en la parte de arriba, tuvo que elegir esa opción, no le quedaba otra, era la más rápida para él.

Peldaño a peldaño e intentando hacer el mínimo ruido, el viejo Orb ya se adentraba por la cortinilla para espantar las moscas, dentro de aquel desván, aquellos pasos se aproximaban desde el exterior, -¿Que querrían?, ¿Igual vienen para ayudarme?, y...¿Si vienen para robarme o aprisionarme?-, la contradicción y el nerviosismo persistía a la vez que hizo crujir los tablones que pisaba, alertándose con un gesto en la cara, recordándose que debía permanecer lo más quieto posible.
Los dientes los hizo chirriar, pensando que había dado un paso en falso, quedándose totalmente paralizado, intentando escuchar si le habrían descubierto, pero no fue así, no sabía que estaban haciendo pero seguían a su ritmo.

Permaneciendo inmóvil recordó que podrían verle desde el exterior, así que se agachó suavemente, sintiendo un leve dolor en su espalda y se acercó casi arrastrando a la ventana que quedó abierta la noche de la ventisca, dejando parte de su rostro al descubierto...

Ed_Venaplus
Rango6 Nivel 29
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Ed_Venaplus
Rango6 Nivel 29
hace 10 meses

Gracias a ti Carlos, estaremos encantados de atenderte. Hablamos por email. Muchas gracias. Lara Gómez.

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 9 meses

hasta aquí ya he leído.La tristeza del anciano Orb en la cama. la llegada de los soldados todo fue bastante detallado amigo @carlos1983 sabes muy bien llevar la historia sin perder el hilo. Nos seguimos leyendo :D


#15

El Sargento Eduard inspeccionaba los alrededores de la casa más cercana al barranco, con un gran huerto bien cuidado, con un gran naranjo en una de sus esquinas mientras los otros tres soldados registraban las viviendas derrumbadas de al lado a esta, buscando suministros o cualquier cosa que pudiera servirles de ayuda.

El Sargento Eduard observaba detenidamente la gran mancha negra que había formado en el sembrado, se aseguró que aquello fuera reciente tocándola con sus propias manos, cogiendo de lo que quedaba de unos huesos hechos cenizas y puso cara de sorprendido al cerciorarse de un par de herraduras...Ahora si que estaba seguro de que el humo que vieron la otra noche, sería por que quemaron aquel caballo, pero sin tener ni idea del motivo.
Luego giró la cabeza, percatándose que allí había colocado una cruz bajo el árbol frutal, a la vez que escuchaba las aguas al otro lado del muro que rodeaba el huerto.

Con muchas dudas de quién podría vivir allí en estos tiempos...Y si estaría vivo o no...El Sargento Eduard miró hacia la ventana que había en lo más alto de la casa y manteniendo el semblante serio, algo le llamó la atención al ver una pequeña sombra en el interior, cogió su arma con más fuerza y se puso en pie centrándose en aquella sombra que de repente se esfumó, no quiso darle más importancia aunque se quedó mirando fijamente durante unos segundos hasta que continuó analizando el lugar, admirando la belleza del paisaje.

Eduard vio a sus soldados volver de sus respectivos registros, con todo lo que habían obtenido en las abandonadas casas que rodeaban aquel entorno, e inmediatamente después les ordenó que bajaran al barranco, él, volvió a mirar a la ventana de la casa donde vio anteriormente una sombra, esta vez sin ver movimiento alguno, pero seguía con su duda...

-¿Vienes Sargento?- le dijo el soldado más rezagado rodeando el huerto.
-¡NO...No...no...!- el tono de Eduard fue de más a menos sin cambiar la mirada en aquella fachada, intuía algo...- Id vosotros Valent, asegurar la zona y avisarme con cualquier cosa.
-¡A sus ordenes Señor!- terminó la conversación perdiéndose los soldados por un lateral del huerto, dirección a aquellas aguas que los esperaba...

El Sargento Eduard siguió su instinto, le daba vueltas a su mente una y otra vez, pensaba que si había alguien que quisiera ayuda tendría que haber salido, pero si habría alguna persona con mucho miedo seguramente preferiría estar escondido.
Estaba convencido de que allí vivía alguien desde hace muy poco, se notaba por lo florecido y los frutos que brotaban en aquella cosecha bien sembrada, por lo menos haces dos días si que estuvo aquí.

El Sargento Eduard ya se encontraba en el umbral de la puerta principal, con su carabina de asalto entre sus manos, una mochila de camuflaje a sus espaldas y su casco de guerra cuando sus soldados lo empezaron a llamar un poco alterados, no hizo caso a aquellas voces,
ya tenía decidido el paso a dar...

El viejo Orb sentía que alguien estaba cerca de su portón, aunque escuchara aquellas voces procedentes del barranco.
No sabía lo que hacer, por un momento quiso abrir la ventana del desván, hacerse ver y quedarse a merced de aquellos tipos, pero por otra parte, tenía tanto miedo a que lo mataran que hasta se avergonzaba de sí mismo, comenzó a rezar.
Pensó de nuevo en beber de la garrafa y que le pasara como a su amiga Mátia y que se acabara todo este sufrimiento que padecía, pero los golpes intentando abrir la puerta hicieron paralizar ese pensamiento...

Seguía escuchando el Sargento, las voces de sus soldados llamándolo constantemente, pero él ya consiguió penetrar dentro de la casa, echando a bajo el portón con todas sus fuerzas con esas botas de punta de acero que calzaba.
Estaba tan concentrado y tan convencido que allí dentro encontraría a alguien, que hizo caso omiso a los gritos de sus soldados.

El viejo Orb no sabía que podría ocurrir allí fuera y porque estaban tan alarmados, pero también prefirió centrarse en los primeros pasos que se adentraban en la casa.

El Sargento Eduard sin dar un paso más, mantuvo la estabilidad con su arma, notándose su experiencia y visualizando el interior, observando cada rincón desde la misma puerta de entrada.
Por un momento...Las voces de sus compañeros cesaron y él, ahora...Se dio cuenta que a su izquierda había un armero y una escalera que le permitiría subir a la bohardilla.
Levantó su carabina decidido, apuntando a una cortinilla que asomaba en lo alto de la escalera y de nuevo miró al frente, viendo una mesa redonda con una mecedora, más al fondo comprobó, como aquella entradita se unía con la cocina terminando en una chimenea con leños en uno de los lados, siempre en silencio y preparado con su fusil.
Quiso adentrarse más...Cuando de repente, escuchó un leve crujido proveniente de lo alto de la casa, frenó su ímpetu y volvió a apuntar hacia la cortinilla, girándose muy suavemente para no hacer ni un solo ruido, centrándose nuevamente a donde comenzaba la escalera, ahora estaba decidido a subir...

Don_Diego
Rango12 Nivel 57
hace 9 meses

Hum, que sera del pobre Orb, ahora que las nuevas visitas no deseadas han llegado. Posdata si te soy sincero quiero leer la continuación de la otra historia me queman las ansias se saber!!!

carlos1983
Rango9 Nivel 40
hace 9 meses

Muchas gracias de nuevo. El tiempo que tengo es mí problema. Pero la seguiré...Nos leemos amigo