Carax_J
Rango5 Nivel 21 (500 ptos) | Escritor en ciernes
#1

−¿Dónde están mis hijos?
Mirando desconcertado a su alrededor no encontró respuesta.

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#2

Unas horas antes habían abordado al tren, inmersos en la copiosa marea de gotas que se precipitaban desde el cielo porteño. Volvían a su pueblo luego de un paso forzado por la ciudad capital, originado por un cuadro de fiebre, vómitos, llanto, y convulsiones de su hijo menor.
El médico de la precaria salita de primeros auxilios no pudo ser de mayor utilidad. Luego del primer control, pidió que trasladaran al pequeño Dieguito de urgencia hacia un centro asistencial de mayor complejidad. Lo que en los hechos significó que la vida rural de los Espinoza se viera alterada. Tendrían que viajar de urgencia hacia Buenos Aires.
Si la situación se hubiera presentado en otro momento, no hubiera generado mayores inconvenientes, puesto que tanto José como Susana, los padres de Dieguito, se hubieran trasladado a la capital en la camioneta F-100 recién adquirida, luego de las atenciones hospitalarias se hubieran alojado en un hotel, hubieran dejado a su otra hija, Laura, al cuidado de sus vecinos los Ramírez, etc. Pero el panorama actual era drásticamente distinto. Susana, en un arrebato sentimental, los había abandonado hacía unos meses. Con ella, se había llevado la camioneta, los ahorros familiares y al gringo Messina, el peón rural llegado desde Italia. Todo sin el menor remordimiento. Además de no haber dejado siquiera una nota de despedida, tampoco intentó comunicarse telefónicamente o por carta.

#3

José fue testigo de cómo cambiaba su vida. De ocuparse del tractor y los cultivos, a ocuparse de la comida y las tareas domésticas. De lamentar la falta de lluvias, a lamentar sus descuidos matrimoniales. De pensar en el futuro, a pensar en el presente.
Las primeras semanas fueron caóticas. Las tareas hogareñas siempre fueron cosa de Susana. Poco sabía de planchar, cocinar, lavar y todas esas tareas que en su fuero interior consideraba femeninas. La figura de Laura, quien acababa de cumplir sus quince años, tomó especial preponderancia. Aflorando prematuramente su lado maternal, se ocupó inmediatamente del cuidado de su pequeño hermano, Dieguito. No permitía que le faltara nada. Lo bañaba, lo peinaba, lo vestía y hasta lo llevaba al jardín de infantes en su bicicleta todos los días, sin excepción. Luego tomaba sus clases en la escuela rural y a la salida volvían juntos, comentando de las aventuras vividas durante el día. Cuando lo retiraba, hablaba con las señoritas del jardín y con las madres de otros niños, quienes luego del retiro del pequeño y su hermana, aprovechaban la ocasión y cruzaban comentarios inescrupulosos del paradero de su madre.
La situación hubiese deprimido a más de uno. Pero José, era un Espinoza. No iba a dejarse doblegar por los ventarrones de la vida. Todo lo contrario. Se arremangó, apretó los dientes y como buen hombre de campo se encomendó a su destino. Si en suerte le había tocado ser madre y padre, madre y padre sería. Sacando fuerzas de donde no las tenía, y con la felicidad de sus hijos como objetivos encaró su nueva vida.

#4

El primer escollo lo tuvo con las compras en el mercado del pueblo. En especial, la primera fue notoriamente escandalosa. Todavía lo recordaba claramente. Al no tener otra movilidad, debió hacer los 20 km que lo separaban del pueblo en su viejo tractor. Era un viernes alrededor de las 18 Hs. Circulando por las primeras cuadras, notó que las miradas eran lacerantes. La gente que iba caminando lo miraba fijamente y se ponían a comentar entre ellos, como si estuvieran en presencia de un fenómeno de circo. Al parecer la noticia del abandono de Susana había llegado con mayor velocidad de la esperada. La perversa lógica del refrán siempre tomado a chiste se imponía nuevamente y resonaba en su cabeza. Pueblo chico infierno grande.
Llegó al mercado e ingresó. Ante la incertidumbre, compró toda clase de cosas. Fideos, carne, verduras, arvejas enlatadas, mayonesa, vino, entre otras cosas. Todo, menos leche y pan. Dos de los alimentos mas frecuentados en su casa.
Con el transcurrir de los días, mediante ayuda de Laura, las compras, la cocina, la limpieza y demás tareas hogareñas fueron resultando más amenas. Se las distribuyeron y una insípida armonía volvió al hogar.
Nadie hablaba ni preguntaba por Susana. Hasta el pequeño Dieguito pareció comprender el desapego emocional que su madre había manifestado por ellos.
Todo parecía enderezarse. Pero el destino nuevamente tenía mejores planes.
El día comenzó para José a las 5 de la mañana, con el estrepitoso sonido del despertador a cuerda blanco que su madre le había regalado para su casamiento. Luego de un rápido mate cocido y algo de pan, se abocó a preparar todo para el arado del campo.
Laura despertó alrededor de las 9. Le llamó la atención no haber sido despertada por los usuales gritos matinales de su hermano. Se bañó y se vistió. En la casa reinaba un silencio absoluto. Algo preocupada fue a la habitación de Dieguito y comprobó que estaba profundamente dormido. Lo dejó descansar y se fue a preparar el desayuno.
A las 10.30 hs. Fue a despertar a su hermano. En ése momento comprobó que estaba sumamente transpirado. Intentó despertarlo, pero no podía lograrlo. Con desesperación comenzó a agitarlo mientras gritaba su nombre. El niño apenas soltó un quejido gutural. Con las pulsaciones en ascenso tomó el termómetro y se lo puso bajo el brazo, al tiempo que corrió en busca de su padre.

#5

Ingresaron ambos, sin saber bien que hacer. Al ver el termómetro, comprobaron que la temperatura de Dieguito era de 40 °C. Impulsivamente lo levantaron de la cama y fue en ese momento que comenzaron las convulsiones del pequeño.
Las repentinas oscilaciones en el cuerpo del niño y el sonido provocado por los golpes del mismo contra el suelo, parecían haber hipnotizado a José, quien observaba la escena inmóvil, con las manos abiertas y los brazos extendidos. El desesperado llanto aullado de Laura retumbó por todas las paredes de la casa y fue un golpe que lo sacó del trance.
−Puede ser una infección. O un cuadro de epilepsia. O algo más complejo. Llévenselo ya a Buenos Aires. Acá no puedo hacer nada. –dijo el médico de la salita.
Pedro González, el almacenero del pueblo, en un gesto que José nunca olvidaría, los llevó a los tres en su Renault 12 rojo y le prestó algo de dinero. Llegaron a Buenos Aires luego de tres horas de viaje. Luego de dejarlos en la puerta del Hospital, Pedro regresó inmediatamente, pues su esposa estaba embarazada de ocho meses y medio.
Los médicos atendieron diligentemente a Dieguito. Al parecer era un complicado caso, de esos que se dan de uno entre un millón. La incertidumbre por la que transitó José en esos primeros minutos, fue agobiante. El galeno que salió a dar el parte, se encontró con un sujeto aterrorizado, que se encontraba sentado y acariciando el cabello de su hija, mientras esta sollozaba apoyando su cabeza en el hombro de su padre.
−Es un caso muy extraño. Dieguito está muy débil, le hemos suministrado fuertes antibióticos y un sedante para que pueda descansar. La fiebre empezó a bajar, pero hay que esperar. Se va a quedar internado. Gracias a Dios que lo trajeron rápido. Un par de horas más que se hubieran demorado y no hubiésemos podido hacer nada. Les recomiendo que, por ahora, no se preocupen y busquen algún lugar para descansar. Si los necesitáramos por algo, se los haremos saber. −dijo el médico, que pareció no notar la minoría de edad de Laura.
La exhalación de ambos fue simultánea. Habían contenido la respiración hasta que recibieron el parte completo. La tranquilidad, en parte, se debió al tono profesional empleado por el médico. Automáticamente, se fundieron en un abrazo de alivio.
Debieron acudir a lejanos familiares que vivían en la capital para solicitar hospedaje y auxilio. Con el dinero que le prestó el almacenero, José compró cospeles y desde el teléfono público del hospital, llamó a su tía Gladys, a su primo Roque y a Jorge, su padrino. Todos se mostraron extremadamente solícitos con ellos. La benevolencia se vio exacerbada no tanto por la emergencia médica, sino por el reciente abandono que la familia había sufrido.
Con el alta médica, y luego de las dos semanas duró el tratamiento, se veían libres de volver a sus vidas. Luego de saludar a cada uno de sus familiares y prometer visitarlos para las fiestas, se trasladaron a la estación de trenes.

#6

La estación Constitución era un caos. Luego de abrirse camino entre los mares de empleados que intentaban regresar a sus hogares, subieron al tren alrededor de las 20 horas. Era uno de esos trenes que tienen asientos giratorios, para que los pasajeros puedan viajar quedando enfrentados, por lo que tenía a sus hijos justo enfrente. El sol ya se había metido en su guarida y les aguardaban seis horas de viaje.
Agradeciendo a Dios, José miraba hacia arriba y entrecerraba los ojos. Sopesando los vaivenes emocionales sufridos en el último año, el abandono de Susana pareció una nimiedad comparada con la conmoción que les había dado la salud de Dieguito.
El tiempo parecía haber ralentizado su curso. Se detuvo a ver a su hijo que estaba allí, delante suyo, vistiendo sus zapatillitas rojas preferidas, su buzo de Mickey Mouse, sentado sobre las piernas de su hermana, pintando entretenido una revista y soltando sonrisas al mundo. Una sonrisa se dibujó también en sus labios.
El traqueteo del tren y las luces tenues, produjeron un efecto somnífero sobre José, quien se olvidó de la dureza de los asientos y de lo gélido del vagón de segunda clase. Luchando infructuosamente en un estado de sopor, cayó rendido ante el sueño con la cabeza apoyada sobre el cristal de la ventana.

Se despertó sobresaltado, al darse cuenta que el traqueteo había cesado. Notó que la dureza de los asientos y el frío húmedo se habían desvanecido. La oscuridad era total.
Estiró los brazos buscando el tacto de la ventanilla, del asiento de adelante o de sus hijos, pero no encontró nada. Su ritmo cardíaco subió vertiginosamente. Creyó que el corazón se le saldría del pecho.
Las pupilas se fueron adecuando a la oscuridad y lo que pudo ver le permitió darse cuenta que ya no se encontraba en el tren.
−¡¡MIS HIJOS!! ¿Dónde están? –los gritos desgarradores cercenaron el silencio. − ¿Quién me trajo hasta acá? – siguió diciendo totalmente confundido y sintiendo que el alma se escapaba de su cuerpo.
Durante varios minutos vagó por esa agonía de incertidumbre, sollozos y oscuridad.
Finalmente una luz lo iluminó. Atónito, vio que se encontraba en una habitación y que sus brazos estaban atados a una camilla. Un veinteañero ingresó a la habitación.
−¿Dónde están mis hijos? Quiero ver a Laura y a Diego. Por favor…−lo que minutos antes había sido un mandato, ahora era un ruego.
Vio como el muchacho sin decir palabra tomaba una jeringa y preparaba una inyección. Sobresaltándose comenzó a retorcerse en la camilla. La aguja penetró su brazo derecho. Automáticamente perdió el control de su cuerpo. Antes de ingresar en un sueño profundo vio como el enfermero tomaba un aparato con pantalla luminiscente y lo manipulaba para luego dejarlo sobre la mesa de luz.
−Ahora vas a escuchar a tu hijo, no te preocupes abuelo.− dijo tranquilamente el enfermero. Al mismo tiempo, el aparato luminoso comenzó a emitir un sonido que José no reconoció.
−Hola− una adormecida voz salió del mismo.
−Buenas noches. Perdón la hora Sr. Diego, le llamo del Hogar San Pedro. Pero su padre tuvo un nuevo episodio y quiere verlo.
−¡Son las tres de la mañana! Ya te dije que no me llames más de noche, salvo que se muera. Dale una inyección y ponelo a dormir.
−Sí señor Diego, perdone la molestia, pero es que hace meses que no viene nadie a verlo y…
−Pero nada. No tengo tiempo para ocuparme de él. Para eso les pago a ustedes.

Ed_Venaplus
Rango5 Nivel 24
hace alrededor de 2 meses

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Atte. Lara Gómez.
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