Carax_J
Rango5 Nivel 21 (500 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Su pecho se agitaba en un subir y bajar vertiginoso. La dulce calidez de la satisfacción carnal invadía cada célula de su cuerpo. La sonrisa lasciva se filtraba irremediablemente en la comisura de sus labios. A su lado, extenuado, yacía en un estado de semi inconsciencia consentida el participe necesario de esa inconmensurable sensación de satisfacción y placer.

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#2

Mientras su compañero entraba lentamente en un trance de sueño provocado por el agotamiento, Jessica no cabía en su cuerpo. La sensación de embriaguez espiritual y física le impediría entregarse al descanso. Observaba cada detalle del cuerpo desnudo que tenía a su lado, en su propia cama. Acariciaba sutilmente los pectorales depilados, aplicaba presión con la yema de sus dedos sobre los fornidos biceps, mediante sutiles caricias con sus labios besaba el tonificado abdomen, con ojos de adolescente enamorada miraba la flaccidez de su masculinidad adormecida. Se resistía a creer todo de lo que le estaba sucediendo. Pero no por ello lo disfrutaba menos.
Años había imaginado encontrarse en esta situación. Días de angustia y noches de sufrimiento, creyendo que su deseo jamás sería cumplido.
Una mañana como cualquier otra de las que se repetían hace años, con el usual hábito de insinuar tímidamente sus emociones, de forzar situaciones que le permitieran encontrar un hueco de tiempo a solas, de maquillarse, de perfumarse, de vestirse decorosa pero llamativamente, tomó coraje y en un arrebato de sentimentalismo, hizo uso de la aleatoriedad del destino. La oportunidad se le presentó de la forma mas inesperada. Su marido debió ausentarse de su hogar por cuestiones relativas a su trabajo durante una semana. La esposa de su compañero, viajó al exterior de manera urgente para ocuparse de la salud decadente de su madre. Sin planearlo, el destino le hizo un guiño de ojos.

#3

Ambos debieron exclusivamente, y sin la posibilidad de delegar familiares, ocuparse del traslado de sus hijos, de casa al jardín de infantes y viceversa. Esta tarea nunca había quedado en cabeza de ellos. Por la emergencia, ademas de coincidir en el trabajo, también coincidieron en el traslado hacia la institución infantil.
Durante esos traslados, la atracción y la tensión sentimental y física se hacía intolerable para ella. Con el fin de abaratar costos de traslados, con el consentimiento de su jefe, acordaron ir juntos a retirar a los niños.
El primer día transcurrió relativamente tranquilo. O al menos eso pensó Jessica, creyendo que la excitación no era correspondida por su compañero. Una vez retirados los niños, cada uno para su casa y hasta el otro día.
Al día siguiente, la falda ajustada de Jessica y su camisa rayada con sus dos primeros botones sin abotonar fueron un imán hipnótico para los ojos de su compañero. El cambio de actitud surtió efecto. Las miradas fulgurantes comenzaron desde primera hora. El ir y venir de ella de un lado a otro tenía un efecto lacerante sobre él. El escritorio que los separaba en su jornada laboral se reinventó en una barrera de contención ante el torrente hormonal que los impulsaba a encontrar sus cuerpos desprovistos de ropas para aquietar sus instintos.
Pese a ello, y con el peso de la responsabilidad en sus pensamientos, ambos lograron llegar al final de la jornada sin mayores sobresaltos. Lo mismo sucedió en camino al retiro de sus hijos. Su compromiso con los estándares sociales les bloqueaba la posibilidad de satisfacer sus mas primitivas necesidades.
El tercer día fue un suplicio. Jessica desentendiéndose de tabúes y de la razonabilidad que la guió toda su vida, se preparó para un desafío a todo o nada. No había logrado conciliar el sueño en toda la noche. Los pensamientos libidinosos se lo habían impedido. Se levantó temprano, comenzó por depilar íntegramente su cuerpo. Planchó su cabellera. Se maquilló. Previo examen minucioso delante del espejo, optó por mas provocativa ropa interior. Eligió su blusa más escotada y un pantalón de vestir satinado marrón claro, tan ajustado que resaltaba la feminidad de sus curvas. Se perfumó y se dirigió a su trabajo.
Al verla ingresar, su compañero quedó en un estado de trance tal, que solo atinó a balbucear lo que pareció ser un tímido "hola" mientras que ella apoyaba desvergonzadamente la totalidad de sus labios en su mejilla derecha, bien próxima a la comisura de sus labios.
Las paredes grises y aburridas de la oficina, el murmullo tradicional de tanta cantidad de gente cumpliendo con su monótona jornada laboral, el claqueo de las teclas apretadas sobre los desgastados teclados, el sonido cansado de los teléfonos, la música gastada de los parlantes del pasillo, el taconeo de las mujeres, el arrastre de pie de los varones, todo, todo contrastaba con el entusiasmo y movilización que atravesaban el cuerpo de Jessica.

#4

Ante la imposibilidad de acercamiento hasta tanto llegara la hora de salida, dejó transcurrir las horas, intercambiando miradas y anhelando que el reloj los liberara.
La cochera de la empresa, estaba en el subsuelo del mismo edificio. Ambos se dirigieron allí previo saludar a sus compañeros.
El sería quien manejara. Se sentó en el asiento del conductor, puso la llave en el tambor de arranque, no la giró y aguardó unos segundos. Jessica, inquieta, lo miraba en silencio y aguardando una reacción que nunca llegó.
El silencio tornó más palpable la tensión que había entre ellos. Al cabo de unos segundos, él levanto la mirada, soltó un enorme suspiro y dio arranque al motor.
Al salir de la cochera observaron que llovía copiosamente. Para romper el silencio incomodo, la única conversación que pudieron sostener fue sobre la lluvia y las previsiones meteorológicas para los próximos días.
No habían hecho dos cuadras y el silencio se apoderó nuevamente del habitáculo.
Jessica sabía que el trayecto no era muy extenso y que su tiempo a solas con él valía oro. Sin saber cómo proceder, decidió tomar el toro por las astas y sin mediar palabra, impulsó su mano hasta el muslo derecho de su compañero.
Ese movimiento fue como una descarga eléctrica. Notó como se sobresaltó instintivamente. Él desvió su vista del camino y luego de observar su mano, llevó su mirada a los ojos de ella.
La frenada rompió el hechizo. Estuvieron a milímetros de impactar contra un ciclista que cruzó desde una calle transversal.
Nuevamente la conversación cambió radicalmente el matiz que le había dado el contacto entre sus cuerpos y cuando quisieron acordar, ya se encontraban con sus hijos dentro del vehículo.

#5

Resignada, Jessica intentó hacer caso omiso a sus ilusiones. Luego de una noche de meditar profundamente, decidió que ella ya había hecho todo lo necesario para captar la atención de su compañero. Si las cosas no habían sucedido como ella lo esperaba, por algo habría sido.
Se despertó cerca de las 7 AM. Desayuno como todos los días, se bañó y arregló para ir a trabajar. Pero esta vez, nada de faldas, nada de lencería. Volvió a ser la de siempre, no por eso menos sensual.
El día transcurrió como cualquier otro.
Faltaban alrededor de tres horas para finalizar la jornada laboral, cuando ella oyó sobresaltado a su compañero hablando por teléfono. Parecía estar muy preocupado, vociferando en un tono de voz más alto que el que usaba habitualmente. Se acercó. Al estar llegando, vio como él le cerraba un ojo y esbozaba una fugaz sonrisa, previo a continuar con el discurso cargado de preocupación en voz elevada.
No supo cómo interpretar ese gesto, por lo que guardó silencio y se quedó inmóvil.
Inmediatamente el jefe de ambos, se acercó al escritorio para ver que ocurría.
−Llamaron del Jardín. Tenemos que ir a buscar a los nenes urgente. Aparentemente mientras jugaban en el patio, el nene tuyo y el mío se golpearon la cabeza y hay que llevarlos al hospital porque se cortaron.
El temor inicial al escuchar lo que decía, se desvaneció por completo al comprender rápidamente todo. Tuvo que esforzarse para no sonreír y ruborizarse.
−¡Que desgracia! Por supuesto. Vayan cuanto antes y luego me avisan como les fue.− dijo el jefe.
Fingiendo preocupación e intercambiando un brevísimo dialogo, ambos procedieron a apagar rápidamente sus computadoras y dirigirse al subsuelo. Compartieron ascensor con dos personas más que también iban a la cochera, por lo que el teatro se prolongó unos minutos.
Al ingresar en el automóvil los vidrios polarizados fueron los cómplices perfectos.
No bien cerró su puerta, Jessica volteó y se encontró con el impacto de los labios de su compañero. El beso le derritió las entrañas.
Apasionadamente se besaron y sus cuerpos se trenzaron en un frenesí de caricias por mucho tiempo postergadas.
Separando momentáneamente sus labios, tomaron un respiro y en un intervalo de lucidez, arrancaron el automóvil y acordaron dirigirse a un hotel alojamiento cercano.
El ingreso al mismo ni lo registraron en su memoria. Los abrazos, besos, caricias fueron secundados por la transpiración, los gemidos y rasguños apasionados.
El fuego de tanto deseo acumulado fue consumiendo las energías de sus cuerpos. Cuando parecían totalmente agotados, se miraron sostenidamente y entre sonrisas comenzaron el ritual con la misma intensidad.
Las tres horas se evaporaron. Si hubiesen sido diez horas, lo mismo habría ocurrido.
Acordaron que al día siguiente, prolongarían la falacia de las lesiones de sus hijos, indicándole a la empresa que los médicos habían tenido que darle puntos de sutura a los niños, y que habían indicado, estrictamente, que por dos días no podrían concurrir al jardín de infantes, debiendo cumplir con un riguroso reposo. Su jefe creyó sin dudar de la veracidad de sus dichos y como ninguno de ellos contaba con sus parejas para quedarse al cuidado de sus hijos, ambos se ausentaron del trabajo.

#6

Se encontraron en el mismo motel que el día anterior. Esta vez, como contaban con mucho más tiempo, además de los lujuriosos encontronazos corporales, tuvieron tiempo para hablar íntimamente.
La demora en concretar estos encuentros, la culpa por mentir y lo difícil que sería regresar a trabajar juntos, fueron sus temas esenciales.
− ¿Qué vamos a hacer ahora?
− ¿Cómo que qué vamos a hacer ahora? Seguir como siempre.- contestó él.
− ¿Pero cómo?
− ¡Como siempre! Vos en tu casa, con tus problemas y yo en la mía con los míos. No te vas poner sentimental ahora Jessica, ¿no?- soltó él con una liviandad que le punzó el pecho a ella.
− ¡Que triste! Verte todos los días y no poder hacerte así…− alargó su mano y acarició toda la masculinidad de su compañero. Las sonrisas no tardaron en llegar.
− Pero pensá que en cualquier momento nos podemos hacer una escapadita para acá. ¿Tendrán algún descuento para clientes habituales? – Las risas volvieron a surgir y dieron pie para que él girara su cuerpo, la besara, comenzara un nuevo round y ella olvidara ese horrible comentario.

Mientras él dormitaba, ella lo miraba. Pensaba. Reflexionaba. No podría dormirse nunca.
¿Era esto lo que quería? Su entrega era de cuerpo y alma. No le bastaba con lo hecho hasta ahora.
Poco le importaba su marido y la esposa de su compañero. Eran terceros y si tenían que sufrir, problema de ellos. En toda buena causa, siempre algún inocente termina pagando, pensó.
En medio de sus reflexiones sonó el celular de él. Era un mensaje de texto de su pareja en el que le informaba que mañana estaría regresando al país junto con su suegra, que ya se encontraba algo mejor.
− Se nos termina lo bueno Je. –dijo él con el tono gangoso habitual de las personas que están entredormidas− Descansemos un ratito más y luego volvemos a nuestras vidas.
Pero ella no quería volver a su vida.
Siendo abrazada por los brazos fuertes de su compañero, su cabeza siguió maquinando a toda velocidad. El mensaje de texto había sido el causante de su regreso al mundo en el que ella era infeliz. De sobra conocía lo que ello implicaba y por supuesto, no iba a tolerarlo.
Dejó pasar unos minutos, y asegurándose de no despertarlo, felinamente, se escurrió de sus brazos. Totalmente desnuda, fue hasta su cartera y encontró lo que buscaba.
Luego, con el sigilo necesario, volvió a la cama. De rodillas al lado de él, lo observó con un amor maternal por unos minutos más. Las lágrimas descendían por sus mejillas, mientras su compañero renovaba energías con ese profundo sueño en el que se hallaba inmerso.
Una gran inhalación. El dorso de sus manos pasando por sus parpados, secando las lágrimas.
Llenándose el pecho de aire nuevamente dijo en voz alta –Mío– y empuñando con ambas manos el cuchillo, lo hundió con fuerzas en el pecho de su compañero.